El Islam: Omeyas y Abbasíes

La religión islámica nació en unas circunstancias, lugar y momento muy determinados. Era una confluencia de diversas religiones: cristianismo, judaísmo y las propias creencias preislámicas de las tribus nómadas de Arabia. Todas ellas contribuyeron a la formación, por parte del profeta Mahoma, de una nueva religión que asentó sus bases y sus dogmas en la primera cuarta parte del siglo VII. Gracias a la peregrinación de este, muchas de las tribus árabes aceptaron la nueva religión, lo que imprimió a esta una gran fuerza militar. El Islam se convirtió también en un Estado, que inició, ya en tiempos de Mahoma, la conquista de amplios territorios. Primero de Arabia y, más tarde, de sendas extensiones de tierra del Próximo Oriente, Egipto y la actual Libia, a costa de Persia y de Bizancio. La estructuración, en cualquier caso, de unas formas estatales más refinadas –siempre bastante débiles– vinieron dadas por la dinastía de los Omeyas, que quedó sustituida posteriormente por la de los Abbasíes y, finalmente, el Estado islámico quedó dividido en tres califatos. Nos centraremos, en las siguientes páginas, a comentar estos últimos hechos: del ascenso de los Omeyas a la división territorial y religiosa del Islam.

 

La llegada de los Omeyas

Tras la muerte de Mahoma, cuatro califas, bautizados por la tradición como ortodoxos, le sucedieron consecutivamente en la dirección política y religiosa, en especial esta última –estos, en cualquier caso, no era profetas–. Pero este sistema de sucesión, ideado sobre la marcha, en el que el califa era elegido por beneplácito de la comunidad, no dio buenos resultados. Las diversas tribus árabes que sustentaban este incipiente Estado, poco consolidado políticamente, estaban unidas únicamente por la religión, y pronto se vio que la elección de nuevos califas creaba discordancias. Los dos primeros fueron parientes cercanos de Mahoma, pero ya el segundo de ellos, Umar, acabó asesinado. Le sustituyó Utman, del clan de los Omeyas, que a su vez pertenecía a la tribu Quraysí. El principal problema del nuevo califa era que no pertenecía a la familia del profeta y, además, era miembro de una tribu que había aceptado es Islam como última alternativa –cuando este ya había triunfado en La Meca-. Esto, desde luego, no gustaba a muchos y, en concreto, a quienes habían sido los más cercanos compañeros de Mahoma, los cuales consideraban que únicamente un familiar de este podía ocupar el Califato. Estos eligieron a Alí, el cual acabó con la vida de Utman, lo que desató, en la práctica, una guerra civil.

Los Quarysí, en cualquier caso, era una de las tribus más poderosa de La Meca, especialmente los Omeyas, cuyos miembros se encontraban diseminados por los nuevos territorios conquistados como gobernadores. Así que tuvieron la suficiente fuerza como para eliminar a Alí en el 661. Ese mismo año, el Omeya Mu’awiya, gobernador de Siria en aquel momento, se proclamó Califa e inició una dinastía que se sucedió en el poder durante los siguientes noventa años.

Esta lucha por el Califato tuvo un amplio costo para el futuro. Es cierto que los Omeyas tuvieron un gran apoyo por parte de la comunidad árabe, pero una parte de esta, bajo el nombre de chiitas, continuó negando su legitimidad. Únicamente reconocían califa a alguno de los sucesores de Alí. Estos acabaron convirtiéndose en un movimiento islámico, dirigido por un imán que permanecía oculto, el cual difería en muchos puntos del credo del resto de la comunidad religiosa –los sunitas–. Al final, fue uno de los grupos que contribuyó décadas después al derrocamiento de la dinastía, que acabó, al igual que empezó, bañada en sangre.

El surgimiento de este grupo chiita no fue el único de los problemas para los Omeyas. A lo largo de un siglo, las tensiones que debieron soportar los diversos califas fueron en aumento. Pese a todo, los primeros miembros de esta dinastía gozaron de un tiempo de prosperidad y, gracias a sus políticas, consiguieron la estructuración política de un auténtico Estado árabe.

