El banquete en el mundo clásico

El banquete era una de las principales actividades sociales y de esparcimiento de las altas clases del mundo grecorromano. Se trataba de una cena, con una duración de varias horas, que realizaba un reducido grupo de personas, reunidas en la casa de un particular que actuaba como anfitrión. A lo largo de ese tiempo, además de comer, ante todo se bebía y se charlaba a la luz de las lucernas. La importancia de estas reuniones era tal que incluso varias obras de la literatura clásica establecieron como escenario el banquete.

El término griego que designa al banquete es el symposion, cuyo significado etimológico es “reunión para beber”. En latín, es convivium, que significa “reunión para vivir”. En ambos casos, el banquete nos viene a demostrar una misma realidad: se trata de un acto social, en donde relajarse mientras se charla y se bebe con los amigos, mientras uno se olvidaba de los problemas diarios: “Deja sin más a la puerta de mi casa cualquier cosa que te aflija, olvida tu casa y tus criados con todo lo que te rompen o estropean, olvida antes que nada a tus amigos desagradecidos” dice uno de los personajes que actúa como anfitrión en una sátira de Juvenal (11.190-193). También este sentido de diversión es reflejado en un pasaje del Satiricón de Petronio (34.8-10): “Bebíamos, pues, sin dejar de admirar los detalles de toda aquella magnificencia, cuando apareció un esclavo trayendo un esqueleto de plata. Estaba tan bien conjuntado que sus articulaciones y vertebras podían girar en todas direcciones. Repetidas veces lo arrojó sobre la mesa para que su estructura flexible ofreciera diversas posturas. Luego añadió: ¡Pobres de nosotros! ¿Qué poca cosa es este hombrecillo! ¡En eso pararemos cuando nos arrebate el Orco. ¡Vivamos, pues, mientras podamos pasarlo bien!”. Se trataba de vivir y pasarlo bien: carpe diem.

Junto con las preocupaciones, también en ocasiones se dejaba a un lado la moral y el buen comportamiento propio de la vida en público. Cicerón, en el discurso de defensa de Celio (67.11-15) nos indica este cambio de comportamiento: “Sean graciosos y mordaces, cuanto quieran, en los banquetes, a veces hasta elocuentes después de beber; pero una es la esencia del foro y otra la del triclinio; uno el comportamiento ante el tribunal y otro en la mesa del banquete; no impone igual la presencia de unos jueces que la de unos juerguistas; en fin, es muy diferente la luz del sol que la de las lámparas”.

Estos banquetes, que solían iniciarse hacia la octava hora –en la Antigüedad, el día y la noche se dividía en doce horas cada uno-, tenían una duración variable y, en algunas ocasiones, podían durar hasta el amanecer, aunque por lo general acababan antes de este momento. Es frecuente que las fuentes nos indiquen como por la noche era común encontrarse por las calles a individuos en estado ebrio que volvían a sus casas después de haber disfrutado de estos.

En cuanto al número de comensales, no debemos pensar que eran multitudinarios. Aulo Gelio (Noches áticas, 13.11.2-5) nos lo comenta: “el número de invitados debería empezar por el de las Gracias y acabar por el de las Musas; es decir, como mínimo tres y como máximo nueve”. En cuanto al tipo de personas a invitar: “hay que procurar evitar la invitación a charlatanes o a lacónicos, pues la elocuencia es adecuada para el foro y los tribunales y el silencia para el dormitorio, pero no para una reunión socia”.

