El nacionalismo autoritario: fascismo, derecha radical y derecha conservadora

La Gran Depresión, que comenzó a finales de los años veinte, causo estragos sociales de gran calibre que tuvieron como principal consecuencia una crisis política. No fue una crisis de los partidos gobernantes en aquel momento, sino del propio sistema democrático o parlamentario. Únicamente Estados Unidos, Suecia, Francia e Inglaterra, entre otros pocos, la población apoyó al sistema, aunque en los dos últimos los gobiernos caían por la incapacidad de tomar medidas que no fueran aquellas que, para inmiscuirse poco en la economía y para salvaguardar los presupuestos, ya habían sido puestas en marcha en las típicas crisis cíclicas del capitalismo. De esta manera, en Inglaterra se tuvo que gobernar a lo largo de los años treinta mediante un Gobierno de unidad nacional, mientras que en Francia se dieron diversas coaliciones entre las que destacó el Frente Popular de 1936.

Frente a los partidos tradicionales, conservadores y liberales, así como los partidos socialdemocrátas, aparecieron o tomaron fuerza otros que tomaban posiciones extremas. Por la izquierda, los partidos comunistas que bebían de la Revolución rusa de 1917; por la derecha, partidos que vamos a llamar de derecha ultranacionalista autoritaria: fascismo, derecha radical y derecha conservadora. Todos ellos –aunque no podemos olvidar el amplio impulso de los partidos comunistas en algunos países– se extendieron a lo largo de los años veinte y treinta. De la mano de estos, el mapa de Europa se llenó de dictaduras o gobiernos autoritarios –en la Europa del Este algunos países ya habían caído en dictaduras poco después de acabar la Gran Guerra-. Incluso en Estados como Francia aparecieron un amplio número partidos o movimientos de estas características, aunque no llegaron a tener un amplio peso entre la sociedad.

Sea como fuere, fascismo, derecha radical y derecha conservadora no son sinónimos, sino que definen corrientes distintas que únicamente comparten similitudes en algunos puntos. Es por tanto que debemos explicar las diferencias a lo largo de los siguientes párrafos, haciendo especial mención al fascismo.

 

¿Qué es el fascismo?

Definir el fascismo no es algo baladí. Existen una multiplicidad de definiciones, algunas de las cuales inflan el concepto hasta el punto que todo acaba siendo fascismo y, del mismo modo, lo entremezclan con el neofascismo, cuyas características, la de este último, es diferente al de los años treinta. Uno de los principales problemas es que hay una tendencia a tomar la parte por el todo, es decir, calificar a algo como tal únicamente a partir de un único rasgo. Alguna de las características que presenta el fascismo, como veremos, coinciden con otras tendencias como la derecha ultranacionalista o la derecha conservadora, pero esto no implica, en absoluto, que estas dos últimas puedan ser calificadas como fascismo.

A diferencia del marxismo, que mana de un pensador o pensadores, no podemos creer que el fascismo se extendió desde la Italia de Mussolini –primer país en instaurarse un régimen fascista- al resto de Europa –aunque sí que pudo influenciar en algunos aspectos-. Más bien podríamos considerar que se trató de un desarrollo en paralelo y, por esa razón, cada uno de los partidos que llamamos fascistas son totalmente diversos. Dicho de otra manera, nunca existió un fascismo genérico que uniera a todos los movimientos europeos de estas características, pese a que la palabra fascismo acabara usándose para definir a todos ellos o incluso a toda la derecha. Fascismo se convirtió así en un sinónimo de dictadura y represión, pero en tal caso fascismo sería también los regímenes comunistas, algo que nos parecería absurdo. Es por ello por lo que se requiere ser minucioso en la definición del concepto.

Ningún partido ni ningún Estado se calificaron como fascistas fuera de Italia. De esta manera, de una forma estricta, el fascismo únicamente se podría aplicar al caso italiano, es decir, definiría la ideología del partido de Mussolini y al Estado que este creó. Esta es la posición que muchos historiadores toman, prefiriendo usar los términos que cada régimen o partido manejaron para calificarse a sí mismos. La opción, desde luego, no es mala, y nos libraría de esta farragosa explicación. La cuestión es que, aunque no existiera ese fascismo genérico, es posible encontrar entre los variados movimientos que agitaron a Europa en los años veinte y treinta algunas características comunes.

