El Imperio carolingio

 

El Imperio carolingio supone, aún a día de hoy, un amplio debate acerca de cómo se debe entender éste. El final del Imperio romano de occidente había supuesto el final de la unidad política, pero muchas de las estructuras sociales, económicas y culturales se habían manteniendo en un largo periodo conocido como Tardoantigüedad. Claramente, a lo largo de éste, lentamente se van produciendo cambios sustanciales –difíciles de averiguar por los historiadores–. En cualquier caso, el Imperio Carolingio parece ser la bisagra entre esta Tardoantigüedad y la plena Edad Media –la época feudal–. No hay un acuerdo entre los historiadores entre si hay que situar la época carolingia como el fin del mundo antiguo, el último gran Imperio con unas características que intenta una reestructuración –aunque más germánicas que romanas– del antiguo Imperio de occidente, o, por el contrario, supone el principio de la formación de Europa. Probablemente no sean dos hipótesis contrapuestas, debiéndose entender como fin y principio al mismo tiempo.

Sea como fuere, lo importante es que Europa –de hecho la Europa en la manera que la concebimos hoy se inicia en este periodo– empieza a crecer en dos sentidos distintos. Por una parte, se produjo una expansión del cristianismo por el este, característica que la definirá. Por otra parte, creció en población tras los siglos anteriores de caída demográfica.

El Imperio carolingio es, en cualquier caso, una época de resurgimiento, puesto que tras siglos de oscuridad documental, se vuelven a tener abundantes fuentes escritas que iluminan la Historia.

 

Los orígenes

En la antigua provincia romana de la Galia, los francos se habían asentado a lo largo de ella, en especial después de la batalla de Vouille en el 507, la cual provocó la retirada visigoda del sur galo. Sin embargo, el reino franco, bajo la monarquía merovingia, rara vez permaneció unificado a lo largo de los siglos siguientes. En el siglo VII, existían tres reinos francos: Austrasia, Neustria y Borgoña. Cada uno de ellos con un monarca merovingio, apenas sin poder, pues éste acabó siendo ejercido por mayordomos de palacios. A finales de este siglo, Pipino de Herstal, mayordomo de Austrasia –nombrado en el 688 en todo el reino, después de conseguir una amplia clientela–, consiguió tal poder que unificó en su persona las mayordomías de los tres reinos –ejerciendo el poder también a través de sus hijos–, aunque, si bien, aquitanos y bretones quedaron al margen de su poder.

Pipino murió en el 714, revestido prácticamente con poderes reales –reunía el ejército y comandaba las campañas–, creó básicamente una monarquía hereditaria. Así, su hijo no legítimo, Carlos Martel, heredó íntegramente las mayordomías, pese a la oposición de la aristocracia de Neustria. Poco después, Carlos recibía el título de duque o príncipe de los francos, lo que muestra que la monarquía merovingia era meramente un títere en manos de éste.

Para consolidar su poder, necesitaba integrar a las aristocracias de los distintos lugares. Para ello, se recurrió al antiguo pacto germánico por el cual un individuo se ponía bajo la protección de otro. Pero éste estaba modificado para ser adaptado a las circunstancias, es decir, para ser un pacto entre poderosos. Por ello, se recurría al beneficium, por lo general tierras –provenientes de las posesiones de la monarquía merovingia–, que el señor –Carlos Martel– daba a estas aristocracias –sus vasallos–. Se conformó así, a su alrededor, una importante clientela que sustentaba su poder, al tiempo que las introducía en aquellos territorios donde existía mayor tradición romana, especialmente Provenza.

En esta región, su obispo y la aristocracia de origen romana se rebelaron contra el poder del duque de los francos. Para calmar los ánimos de estos, Carlos Martel ideó una serie de campañas exteriores que beneficiara a la aristocracia en general. Estas iban encaminadas a controlar a alemanes, frisos y sajones al nordeste. Mientas, en el sur, se logró frenar el avance del Islam.

