El calendario gregoriano

Nuestro actual calendario proviene directamente del calendario romano, el cual se fue conformando desde los propios orígenes de Roma, y fue modificado a lo largo del tiempo, con dos importantes reformas, una la que llevó a cabo Julio Cesar, y que conformó el llamado calendario juliano, y otra la que llevaría, en el siglo XVI, el papa Gregorio XIII, que sobre la base del juliano se realizaron pequeñas pero importantes cambios, que principalmente tenían que ver con el desfase, y que da lugar al calendario actualmente usado en Occidente, el calendario gregoriano.

No entraré en el debate existente sobre la arcaica existencia de un calendario romano de diez meses lunares, de marzo a diciembre, que según las fuentes fue establecido por Rómulo, y que, posteriormente, fue modificado por Numa Pompilio, dando un calendario de doce meses, añadiéndose enero y febrero. La poca documentación que se tiene hace difícil comprender la evolución del calendario en sus orígenes. Los únicos datos que tenemos del llamado calendario prejuliano o republicano son los que nos aportan, fundamentalmente, los Fasti Antiates Maiores, un calendario que ha sido datado en época de Sila.

Este calendario nos ofrece un año dividido en doce meses,  de la siguiente manera: todos los meses tenían 29 días, menos los llamados meses largos, marzo, mayo, julio (en aquel momento Quintilis) y octubre, que tenían 31. Febrero tenía 28.
Pero si sumamos todos los días, esto hace un año de 355 días, lo que produce un amplio desfase entre el calendario  y el año astronómico, es decir, esto hace que las estaciones no caigan en sus respectivos meses.  Por tanto, para que esto no ocurriera, se añadía un mes de 27 días cada dos años, conocido como mensis intercalaris, aunque Plutarco lo menciona como Mercedinus. En esos años, el mes de febrero quedaba reducido  a 23 o 24 días, y seguidamente se intercalaba este mes de 27 días.

La siguiente reforma del calendario vendrá por parte de Cayo Julio Cesar. Éste encarga la reforma al astrónomo Sosígenes, de origen egipcio. No era una casualidad elegir a un egipcio para este trabajo, pues éstos desde antiguo tenían cálculos mucho más exactos sobre la astronomía.

Cuando se afrontó esta reforma, en el 46 a.C, el calendario romano llevaba un retraso de ochenta días con el año solar. Para ello Julio Cesar tuvo que ampliar el año 46 a.C para que se pusiera a la par con el año solar. De esta forma el año 46 a.C fue el año más largo de la historia, con 445 días.

El nuevo calendario, que se aplico por primera vez en el año 45 a.C,  tendrá un año de 365 días. Además se realizó una nueva división de los días de cada mes, quedando finalmente los meses tal y como los conocemos:  Ianurius (31 días), Februarius (28) Martius (31),  Aprilis (30), Maius (31), Iunius (30), Iulius, (31), Augustus (31),  September (30), October (31), November (30), December (31).

El quinto mes, Quintilis, pasó a llamarse julio, Iulius, en honor a Julio Cesar. Poco después, cuando Augusto llega al poder, también se le otorgará a él un mes. El sexto mes, Sextilis,  pasó a llamarse Agosto, Augustus.

Por otra parte,  cuando Cesar hace la reforma se encuentra con el problema de que el año no dura 365 días exactos, sino que dura un cuarto de día más. Por lo tanto se acabaría produciendo un desfase de un día cada cuatro años. Para que ello no ocurriera se decidió que cada cuatro años se le pondría al mes de febrero un día más. Este día se intercalaba entre el 24 y el 25 de febrero. El nombre de bisiesto proviene de bis sextum kalendas martias, según la calendación romana.