 

La estructuración del Estado árabe

Mu’awiya, que ejerció el poder entre el 661 y el 680, había sido gobernador de Siria y, por tanto, poseía una amplia experiencia en el gobierno y organización de los territorios conquistados. No es de extrañar que una de sus primeras iniciativas fuera la de organizar el Estado árabe que se había formado y, de hecho, descuidó bastante la función religiosa que claramente poseía. El Califato se convirtió, por tanto, en una monarquía, la cual representa más bien la autoridad política que el liderazgo religioso de la comunidad de creyentes.

El modelo administrativo que uso, desde luego, no era nuevo; este copió, en parte, el del Imperio bizantino, el cual se ajustaba bien a las necesidades del nuevo Estado: un amplio territorio centralizado en torno a la figura del califa. Así, lo primero de todo, fue una adecuación geográfica de la capital desde donde gobernar, es decir, trasladó la capital de Medina, demasiado aislada al sur de Arabia respecto a las conquistas, y la llevó a Damasco, la cual quedaba más o menos centralizada en el vasto territorio dominado. El imperio quedó dividido en provincias, en cada una de los cuales se encontraba un emir, siempre de origen árabe, el cual ejercía de gobernador. En ellas también existían cadíes o jueces que se encargaban de la administración de justicia.

A lo largo de los sucesores del primer Omeya, Abd-al-Malik (685-705), Umar II (717-720) e Hisham (724-743), se estableció también una administración central compuesta por una especie de ministerios, y se creó una moneda propia: el dinar de oro y el dírhem de plata. A esto debemos sumar que el árabe pasó a convertirse en el idioma de la administración y, finalmente, en la legua común de todos los habitantes del Imperio.

El principal problema de todo era que este Estado no era islámico o musulmán, sino árabe. Es decir, todas las estructuras del poder quedaban en manos de las tribus árabes y dejaban a un lado al resto de habitantes de los territorios conquistados, ya se hubieran convertido o no a la nueva religión. Esto era una profunda división social y, al mismo tiempo, se estaba manteniendo, en parte, las estructuras tribales.

Mejor explicado, las tribus árabes se convirtieron en una casta dominante en todos los territorios que estos mismos conquistaron. Los miembros de estas ejercían de emires y jueces, y, a la vez, se les concedió a las mismas la capacidad para la recaudación de los tributos que debían pagar los que no procesaban la religión islámica y, más tarde, también los musulmanes conversos, lo que produjo que acapararan grandes riquezas. Esto, además, implicó una división social en la propia comunidad religiosa, que en tiempos de Mahoma, según este había predicado, era igualitaria. En otras palabras, la igualdad de la comunidad de creyentes desapareció puesto que se impuso un tributo personal por el mero hecho de que una persona no fuera de origen árabe, pese a que en origen no se había exigido a aquellos que habían abrazado la nueva religión, pero, al fin y al cabo, buena parte lo hicieron únicamente para quedar exentos de tributos y mantener sus propiedades.

Más tarde, las tribus árabes fueron, además, asentadas en los territorios conquistados, se les dio tierras en usufructo y, finalmente, se les acabó dando la tierra en propiedad, lo que les hizo, además, grandes terratenientes. Muchos pequeños propietarios acabaron por dejar sus tierras e irse a las ciudades, en donde se encontraban en muchos casos asentados los contingentes tribales, alrededor de los cuales surgieron arrabales de comerciantes y artesanos que suministraban a estos. De esta forma, el mundo islámico comenzó a experimentar un auge del urbanismo como veremos más adelante.

En cualquier caso, los musulmanes conversos, llamados también maulas, se sentían claramente agraviados por esta diferenciación, puesto que debían pagar un impuesto personal únicamente por esta condición. Al final, es cierto, el impuesto se suprimió, pero se transformó en un impuesto territorial, jaray. Ahora, este no quedaba justificado por su condición de converso, sino por ser propietarios de tierra, pero los árabes siguieron exentos de él. Pese a todo, este cambio parece que implicó las quejas de estos últimos, los cuales creían que iba en contra de sus derechos.