Los musulmanes, que habían ocupado la Península Ibérica en el 711, habían penetrado también en la Galia –concretamente en la Septimania–. Carlos Martel, en el 732, los venció en Poitiers, frenando su posible expansión por Europa para siempre. Probablemente no porque el Islam supusiera un peligro para el reino franco –alega el historiador Cardini–, sino porque era una oportunidad para abrir un nuevo frente bélico que mantuviera ocupado a dicha aristocracia. Al mismo tiempo, era una demostración de la capacidad militar, ahora que los caballos se habían dotado de estribo.

Carlos Martel gobernaba en la práctica como un autentico monarca en el reino cristiano más poderoso de Europa occidental: el reino franco. Así lo demuestra que el papa Gregorio III solicitara su ayuda en el 739. El pontífice se veía superado en una Italia dividida entre bizantinos y lombardos –el monarca Liutprando había conseguido cierta unidad de los territorios italianos bajo dominio lombardo–. Y, especialmente, quería protegerse del Imperio bizantino, en un momento en que las relaciones de la Cristiandad habían empeorado tras la declaración iconoclasta del Imperio bizantino. Carlos Martel no prestó ayuda alguna, pero la petición de ayuda del papado refleja que el reino franco poseía el mayor poder en una Europa cristiana que se había reducido tras la caída del reino visigodo. Más allá de las islas británicas y de Italia, el reino franco ocupaba la mayor parte del territorio cristiano en la Europa occidental.

En el 741 moría Carlos Martel. De nuevo, se producía una sucesión hereditaria como si de una monarquía se tratara. Esta vez el reino quedó divido entre sus dos hijos: Carlomán –que quedó con Austrasia, Turingia y Alemania– y Pipino el Breve –Neustria, Borgoña y Provenza–. Ambos se encontraron con una dificultad agravante: no eran reyes y tampoco existía en ese momento ningún monarca merovingio en el trono. Ello hacía que muchos territorios, como el ducado de Baviera, decidieran no respetar la autoridad de estos. Así, se decidió dar el trono franco a Childerico III –claramente como títere–.

Poco después de ello, Carlomán decidió retirarse de la vida política para recluirse en un monasterio. Todos los territorios quedaron bajo la tutela de Filipo, quien decidió alejarse de las apariencias para ceñirse la corona real, que le correspondía de acuerdo al poder que ejercía. Con el apoyo de la aristocracia, Pipino buscó la legitimación en el papado, ostentado en este momento por Zacarías, a quien preguntó lo que debía hacer. El papa no lo dudo ni un momento, si alguien debía ser rey, éste era Pipino, pues a todos los efectos era el que tenía el poder, destronando a Childerico III.

Así fue como, en el 751, una asamblea reunida en Soisón coronaba a Pipino como rey, al tiempo que un legado papal le ungía como tal en nombre del pontífice. Por primera vez un monarca se convertía en tal por la gracia de Dios, dejándose atrás una monarquía electiva y legitimada aún en paganos mitos. Al mismo tiempo, se aprovechaba para reestructurar la jerarquía de la Iglesia en el reino franco, la cual había quedado desecha por la política de Carlos Martel, el cual había entregado sedes episcopales a laicos –otras directamente se encontraban bacantes–. Así mismo, se devolvió a la Iglesia muchas de sus posesiones –las cuales se había usado también para entregar el beneficium–, aunque se permitía al monarca entregarlas a nobles, si era necesario, a cambio de una renta a la Iglesia.