El banquete solía tener diferentes partes. Una primera era en la que se realizaba la cena propiamente dicha, en donde se servían diversos platos y alimentos. En uno de los epigramas de Marcial (10.48.1-24) en donde el mismo autor invita a varios amigos, este realiza una descripción de la comida que servirá: “La granjera me ha traído unas malvas para aligerar el vientre y varios productos que tiene mi casa de campo. Entre ellos hay una lechuga aplastada y puerros que pueden ser troceados; y no falta la menta que hace rectuar ni la hierba afrodisíaca; huevos cortados coronarán anchoas aliñadas con ruda y habrá mamas de cerda impregnadas de salmuera de atún. En esto consisten los entremeses –la parte de los entremeses recibe el nombre de gustatio-; en mi mesa se servirá un solo servicio, un cabrito arrebatado a las fauces de un lobo cruel y bocados pequeños de carne que no tienen necesidad del hierro de un trinchante, y habas propias de artesanos y brécol vulgar; a esto se añadirán pollo y un jamón que ha sobrevivido ya a tres cenas –esta es la cena propiamente dicha-. Cuando ya estéis llenos, os daré frutas maduras –se trata del postre o secundae mensae- y vino de una jarra de Nomento sin posos que ya tenía seis años en el consulado de Frontino. Se sumarán bromas sin hiel y una franqueza que no ha de ser temida a la mañana siguiente y ni una palabra que quisieras haber callado: que mis invitados hablen de los verdes y los azules y mis copas no convertirán en acusado a nadie”. Desde luego, la comida descrita poco tiene de frugal. Los excesos en el caso de Roma, y no solo en el plano alimenticio como veremos, fueron una tendencia habitual.

Tras este sublime festín, se iniciaba el momento de beber, que es en sí el simposio, aunque se le da el nombre también de comissatio, no sin antes realizar las libaciones: “…una vez que se acomodó Sócrates y acabaron de comer él y los demás, hicieron libaciones, y tras haber cantado en honor del dios y haber cumplido los demás ritos acostumbrados, se dedicaron a beber” (Platón, El banquete 176a). El dios es Dionisos o, en el caso romano, Baco, y la bebida, claramente, es el vino. Se elegía también al simposiarca o rex conuiuii, una tradición de origen griega en el que uno de los comensales, normalmente a sorteo, se convertía en el árbitro de la bebida y determinaba la cantidad de agua con que se debía mezclar el vino y la cantidad que debía beberse en los juegos que se realizaban, debiendo todos los invitados ingerir esta, de lo contrario era penado con algún tipo de broma. Cabe decir que la mezcla del vino con agua es común debido a que el vino de la época era muy distinto al que se realiza hoy en día. La gran fuerza de este hacia que prontamente se llegara a la embriaguez y por ello era diluido con agua.

Además de beber, también solía haber plantos picantes y ligeros para acompañar al vino, y se repartían coronas de flores entre los invitados, así como ungüentos. También se realizaban diversos brindis en honor de los amigos y era frecuente realizar diversos juegos mientras se bebía. Marcial nos muestra varios ejemplos de brindis en donde se bebían tantas copas de vino como letras tenía el nombre de la persona que se honraba: “Derrama el inmortal Falerno, súplicas como las mías reclaman un viejo barro: bebamos cinco y después seis y otras ocho copas más, para que se complete el nombre de Gaius Iulius Proculus” (Epigramas 11, 26,5-8). Otro ejemplo del mismo autor: “Bébanse seis copas por Laeuia, siete por Justina, cinco por Lycas, cuatro por Lyde, tres por Ida. Cuéntense las letras de los nombres de todas mis amigas por la cantidad de falerno servido, y puesto que ninguna viene, ven tú a mi encuentro, Sueño” (Epigramas I, 71, 1-4).

Por su parte, Ateneo nos cuenta el popular juego del kóttabos: “El llamado kóttabos apareció para los simposios y en Sicilia, y los sicilianos lo introdujeron los primeros. Y tan grande llegó a ser la afición a este entretenimiento que introdujeron para los simposios unos certámenes llamados cotabeos. Y además se fueron fabricando unas copas que parecían ser las más útiles para estos efectos, las llamadas cotabides, y aparte de estas se fueron fabricando unas construcciones circulares para que todos compitieran por la victoria colocando el cotabo en el centro a una distancia igual y desde sitios semejantes. Pues no sólo se vanagloriaban de disparar había el objetivo, sino también de hacer bien cada una de las cosas del juego. Pues era necesario que apoyándose en el codo izquierdo y doblando el derecho soltaran la gota, pues así llamaban al líquido que caía de la copa, de manera que algunos se enorgullecían más por su jugar bien al cótabo que los que se enorgullecían por disparar la jabalina” (El banquete de los eruditos 11,58, 5-23). En resumidas cuentas, se trataba de introducir las gotas que quedaban en la copa de cada comensal en un vaso que se encontraba en el centro de los comensales a una cierta distancia.

