El conde de Romanones

¿Quién no ha oído hablar del conde de Romanones? Figura transcendental en el periodo final de la España de la Restauración, encarna a la perfección el prototipo de político caciquil de su época. Un hombre que –como muchos políticos en la actualidad- mantuvo un asiento en las Cortes desde finales del S. XIX hasta la dictadura de Primo de Rivera, y que volvió a conseguir en las tres legislaturas de la Segunda República. No solo eso, acabó siendo nombrado, de igual modo, Procurador de Cortes durante el franquismo hasta su fallecimiento en 1950.

Para esbozar la biografía de este, bien podemos hacer un breve resumen del libro de Moreno Luzón, Romanones. Caciquismo y política liberal (Alianza Editorial, Madrid, 1998), el cual se desarrolla a lo largo de siete capítulos. De hecho, el objetivo del mismo es presentar el sistema de la Restauración por medio de un personaje que estuvo involucrado durante toda su vida en él.

Nacido en 1863 en Madrid, Álvaro Figueroa y Torres –es decir, el Conde de Romanones-, provenía de una familia burguesa con una fortuna considerable, lo que le permitió a este, gracias a la cercanía con los círculos de poder,  iniciar una fructífera carrera política.

No obstante, fue durante su estancia en el Colegio de España en Bolonia, y más tarde en el Ateneo de Madrid, cuando se empezó a interesar por las cuestiones políticas. Fue en estas instituciones en donde Romanones se impregnó del ideal liberal y, gracias a las amistades que realizó en ellas, se integró en el Partido Liberal de Sagasta. Pese a todo, el que más tarde será Presidente del Gobierno no fue un demócrata, pero sí un liberal. Propugnaba la ampliación de derechos, pero creía sólidamente en los ideales y sistema de la Restauración, el cual defendió hasta el final. Para él, la Monarquía y el Parlamento eran esenciales, y era en esta cámara en donde se debía luchar por el poder. Receló en todo momento de los proyectos de cambio que intentaban cambiar las instituciones o la sociedad –lo que en su tiempo se llamó Regeneracionismo-, y tuvo como principal modelo a Sagasta. No obstante, supo adaptarse a las nuevas circunstancias por las que atravesaba España. Cuando tuvo que lidiar con los principales problemas, reconoció sus errores y los del propio sistema de la Restauración.

Su primera acta de diputado –curiosamente, aunque no extraño, por la circunscripción de Cuba- la obtuvo antes de cumplir los 25 años. Hecho fundamental, puesto que le permitió ser observado en el hemiciclo por Sagasta y ascender en el partido –pese a que no destacó nunca por su oratoria-.  Pero no fue precisamente en el Parlamento el lugar donde Romanones entró de pleno en el campo de batalla de la política, sino en el Ayuntamiento de Madrid.  Este ayuntamiento era en aquel entonces una antecámara del Congreso y, por tanto,  moderados y liberales luchaban por gobernar la capital de España. Era un ayuntamiento, como muchos otros, donde la corrupción estuvo –y posiblemente no ha dejado de estar- a la orden del día. Amplios sectores financieros e industriales tenían amplios intereses en controlarlo –especialmente la concesión de la recaudación del entonces impuesto de consumos-, y la aprobación de los presupuestos madrileños eran objeto de amplios debates. Del mismo modo, era un lugar para forjar clientelas, puesto que cuando un nuevo alcalde llegaba al cargo, prácticamente todos los funcionarios del ayuntamiento eran sustituidos por individuos de confianza del primer edil. En este panorama, Romanones, primero como concejal y luego como alcalde –arrebató la alcaldía a los conservadores-, dejó ver su capacidad para desenvolverse en la política de su época.

