Calendarios mesopotámicos

¿Qué es un calendario? La respuesta parece sencilla de contestar para cualquiera de nosotros. ¿Quién no ha utilizado uno? En cualquier caso, parece apropiado dar una definición del mismo: “Sistema de representación del paso de los días, agrupados en unidades superiores, como semanas, meses, años, etc.” (DRAE). Aunque correcta, en realidad un calendario es mucho más que eso, al menos para la Antigüedad, puestos que se vinculan con la religión, política, economía, etc., pese  a que, a lo largo de los siguientes párrafos haremos únicamente referencia a la cuestión técnica de estructurar este sistema de “representación del paso del tiempo” en las civilizaciones mesopotámicas.

La práctica totalidad de los calendarios de la Antigüedad –si obviamos el egipcio- son calendarios que son llamados lunares, aunque el término más preciso sería el de lunisolar por lo que explicaremos más adelante. Estos calendarios, como es obvio, tienen como base los ciclos lunares. En otras palabras, el mes comienza en una determinada fase de la luna y termina cuando se vuelve a iniciar el ciclo. Por lo general, este inicio suele ser con la luna nueva, que en la Antigüedad se producía cuando se avistaba en el cielo el primer atisbo de la luna en su fase creciente. La duración de un ciclo lunar y, por tanto, de un mes lunar es, como nos dice Gémino “de 29 días ½ 1/33; pero los hay que, en la vida corriente, toman una cifra redonda de 29 días ½, de suerte que el bimestre suma 59 días. Por esta causa los meses civiles son alternativamente plenos o cortos: porque el bimestre lunar suman 59 días” (Gémino 8.3). He aquí la primera complicación, los meses lunares no coinciden en su duración con un número de días concreto, de ahí que unos meses tuvieran que tener un día más o menos (29 o 30) con el fin de que los inicios del mes siguieran ajustándose al inicio de la luna nueva. Aunque con el tiempo la relación se acabó por perder. No obstante, antes de que los meses tomaran un número de días fijo, la relación con la luna tuvo que ser empírica. Dicho de otra manera, que los sacerdotes se encargaban de avisar de la luna nueva y, por tanto, del inicio del mes.

El segundo problema es que un calendario puramente lunar es inservible al menos si se quiere ajustar cada estación a unos meses concretos. Esto se produce porque el año solar de 365 días no coincide con las doce lunaciones que se producen a lo largo de él, las cuales solo suman 354 días, que es el tiempo que tenía, en realidad, el año para las culturas que tratamos.  Para guardar la relación del calendario lunar con la realidad astronómica se usaron distintos sistemas: mediante el añadido de meses  o de días a lo largo de un determinado número de años, ya sean en un periodo bienal, en un ciclo de ocho años, dieciséis, diecinueve, sesenta y seis, e incluso de ciento sesenta años (Gémino 8.26-60). He aquí por qué los calendarios no son en realidad lunares, puesto que pese a que toman la luna como base para dividir el año en meses, en realidad todos ellos intentan ajustarse al año solar.

Enunciados estos dos problemas, pasemos a observar cómo eran los calendarios mesopotámicos. Debemos recordar, en cualquier caso, que estos jamás estuvieron escritos, en otras palabras, aquellas gentes no disponían ni en sus hogares ni en un lugar público de un calendario como los que acostumbramos a tener hoy en día. Por otro lado, a lo largo de tres mil años, han existido multitud de calendarios en Mesopotamia pertenecientes a las distintas ciudades o imperios y, además, cambiantes a lo largo del tiempo. Ello hace muy difícil conocer los periodos en que un calendario u otro estuvieron en vigor.

Estos calendarios han sido reconstruidos a partir de las tablillas de los archivos –especialmente de los templos–, aunque en general, más allá del babilonio, tan solo conocemos el nombre de los meses, y con suerte la organización de estos. Muchas veces, ni siquiera se ha podido hacer dicha reconstrucción, como sucede en Lagas –anterior a la III Dinastía de Ur–, en donde se han encontrado al menos treinta nombres de meses, con la imposibilidad de ordenar y recrear lo que serían varios calendarios. Sí que conocemos, en cambio, el calendario existente en esta ciudad durante la III dinastía de Ur, por existir una documentación más abundante.

