Cuatro autobiografías imperiales

Cuatro autobiografías imperiales pertenecientes a cuatro grandes personajes: Julio César, Claudio, Adriano y Juliano el Apóstata. Todas ellas apócrificas, es decir, no fueron escritas, ni mucho menos, por tales personajes, sino por autores contemporáneos, dentro del género  de la novela histórica, pero con la peculiaridad de que están escritas en primera persona.  

Las cuatro novelas que aquí mencionaré, además de por el estilo autobiográfico, también destacan por otras dos cosas. En primer lugar, todas ellas son obras consagradas de autores que se han hecho un hueco en la historia de la literatura contemporánea.

Por otro lado, todos los personajes elegidos, como así sucedió, se hacen así mismo y ascienden de forma progresiva, algo que es explotado por los autores. Lo buscaran o no, alcanzan el poder por ellos mismos, y en ningún caso estaba fijado que esto sucediera desde el mismo día de su nacimiento. Julio César ambicionaba la gloria, aspiró a un importante mando y pretendía emular a Alejandro Magno. Pero solo el devenir de los acontecimientos hizo que acumulara todo el poder de Roma en sus manos. Por su parte, nadie habría dicho que el tartaja y malhecho Claudio llegara a sentarse en el trono. Mientras tanto, Adriano, como todos los príncipes de la dinastía Antonina, simplemente se posicionó para convertirse en heredero, en un momento en el que se consideraba que el poder lo debía ostenta el mejor. Pero sobre todo, quién iba a predecir que, después de que Constantino convirtiera al cristianismo en la religión del Imperio, Juliano el Apostata  intentara restablecer la religión cívica, es decir, la de los dioses tradicionales.

Tras estos breves apuntes, vamos a mencionar de una vez las cuatro novelas a las que me estoy refiriendo:

Si seguimos el orden cronológico de los personajes, debemos mencionar en primer lugar la autobiografía de Julio César, escrita por Rex Warner. En realidad esta se encuentra dividida en dos partes. Una primera, El joven César, que como se puede deducir trata sobre sus años mozos, antes de que pronunciara aquello de veni, vidi, vici. Una segunda, César Imperial, que se desarrolla desde su llegada a la Galia hasta la misma noche de su sangriento asesinato. De hecho, este segundo volumen comienza en la noche de antes, cuando César, sin poder dormir, se dedica a recordar el pasado.

“Aún sopla el viento, faltan todavía algunas horas para el amanecer. Estamos en los idus de marzo. No hace mucho un adivino me dijo que me cuidara de este día; pero ocurre que ésta es la época del año que casi siempre me fue más propicia.”

El segundo de los emperadores que tienen el honor de tener una autobiografía es el entrañable Claudio. Me refiero, claro está, al Yo, Claudio, del insigne Robert Graves, que fue adaptada como serie de televisión en los años setenta. En realidad, además de Yo, Claudio, existe un segundo volumen, Claudio el dios y su esposa Mesalina, que continúa la historia. En el primero, desde su dura infancia hasta que es aclamado emperador por las tropas el mismo día de la muerte del desquiciado Calígula. En el segundo, nos narra sus experiencias al frente del Imperio y las conspiraciones palaciegas de su querida esposa Mesalina.

“Yo, Tiberio Claudio Druso Nerón Germánico Esto-y-lo-otro-y-lo-de-más-allá (porque no pienso molestarlos todavía con todos mis títulos), que otrora, no hace mucho, fui conocido de mis parientes y colaboradores como “Claudio el Idiota”, o “Ese Claudio”, o “Claudio el Tartamudo” o “Cla-Cla-Claudio” o, cuando mucho, como “El pobre tío Claudio”, voy a escribir ahora esta extraña historia de mi vida”.

Podemos continuar con la de Adriano, bajo el descriptivo nombre de Memorias de Adriano, de la escritora Marguerite Yourcenar. Desde luego, a mi juicio, la que tiene un carácter más filosófico y, por tanto, la que puede resultar más compleja de leer. Se trata, ante todo, de un Adriano que reflexiona sobre el mundo y su momento.

“Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestras antípodas.

Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre”

Finalmente, Juliano el Apostata, de Gore Vidal, en donde, tras la muerte de este, alguno de sus colabores intentan conservar las memorias escritas por Juliano. En este caso, se entremezcla epístolas y comentarios de estos con las supuestas memorias del propio emperador. Desde luego, si algo debemos destacar de esta sublime novela es la magnífica descripción del mundo tardoantiguo, así como la lucha entre una nueva religión y los coletazos de la antigua por sobrevivir.

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