A partir de ese momento comenzó a crear unas relaciones clientelares y a montar  un feudo en Guadalajara. Este clientelismo abarcaba todos los estratos sociales, campesinos y propietarios en las zonas rurales y trabajadores y empleadores en las urbanas estaban vinculados de algún modo a Romanones. Pero hay que tener en cuenta, a diferencia de lo que tradicionalmente se creía, o como lo intentó describir el Regeneracionismo, que el caciquismo no era en sí mismo una coacción hacia las clases más débiles por parte del patrono, aunque no hay que desestimar que no existiera, pero en general los lazos clientelares eran relaciones transaccionales y voluntarias, en donde tanto el cliente como el patrono intentaban obtener algún beneficio.

Sea como fuere, desde su posición en el Ayuntamiento de Madrid, y los meritos logrados en este, se catapulto hacia el Gobierno. Fue nombrado ministro de Instrucción Pública en el último de los gabinetes de Sagasta. Pero llegaba en un momento en el que el sistema de la Restauración entraba en crisis, especialmente tras la muerte de sus dos protagonistas: el ya mencionado Sagasta y Cánovas del Castillo. Con Cuba perdida, y el surgimiento de una cada vez mayor oposición al sistema, con una dura crítica por parte de los regeneracionista, el sistema de la Restauración, tal y como lo defendía Romanones, entraba en una lenta agonía, a pesar de que este continuará creyendo en él. No permitió en ningún momento que fuera modificado, como muchas voces, incluidas las de algunos miembros de su propio partido, pedían con el fin de democratizar el régimen.

Como ministro de Instrucción Pública y como político liberal que era, Romanones intentó introducir mejoras en el sistema de educación como fue, por ejemplo, que los sueldos del profesorado fueran pagados por el Estado y no por los ayuntamientos. Pese a todo, lo que podría haber sido su gran obra, una nueva ley que regulara la instrucción pública –y que debía recoger mucho de los puntos que ya habían sido modificados mediante decretos-, no llegó a aprobarse. Por otra parte, pese a que existía en su partido un ala que clamaba por arrebatar a la Iglesia el control sobre la educación, Romanones no entró en tal aspecto.

En 1903, la muerte de Sagasta supuso un duro golpe para Romanones, así como para el liberalismo. A partir de entonces, el Partido Liberal no encontró una única cabeza visible, pese a que fueron varios los que intentaron hacerse con el liderazgo, entre ellos Romanones, que se convirtió ahora en un asiduo en los Gobiernos liberales.  Si este podía aspirar a convertirse en líder de los liberales, compitiendo con otros como Canalejas o Moret, era porque a lo largo de su carrera política había ido acumulando una serie de clientelas políticas tal y como ya hemos mencionado antes. Esto le permitió seguir manteniendo su acta de diputado e, incluso, conseguirla para individuos de su confianza, así como establecer a familiares en importantes cargos de poder. Cuando Maura intentó la reforma para que las elecciones dieran unas Cortes que representaran realmente la voluntad nacional, Romanones demostró que su clientela en Guadalajara estaba bien asentada, y que era imposible, por mucho que el Gobierno conservador lo intentara, que se pudiera prescindir de él en las Cortes. Dominaba además medios de comunicación como el diario Globo, e intentó ganarse a la opinión pública aludiendo a sus reformas durante su estancia en el ministerio de Instrucción Pública, así como presentando un supuesto programa reformador, que entre otras cosas proponía un fortalecimiento del Estado en contra del dominio de la Iglesia, pero que en realidad iba encaminado a mantener las cosas tal y como estaban.

Entre los años 1909 y 1917, la carrera de Romanones alcanzó su cúspide. En 1909, tras la crisis del Gobierno de Maura, los liberales, de la mano Moret, volvieron al Gobierno, pero sorprendentemente no se contó con Romanones para ocupar ninguna cartera en este, algo que irritó al conde. Pero, como solía ser habitual, el Gobierno entró pronto en crisis debido, entre otras cosas, por la propia división de los liberales que impedía que existiera una mayoría en el Congreso con la que gobernar. Finalmente, la crisis se resolvió con la caída de Moret, quien fue sustituido por otro liberal, Canalejas, del cual Romanones fue lugarteniente.  En el nuevo Gobierno, volvió a ocupar la cartera de Instrucción Pública, aunque poco después, en 1910, fue elegido Presidente del Congreso.

