Ab Urbe condita. La era de la fundación de Roma

Todos los acontecimientos —ya sean grandes eventos de la humanidad o cualquier hecho de nuestra vida personal— están fijados a lo largo de un eje cronológico justo en el año en que ocurrieron. No hace falta decir que esta línea temporal tiene el nacimiento de Cristo como punto de partida, acontecimiento que inicia la numeración de los años hacia delante o hacia atrás.  Ahora bien, ¿poseían los romanos algo parecido a esta era? La respuesta, desde luego, sería afirmativa para muchos: no tardarían en recordarnos la expresión Ab Urbe condita, abreviada como A.U.C., con la que se designa la era de “la fundación de la Ciudad”, es decir, Roma. Sería algo así como un sustituto de nuestro d.C. —después de Cristo—. No es extraño que este sistema de datación nos lo encontremos en la divulgación o incluso en algunos videojuegos que versan sobre el mundo romano. Menos raro es que lo hallemos en manuales, en concreto en algún apéndice en que se nos ofrece una larga cronología con los principales hitos de la historia romana. Esto nos hace creer que los romanos utilizaban esta datación de forma habitual al igual que hoy nosotros usamos la era cristiana. Lejos de la realidad, esta era es simplemente anecdótica como vamos a tratar de demostrar.

La era de la fundación de la Ciudad la podemos considerar como una era en tanto que, como veremos más tarde, existen diversos documentos en donde se hace referencia a ella. Sin embargo, las pocas veces en que la encontramos en tales fuentes nos indica que estaba muy poco generalizada. En otras palabras, que no tenía un uso habitual o, incluso, que la población romana ni siquiera la conocía más allá de los círculos intelectuales.   

Si comenzamos por las fuentes literarias y, más concretamente, por las obras de carácter histórico, llama la atención que apenas es usada esta datación. Claro ejemplo es la magna obra de Tito Livio, que tan solo data los acontecimientos mediante la fundación de la ciudad en momentos muy concretos. Por tanto, incluso cuando los historiadores romanos pudieron usar como referencia la fundación de la Ciudad para crear un marco cronológico que les permitiera ordenar los acontecimientos, en ningún momento la plasmaron en sus obras para indicar que en tal año había ocurrido tal hecho. La única referencia que se nos da es que los eventos tuvieron lugar cuando era cónsules determinados individuos —la conocida datación consular—, pero que obliga a quien lea tales obras a tener presente la lista de cónsules para conocer hace cuánto sucedió aquello. ¿Podría imaginar alguien hoy en día un libro de historia en donde no pudiéramos situar inmediatamente los acontecimientos en el eje temporal?

En la epigrafía las evidencias de la era de la fundación se reducen. Del amplio número de inscripciones que nos han llegado hasta nosotros,  son muy pocas en las que aparece esta datación y, por otro lado,  más allá de una en la provincia de Africa proconsularis (CIL VIII, 146) y otra en la Hispania Citerior, concretamente en Sacedon (CIL II, 294)—aunque puede que sea falsa (ABASCAL 1983: 99-100)—, todas ellas se encuentran en su mayoría en Roma o, en su caso, en Italia (CIL VI, 472; CIL XIV, 2410; CIL VI, 420). Una hallada en Ostia es además la única en la que no aparece también la datación consular, lo que la convierte en una rareza: “Libertati ab Imp(eratore) Nerva Caesare Aug(usto) anno ab / urbe condita DCCCXXXXIIX XIIII [K(alendas)] Oc[t(obres)] restitu[tae] / s(enatus) p(opulus)q(ue) R(omanus)” (CIL XIV, 472)

También aparece en los Fasti Capitolini de Augusto —al margen de la lista cada diez años— y en los Fasti Triumphales. De igual modo, en los fasti de numerosos colegios religiosos (CIL VI, 1976; 1984; 1988; 2003; 2004; 32318; 32320; 32326-32336; 37160-37161).

Áureo de Adriano

Tampoco en la numismática suele ser frecuente su uso. Únicamente encontramos tres acuñaciones en donde esta datación aparece en el reverso. Dos en tiempos de Adriano: “ANN(o) DCCCLXXIIII NAT(alis). VRB(is). P(rimum). CIR(censis). CON(stituit)” (RIC II, nº144, 609); varias en el reinado de Filipo I el Árabe: “MILIARIUM SAECULUM” (RIC IV, nº 157,199,271);  y otra realizada por el usurpador Pacatiano: “ROMAE AETER(nae). AN(no) MILL(esimo) ET PRIMO” (RIC IV, nº6 ) En ninguna de ellas, por otro lado, se utiliza la expresión A.U.C. como podemos apreciar.

En todos estos casos, la intención del uso de esta era no es la de dar una datación, sino que tiene más bien un papel simbólico en tanto que vendría a recordar la importancia del hecho fundacional. Especialmente en el caso numismático, que pretendía comunicar la antigüedad de la Ciudad, en concreto con Filipo, quien —debemos decir— celebró el milenario de la fundación. Del mismo modo, cuando los historiadores mencionan el tiempo transcurrido desde la fundación de Roma, tan solo se está equiparando la importancia de un acontecimiento con el de la propia fundación. Por tanto, un año mencionado por la fundación de la ciudad no poseía ningún tipo de valor por sí mismo. Por ejemplo, 1945 en la era cristiana se relaciona con acontecimientos concretos, en este caso el final de la Segunda Guerra Mundial. Para el romano, cualquier numeral referido a la fundación de Roma no tenía ningún tipo de valor.

Cabe preguntarnos, por otro lado, por qué no se generalizó el uso de la era. La respuesta es difícil de contestar. En primer lugar, esta era no había existido siempre, de hecho hasta el siglo II a.C. no encontramos ni siquiera ningún interés en buscar el momento exacto en que se había fundado la Ciudad. La leyenda de Rómulo y Remo probablemente se había creado hacia esta misma fecha, y, a partir de entonces, los romanos —y concretamente los historiadores— pretendieron buscar una era desde la que crear su propia historia nacional prescindiendo de las eras griegas: la era de la primera Olimpiada y era de la caída de Troya.

Independientemente de ello, no existía en realidad un año concreto en el que se fijara la fundación de la Ciudad. Dion de Halicarnaso (Ant. Rom. 1.74), por ejemplo, nos recoge las distintas versiones que los autores romanos manejaban: Timais, 38 años antes de la primera Olimpiada (814 a.C.); Quinto Fabio, en el primer año de la octava Olimpiada (748 a.C.); Leucios Cincius, el cuarto año de la doceava Olimpiada (729 a.C.); Catón, 432 años después de la caída de Troya (752 a.C.);  Polibio, en el segundo año de la séptima Olimpiada (751 a.C.). Desde luego, esto tampoco explica su escaso uso, al menos desde el siglo I d.C.  La mayor parte de los documentos que hemos visto, que son de época imperial, siguen la fecha de fundación que dio Varrón, 753 a.C., la cual se convirtió en canónica.

Así pues, deberíamos pensar, más bien, que no existía ningún interés ni necesidad en la utilización de este marco cronológico, puesto que un tipo de era como la nuestra tan solo cobra importancia cuando los hechos del pasado y la planificación del futuro necesitan ser datados de forma minuciosa.

En conclusión, los romanos jamás supieron cuánto tiempo hacía desde que se había fundado Roma. Nada extraño, pues no existe en el contexto de la Antigüedad ninguna era que tuviera un uso como lo tiene la era cristiana hoy en día.

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