El mantenimiento de una casta que se basaba en estructura tribales creó también muchas tensiones. Las luchas y rencillas entre estas, que venían desde tiempos preislámicos, no desaparecieron, y pronto unas y otras se sintieron menospreciadas respecto a otras, en especial en los repartos de tierra.

La solución para esto último –y en general también para menguar la presión que ejercían sobre la población– fue mantenerlas ocupadas en la conquista de más territorios, en donde podían obtener botín. Así, los Omeyas fomentaron la adquisición de nuevos dominios. Esta conquista se realizó en varias direcciones. Desde Jurasán, en el antiguo territorio persa, la Transoxiana quedó anexionada, lo que permitió controlar a los turcos de Asia central y las rutas mercantiles que iban hacia China. Esta fue la primera avanzadilla para iniciar la conquista del sudeste hasta llegar a la India, a Pendjab, aunque el control de esta zona debió esperar más tiempo. El freno en el este de Asia lo pusieron los chinos en el 751 en Talas.

El Imperio bizantino, que había quedado herido tras la primera conquista árabe, en la cual perdió buena parte de su territorio, logró resistir y, más allá de algunas perdidas en Asia Menor, logró mantener la frontera en los montes Tauro. También tuvo que repeler dos ataques navales a la propia Constantinopla en el 717 y el 727.

Fue en el oeste donde se obtuvieron mayor número de territorios. Tras la resistencia de las tribus bereberes, al final estas se integraron en el Islam y apoyaron la conquista primero de África, desde el desierto de Cirenaica, y desde allí lograron en el 711 cruzar el estrecho de Gibraltar. Ante un poder visigodo que jamás había logrado articular un control efectivo de todo el reino, y sin apenas resistencia, entraron en la antigua Hispania en donde, en pocos años, conquistaron la prácticamente totalidad de la península. Únicamente algunos reductos de cristianos, muchos de ellos nobles que se negaron a aceptar el Islam, huyeron al norte, a zonas montañosas, en donde organizaron la resistencia y los primeros núcleos de lo que, más tarde, serán los reinos cristianos peninsulares.

La conquista de Europa únicamente se frenó cuando Carlos Martel, precursor del Imperio carolingio, derrotó a los árabes en el 732 en Poitiers, acontecimiento del que la posterioridad narró heroicas hazañas, aunque debemos pensar que, en realidad, los árabes, tras la derrota, decidieron no proseguir la conquista. Se ha alegado también que la conquista parece que va dirigida a territorios que poseían las características de desierto/oasis, y tendieron a frenar en aquellos climas con temperaturas más frías.

 

La caída de los Omeyas

La solución que se buscó para los problemas, ante todo sociales, fue, como hemos visto, el de la conquista y adquisición de nuevos territorios. Esto había mantenido ocupado a las tribus árabes, pero, como era de esperar, las conquistas no podían seguir de forma indeterminada. Cuando estas cesaron o, mejor dicho, disminuyeron y se ralentizaron, los problemas que habían sido ocultados, como polvo bajo la alfombra, reaparecieron.

No estamos hablando únicamente de los problemas de las tribus árabes, la población musulmana también se sentía afectada, puesto que los árabes se encontraban por encima de ellos. También la población que no profesaba la religión islámica inició sus quejas. Y en la propia religión había una importante fractura, pues los chiitas todavía no se habían olvidado de la procedencia de los Omeyas. Incluso entre la propia familia califal existían ciertos roces. Las protestas, como vemos, iban dirigidas contra el Estado y el centralismo, contra los árabes y, en general, contra los Omeyas a los que se acabó responsabilizando de todos los males.

En cuanto que acabó culpándose de todos los problemas a los Omeyas, estos se convirtieron en el elemento común que unió a todos contra ellos. Presentados como auténticos demonios, se consideraba que habían perdido toda la piedad de la que hace gala el Islam, y que habían dejado a la comunidad a un lado para empaparse en un lujo impropio de los orígenes tribales y nómadas.

