El surgimiento del Islam

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El Islam surge en un momento más o menos concreto, el siglo VII, y se extiende velozmente, conformando en el Mediterráneo un tercer elemento que rompe con la Antigüedad tardía tal y como lo han visto muchos autores. Un Imperio islámico que se extiende desde la India hasta la Península Ibérica, una Europa occidental fragmentada en multitud de Estados cristianos bajo la mano religiosa del Papa de Roma, y un Imperio bizantino en Oriente que va perdiendo poco a poco sus características romanas, y que se tiene que enfrentar al avance del Islam. Ese será el panorama geográfico que causará la irrupción de este tercer poder.

 

LA ARABIA PREISLÁMICA

En lo que al Islam se refiere, éste surge en Arabia, un espacio desértico y estepario con oasis relativamente aislados, pero con agua suficiente, que permite la existencia de grupos seminómadas. A excepción de las zonas costeras del Mar Rojo, cuyo relieve produce precipitaciones, con un clima menos árido, y que permite una agricultura de regadío, la cual estaba bastante avanzada, y que será una de las características del mundo islámico. En estas últimas zonas, existían, por tanto, ciudades como La Meca y Medina, favorecidas por el comercio –procedente de Egipto y la India-, el cual permitió la difusión de muchas ideas que acabarán por conformar la religión islámica. Ésta es la zona meridional de la Península de Arabia, la llamada Arabia feliz, de donde se suponía originaria la Reina de Saba.

La zona más septentrional era la que más influencia había recibido de Siria y Mesopotamia, con las corrientes helenísticas, sasánidas judías y cristianas. Era esta zona donde estaban los principados de los gassaniés y lakmíes. Los primeros en la zona de la actual Jordania y los segundos por la zona de Iraq eran dos grupos enfrentados. Los gassaniés eran federados del Imperio romano desde el S. IV y continuaron siéndolo del Imperio bizantino, e incluso habían tomado el cristianismo como religión. Los lakmíes por su parte, o al menos algunos grupos de estos, tomaron el judaísmo, mientras que otra parte mantenía su religión tradicional. Y a diferencia de los gassaniés se habían hecho aliados de los persas.

Los habitantes de la zona central –la más árida y desértica- eran nómadas dedicados al pastoreo de camellos y ovejas que utilizaban los pastos cercanos al agua, así como una rudimentaria agricultura en los oasis, en donde incluso había un cierto comercio. Son agrupaciones de beduinos –que hablaban dialectos árabes-, con una estructura tribal.

El equilibro entre oasis y beduinos era siempre precario, vivían al límite de los recursos naturales, y los diversos grupos luchaban por el control de estos. Tenían, por tanto, una cultura guerrera –puesto que las guerras entre tribus eran normales-, basada en la virilidad y el elemento masculino como parentesco principal, una hospitalidad rígida, una lealtad extrema hacia el clan, que además conlleva un orgullo extremo por pertenecer a un determinado grupo, usando la ley de Talión como base fundamental.

Estas tribus, compuesta por varios clanes, contaban con un jefe de tribu, una especie de primus inter pares que aglutinaba al grupo y que creaba la opinión de está. Las religiones de estas tribus –mal conocidas- solían caracterizarse por el animismo, o lo que es lo mismo, consideraban sagrado a ciertos elementos naturales como piedras, árboles o la propia Luna, y la existencia de dioses superiores universales, entre los que estaba Alá –el dios-, aunque sin una definición concreta.

No existía una autoridad superior que aglutinara a estas tribus. Aunque la situación cambiaba en las zonas más pobladas como La Meca en donde la organización era superior a la de las tribus del desierto. Y de hecho, la tradición ha dado mucha mayor importancia a La Meca como motor de la creación del Islam antes de Mahoma. Muchos autores hoy en día son críticos con la influencia que esta ciudad pudo tener sobre el resto de Arabia. Evidentemente, los propios textos islámicos van encaminados a esa misma idea, aunque, claro está, los escritos fueron elaborados por los Omeyas en muchos casos, y estos por provenir de la aristocracia de La Meca tendieron a otorgarle mucha más importancia de la que quizás tuvo.