¿Qué le llevó al papa a aceptar a Filipo como monarca? No era a cambio de nada. Ya hemos visto como se produjo una reordenación del clero. Pero además el papado se garantizaba su futuro. En adelante, una llamada del papa debía bastar para que Filipo acudiera en apoyo de éste. Y ello no tardo en ocurrir. El llamamiento lo hizo Esteban II, después de que el sucesor de Liutprando intentara la expulsión de los bizantinos de la península itálica y, no contento con ello, apoderarse de la propia ciudad de Roma, gobernada por el propio pontífice. Inmediatamente dos expediciones enviadas por Filipo llegaron a Italia. Estas obtuvieron sendas victorias, entregándose al papa sendos territorios como el exarcado de Rávena, la Pentápolis italiana y el corredor de Perugia. Todos estos territorios se convirtieron en los Estados Pontificios, el patrimonio de San Pedro.

Para justificar el dominio sobre estos territorios se realizo, a mediados del siglo VIII, un documento conocido como la Donación de Constantino. Se trataba de un texto que se le atribuía al emperador Constantino, y por tanto claramente falso. En él se decía que el emperador romano había entregado al entonces papa, Silvestre I, la ciudad de Roma, las ciudades de Italia y todo occidente. Así reza un fragmento del falso documento: “Y para que la dignidad pontificia no sea inferior, sino que sea tomada con una dignidad y gloria mayores que las del imperio terrenal, concedemos al susodicho pontífice Silvestre, papa universal, dejamos y establecemos en su poder, por decreto imperial, como posesiones de derecho de la santa Iglesia romana, no sólo nuestro palacio como se ha dicho, sino también la ciudad de Roma y todas las provincias, distritos y ciudades de Italia y de Occidente. Por ello, hemos considerado oportuno transferir nuestro Imperio y el poder del reino a Oriente y fundar en la provincia de Bizancio, lugar óptimo, una ciudad con nuestro nombre y establecer allí nuestro gobierno, porque no es justo que el emperador terreno reine donde el emperador celeste ha establecido el principado del sacerdocio y la cabeza de la religión cristiana”.

Por una parte, justificaba el dominio de los territorios papales adquiridos gracias a Filipo, pero ante todo se trataba de justificar la capacidad del papa para intervenir en los reinos occidentales, puesto que, si sus monarcas lo eran por voluntad divina, era el papa quien entregaba esos territorios que supuestamente le pertenecían. De hecho, el falso documento entregaba también al papa todos los atributos de los emperadores.

Sea como fuere, el Papa se convirtió en un poder hegemónico en Italia, pues dominaba la Italia central, y, al mismo tiempo, Filipo el Breve obtuvo de nuevo una legitimación de su poder, ahora plasmado en sus hijos, pues fueron ungidos como herederos.

Los lombardos perdieron fuerza, lo que supuso para Pipino una ventaja, ya que podía dedicarse a otros asuntos de frontera. Así, logró quitar de manos musulmanas la Septimania. También Aquitania, gobernada independientemente por el duque Waifredo, pasó a manos de Filipo tras la muerte de éste en el 768 y una expedición militar.

 

Carlomagno y la conquista de un Imperio

El año en que Filipo el Breve regresaba de la expedición a Aquitania, éste murió. El reino franco fue divido entre sus dos hijos Carlomán –recibiendo los ducados de Alemania, Alsacia y Lorena, la Septimania, Aquitania y Provenza- y Carlos –Austrasia, Germania, Neustria y la Aquitania marítima-. El primero, sin embargo, murió tres años después, así que Carlos –que será conocido como el Grande: Carlomagno- heredó el reino franco en su conjunto.

La historia le daría a Carlomagno un lugar en el imaginario colectivo. No es de extrañar que para muchos sea el comienzo de una Europa feudal, con unas características diferentes a la Antigüedad. Aunque de hecho, hay que dejar esa magnificencia que la tradición y la historiografía le han otorgado, pues llevaría únicamente a un error. Carlomagno, dentro de su importancia, se contextualiza en una época que, si bien conocida como carolingia, comienza antes de éste y acabo más de un siglo después de su muerte.