Parecía que el éxito del gobierno de Canalejas permitiría de nuevo encabezar a los liberales, pero, en 1912, Canalejas fue asesinado. En aquel momento se volvió a abrir  una nueva pugna en el Partido Liberal por el poder, en la que ahora Romanones iba a luchar con todas sus fuerzas para ser la cabeza del mismo. Pero no solo era un tiempo de crisis para los liberales, también lo era para los conservadores –que atravesaban el mismo problema de liderazgo que el liberal- y el propio país. En esa tesitura,  Alfonso XIII tuvo que decidir a quién dar la presidencia. Tras consultas, el rey dio la confianza al Conde de Romanones, que se convirtió en presidente del Consejo de Ministros  en 1912, alcanzado la cúspide con la que soñaba todo político de la época. Era una opción favorable para el sistema, puesto que se encontraba a la derecha de Canalejas y de García Prieto. Pese a todo, su presidencia  fue más bien una interinidad, una continuación de los asuntos dejados abiertos por Canalejas.

Para desgracia del conde, presidir el Gobierno no le dio el liderazgo del partido. Era evidente cada día que la unidad de los liberales era menor. Romanones tuvo que conformarse con ser el jefe de una facción del partido y competir de forma continuada con García Prieto, quien no dudaría en realizar una votación en el Senado que finalmente acabo con la dimisión del conde. Fue sustituido por el conservador Dato.

Como era de esperar, el Gobierno de Dato entró en crisis en 1915, y poco después Alfonso XIII optó nuevamente por llamar a Romanones para que formara Gobierno, pese a que no había conseguido asentar su jefatura dentro del partido.  En este nuevo periodo presidiendo el Consejo de Ministros, Romanones tuvo que gestionar la posición de España en la Primera Guerra Mundial, que finalmente se mantuvo neutral, pese a que existía cierta tendencia entre la clase política para entrar en ella, aunque se discutía acaloradamente si se debía hacer del lado de los Aliados –postura defendida por Romanones-  o de los Imperios Centrales. Pese a la neutralidad, el presidente tuvo que soportar duras críticas de los que le acusaban de las malas relaciones con Alemania, del hundimiento de barcos españoles por submarinos alemanes y de la utilización de puertos españoles por parte de estos.

1917 fue un año de crisis para Romanones, para el Partido Liberal, el Gobierno y el régimen. El liberalismo se fraccionó todavía más y era evidente la  multitud de fracciones que existían dentro de este. El conde pudo ver como personas en las que podía confiar se iban de su lado. El turnismo, por otra parte, era cada vez más difícil y las mayorías parlamentarias más pequeñas por la presión de los partidos ajenos al sistema caciquil. Por su parte, Alfonso XIII intervenía de forma constante en los asuntos políticos y la presencia del ejército, apoyado por el monarca, se hacía notar cada vez más.

El Gobierno de Romanones  tuvo que hacer también frente al fortalecido movimiento obrero, canalizado por medio de los dos grandes sindicatos, la CNT y la UGT, y del PSOE, que había incluso conseguido representación en el Parlamento. Todo ello, unido a la decisión de Romanones de suspender las garantías constituciones y cerrar las Cortes, hizo que finalmente fuera sustituido por el también liberal García Prieto, prescindiendo el rey del turnismo –ante el desagrado de los conservadores-.