Si en la práctica no existió el ya mencionado fascismo genérico, podemos buscarlo en la teoría con fines descriptivos. Se trata de buscar los rasgos similares: una ideología y objetivos más o menos comunes a grandes rasgos, las llamadas negaciones fascistas y unos rasgos parecidos de estilo y organización.

Se ha dicho muchas veces que el fascismo carecía de una ideología coherente. Claramente a esta conclusión únicamente se llega si consideramos que existió, como hemos dicho, un fascismo genérico. Pero la situación cambia si estudiamos cada movimiento fascista por separado, entonces sus ideologías cobran coherencia interna. Especialmente, la disparidad entre unos movimientos y otros vienen dados por, como veremos, el nacionalismo extremo en el que se busca lo propio de cada país.

No obstante, el ultranacionalismo de los movimientos fascistas es un primer elemento común de la ideología fascista. Son movimientos que intentan la regeneración de lo nacional en todos sus ámbitos: espiritual, cultural, social, político, puesto que consideraban que había existido una decadencia de la sociedad y la cultura desde mediados del siglo XIX. En cualquier caso, si tomáramos este elemento de forma aislada del resto que vamos a mencionar, observaríamos que tampoco es algo propio del fascismo, puesto que todos los nacionalismos, ya sean de izquierdas, moderados, conservadores o de extrema derecha, tienen esta idea de regeneración de lo nacional. Otra cosa distinta son los derroteros que tome esa regeneración.

Pretendían la creación de algo nuevo, de un hombre nuevo –tomaron en muchos aspectos las teorías de Nietzche- y el establecimiento de una serie de valores, aunque sustentado bajo los rasgos nacionales y tradicionales. Por tanto, se trataba de una cultura revolucionaria encabezada por nuevas élites, que debían sustituir a las del liberalismo, el conservadurismo y la izquierda. Como utopía final, como en otros tangos grupos revolucionarios, defendía la revolución permanente, que no llega a ser definida de forma clara, con el fin de buscar constantemente nueva expresiones que hicieran frente a las tensiones dinámicas.

En la búsqueda de esta unidad nacional y regeneración, pugnan por la creación de una serie mitos –basados normalmente en una reinterpretación del pasado nacional- que prácticamente crean una “religión cívica”, la cual deja a la religión tradicional en un segundo papel, lo que no implican que estén contra esta, sino que más bien la superan.

Esto conlleva también a una defensa de la omnipotencia del Estado. De hecho Mussolini afirmó: “todo en el Estado, nada fuera del Estado”. El individuo no debe ser protegido por el Estado, sino que el individuo sirve al Estado, de tal forma que todos quedan supeditados a este. El nuevo modelo de Estado tampoco era el de una mera dictadura personal, sino algo nuevo, autoritario y normalmente republicano. Respecto a esto, las libertades individuales son totalmente negadas, puesto que de lo contrario peligra el Estado, el cual es el fin último.

El líder carismático suele ser otro rasgo, una figura que se convierte en el eje del Estado y del partido. El líder se presenta como el mesías, lo que nos hace afirmar que se inspiran en ciertos grupos religiosos que poseían un sentimiento mesiánico. Se espera que el líder sea la persona que llevará a cabo la regeneración del país y, por ello, se le dan amplios o todos los poderes y se le sigue sin ponerle en cuestión. En cualquier caso, este último aspecto tampoco es típico del fascismo, aunque si es cierto que hubo un amplio ensalzamiento de este como líder supremo en la jerarquía y la subordinación de todos a este. En cierta manera la propia ideología se subordinaba al líder, puesto que a fin de cuentas es el líder el creador de la misma.

El fascismo se presentaba contrario al racionalismo, al materialismo y al igualitarismo; por lo que se apoyaban en el irracionalismo, el vitalismo y el idealismo. Es por ello que para lograr sus objetivos estaban dispuestos a actos de destrucción sin piedad y horrendos, los cuales son considerados como una “destrucción creadora“. La violencia, que no fue monopolio exclusivo del fascismo, es una de las principales características de estos movimientos e incluso teorizaron sobre el valor positivo y terapéutico de la misma. La defensa de la misma fue buscada muchas veces en la teoría darwinista y la supervivencia del más fuerte, por tanto la nación más fuerza es la que debe imponerse sobre el resto.