Uno de los puntos más relevantes de Carlomagno fueron sus conquistas territoriales, siguiendo las políticas de sus antecesores, Carlos Martel y Pipino. Así, se lanzó a la conquista del este de la frontera franca, en el que existían pueblos todavía paganos. De esta forma, se fortaleció el dominio y cristianización de Frisia. Al mismo tiempo, se derroto a los sajones que se encontraban asentados a lo largo del rio Elba. Estos no eran un reino, sino que divididos en cuatro grandes grupos, vivían bajo la teórica autoridad de varios reyes –en muchos casos se mantenía las estructuras tribales que caracterizaban a los germanos-. En todo caso, de vez en cuando se daban al saqueo de la frontera franca.

Aprovechando un saqueo sajón en el 772, Carlomagno inició las operaciones bélicas, las cuales durarían nada menos que treinta años –en los que no faltaron las derrotas francas–. Tras la victoria final, se comenzó a o organizar el territorio sajón y, lo que era más importante, cristianizarlo mediante el envió de misiones. En parte, la integración se realizó gracias a que la aristocracia sajona mantuvo sus privilegios y costumbres –según decretaba la Lex Saxonum–, siendo integradas en la administración del Imperio en condición de condes.

También se logro el dominio de Baviera, cuyo duque –católico-, que era en teoría vasallo de Pipino el Breve, jugaba a varias bandas: se acercó a lombardos y ávaros en ciertos momentos. Carlomagno no podía tolerar tal comportamiento, así que lo depuso en el 788. Baviera quedó integrada en el Imperio, aunque manteniendo su carácter como región –el ducado de Baviera–.

Poco después, conquistó el reino ávaro, que se encontraban desde el siglo VI en el curso medio del Danubio, dedicándose al continuo saqueo de los Balcanes. ¿Qué interés podía presentar entonces? Los saqueos habían dado a los ávaros un rico botín que era guardado en un lugar concreto. Tierras y botín cayeron en manos del rey franco en el 796.

En el sudoeste, si su padre había conquistado la Septimania, Carlomagno cruzó los Pirineos, después de que los propios reyes musulmanes de Zaragoza y Barcelona le solicitaran ayuda para hacer frente al emir Abd-al-Rahman I. Sin embargo, cuanto el caudillo franco llegó al valle del Ebro, la situación había cambiado. Acampado junto a las murallas de Zaragoza –cuyo rey se negó a abrirle las puertas–, tuvo finalmente que abandonar el territorio. Cuando se retiraba, sufrió una derrota, la de Rocesvalles –lugar que aún no ha acabado de ubicarse–, a manos de los vascones en el 778. Quedó plasmada en el Cantar de Roldán – elaboró en el siglo XI–, el cual transformó la derrota en epopeya y a los guerreros francos en héroes. Incluso Carlogmano será presentado como el primer peregrino a la tumba del apóstol Santiago.

Tras esta derrota, se creó el reino de Aquitania, en mano del hijo de Carlogano, Luis. Además, se empezó acoger a los hispani, cristianos que no quería vivir bajo el poder musulmán. Junto con ellos se logró conquistar Gerona en el 795 y Barcelona en el 801, creándose la Marca Hispánica –la cual se fue ampliando, en los siglos siguientes, conforme los reinos peninsulares iban “reconquistando” las tierras del antiguo reino visigodo–. A lo largo de ella se fueron creando condados, cómo era habitual en la organización del Imperio, que, dirigidos por aristocracias locales, acabaron por formar reinos independientes en el futuro –el condado de Aragón por ejemplo–.

Finalmente, en Italia se continuó la lucha. Desiderio, el rey lombardo, que era el padre de la repudiada mujer del rey franco, rompió los acuerdos suscritos anteriormente, amenazando los territorios pontificios. En el 774, Carlomagno llegó hasta Pavia, la capital lombarda. Ciñéndose la corona de hierro, se autoproclamó rey de estos.