Así quedó fijado el calendario juliano, y no será modificado hasta el siglo XVI, modificación que no alteró los meses ni los días de éstos. A partir de principios del siglo XVI se hace patente que el calendario está en desfase. El calendario juliano, aún mediante los años bisiestos, no estaba libre de error. Era un ligero desfase, unos doce minutos más al año, pero una acumulación de doce minutos en casi mil seiscientos años llevó a  que en el 1582 el desfase respecto a la realidad astronómica era de diez días. Pero en esta fecha aplicar una modificación del calendario era muy difícil, ya no existía la unidad imperial romana, y Europa estaba dividida en una gran cantidad de Estados. La única persona que podía tener alguna influencia sobre todos éstos era el Papa. Así fu, cómo, en 1582, bajo el pontificado de Gregorio XIII, se llevo a cabo una nueva reforma del calendario, bajo el asesoramiento del astrónomo Cristóbal Clavius, quien realizó nuevos cálculos basándose en los ya hechos por Luigi Lilio.

El principal problema era volver a ajustar el año civil con la realidad astronómica, puesto que existía un desfase de 11 días. Gregorio decidió que del 4 de octubre de 1582, se pasara directamente al 15 de octubre.

Los nuevos cálculos del año dieron a éste una duración 356 días, 5 horas, 49 minutos, 12 segundos (los cálculos modernos han corregido esto). Ello corregía el antiguo cálculo de 365, y un cuarto de día. Se seguirán manteniendo los bisiestos cada cuatro años , siendo bisiesto los años cuyas dos últimas cifras sean divisibles para cuatro, pero con algunas excepciones. No serían bisiestos aquellos años cuya dos últimas cifras fueran cero, es decir, que los años 1700, 1800 y 1900, que hubieran sido bisiestos, no lo fueron porque acababan con dos ceros. A esto hay que sumar otra excepción, los años que acaben con dos ceros, pero sus dos primeras cifras sean divisibles para cuatro  sí que se contaran como bisiestos. Por ejemplo el año 2000 acaba con dos ceros, pero sus dos primeras cifras se pueden dividir por cuatro, es por ello que si fue bisiesto.

Todo esto se produce debido a que cada 134 años se produciría un error de un día, al contar cada cuatro años un día más. A pesar de todo esto, aún quedarían sin corregir veintiséis segundos cada año, que daría un día de más cada 3623 años, para cuya corrección bastaría con dejar de contar un bisiesto cada 3000 años.

A este nuevo calendario se le llama calendario gregoriano, aunque realmente es el juliano con algunas modificaciones.
Toda esta reforma, más o menos dificultosa era posible en la teórica, pero aplicarlo era otra cosa. La orden que dio el Papa para que se diera un salto del 4 de octubre de 1582  al 15 de octubre  fue tan solo obedecida en tres países el mismo día de su implantación. Estos fueron España, Italia y Portugal.  Países Bajos, Bélgica y Francia lo hicieron ese mismo año, pero en fechas diferentes. En Flandes y Holanda por ejemplo, se paso del 21 de diciembre al 1 de enero, por lo que ese año no hubo fiestas de navidad.

Poco a poco, en los siglos siguientes la gran mayoría de los países occidentales fueron realizando dicho cambio.  Rusia lo realizó en 1918, cuando el desfase era ya de catorce días, por ello la revolución de octubre realmente ocurrió en noviembre. De los últimos países en adoptar el calendario gregoriano fue Grecia, que lo hizo  en 1923.

Volviendo a 1582, el salto del 4 de octubre al 15 encontró un duro opositor en el pueblo. Estaba arraigada en las gentes mal humildes la creencias del destino, todo estaba pensado por Dios desde un principio, por lo tanto quitar esos diez días iba contra el destino y los designios de Dios. Hay que pensar que era un pueblo analfabeto, y con una escasa cultura. Para ellos era más bien como quitar realmente diez días al tiempo. Se pensaba, por tanto, que quienes tenían que morir o nacer, o los acontecimientos que tuvieran que suceder en esos 10 días nunca ocurrirían. Al Papa le costó revueltas en sus Estados, y sucesos similares tuvieron lugar en otros países conforme se iba aplicando el nuevo calendario.

 

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