Lo que debemos destacar, en cualquier caso, era la conversación. Al fin y al cabo, era uno de los motivos de la reunión. A veces, esta tenía un carácter filosófico en donde los comensales hacían uso de su sabiduría, al igual que era una forma de adquirir nuevos conocimientos. Cabe destacar, a modo de ejemplo, la afamada obra de Platón, El banquete, en donde los contertulios, entre ellos Sócrates, tratan tendidamente sobre el amor. También era normal realizar lecturas o recitar poesía como de nuevo nos dice Marcial (Epigramas 11.52.5-6 y 16-18): “Yo te prometo más: no te leeré nada, incluso aunque tú me leas de nuevo tus Gigantes o tus Bucólicas, próximas a las del inmortal Virgilio”. No obstante, el ya mencionado Aulo Gelio indica: “La conversación en este tipo de reuniones no debería tratar sobre aspectos excesivamente pasionales o tortuosos, sino divertidos y amenos, que combinen el provecho con el placer y el interés”.

Otros preferían deleitarse con cánticos, aunque como Horacio dice en una de sus sátiras (1.3,1-8), parece que existían cantantes en las cenas que llegaban a aborrecer a su público: “Es una manía común a todos los cantantes la de no consentir jamás en cantar si se les ruega en una reunión de amigos, y, cuando nadie se lo pide, no cesan de hacerlo. Tal manía era la del famoso Tigelio de Cerdeña; aunque el mismo César, que podría obligarle, se lo pidiera por la amistad de su padre y por la suya propia, nada conseguía; pero, cuando se le antojaba, no cesaba de tararear el Ío, Baco, ya en la nota más alta, ya en la más baja del tetracordio, desde el aperitivo hasta los postres del banquete”. Frecuente era que los más pudientes contrataran coros y músicos para que deleitaran la tertulia y bebida.

El ambiente intelectual en ocasiones no existía, prefiriendo disfrutar de actividades y espectáculos fuera de tono y con un carácter sexual en muchas ocasiones: “Quizás esperas que canciones de Gades con armoniosa melodía te soliviantes y al recibir aplausos de aprobación las bailarinas se agachen hasta el suelo retemblando las nalgas. Con el marido reclinado a su vera contemplan las casadas lo que cualquiera se avergonzaría de contar en presencia de ellas. Oiga repicar las castañuelas entre frases impropias de esclava desnuda que aguarda en burdel apestoso, disfrute de obscenas modulaciones y de todos los refinamientos de la liviandad el que embadurna con sus gargajos aparadores de Lacedemonia” (Juvenal, Sátiras 11, 162-175). Bailarinas, cómicos y enanos eran otra de las tantas ocurrencias con que el anfitrión sorprendía a sus amigos, e incluso se repartían los más variados regalos.

La embriaguez al final del banquete podía llevar a indeseadas peleas: “Pelear con las copas que han sido fabricadas para fines alegres es propio de los tracios: dejad esa costumbre bárbara y mantened lejos de las sangrientas luchas a Baco, que merece respeto.

¡En qué desacuerdo tan brutal está el alfanje medo con el vino y las candelas! Calmad ese humano griterío, camaradas, y permaneced apoyándoos sobre el codo”. (Horacio, Odas 1.27, 1.14).

Algo tan típico de toda borrachera descontrolada era el acabar la velada vomitando el vino ingerido: “Al pedir Panereto haciendo sonar los dedos ebrio, ya a la media noche, un orinal tardíamente, le fue entregada una jarra de vino de Espoleto, pero una que él mismo había vaciado y el cántaro entero no había sido suficiente para él solo. Él, vomitando, devolvió con escrupulosa exactitud al jarro el vino que había contenido, la cantidad exacta del recipiente” (Marcial, Epigramas 6. 89, 1-6).

Finalmente, cuando el sueño comenzaba apoderarse de los invitados, el banquete daba a su fin y cada uno iniciaba en la noche el camino de vuelta a casa.