Uno de los documentos que más información han aportado han sido las tablillas –datadas en el último periodo de la III Dinastía de Ur– procedentes  del Archivo de Drehem. Siendo esta la capital religiosa del mundo neosumerio, da información acerca de los calendarios de la ciudad de Nippur.  En dicha ciudad, de acuerdo al nombre de los meses, podemos observar que existe a lo largo del tiempo modificaciones en éste, de acuerdo a los cinco conjuntos de meses que tenemos, desde el periodo presargónico hasta la III dinastía de UR, según evidenciaba S. Langson hace ya un siglo.  Se puede observar la continuación del nombre de alguno de sus meses –aunque con variantes, como consecuencia de la evolución lingüística–, y, por otra parte, algunos meses han cambiado totalmente su nombre.

Además del de Nippur, otro de los calendarios anteriores a la III Dinastía de Ur, es el de Adab, que como se puede observar, pese a la cercanía a Nippur, el nombre de sus meses es totalmente distinto, a excepción de Se-gur10-ku5, que lo encontramos en ambos, pero en distinta posición. El mismo mes se mantiene inalterado en los dos calendarios de Nippur, y lo encontramos en la misma posición –el doceavo mes– en el de Ur, mientras que en Unma es el primero –si es que aceptamos que la posición de los meses ha sido reconstruida de forma correcta–.

Nombre de meses en distintos calendarios mesopotámicos

Nombre de meses en distintos calendarios mesopotámicos

Muchas veces nos encontramos lugares en donde existe un doble calendario como, por ejemplo, en Ebla. Uno, el llamado calendario viejo –también usado en la Mari presargónica–, se fecha en el último periodo de los archivos de Ebla, hacia el reinado de Ibbi-Sipis̆; el otro, el calendario nuevo, es posterior, y tiene una mayor relación con el sistema usado en Mesopotamia y Siria septentrional. Sin embargo, ambos se siguieron utilizando, aunque diferenciándose. Muchos autores, a partir del nombre de alguno de los meses han intentado observar una continuidad de ambos sistemas.

Los cambios de calendario son en muchas ocasiones una evidencia de un profundo cambio  cultural y social en todos los niveles. Así cabría mencionar el cambio de sistema en Ebla, en donde el nuevo calendario establece nombres de divinidades –Hadda, As̆tapi, Sipis̆, Adama, As̆erah y Kamis̆-, ya que en el anterior sistema no aparecían nombres relacionados con las divinidades, lo que ha hecho pensar que el cambio estaría relacionado con tiempo de hambruna, y se solicitaría, de esta forma, el favor divino para el regreso de la prosperidad. El cambio estaría relacionado con el proceso de desertización producido en el POA en la segunda mitad del III milenio, fecha que coincidiría con el cambio de calendario.

Lo que sí es evidente es que, cuando una ciudad domina un amplio territorio, el calendario que se establece –debemos pensar que sólo de manera administrativa– es el de la ciudad dominante. Precisamente, el calendario de Ur, a lo largo de la tercera Dinastía, ha sido hallado también en  Puzris̆-Dagän y en Es̆nunna, así como en textos de Nippur. Bajo el Imperio de Isin, alrededor del 2000 a.C., hubo una especie de estandarización del nombre de los meses en el sur de Mesopotamia. Los nombres de los meses de Nippur fueron los afortunados, e incluso sus logogramas en cuneiforme fueron tomados por los babilonios y asirios para representar sus propios meses. Y de hecho, una vez más, administrativamente ambos imperios –y especialmente el babilonio– llevaron a una homogeneidad en el uso de un mismo calendario, así como una igualitaria datación, en las amplias zonas que dominaron. Pero el resto los calendarios locales se seguirían utilizando, especialmente para el culto religioso local, puesto que recordemos, que cualquier alteración del ritual, incluido su cambio de situación en el calendario, conllevaría una mala realización de éste.