El califa Hisham logró sobrellevar esta situación intentado prolongar las conquista, pero a su muerte, el poder de la dinastía de derrumbó. En el 747, estalló una revolución contra los Omeyas, la cual fue iniciada por los Abbasíes –que intentaron hacer suyas todas las reclamaciones– desde Jurasán. Pronto obtuvieron el apoyo suficiente y al-saffah-al-Abbs se proclamó califa. El poder omeya quedó definitivamente socavado en la batalla del Gran Zab en el 750. Tras esta, una amplia sangría de la familia Omeya se llevó acabo. Únicamente Abd-al-Rahman consiguió escapar y llegar a los territorios hispanos, el Al-Andalus, en donde instauró un emirato independiente, lo que suponía la primera de las quiebras territoriales del Islam.

 

Los Abbasíes

Los Abbasíes se convirtieron en una nueva dinastía que se mantuvo, pese a los muchos problemas que atravesará el Islam, hasta el 1258, claramente cuando ya el Imperio islámico había quedado dividido en sendos reinos, califatos, emiratos o como queramos llamar a cada célula de poder.

Sea como fuere, durante los dos siglos siguientes al ascenso de la dinastía, estos gobernaron un amplio territorio. Los Abbasíes se presentaron desde un primer momento como restauradores de la igualdad universal de todos los creyentes, independientemente de su procedencia. No se quería un Estado árabe, sino un Estado islámico, lo que les permitió atraerse el apoyo de una amplia capa de la sociedad que, desde luego, no era de procedencia árabe.

Con el fin de hacer un guiño a los chiitas, la legitimidad de al-Abbas parecía clara en cuanto a que era familiar de Mahoma. Del mismo modo, para los más ortodoxos, el Califato volvió a retomar su función como líder de la comunidad de creyentes. Todos los que la conformaban pasaban, por tanto, a convertirse en súbditos.

Para desmontar, al menos intentar, las estructuras étnicas y tribales que todavía existían, la nueva dinastía prescindió de estas para la defensa del territorio. Fueron sustituidas por milicias de esclavos y mercenarios que solo debían fidelidad a su amo o al que les dispensaba el oro para sobrevivir. Pero, claramente, para gobernar tan amplios territorios, los Abbasíes tuvieron que forjar una red clientelar y de relaciones familiares, tanto de sangre y artificiales. De esta forma, los propios familiares del califa fueron enviados como emires a las provincias, lo que a la larga se mostró contrario, pues estos fomentaron más la ruptura del Imperio.

Los emires, en muchos casos, se comportaron como gobernadores autónomos, que hacían y deshacían a sus anchas. Mientras que las antiguas tribus, cuyo carácter se iba diluyendo, seguían siendo los grandes propietarios de tierras y, por tanto, de riquezas. Por si fuera poco, para mantener las milicias de mercenarios, en muchos casos se otorgó a los jefes de estas la capacidad para la recaudación de los impuestos en amplias zonas, que al final convirtieron en un derecho hereditario y, finalmente, se apoderaron de propiedades privadas, casi al modo feudal que, por aquella época, se estaba dando en la Cristiandad Europea. De esta forma, los poderes se multiplicaron también a nivel regional e incluso comarcal.

Todos estos poderes acabaron legitimándose a sí mismo en raíces históricas previos a la dominación islámica. La zona de Irán, en el antiguo Imperio persa. Al-Andalus, el Magreg y el África proconsular; tanto en raíces del Imperio romano de Occidente como en elementos prerromanos. Finalmente, la zona de Arabia, Mesopotamia y la costa sirio-palestina; en una amplia cultura de diversas civilizaciones anteriores, entre ellas el helenismo.

Nada más establecerse la dinastía abásida, Al-Andalus se transformó en un emirato independiente y, en los cincuenta años siguientes, otros tantos territorios –Arabia, Siria, Mesopotamia– hubo revueltas con pretensiones similares y, de hecho, en el norte de África aparecieron tres emiratos independientes: Tahert, bajo los Rustemíes; Fez, bajo los Idrisíes; Qayrwan, bajo los Alabíes. Únicamente el califa Harun-al-rashid (786-809) logró frenar las continuas revueltas, pese a que no logró recuperar el control más allá de Libia. Pese a todo, en la segunda mitad del siglo IX las escisiones volvieron a ser el pan de cada día, esta vez en la zona oriental.