A partir de 1918, el sistema de turno era ya imposible de mantener. El rey, que ya no encontraba a quién encargar formar Gobierno, reunió a todos los lideres conservadores y liberales en el Palacio de Oriente. En aquella reunión, y ante la amenaza del rey de abdicar, Romanones sugirió la posibilidad de formar un Gobierno de concentración –dinámica que se mantuvo a lo largo de los siguientes años- que integrara a los principales políticos. Así se formó un Gobierno presidido por el conservador Maura en el que Romanones ocupó la cartera de Gracia y Justicia. De esta manera, los que habían sido dos duros rivales, comenzaban un periodo de entendimiento total. El Gobierno tuvo como principal objetivo presentar reformas, pero que en ningún momento afectaban al sistema político ni a la Constitución del 76. No obstante, pocos meses después el Gobierno cayó tras la victoria de los Aliados en la Primera Guerra Mundial. Romanones se presentó en las Cortes como el único político que había sido partidario de los Aliados y, por ello, el rey volvió a llamar a Romanones para que formara un nuevo gabinete. Era la tercera y ultima vez que presidiría el Consejo de Ministros, pero lo podía hacer ahora como un político experimentado. Su principal objetivo fue intentar que España no se mantuviera al margen de las relaciones internacionales, por lo que gestionó la entrada de España en la que iba a ser la Sociedad de Naciones. De hecho, llegó a reunirse con el presidente norteamericano Wilson en París.

Pese a todo, su Gobierno se hundió rápidamente debido, especialmente, a la conflictividad cada vez mayor dentro del país. A partir de entonces el sistema político empezó a ser visto por Romanones de otra forma. Incluso llegará a despreciar el turno y la estructura tradicional de partidos. No obstante, este –que en los años siguientes ocupó diversas carteras en efímeros Gobiernos de concentración-, junto a Maura y otros políticos, intentó a toda costa la salvación del régimen político.  

Durante la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930) –apoyada por el monarca-, Romanones encabezó la oposición a la misma. Intentó convencer en muchos momentos al rey para que retornara al antiguo sistema como demostró cuando, como presidente del Senado, visitó al rey para comunicarle que según la constitución debía convocar elecciones a Cortes, puesto que si el nombramiento de Primo de Rivera como presidente del Consejo era legal, sería anticonstitucional no convocarlas. Pero el rey hizo caso omiso a la petición. A partir de entonces, las relaciones de Romanones con el rey, que en el pasado habían sido buenas, como demuestra las cacerías que hicieron juntos, se deterioraron. Romanones afirmaría en algún momento que prefería una república a esta monarquía. De hecho, no era el único que tuvo este pensamiento, como, por ejemplo, Alcalá Zamora, más tarde presidente de la Segunda República

Tras la dimisión de Primo de Rivera, el monarca quedó en una compleja tesitura. Romanones fue uno de los pocos que volvió al lado del rey para intentar dar una salida a este. Formó parte del Gobierno del almirante Aznar, y a todos los efectos, Romanones cumplió las funciones de presidente del Consejo tras las elecciones municipales del 12 de abril de 1931. Cuando los resultados fueron conocidos en la mañana del 14 de abril, fue el enlace entre el Comité Revolucionario, más tarde Gobierno provisional, y el monarca, organizando la salida de este último y transfiriendo el poder al primero.  

Proclamada la Segunda República, Romanones fue uno de los pocos políticos de la Restauración que siguió activo. Gracias a su feudo de Guadalajara –pese al desmontaje que la República había hecho del sistema caciquil-, consiguió un acta en las tres legislaturas que  hubo durante la República, aunque ya sin ninguna relevancia en el poder. Romanones –ahora diputado Figueroa- protagonizaría su última gran actuación ante las Cortes republicanas cuando defendió a Alfonso XIII ante la acusación de traición que se le estaba realizando por parte de la República.

Tras la Guerra Civil, fue nombrado Procurador en Cortes, lo que mostraba que mantenía una gran influencia política. Falleció en 1950 y, en su honor, se realizó un gran cortejo fúnebre por la Castellana en Madrid.

En definitiva,  el conde de Romanones fue un político liberal de viejo cuño, el cual es el símbolo de la España caciquil de su tiempo.

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