 

Patricio de los romanos: un nuevo Imperio romano

La Cristiandad occidental se encontraba básicamente bajo el dominio de Carlomagno. No es de extrañar que el papa León III considerara que éste había restaurado la unidad del Imperio romano de occidente, así que le puso la corona imperial bajo el título de “Patricio de los romanos” en el 800. La ceremonia tuvo lugar en la misa del Gallo: “En efecto, él mismo, como en el día de la Navidad hubiese entrado a la basílica del apóstol San Pedro, a la celebración de la misa solemne, y se hubiese situado ante el altar, donde se inclinó para hacer oración, el papa León le colocó la corona sobre su cabeza, reunido todo el pueblo romano que aclamaba: ¡Karolo Augusto, coronado por Dios, grande y magnífico emperador de los romanos, vida y victoria!. Después de estas alabanza fue adorado por el propio pontífice al modo de los antiguos príncipes, y después, omitiendo el nombre de patricio, fue llamado emperador y augusto”.

Desde ese momento, Carlomagno contaba con una rimbombante titulación, la cual plasmaba la concepción de su poder: “Carlos, serenísimo Augusto, coronado por Dios, grande y pacífico emperador, gobernante del Imperio romano y, por la misericordia de Dios, rey de los francos y de los lombardos”. Se trataba, al fin y al cabo, de legitimar a través del pasado y de la religión cristiana la soberanía del monarca. En ello fue importante tanto el papado como la camarilla personal del emperador –en donde estaban destacados teóricos como Teodulfo de Orleans y Alcuino de York–. Estos últimos buscaron justificar la supremacía del rey. De hecho, Alcuino de York, en el 799, envió una carta al emperador en donde le explicaba que existían tres poderes terrenales: el emperador de Constantinopla, el papa de Roma y el rey de los francos. Pero era el de este último el de mayor importancia, concluyendo que se requería de una renovatio Imperii romanorum en la persona de Carlomagno –algo que se realizaría al año siguiente-, pues al igual que en el cielo solo existe un Dios, también en la tierra debería existir un único jefe.

¿Pero cómo podía aceptar todo esto el papa? Evidentemente, si el papa le coronó, no fue porque aceptara estas ideas. Pero tampoco existía ninguna otra alternativa, ya que, al fin y al cabo, los territorios pontificios se mantenían gracias al rey franco. El papa, en cualquier caso, intentó reconducir la situación para aprovecharla en su propio beneficio. Así, el ritual de coronación de Carlomagno daba una imagen de fortaleza del papado. Se tomó el ritual bizantino, pero invirtiendo sus dos fases. Dicho de otra manera, el papa impuso primero la corona a Carlomagno y, tras ello, llamó al pueblo para que fuera aclamado como tal –algo que se mantendrá en todas las coronaciones futuras-. ¿Qué quería decir esto? Sencillamente que era el papa quien tenía la potestad única para nombrar emperadores y reyes, ya que de llamar primero al pueblo sería como darle a éste dicha capacidad.

Por otra parte, la Iglesia entendió el poder del emperador –y futuros monarcas– de acuerdo a las ideas de San Agustín y San Isidoro. En resumidas cuentas, el poder real se encontraba al servicio del cristianismo. Si ello era así, el poder del papa se encontraba por encima de todo.

En resumidas cuentas, pura teoría que difícilmente podía ocultar la realidad: Carlomagno era una especie de nuevo emperador romano que no debía cuentas a nadie, el cual aparece revestido con una apariencia sacerdotal. Su poderío quedó plasmado en la construcción del palacio real de Aquisgrán, residencia oficial del monarca desde el 794.

Por otra parte, ¿cómo se tomó el emperador bizantino esto? Claramente no lo aceptó, pues éste se consideraba aún como legítimo heredero del Imperio. Se produjeron algunos enfrentamientos en la frontera de ambos imperios, en la zona de Venecia. En el 812, el emperador Miguel I reconoció a Carlomagno como emperador y augusto en occidente. El emperador bizantino trataba de presentarse con una autoridad superior –como si se tratara de un nuevo Diocleciano–, por la cual entregaba a Carlomagno el gobierno de occidente, pero en una única unidad romana.

