El nacimiento de la Cristiandad occidental

altJunto con todas las transformaciones –y también pervivencias–, que sufrió Occidente tras la desintegración del Imperio romano, se produjo el nacimiento de la Cristiandad occidental, que se va a separar de la del Imperio Bizantino, y que va a crear, a partir de ahora, la identidad de la Europa medieval. Las características de esta Iglesia se van a ir gestando a lo largo de un amplio periodo de tiempo, que se extiende desde el Concilio de Calcedonia, en el 451, y la muerte de san Bonifacio, en el 754.

Será una Iglesia diferente a la bizantina, y de hecho, el siglo noveno comenzará con dos Iglesias separadas: la de Roma y la bizantina –u ortodoxa-. Esta última apoyada en el emperador, el cual era una especie de cabeza de la Iglesia, y con un fuerte arraigo en la tradición romana. Mientras que en la de Occidente –la que trataremos aquí–, se encuentra liderada por el Papa, con una herencia romana adaptada a la cultura germana. Sin embargo, será esta segunda iglesia la que mostrará mucha más unión pese a la fragmentación política del territorio. Se pondrá en pie una organización eclesiástica jerarquizada que abarca todo Occidente, que creara un corpus cultural unitario, y difundirá a todos los lugares el mensaje cristiano, acabando definitivamente con los últimos rescoldos del paganismo.

Entre los primeros aspectos que se podrían tratar, destaca la estructuración jerárquica de la Iglesia, que se había superpuesto sobre la estructura Imperial, ahora ya desaparecida. Las provincias fueron tomadas para crear los arzobispados, mientras que en las ciudades más importantes se establecieron obispos, los cuales se convirtieron en las principales autoridades de sus respectivas ciudades una vez que la autoridad imperial desapareció. De hecho, básicamente solo las ciudades que mantuvieron a un obispo al frente consiguieron sobrevivir, al existir un poder que siguió organizando la ciudad.

Estos obispados estarán ocupados por las aristocracias –básicamente desde que el cristianismo se convirtió en la religión principal del Imperio, y más tarde en la única–, primero romanas, y más tarde también germanas. Eran las principales familias de cada uno de los lugares, que con amplias riquezas, se adueñaran del poder de las ciudades, o lo que es lo mismo, los obispados se convierten en un nuevo cargo de poder urbano, muy codiciado, que sustituía a los antiguos magistrados locales. Por ello no es de extrañar que unas pocas familias monopolizaran el control de los obispados, y que los convirtieran, prácticamente, en un elemento privativo de una élite.

¿Quién nombraba a los obispos? En principio la función había recaído en los miembros de la comunidad cristiana de cada una de las diócesis. Sin embargo, el amplio poder de los obispados pronto hizo que la función fuera disputada entre los monarcas y la naciente sede pontificia. Al fin y al cabo, sin otra autoridad en las ciudades, el nombrar obispos era lo mismo que nombrar gobernadores o magistrados. De ahí se entiende que en la España visigoda llegaran a existir más de sesenta sedes obispales, que de forma corporativa se reunían cada poco tiempo en concilios provinciales o nacionales –recuérdese los concilios de Toledo, prácticamente institucionalizados–. Aunque los concilios no fue frecuente en todos los lugares, como sucede en el reino franco.

Pero no solo por la autoridad con la que se revistieron los obispados, estos eran codiciados, sino por el patrimonio que las sedes episcopales, es decir, la Iglesia, acabaron teniendo. Recibiendo todo tipo de herencias y donativos, éstas se suponían que eran del pueblo, y su obispo tan solo su administrador, o al menos eso era en la práctica. La realidad era bien diferente, aunque, si bien, muchos obispos, al principio, cumplieron con esa función, y pusieron en marcha establecimientos de caridad y beneficencia, como el obispo Masona en Mérida. La gran mayoría, y será lo que caracterice a los obispos de la Edad Media, se comportaron como auténticos señores que ansiaban más riquezas, en una Iglesia que acumulaba cada vez un mayor patrimonio.

El dominio de la Iglesia no solo se iba a producir en las ciudades. Poco a poco el cristianismo fue penetrando en las zonas rurales, en donde comenzaron a proliferar amplia cantidad de templos, en un proceso de evangelización de unas poblaciones –las rurales– que seguían manteniendo el paganismo. Se crearon, así, multitud de templos parroquiales, es decir, aquellos que tenían a su frente un párroco, el cual era nombrado por el obispo. Estas parroquias, a su vez, podían tener otros templos subordinados, con competencias canónicas y económicas menores.