Sea como sea, lo evidente es que en La Meca había una complejidad religiosa respecto a las tribus del desierto. En ella ya había una veneración de la piedra negra, la Kaaba, la cual era motivo de peregrinación antes del Islam, y que estaba protegida por la tribu Quraysh. Existía, también, un cumulo de ideas religiosas, sobre todos judías y cristianas en su vertientes nestorinas y monofisistas, y por tanto tendentes al monoteísmo. De esta forma, Mahoma comenzaría su predicación en un ambiente de reflexión religiosa.

 

MAHOMA Y LOS COMIENZOS DEL ISLAM

Desconocemos la vida de Mahoma, aunque la tradición hizo que naciera en La Meca. De su vida no conocemos nada hasta el año 620 cuando Mahoma comenzó a predicar, a la edad de unos 45-50 años. Habría nacido, de esta forma, hacia el 570 en el clan de los hachemíes, una de las ramas de la tribu de los Quraysh. Sin embargo, tampoco debió ser un miembro importante de su propia familia. Parece que era mercader, así como sus compañeros, puesto que su mujer, Jadiya, tenía importantes negocios caravaneros, gracias a los cuales Mahoma conoció rudimentariamente la Biblia y el monoteísmo.

A partir de principios del S. VIII comienza a recibir la revelación de Alá, por medio del arcángel Gabriel, que le incita a predicar un mensaje espiritual que cambiará la ética tribal de los beduinos árabes, y que iba encaminada a luchar contra la aristocracia adinerada de La Meca, en comparación con un empobrecimiento de una gran parte de la sociedad. Aunque no fue el único predicador que denunciaría la idolatría y el materialismo, pero sí el único que consiguió calar en una amplia parte de la población.

Mahoma predicará el mensaje de Alá entre su propia familia, así como en el circulo de sus amigos, entre los que destacaría Abu Bakr, cuya hija, Aisha, será la última mujer de Mahoma. Destacará también su primo, Alí, que casará con la hija del profeta, Fátima.

Hacia el 619 Mahoma ya tenía en La meca una amplia comunidad –Umma- con un carácter igualitario –no volverá a haber en la historia del Islam otra comunidad con esta solidaridad-, la cual reconocía a Mahoma como profeta –al igual que lo habían sido Abraham, Moisés y Jesús- y Alá como único dios. Sin embargo, estas ideas no calaban en la sociedad aristocrática, y por ello, en el 622 –año de la hégira-, Mahoma, temeroso de una reacción de estos contra él, se trasladó a Medina donde le habían invitado para resolver disputas internas. Medina recibió bien su doctrina, y le convirtieron en el primer magistrado de la ciudad. Desde una posición política y religiosa intentó acabar con el vínculo tribal, y cambiarla por la sumisión a la voluntad de Alá, que es lo que significa la palabra islam. Al mismo tiempo, Mahoma como enviado de Dios, gobernaba de acuerdo a la prerrogativa que Alá le había entregado.

Y para la defensa de esta primera comunidad, acogió las raíces tribales de carácter bélico, que será el principal elemento para la difusión del Islam. Una nueva religión, con carácter universal, que debía ser extendida a todos los territorios y en la que todo individuo podía participar. Y ya en vida de Mahoma –en su faceta de jefe político y militar- comenzó la extensión territorial de la nueva religión y lo que será un nuevo Estado.

La primera expansión se realizará primeramente por la Península Arábica, después de que los Quraysish intentaran atacar Medina. El éxito le permitió que muchas tribus se le fueran uniendo hasta que finalmente, en el 638, La Meca se le abrió, y la Kaaba se convirtió en el centro de peregrinación. A partir de entonces La Meca se convirtió en la capital religiosa, la primera ciudad santa, mientras que Medina fue la capital política, desde la que se gobernó Arabia y el resto de los territorios que fugazmente se continuaron conquistando fuera de ésta.

Mahoma moría en el 632, convirtiéndose en figura perfecta a la que había que imitar, en una comunidad pacificada en el interior e igualitaria. Las enseñanzas de Mahoma serán recogidas en el Corán, el cual fue escrito treinta años después de su muerte, aunque en general fue la oralidad la que transmito esta tradición.