El calendario babilonio  –y que también será tomado por los asirios finalmente–, es sin duda el más conocido de todos. Se caracterizar por el uso del ciclo metónico –y por tanto del ciclo de diecinueve años-, con 7 años embolismales –en concreto los años 1, 3, 6, 9, 12, 14, 17 de dicho ciclo–, es decir, años en el que se establecía un mes adicional de diferente duración. Aunque este sistema de cálculo data del siglo quinto o incluso del sexto, a pesar de que los nombres de sus meses son mucho más antiguos, remontándose al reinado de Samsuiluna de Babilonia, quien intentó homogeneizar un calendario para la administración. Para ello tomó los hombres de distintos nombres de meses, convirtiéndose en una especie de hibrido. Este calendario influyo en el calendario judío –aún hoy en vigor–, y que conocieron durante su exilio en Babilonia. Del babilonio tomaron tanto la forma en que era calculado, así como los meses. Del calendario judío anterior prácticamente no conocemos nada, más allá de que los meses eran enumerados mediante cardinales.

El principal problema que radica en este tipo de calendarios lunisolares es conocer la secuencia en que se usaron los meses intercalares. Para el babilónico la secuencia la conocemos bien desde el 380 a.C., sin embargo para periodos anteriores sólo se puede intuir, siempre y cuando el sistema de meses intercalares se siguiera a raja tabla, hecho que sabemos que no sucedió –para todos los calendarios en general– a lo largo del tercer y segundo milenio. En este tiempo, la equiparación de los calendarios con la realidad astronómica se daba más por la improvisación –cuando se observaba un retraso evidente–. Conocer, por tanto, la secuencia del uso de meses intercalares, requiere de una amplia documentación –claramente fechada–. Pese a ello, la secuencia de meses intercalares se ha podido determinar en periodos concretos, como  en la  III Dinastía de Ur, durante el periodo paleobabilónico, el siglo VI a.C. , e incluso para el siglo VII a.C.

En general, tampoco conocemos de una forma exacta el funcionamiento de la gran mayoría de tales calendarios. No existen documentos que lo detallen antes del tercer milenio. Se duda incluso hasta qué punto se trataría de calendarios lunisolares empíricos, es decir, regulados directamente mediante la observación de la luna y de las estaciones. Dicho de otra manera, parece lógico pensar que en un momento dado los meses dejarían de ser realmente lunares para tomar un determinado número de días (29 o 30 días). Así por ejemplo desde el siglo VII a.C. sabemos por la correspondencia entre asirios y babilonios  que se observaba la luna el día 30 del mes. Si tras la puesta del sol la luna era visible, entonces se declaraba de forma oficial que comenzaba el primer día del mes siguiente. En cambio, sino era así, se confirmaba el día 30 del mes.

¿Hasta cuándo se utilizó en Mesopotamia calendarios lunisolares? Se trata de una cuestión difícil de contestar. Algunos afirman que en el Imperio paleobabilonio, según el texto de Enuma Elis, existía un calendario administrativo en el que se usaban únicamente meses de treinta días y, por tanto, tendría el año 360 días. Sería parecido a otro supuesto calendario asirio –con meses de 30 días, como se evidencia en el MUL.APIN–, y con un periodo de tiempo de cinco días, llamado ḫamuŝtum, al final del año para completar los 365 días. Por tanto, estaríamos ante calendarios solares. Pero ¿hasta qué punto fueron realmente utilizados?  Algunos investigadores afirman que la mención de estos calendarios en los textos hay que vincularlos con un contexto religioso, es decir, que se trataría de explicar el estado ideal del funcionamiento del universo de tal forma que fuera armonioso en su funcionamiento. Otros, en cambio, consideran que se trata en realidad de un calendario destinado a simplificar los caculos de fenómenos astronómicos.

 

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