El mayor problemas de todo, más allá de la pérdida de control territorial, era que el poder califal estaba totalmente socavado en la propia capital, que había sido trasladada a Bagdad –una ciudad construida ex novo–. El palacio califal, una auténtica ciudad administrativa, era un nido de conspiraciones, tanto por parte de la familia califal como de las propias clientelas de estos, las cuales ocupaban los más altos cargos administrativos. Por una parte, la familia abásida había crecido considerablemente debido a la poligamia. Esposas, hijos, nietos, sobrinos y un largo parentesco conspiraban entre sí para arrebatar la vida al califa y ascender ellos mismo al trono. Para ello, no dudaban en usar los propios recursos del Estado para contratar a sus propios mercenarios.

A esto debemos sumar que el califa fue progresivamente perdiendo poder, en favor de una amplia burocracia. Los katib o secretarios a cargo de los diwan o ministerios manejaban los hilos del poder, haciendo sus cargos, a veces, hereditarios. A estos podemos sumar el que mayor poder revistió, el visir, jefe político que organizaba el funcionamiento de los diversos diwan. La familia de los Barmequíes monopolizó este durante años hasta que finalmente fueron depurados por harun-al-Rashid. Al-Mamum, por su parte, con el fin de salvaguardarse del aparato administrativo y su propia familia construyó un ostentoso palacio en Samarra guardado por mamelucos, es decir, esclavos, de origen turco.

Más allá de este intento por parte de estos califas por recobrar el poder, la realidad fue que los califas únicamente tuvieran una función ceremonial y religiosa. De hecho, acabaron por ser recluidos en un lujo persa, el palacio califal se convirtió en una cárcel dorada para estos y sus supuestos protectores eran en realidad los carceleros. El sobrevivir, en medio de una multitud de rivalidades, era una tarea que ocupaba todo el tiempo de los califas y, en general, de cualquier alto cargo.

Lo peor de todo es que ni el poder religioso del califa se sostenía. Dicha función no era baladí en un Estado que se basaba en la Ley de Dios. Al tener esta un carácter poético, la interpretación es muy subjetiva, y al aplicarla se fue creando una jurisprudencia y un Derecho positivo. Pero dentro del Islam había varios movimientos religiosos, con credos que diferían, que interpretaban esta Ley. De hecho, la complejidad del asunto hizo que aparecieron cuatro tipos de especialistas relacionado con las leyes: los ulemas, que estudiaban los principios de la Ley; los alfaquíes, teóricos del derecho Positivo; los jueces o cadíes, que eran los que lo aplicaban; y los muftíes, que emitían dictámenes.

Como los abbasíes habían defendido una comunidad universal con una religión igualitaria para todos, trataron de buscar en todo momento fórmulas que acabara con las tres grandes movimientos: jarichíes –estos consideraba que el califa debía ser elegido entre el más digno de todos–, chiitas y, el mayor de todos, sunitas. Esta fórmula fue el mutazilismo, la cual cogía las tendencias sunitas y añadía las pretensiones del resto. Se basaba en el libre albedrío de los hombres frente a la predestinación, lo que en si era abrir a todos una corriente de pensamiento teológico más allá de la mera interpretación de la ley. Al final, el movimiento no duró más de cincuenta años ante la falta de aceptación, por mucho que al-Mamun persiguiera a los más conservadores sunitas.

 

Los tres Califatos

Como hemos podido observar, el Califato atravesaba serios problemas que pueden resumirse en dos: el surgimiento de poderes regionales que impedían a Bagdad gobernar las provincias más alejadas, y por otra parte la lucha en la propia capital por el poder. De esta forma, el primero de los problemas se fue agravando con el tiempo hasta que finalmente surgieron tres Califatos, lo que implicaba no solo una quiebra territorial, sino también una división en la dirección religiosa.