Se ha dicho también que eran movimientos imperialistas y expansionistas, aunque también lo fueron otros muchos, y, por el contrario, algunos movimientos fascistas europeos no parecen que pugnaran por este aspecto o incluso rechazaron las ambiciones imperialistas, especialmente en aquellos lugares en donde estaban satisfechas las aspiraciones nacionalistas. Debemos señalar, de cualquier manera, que todos estos partidos buscaban que sus países jugaran un papel importante en un nuevo orden diplomático basado en una nueva red de alianzas entre los Estados. No obstante, ya estuvieran o no orientados a la guerra, el aspecto militar jugaba un importante papel puesto que había que defender fronteras o expandirlas.

No todos los fascismos tenían una ideología racista como el nacionalsocialismo, al menos hasta el punto que este último llegó. El antisemitismo no fue un rasgo común, ni tampoco la defensa de una raza. El único punto en que más o menos puede concordar un racismo en el rechazo a negros, a los no europeos o al mero extranjero, puesto que recordemos que lo nacional es siempre ensalzado. No obstante, es cierto que por influencia y presión del nacionalsocialismo, muchos fueron los movimientos fascistas, así como la derecha radical y conservadora, los que se embarcaron en una persecución del semitismo.

En cuanto al aspecto económico del fascismo, no es claro. Por lo general existía la idea de subordinar las cuestiones económicas al Estado y al bienestar de la nación –como hemos dicho, el Estado es lo primero- pero protegiendo la propiedad privada y la competencia. En algunos casos eran movimientos corporativistas, en especial el italiano, aunque el nacionalsocialismo lo rechazo de pleno. Muchos son, especial los autores de corte marxista, los que afirman que el fascismo era una forma de mantener el capitalismo, pero la realidad es que ningún Estado fascista tuvo tiempo para completar cambios económicos, por lo que no estamos seguros de lo que hubiera sucedido de haberse mantenido regímenes de este tipo. Parece, en cualquier caso, que pretendían una relación de los sistemas sociales y económicos, de tal forma que se eliminaba el capitalismo a gran escala, especialmente la gran industria, y creaba una relación de producción comunal o recíproca basada en una reglamentación gubernamental.

El fascismo se puede definir como una ideología de negación: antiliberalismo, anticomunismo, anticonservadurismo. Rechazaban, por tanto, la democracia o el parlamentarismo, así como el sistema de partidos. Del mismo modo, al marxismo, comunismo y movimiento obrero lo consideraban una aberración innecesaria, puesto que la lucha de clases carecía de sentido una vez que se estableciera una ideología nacionalista que aunaba a toda la nación. No obstante, la sociedad quedaba, en definitiva, dividida por gobernados y gobernantes, ciudadanos y no ciudadanos, fuertes y débiles, soldados y civiles. Dicho de otra manera, una fuerte jerarquización de la sociedad.

Pese a todo, pretendían el uso del sistema parlamentario para llegar al poder y en rara ocasión defendieron los golpes de Estado. Eran conscientes de que no tenían fuerza suficiente para llevar esto último a la práctica, especialmente porque el ejército se caracterizaba por el conservadurismo y, por tanto, el fascismo no era atractivo para la gran mayoría de los militares. Tampoco duraron en hacer alianzas con sectores del centro-derecha para conseguir el poder.

La movilización de masas es uno de los rasgos organizativos que más destacan –a imitación de los partidos socialistas-, aunque no todos los movimientos fascistas consiguieron esto. Pese al populismo, existía una élite que dominaba estos movimientos, aunque se intentó por todos los medios que la masa quedara integrada al partido y al mito.

Hubo un intento por militarizar la política que no había sido visto hasta entonces, y crearon milicias armadas que empleaban parafernalias, insignias y terminología del campo militar. Muchos de sus integrantes además eran veteranos de la Gran Guerra y, por tanto, mantenían una nostalgia militar.

Esta militarización se observa bien en la atmosferas de las reuniones fascistas: mítines, reuniones y desfiles minuciosamente preparados para dar vitalidad y fuerza, como si envolvieran a los participantes en una mística religiosa que parecía trascender a lo propiamente político. Muchos lo han llamado “política teatral” o “política de la belleza”, en donde lo importante era el dominio de lo visual.

Lo masculino estaba muy presente en estos movimientos, y aunque muchos consideraran a la mujer en igualdad, poco interés tuvieron en ellas y les reservaron, a lo mucho, un papel en la nueva sociedad. No obstante, como algunos han apuntado, en aquellos momentos la mayor parte de los movimientos, tanto de derecha e izquierda, distinguían, incluso a la hora de organizarse, entre géneros.