 

Organizar una ¿res publica?

La desaparición del Imperio romano supuso el desmembramiento de la estructura estatal en su mayor parte, pese a que en muchas zonas se mantenía el derecho público. Ningún reino había conseguido estructurar una administración capaz de gobernar el territorio de forma eficaz. Pero ello cambia con Carlomagno.

La organización del imperio se realizó básicamente bajo un origen germánico más que romano, aunque la Iglesia intentó revestir esta estructura mediante una tradición romana como si de una nueva res publica se tratara. Algo que era totalmente imposible de acuerdo a las circunstancias.

A la cabeza del Estado se encontraba Carlomagno, el emperador. Estaba revestido de dos poderes básicos, el ban militar y el munt judicial. El primero se basaba en la capacidad de reunir y comandar el ejército. En cuanto al segundo, es mucho más complejo. Se intentó ejercer éste de forma directa o, en su caso, mediante funcionarios nombrado por éste, componiendo tribunales condales. Pero ¿qué leyes aplicar? El derecho romano solo se mantenía, en parte, en el sur del reino franco. En el norte pesaba mucho más las costumbres de origen germano y ni tan siquiera similares de unos territorios a otros. Así, se permitió que cada territorio funcionara con leyes propias, sin que existiera un cuerpo legal que se aplicara a todo el territorio –característica que regirá la Edad Media y la Moderna-.

En cuanto a los procesos, los tribunales funcionaban mediante juramentos y testimonios, en especial cuando los implicados tenían cierto rango social. Cuando se consideraba que los juramentos eran débiles –para las clases inferiores–, se usaba las ordalías –se aplicaba el juicio de Dios–. Y frente a esta justicia que se puede llamar pública, apareció una justicia privada basada en el duelo –otra forma para que Dios dictara sentencia-.

Volviendo a las funciones reales, debemos mencionar las eclesiásticas, que el Papado había concedido al emperador, tales como el nombramiento de obispos. En cuanto a las funciones económicas: fijaba ferias, mercados y acuñaba moneda. Respecto a esta última, el sistema ideado en este momento se mantendrá a lo largo del tiempo. La moneda se basaba en la plata como patrón, acuñándose el denario –con peso de dos gramos–. Por encima, se encontraban otra serie de unidades de cuenta –es decir, no existían físicamente–: el sólido –que valía doce denarios- y la libra –veinte sólidos–.

¿Por qué no tenía unas atribuciones mayores? En la teoría se podría decir que toda soberanía manaba del monarca, pero difícilmente este podía ejercer un poder de forma directa. El monarca reinaba desde el palatium, que si al principio no tuvo sede fija, al final acabó en Aquisgrán. Gobernar un vasto imperio desde un lugar concreto se hacía difícil sin la existía de una estructura de comunicación eficaz y una administración pública, tal y como la habían tenido los emperadores romanos. De esta forma, el poder debía ser delegado, algo que se hizo en los condes, siendo todo el territorio dividido en entes territoriales –condados–. Estos fueron entregados a los principales aristócratas de la zona, pues sin ellos era difícil mantener el poder. El monarca les entregaba este territorio con autoridad para gobernar en ellos como si fueran la extensión del poder real. En definitiva, se trataba de cargos públicos que a la larga se privatizaron. En muchos casos, gobernaron por cuenta propia, pese a la existencia de los missi dominici enviados por el monarca, los cuales inspeccionaban la situación de los condados. Estos eran también aristócratas y eclesiásticos que obtenían sustanciales ventajas participando junto con los condes.