Junto a estas iglesias, controladas por los obispos, existían otras tantas que habían sido construías por grandes propietarios en su dominios, y los cuales nombraban al clérigo de ésta. Una forma, al fin y al cabo, de competir con los propios obispos.

Y con todo lo visto, ¿quién era la cabeza de la Iglesia? Sin una red todavía tupida de iglesias pertenecientes a los obispados –que abarcaran todo el territorio–, y sin unos obispos que respondieran a una autoridad superior, o al menos supranacional, parecía que la Iglesia de occidente estaba destinada a convertirse en una multitud de iglesias nacionales, y de hecho la evolución de la iglesia irlandesa, franca y visigoda se hicieron por separado. La iglesia irlandesa caracterizada por la base monasterial más que episcopal, y con una disciplina férrea. La hispana –o visigoda– con obispos que respondían al poder real y que estaban organizando, por medios de los concilios, su propia liturgia y determinaciones religiosas. Y la franca, cuyos obispos se ocupaban más de lo político que de lo religioso, y participaban activamente en la confrontación de los distintos reinos francos, y las luchas monárquicas. En otros lugares ni siquiera existía una Iglesia nacional, como sucede en Italia, en donde de forma continuada brotaban brotes cismáticos.

¿Cómo se convirtió, por tanto, el obispo de Roma en cabeza de la Iglesia? Ante este clima, parece difícil que se pudiera imponer un único poder religioso a todo Occidente, aunque tres de los pontífices que existieron entre el 451 y el 754, de los más 47 que pasaron por la sede de Roma, consiguieron crear una doctrina papal, y que basaron su predominio por estar al frente de la única sede apostólica en Occidente.

León I, que pasó a la tradición por convencer a Atila para que diera la vuelta en su marcha contra Roma, fue sin duda el creador de esta doctrina papal, que fue fomentada por Gelasio I y Gregorio el Magno. Una doctrina que buscaba la legitimación del papado en el pasado, y que contrastaba con la ausencia de una legitimación del poder por parte de los monarcas. León I consideraba que si Roma había sido la capital del mundo en otros tiempos, y había continuado manteniendo una figura de autoridad, la suya, era de justicia que fuera su obispo quien heredara la primacía de ese poder, al menos en la vertiente religiosa –justificación que tomaba aún más fuerza a no existir una autoridad fuerte en Italia–.

Parece que los reinos germanos, poco a poco fueron aceptando dicha primacía, al contrario que el Imperio Bizantino, cuyo emperador se consideraba autoridad universal. Las malas relaciones entre el papado y Bizancio llegaron a tal punto que el papa Felix III excomulgó al patriarca de Constantinopla por aceptar un acuerdo con los monofisitas. Fue el primer momento de alejamiento, que vendría de un segundo cuando Gelasio I (492-496), dando un paso más en la reivindicación de su poder religioso sobre toda la Iglesia –e incluso político–, envió una carta al emperador donde le explicaba la teoría de las dos espadas. Según ésta la auctoritas pontificia era superior a la potestas regia, la cual, esta última, tan solo tenía el objetivo de llevar a cabo las obligaciones morales de la Iglesia. Por ello, los obispos quedaban también bajo la única autoridad del papado. El emperador no lo aceptó, pero la teoría fue utilizada en los años siguientes para fortalecer el poder papal en Occidente, conforme el imperio Bizantino languidecía.

Por su parte, Gregorio I el Magno, del 590 al 604, hizo suya la herencia de San Agustín, e independizó finalmente la Iglesia católica del Imperio bizantino, convirtiéndose en la única cabeza de la Iglesia occidental, e intentando crear en Italia el patrimonio de San Pedro, en lo que sería el germen de los Estados pontificios. Intentó, del mismo modo, que los episcopados se dedicaran únicamente a los asuntos religiosos, que fue recogido en Regula pastoralis.

A partir del papa Gregorio se inició una amplia campaña para la ampliación de la fe cristiana, la cual además debía ser fortalecida, es decir, una conversión de las conciencias. Se pedía a los miembros de la Iglesia romana una mejora de sus prácticas cristianas, al tiempo que se solicitaba a los cristianos del Imperio que solo prestaran obediencia al papado. Se intentó la conversión de los arrianos – Suevos, burgundios, francos visigodos, entre otros, fueron convirtiéndose a lo largo del tiempo, normalmente una vez que sus respectivos monarcas así lo hicieron– , y sobre todo la erradicación del paganismo, que se encontraba especialmente en el mundo rural, o entre grupos de germanos que seguían manteniendo su propio panteón de dioses –ello llevo a una folclorización y germanización del mensaje cristiano–.