La juventud fue uno de los elementos que más se ensalzó en estos movimientos. Si bien en aquella época todos los partidos organizaron secciones juveniles, el fascismo exaltaba la juventud de una forma excepcional. La audacia, la acción y la voluntad de los más jóvenes eran recompensadas como méritos por parte de los dirigentes. Era la juventud la que tenía que defender los nuevos sistemas frente al conservadurismo de las generaciones de mayor edad.

 

La derecha radical y la derecha conservadora

Como se ha dicho anteriormente, el nacionalismo autoritario no era un elemento que defina exclusivamente el fascismo. Muchos partidos se basaban en este, pero no presentan el resto de rasgos del fascismo que acabamos de ver. Así, fascismo, derecha radical y derecha conservadora son tres caras distintas del autoritarismo que vivió Europa en el periodo de Entreguerras y, de hecho, el auge de la derecha radical y la derecha conservadora ya habían hecho acto de presencia antes de que el fascismo se llegara a conformar en muchos países. En algunos países estos dos últimos ya dominaban las instituciones cuando el fascismo eclipsó en buena medida a estos. Por tanto, debemos distinguir ahora a la derecha autoritaria no fascista, a la que muchas veces se le ha dado el nombre de protofascismos.

Los movimientos autoritarios ya se habían dado desde finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Estaban en contra el conservadurismo moderado típico del siglo XIX, por lo que defendían unos sistemas más autoritarios, de corte dictatorial, que fueran técnicamente más competentes. Al igual que el fascismo, también se posicionaban contra el liberalismo, el marxismo y el comunismo, y es por ello que no dudaron en realizar pactos con partidos fascistas cuando fue necesario e incluso, en ocasiones, acabaron por fusionarse, especialmente la derecha autoritaria radical, mientras que la derecha conservadora se mantenía más alejada del fascismo.

La derecha autoritaria conservadora se basa en la religión tradicional y no tanto en una nueva mística cultural. Dentro de la regeneración, prevalen los preceptos y valores de la religión, y esta es utilizada como base para la interpretación. Estos partidos tienden a tener un enfoque práctico, racional y esquemático. Por tanto, se encuentran prácticamente en oposición al fascismo, que defendía lo contrario. También algunos partidos de la derecha radical coincidían en estos aspectos. De hecho, algunos de estos fueron culturalmente conservadores y auténticos fanáticos religiosos como el Carlismo y Renovación Española en el caso español. Otros, en cambio, se acercaron más a las posiciones fascistas del vitalismo y el irracionalismo. En muchas ocasiones, como en Francia, el aspecto religioso fue más bien un elemento de apariencia.

La derecha autoritaria conservadora era anticonservadora en el sentido de romper con las formas típicas del parlamentarismo, pero manteniendo una continuidad legal. Pretendían más bien un cambio parcial del sistema para que el ejecutivo tuviera un papel preponderante con un carácter autoritario o dictatorial, pero sin la necesidad de formar nuevas élites. Dicho de otra manera, no pretendían una revolución.

La derecha radical prefería la eliminación total del liberalismo político. Como alternativa, existían muchas tendencias, como la de una monarquía reorganizada, o un corporativismo neocatólico eclético, o combinaciones de lo mismo. En cualquier caso, era una posición dictatorial mucho más clara, pero tampoco se pretendía adoptar unas formas totalmente nuevas como el fascismo. Así, preferían el mantenimiento de las élites dominantes o, en su caso, una renovación parcial de las mismas.

En ambas tendencias existía un elitismo y un liderazgo fuerte en su seno. En el caso de la derecha conservadora, no tendió, al menos al principio, a una política de masas, aunque en ocasiones consiguió una movilización superior a la de los grupos fascistas. La derecha radical sí que fue partidaria de la movilización de las masas, aunque rara vez lo consiguió. El motivo fue que quedaron eclipsados por el fascismo y la derecha conservadora.

Por influencia de los grupos fascistas, algunos de los partidos de la derecha radical y conservadora tendieron a imitar la parafernalia pública y ciertos signos externos para hacerse visibles, pero no con el ánimo de militarizar la vida pública como el fascismo.