Por encima de estos se encontraban los ducados, entes territoriales con una personalidad propia, que englobaban varios condados. De igual forma, en las fronteras –las marcas– se pusieron al frente de un marqués, quien debía velar por la seguridad de éstas.

Por otra parte, para que el emperador se sustentara en el poder, necesitaba clientelas. Estas se traducían, ante todo, en un amplio ejército formado por caballeros. Ya lo hemos visto al hablar de Carlos Martel. Se trataba de que aristocracia y guerreros juraran fidelidad al monarca mediante un juramento que convertía a los primeros en vasallos del segundo. Este se plasmaba en la inmixtio manuum: la colocación de las manos del vasallo dentro de las del señor y el beso entre ambos. A cambio, el monarca entregaba un beneficium, feudos o prestimonio –básicamente tierras en usufructo-, con el fin de que pudieran mantenerse con las rentas que los habitantes que trabajaban en ellas –que acabaron por ser siervos– mantuvieran un caballo y armamento para ir a la guerra –auxilium– cuando el monarca lo requiriera, así como asesoramiento –consilium–. Mismo juramento prestaba la aristocracia, recibiendo mismo beneficium. En todo caso unos y otros conformaron el estamento nobiliario.

¿Y la fiscalidad? La entrega de las tierras permitía a condes y caballeros mantener sus funciones, de tal forma que el emperador solo recibía dinero de las posesiones públicas.

 

Los sucesores: un Imperio en crisis

A Carlomagno le sucedió Luis el Piadoso en el 814 –coronado en Reims, cuyo ceremonial se mantuvo a lo largo del tiempo-, quien tuvo que mantener un Imperio que se empezó a desmoronar –quizás porque ya no existieron campañas militares que dieran un objetivo común a la aristocracia del reino–. La propia pérdida del poder del monarca acabó por deteriorar el sistema organizado por Carlomagno. Y, conforme este lo hacía, se deterioraba el poder real. Condes y duques, que en la teoría eran cargos públicos, privatizaron sus puestos, los cuales los hicieron hereditarios. De igual modo, todos aquellos que recibieron territorios en usufructo acabaron por hacerse propietarios de estos, ejerciendo además competencias políticas y jurídicas sobre ellos. Poderes locales y territoriales se hicieron más fuertes, amenazando la integridad del regnum francorum.

Esto ya lo observó Luis, quien se apoyó en las jerarquías eclesiásticas –quizás porque fue influenciado por éstas–. Pero ello tiene una razón política, trataba de sustituir una administración, que se le iba de las manos, por la de la Iglesia –mucho más homogénea a lo largo del reino–. Se creaba una Respublica christiana que caracterizará a una Europa que se estaba conformando.

El primer golpe para la unidad del Imperio vino con la muerte de Luis en el 840. Sus hijos hacía tiempo que tenían un acuerdo para dividirse el reino. En el 823, los hijos del primer matrimonio –Lotario y Luis el Germánico– se repartieron éste. Pocos después, el hijo del segundo matrimonio –Carlos el Calvo- tuvo que ser incluido en el acuerdo. En el momento en que se tuvo que realizar los repartos, el hijo primogénito, Lotario, intentó apoderarse del reino en su conjunto. Los otros dos pretendientes se unieron contra éste mediante el juramento de Estrasburgo en el 842 –primer documento redactado en francés y alemán–. Al año siguiente, el tratado de Verdún entre los tres hermanos acordó la división. La Francia occidentalis –el territorio de la actual Francia– quedó en manos de Carlos. Luis con la Francia orientalis –la futura Alemania–. Y Lotario con el territorio que quedaba entre ambos, incluyendo los territorios italianos y Aquisgrán. Una división, esta última, totalmente artificial a la que se le dio el nombre de Lotaringia.