El primero de los territorios que quedó desvinculado del Califato de Bagdad fue Al-Andalus desde el mismo momento en que los abbasíes subieron al trono. Más tarde le siguieron los territorios del norte de África, en concreto los occidentales, en donde habían surgido tres emiratos independientes. De esta forma, en la primera mitad del siglo IX, el Califato no dominaba ya esta zona. En cualquier caso, como se puede apreciar, los dirigentes de estos territorios, incluido Al-Andalus, siguieron usando la denominación de emirato, lo que implicaba que religiosamente se seguía reconociendo esta función al califa de Bagdad.

A partir de mediados del siglo IX, esto mismo que había sucedido en occidente también se da en las tierras más orientales. Las aristocracias terratenientes se habían fortalecido a lo largo del tiempo y, junto con los gobernadores de las provincias, había socavado el poder del califa, el cual, en realidad, tampoco llegaba más allá de su propio palacio o incluso aposentos. El Estado islámico era demasiado débil para reaccionar ante los sucesos, y las luchas en la propia administración no ayudaban en nada.

Con la muerte de al-Mutawakkil en el 861, las revueltas se multiplicaron y en el oriente del Imperio aparecieron dinastías diversas que emanciparon sus emiratos, aunque en el 936 un jefe militar turco se proclamó “emir de los emires”, y acabó incluso usurpando la función política del califa en Bagdad. Más tarde, los Buyíes, originarios de las montañas de Irán y de la rama chiita, se apoderaron de ese cargo, aunque, para aquel entonces, una multitud de células de poder a lo largo de toda la zona oriental habían aparecido, lo que impedía que desde Bagdad se pudiera gobernar más allá que el territorio que la rodeaba.

A esto debemos sumar que el poder quedó todavía más socavado por las revueltas sociales, con tintes religiosos, bajo la demanda de un reparto más justo de la riqueza. Estas se dieron a lo largo del siglo IX, entre las que podemos destacar la revuelta qarmata, que aunó otros movimientos anteriores, a campesinos, beduinos y amplias poblaciones de las ciudades. Tuvo gran existo en Irak y Arabia, y llegó a ocupar La Meca y robar la Kaaba. Pese a la perdida de intensidad, este se mantuvo en el golfo pérsico hasta la segundad mitad del siglo XI.

Ante estas circunstancias, y un califa que, no es que no tuviera ningún poder, sino que ni la propia administración de Bagdad era capaz de controlar el territorio, algunos emiratos dieron el paso decisivo y, no solo no reafirmaron la independencia, sino que se convirtieron en califatos. En efecto, además del Califato de Bagdad, que se mantuvo, surgieron otros dos.

El primero de ellos fue el Califato fatimí en el 909. Su fundador, Ubayd Allah, se consideraba descendiente de Alí y la Hija de Mahoma, Fátima –de ahí el nombre–, por lo que era candidato, según la doctrina chiita que procesaba, para ser el líder de la comunidad de creyentes. Sin apenas resistencia, se proclamó califa y se impuso en los emiratos occidentales de África y, más tarde, una vez consolidado el poder de esta nueva dinastía, Egipto cayó bajo dominio de este nuevo Califato en el 969. La capital quedó fijada entonces en El Cairo, la cual fue fundada para este menester.

Ante un Califato chiita que aumentaba su poder en el norte de África, Abd-al-Raham III, que gobernaba el emirato independiente de Al-Andalus, se proclamó también califa, con el fin de contrarrestar la influencia chiita africana, puesto que los Omeyas eran sunitas.

De esta forma, el siglo X dio tres Califatos, lo que suponía una división religiosa clara en la dirección de la comunidad de creyentes. Por otra parte, el Califato de Bagdad siguió manteniendo serias dificultades políticas, del que tampoco fueron ajenas los otros dos grandes entes territoriales. Así, por ejemplo, el Califato de Córdoba quedó finalmente dividido en una multitud de reinos de taifas.

 

El esplendor islámico de la ciudad

Pese a una situación política continuamente en crisis, no impidió el florecimiento de una cultura y economía prósperas, las cuales tienen como base la ciudad. En efecto, mientras el occidente europeo se convertía en esencialmente rural, la ciudad volvió a resurgir en las tierras del Islam clásico como centro de la economía, la cultura y el comercio.