Ambas tendencias participaron en la vida parlamentaria y, de hecho, era una herramienta para hacerse con el poder, pero contaban también con el factor militar para ello. El ejército de todos los países se caracterizaba por tendencias conservadoras y continuistas, prefiriendo lo tradicional, la legalidad y el orden. Esto mismo era lo que en definitiva representaban los partidos de la derecha conservadora. En cambio, el fascismo era lo contrario. Cabe mencionar que en aquellos países en donde los gobiernos fueron encabezados por militares, como Franco, Pétain y Antonescu, los partidos fascistas quedaron relegados a un segundo plano. El uso del ejército tampoco es sinónimo de una defensa del imperialismo. Únicamente algunos grupos de la derecha radical muestran tendencias pro militares.

En cuanto a la economía, se pretendía un desarrollo económico al igual que el fascismo. Pero mientras el fascismo tendía hacia un factor modernizador, la derecha radical y los conservadores autoritarios tendían hacia el corporativismo y el mantenimiento en buena medida del liberalismo económico.

En política social, los protofascismos no buscaban un cambio social, no se trataba como en los fascismos de cambiar las relaciones de clase y las posiciones sociales. Pretendían el mantenimiento de la sociedad existente o, en su caso, fomentar nuevas élites derechistas con el fin de debilitar al movimiento obrero.

 

¿Por qué surgieron?

Tras la Segunda Guerra Mundial, una vez derrotado el fascismo, se busca la causa del mismo y la forma de evitarse. Así, surgieron tres visiones distintas que venían dadas desde posiciones políticas distintas: conservadora, liberal y marxista.

La visión más conservadora alega que el fascismo es el producto de la sociedad de masas y no un accidente, en el que tiene que ver, y mucho, el movimiento urbano que hace que se pierdan las raíces fácilmente, lo que hace que los seres humanos se vuelvan fácilmente manejables. Así, las dictaduras se dan con el plebiscito de las masas que han consentido y apoyado la instauración de esos regímenes. Este apoyo viene, por tanto, por la mera existencia de un sufragio universal. Así, la receta para evitarlos es una menor democracia y basarse en regímenes conservadores y autoritarios que controlen la modernización, a la cual consideran el mal de todas las cosas. Como se puede observar, es una posición más bien que tiende hacia las posturas de la derecha conservadora que acabamos de ver.

La corriente liberal considera al fascismo una consecuencia necesaria o un accidente. Si es un accidente, se entiende que el fascismo es una ruptura en el proceso de la modernización. Si fuera una consecuencia necesaria, se debe a que, en los países en donde se dieron regímenes fascistas, el proceso de modernización se había hecho mal. Para evitarlo, el liberalismo entiende que debe existir una parlamentarización de la vida política, pero con una corrección del sistema electoral que impida a los fascismos hacerse con el poder.

Para los socialistas-marxistas es una consecuencia del capitalismo. Como ya se dijo, identifican al fascismo con el capitalismo y, por tanto, es lógico que el fascismo surgiera. El antídoto es la evolución social y la modificación del sistema económicos.

Ninguna de las tres explicaciones llega a ser convincente del todo, lo que no implica que en ciertos aspectos no tengan razón. Los historiadores en la actualidad son más proclives a la multicausalidad y, por tanto, a tener en cuenta estas tres tendencias en la búsqueda de las razones del origen del autoritarismo.

El fascismo y el autoritarismo en general aparecen en un momento muy concreto, el cual coincide con una transformación cultural que se inicia a finales del siglo XIX. Era el momento en que se estaba desarrollando la Segunda Revolución industrial, las ciudades crecían en población, y se producían fenómenos migratorios de gran magnitud. La estructura social cambiaba rápidamente, y la clase obrera era cada vez mayor, lo que implicaba una amplia masa poblacional concentrada en lugares concretos. Esto implicó una nueva cultura, la cual se extendía gracias a los nuevos medios de comunicación. En definitiva, como diría la corriente marxista, se produjo una transformación del capital que, a su vez, llevó al resto de cambios sociales y culturales.