Pero a esta división, se le unió otra mucha más profunda. La aristocracia apoyó a unos y otros pretendientes, lo que conllevó que estos recibieran mayores cuotas de poder, así como mayores territorios, debilitándose el poder real como ya se ha mencionado. Un proceso que se aceleró con las llamadas “segundas invasiones”. Pueblos al este del Imperio saqueaban o intentaban entrar en él. Continuos ataques de vikingos, húngaros y sarracenos hicieron que muchos aristócratas protegieran sus propias tierras sin contar con el supuesto poder central. Ello también llevó al empeoramiento del campesinado, pues mucho de ellos, que eran libres y acomodados, solicitaron protección a los señores, lo que hizo que pasaran poco a poco a convertirse en siervos.

Por su parte, estos aristócratas crearon sus propios ejércitos mediante lazos vasalláticos, de tal forma que estos guerreros no debían fidelidad al monarca sino a sus propios señores. Y estos, a su vez, solían ser vasallos de otros señores. Los más fuertes –normalmente los condes y duques– consiguieron crear principados territoriales que se ajustaban a una geografía y étnica concretas.

Los monarcas difícilmente podían hacer nada para parar este proceso de fragmentación del poder. ¿Cómo iban a conseguir clientelas si eran incapaces de recuperar los feudos que se habían entregado en el pasado? Si no se recuperaban, no se podían volver a entregar. De hecho, Carlos el Calvo sancionó esta realidad en el 877, legitimando la propiedad privada de los feudos territoriales.

Entre el 875 y el 888, la estructura política del Imperio desapareció totalmente. Distintos monarcas se sucedían al frente de los tres reinos –muchas veces con nuevas divisiones momentáneas–, con cambios de fronteras y de fidelidades.

En la Francia occidentalis –la cual ya podemos llamar Francia–, Eudes –hasta entonces conde de París– fue nombrado rey en el 888 –gracias a sus vasallos– después de haber defendido París del ataque de los vikingos. La aristocracia francesa, que no estuvo de acuerdo con tal nombramiento, presentó a Carlos el Simple como el sucesor legitimo, al ser éste miembro de la dinastía carolina. A lo largo de un siglo, se produjeron luchas entre robertinos –por Roberto el Fuerte, hijo de Eudes– y carolinos. La lucha solo acabó en el 987, año en el que Hugo Capeto, pretendiente robertino, dio un golpe de Estado, convirtiéndose en el primer Capeto en gobernar Francia. Para aquel entonces, el ducado de Normandía se había convertido prácticamente en un Estado independiente –poco después su duque conquistaría Inglaterra-.

Mientras tanto, Alemania tuvo que hacer frente a húngaros y vikingos. Ello hizo que poderes regionales fructificaran a lo largo del terrino, especialmente ducados, y de ahí una Alemania dividida en multitud de estados hasta el siglo XIX. De hecho, incluso dentro de los ducados, las aristocracias locales fueron, en mucho casos, tan fuertes que hicieron que los propios duques no tuvieran tampoco dominio efectivo sobre el territorio. El título real de poco valía de no poseer una preponderancia sobre el resto de ducados. Estuvo en manos primero del duque de Franconia, pasando luego, en el 918, a Enrique I, duque de Sajonia. Lo mantuvo su hijo, Otón I, a partir de 936.

Por su parte, la Lotaringia, tras la muerte de Lotario II, estuvo en manos de su aristocracia, los cuales una vez dependieron del reino alemán y otras del francés. Finalmente dichos territorios acabaron dentro de la dividida Alemania, el futuro Sacro Imperio Romano Germánico fundado por Otón I.

En conclusión, el Imperio carolingio fue el final de una época en el que se mantenía características de la Antigüedad. Al mismo tiempo, fomentó el cambio que caracterizará a la Europa feudal. De esta época surgió el concepto de Europa en la forma que la conocemos, así como una ampliación de ésta y de la religión cristiana hacia el este –suponiendo una primera ampliación–. Al final de la época carolingia, se habían conformado los principales reinos europeos que sobrevivirán a lo largo de los siglos siguientes.

 

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