Estos últimos, los paganos, fueron a los que más atención se prestó, para lo que fue fundamental la figura del misionero –quienes difundieron la idea de que aceptar a Dios era signo de una civilización superior–. Aunque para la difusión del cristianismo, la Iglesia tendió a sintetizar y simplificar los dogmas cristianos, ante una población analfabeta que no iba a comprender dogmas ampliamente complejos. Por ello era fundamental que los nuevos cristianos hicieran una declaración de fe personal en los misterios nucleares de la religión –no hace falta su comprensión, sino su fe en ellos-. Junto a ello, se produjo la instrumentalización de los santos, que no eran otra cosa que la sustitución de los antiguos dioses. Estos tenían como misión aportar la idea de vidas ejemplares que todo cristiano debía seguir. Sus tumbas y reliquias se convirtieron en lugares de peregrinación –mientras que en Oriente fueron los iconos los que los representaban–.

La misa se convirtió en uno de los vehículos esenciales para la difusión del mensaje cristiano, que alcanzo la forma en que hoy la conocemos en el siglo VII. Los sacramentos del bautismo –la entrada en la comunidad cristiana– y la penitencia –la idea del perdón de Dios- se convirtieron en fundamentales. Este segundo fue dando paso a la confesión por influjo del catolicismo irlandés, que realizo también libros de penitencias según los tipos de pecados. Todo ello se convertía en un elemento de control social.

Entre los siglos VI a VIII el monacato se transformó en el principal elemento de difusión del cristianismo. Éste había nacido en Oriente, con tres modalidades: la anacoreta, es decir, la permanencia en soledad. La cenobítica, creada por san Pacomio, en donde los monjes, aunque tendentes al anacoretismo, mantenían actividades comunes con una regla de conductora férrea. Y finalmente, el monacato propiamente dicho, que fue perfilado por san Basilio de Cesarea en Anatolia, y que se caracterizaba por una regla menos rígida y una convivencia en comunidad. Occidente también conocido estas tres formas, pero fue este último el que más éxito alcanzó, especialmente de la mano de san Patricio. Éste conoció el monacato en Leríns, y lo llevó a Irlanda hacia el 440, aunque mantuvo una regla de conducta para los miembros de la comunidad muy dura. Sería san Jerónimo, fundador de un monasterio en Belén, quien suavizó las formas monásticas. Empezaron, así, a crearse monasterios, los cuales se regularon por sus propios códigos, codex regularum.

En general, se pueden apreciar dos tipos de personalidad en los monasterios occidentales: los irlandeses y los romanos. El monacato irlandés era mucho más rigorista, como ya se ha dicho, con un gran número de monjes por monasterio, manteniendo prácticas litúrgicas propias, y con jurisdicción episcopal por parte de los abades. Anglosajones –en el noroeste, ya que el sur fue evangelizado por el monacato romano-, y francos se vieron influenciados por el monacato irlandés, quienes acabaron por aceptar la supremacía papal y la regla benedictina.

El monacato romano, por su parte, fue obra de san Benito, que vivió entre el 480 y el 550, que conformó la regla benedictina, que se caracterizaba por tener una norma menos rígida, pero siempre huyendo de los excesos individualista de sus miembros. Se trataba de una gran familia de monjes cuya misión era fundamentalmente el ora et labora –orar y trabajar–, con una rutina diaria en el monasterio, el cual básicamente no se podía abandonar. Se dedicaron a la enseñanza y la hospitalidad hacia individuos ajenos a la comunidad.

Como características común, todos los monasterios se constituyeron como entes autosuficientes, en donde una de las actividades fue la de guardar el conocimiento –o al menos el conocimiento que no iba en contra de la religión cristiana–. Sus monjes se dedicaron a la copia de los antiguos manuscritos, labor que permitió que muchas de las obras de la Antigüedad hayan perdurado hasta el día hoy.

En general, los monasterios –y la Iglesia– se hicieron con la función educadora y de salvaguarda de la cultura romana, convirtiendo al latín –que sustituía al griego- en la lengua culta. Se fue creando un corpus cultural que está representado por Boecio (480-525), con su obra De consolatione philosophiae. Casiodoro (485-580), quien intentó integrar las siete artes liberales en la cultura sagrada, y dejó un tratado sobre la ortografía transcripción de textos. El papa Gregorio Magno, que siguiendo a éste último, fomentó la pedagogía de contenido moral. San Isidoro de Sevilla (570-636), que fijó la historiografía peninsular, componiendo una enciclopedia titulada Etimologiae u Origenes, que recogía el conocimiento de la Antigüedad. Y finalmente, Beda el Venerable (672-735), quien escribió cerca de cuarenta libros con todo tipo de temas, que recogían, de igual modo, la tradición clásica.