Fueron muchos los intelectuales los que comenzaron a cambiar las típicas posiciones del liberalismo y el materialismo por otras que eran nuevas como el subjetivismo, el emocionalismo, el irracionalismo y el vitalismo de la que beberán los fascismos. Entre ellos destacó Friedrich Nietzsche, quién atacó al materialismo y el racionalismo del siglo XIX, así como la democracia moderna y el colectivismo, y defendía la idea del superhombre, el cual debía eliminar el instinto de la represión y conseguir equilibrar el pensamiento creador y los sentimientos. A este siguieron otros pensadores que progresivamente se alejaban del positivismo y de la filosofía racionalista, como el francés Henri Bergson, el cual hablaba del instinto vital, la creatividad, la libertad de escoger. La tendencia de la filosofía fue la del neoidealismo e incluso el marxismo abandonó su tendencia materialista y comenzaron a dar importancia a la ética y a la educación moral en la sociedad. A partir de aquí se empezó a atacar a todo lo hecho anteriormente, incluido el parlamentarismo y la democracia, mientras que se reforzaban las teorías del liderazgo. Así, parte la élite cultural de los principales países europeos empezó a rechazar los valores dominantes de las generaciones precedentes, que acabaron por calar en los activistas políticos y sociales. El irracionalismo se adueñó de Europa.

La Gran Guerra fue otro fuerte condicionante para el surgimiento de los mismos. Esta guerra produjo la ruptura de la larga paz que se vivió el siglo XIX y el cierto humanitarismo que se había desarrollado a lo largo de él. Además contribuyó a la exacerbación del militarismo y el nacionalismo.

Pero, más que la propia guerra, fue la gestión de la paz. Las humillaciones a las potencias derrotadas de una forma constante por parte de las potencias victoriosas acabaron por ser un campo de cultivo para el surgimiento de los grupos autoritarios. De la misma forma, igualmente agraviadas se vieron potencias como Italia que no fueron recompensadas pese a su participación en el bando de los Aliados. El aislamiento de la diplomacia internacional de las potencias europeas, y el poco apoyo que recibió la Sociedad de Naciones, impidió el acercamiento de las potencias que se encontraban en rivalidad, así como llegar a acuerdos para superar la destrucción causada por la Gran Guerra, lo que agravó durante los años siguientes la crisis económica que se abrió una vez terminada la guerra, especialmente en el Este de Europa.

La cuestión económica, desde luego, fue de gran importancia. La incapacidad de los gobiernos para hacer frente a esta hizo que la población perdiera la confianza tanto en los partidos como en el propio sistema democrático, por lo que no era extraño que surgieran grupos que daban soluciones de corte autoritario y dictatorial, que se basaban al mismo tiempo en el terror que causaba el comunismo, especialmente entre las clases medias.

 

TRES ROSTROS DEL NACIONALISMO AUTORITARIO (PAYNE, S.G. (1995))

País

Partidos fascistas

Derecha radical

Derecha conservadora

Alemania

NSDAP

Hugenberg, Papen Stahlhelm

Hindenburg, Brüning, Schleicher

Italia

PNF

ANI

Sonnino, Salandra

Austria

NSDAP

Heimwehren

Cristianos sociales, Frente Patriótico

Bélgica

Rex, Verdinaso, Legión Nationale

VNV

España

Falange

Carlistas, Renovación española

CEDA

Estonia

Liga Veterana

Päts

Finlandia

Lapua/IKL

Academia Karelia

Mannerheim?

Francia

Faisceua, Francistes, PPF, RNP

AF, Jeunesses, Patriotes, Solidarité Française

Hungría

Cruz de Flechas, Nacional socialistas

Derecha radical

Horty, Partido Unión Nacional

Letonia

Cruz de Trueno

Ulmanis

Lituania

Lobo de Hierro

Tautininkai

Smetona

Polonia

Falange, OZN

Nacionalistas radicales

Pilsudski, BBWR

Portugal

Nacional sindicalistas

Integralistas

Salazar/UN

Rumania

Guardia de Hierro

Cristianos nacionalistas

Manoilescu

Suráfrica

Camisas grises

Ossewa-Brandwag

Unión Nacional

Yugoslavia

Ustasa

Zbor, Orjuna

Alexander, Stojadinovic

 

 

BIBLIOGRAFÍA

COBO ROMERO, C. (2012): ¿Fascismo o democracia? : campesinado y política en la crisis del liberalismo europeo, 1870-1939, Editorial Universidad de Granada

FERNÁNDEZ GARCÍA, A. y RODRÍGUEZ JIMÉNEZ, J.L. (1996): Fascismo y Neofascismo, Arco Libros, Madrid

FURET, F. (1999): Fascismo y comunismo, Alianza Editorial, Madrid

PAYNE, S.G. (1995): Historia del fascismo, Planeta, Barcelona

PAXTON, R. O. (2005): Anatomía del fascismo, Península, Barcelona