Esto se debió a diversos factores que se relacionan entre sí. Por una parte, el asentamiento de amplios contingentes de guerreros tribales, a lo largo de las tierras conquistadas, supuso un aumento de la demanda de productos por parte de estos. De esta forma, artesanos y comerciantes comenzaron a asentarse en torno a los cuarteles. Unas veces estos estaban en las ciudades, lo que permitió la revitalización de estas. Otras veces, surgieron nuevas ciudades en los lugares en donde se levantaron los cuarteles. En cualquier caso, en uno y otros casos, los habitantes del medio urbano fueron en aumento, los cuales se solían establecer en arrabales.

Pero que una amplia cantidad de ciudades, de muy diversos tamaños, pudieran prosperar fue gracias a la agricultura y a las amplias innovaciones agrícolas, en concretos los regadíos. Obras, a veces de compleja ingeniería, permitía la canalización de agua para el campo y para las propias ciudades –en donde era demanda para los baños ante todo–. La complejidad de estas a veces implicó que fueran financiadas por las propias autoridades estatales. Sea como fuere, esto permitió una prospera agricultura de regadío –se introdujeron novedosos productos como el olivo, arroz, algodón, azafrán, cítricos, frutas diversas y productos de huerta– que era capaz de mantener a la población de las ciudades. A su vez, el propio aumento de la población implicó la ampliación de las explotaciones agrícolas.

La mayor parte de las tierras, que anteriormente habría pertenecido al fisco, había pasado a manos de las tribus árabes. Estas, en cualquier caso, únicamente debieron mantener las poblaciones de colonos previamente establecidas, a cabio de rentas. Mientras que los propietarios continuaron explotando sus propiedades. Más adelante, en especial en las huertas que rodeaban a las ciudades, aparecieron los contratos de aparecería.

Además, otro factor fue que muchas ciudades fueron elegidas para establecer administraciones de distinta índole, ya fueran las califales como Bagdad o Damasco, por ser capitales de emiratos o, en su caso, por ser el centro de alguno de los muchos poderes regionales y comarcales que surgieron. No nos podemos olvidar de los propios centros religiosos como La Meca y Jerusalén.

Entre las ciudades aparecieron rutas comerciales, lo que permitió también la creación de una tupida red de caminos. Las caravanas comerciales y los viajeros podían en cada jornada de viaje encontrarse con un núcleo urbano. Eso implica una reactivación del comercio de larga distancia, en donde, junto a los barcos, el camello se convirtió en el medio de locomoción más extendido. Los más variados productos llegaban de un lado a otro del mundo gracias a este amplio Imperio. Importantes compañías comerciales forjaron grandes fortunas.

La ciudad se revitalizaba al igual que lo había sido en tiempos romanos, pero existía una amplia diferencia, así como con las ciudades que más adelante retomarán su función en la cristiandad, sus habitantes no eran, en realidad, ciudadanos. Se quiere decir con estos que, en comparación con las ciudades europeas, sus habitantes tenían una condición de libertad respecto a los de las zonas rurales. Más allá de estos, en estas ciudades existían una serie de instituciones que, de una forma u otra, permitían la participación de estos –al menos de un sector enriquecido–, lo que implicaba un poder distinto al de señores y reyes.

En el mundo islámico esto no ocurre, la ciudad está gobernada por autoridades que han sido nombradas por una autoridad superior, y entre este y los habitantes no existe ningún organismo ni de relación ni de participación. Tampoco existe una cohesión dentro de la propia ciudad, puesto que los barrios y arrabales están divididos por etnias y oficios, y en muchos casos las luchas entre distritos fue frecuente.

Y todo este imperio era también una encrucijada de culturas. Desde China y la India a Bizancio y la Cristiandad occidental. Ello sin contar con que en su seno contaba con una amplio abanica de culturas del pasado, desde los más antiguos imperios mesopotámicos y egipcio, a la cultura clásica de Grecia y Roma. Muchas de las ciudades, de hecho, correspondían a todos estos periodos. No es de extrañar que una amplia cultura literaria y filosófica, siempre base la base de la religión, naciera precisamente en las ciudades islámicas.

 

BIBLIOGRAFÍA

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