 

EL CALIFATO ORTODOXO

Sus sucesores son dirigentes de la comunidad islámica, pero no serán profetas, puesto que se considera quela revelación se ha cerrado en Mahoma. Los sucesores tendrán el nombre de califa –que significa sucesor-, pero eso no implica poder introducir elementos novedosos dentro de la religión. Al igual que Mahoma, el califa y el resto tendrán la función religiosa y política.

A la muerte de Mahoma hubo pocos problemas para diseñar su sucesión. Los primeros cuatro califa son parientes de Mahoma y compañeros suyos, pero a partir del cuarto hay problemas en la elección del califa. De ahí que al periodo de estos cuatro primeros califas se les llame Califato Ortodoxo. Aunque en el futuro el problema creció, y se plantearon la cuestión de si solo los miembros de la familia debían ocupar el califato.

Éste no será el único problema del Estado islámico. Éste estaba formado de una forma igualitaria, pero pronto ello cambiara, especialmente porque las tribus siguieron manteniendo sus propias estructuras, especialmente conforme avanzaba la conquista, surgiendo una jerarquía social en donde primara lo árabe.

Abu-bakk (632-634) será el primer sucesor de Mahoma, siendo a un mismo tiempo suegro, compañero del profeta y miembros de los Quraysh, una las tribus que más problemas podían causar al recién creado Estado. Aunque este primer califa pronto moriría, siendo sustituido por Umar (634-644), quien continuo con la conquista, al igual que realizó Utmán (644-656), como una forma para dar salida a las luchas tribales.

En el 637, con la batalla de Qadisiyya, los musulmanes penetraron en los territorios del Imperio persa, apoderándose de la provincia de Jurasán, y en el 651 moría el último rey sasánida, desapareciendo el Imperio persa. El Imperio bizantino fue atacado igualmente, ocupando Egipto y el norte de África. En el 667 otra decisiva batalla, la de Yarmuk, les hizo ocupar Palestina y Siria, haciendo que Jerusalén, que era perdida por la cristiandad, se convirtiera en la segunda ciudad santa del Islam. No habían pasado veinte años de la muerte de Mahoma, y el Islam dominaba ya un amplio territorio, acabando con el Imperio persa, y haciendo languidecer al bizantino.

Si nos tuviéramos que preguntar las razones de esa amplia expansión, al respuesta es doble. Por una parte, la debilidad de los dos Imperios, que tan solo necesitaban de un empujón para que se desestructuraran. El Imperio persa hacía años que se encontraba en una decadente situación política, con multitud de emperadores que se alternaban en el trono. Un nuevo cambio político, protagonizado por los musulmanes, no sería algo raro para la población. Mientras que los habitantes de las provincias bizantinas estaban hastiados de la política de Constantinopla. Las ventajas de los conquistadores musulmanes, que permitieron la capitulación, eran preferibles a continuar bajo el dominio bizantino. Y ventajosa también para la rapidez de la conquista, pues sin desgaste en batalla, conseguían la anexión de nuevos territorios con la garantía de la estabilidad suficiente como para continuar avanzando.

Por otra parte, las técnicas de guerra demasiado estáticas de ambos Imperios, frente a la de las tribus árabes, mucho más dinámicas, hicieron que los primeros acabaran siendo derrotados en batallas decisivas. A ello se le sumaba el ansia de unas tribus, ahora cohesionadas, por tierras fértiles.

Los nuevos territorios fueron confiados a las distintas tribus árabes, que se establecieron en las principales ciudades, o en su caso en cuarteles, llamados ansar, que acabaron por constituirse en autenticas ciudades. Las tierras públicas pasaban a pertenecer al califato, mientras que el resto de tierras y riquezas siguieron en manos de sus propietarios a cambio de un tributo. Aunque, si tomaban el Islam como religión, esto no les afectaba más allá de la debida limosna voluntaria de acuerdo al Corán. Ello hizo que las poblaciones conquistadas se convirtieran por este único motivo –para ello debían hacerse mawali o clientes de alguna de las tribus árabes-, lo que pronto hizo ver a los dirigentes árabes las desventajas de ello, puesto que vieron disminuir la recaudación de los impuestos. Pronto, más allá de los árabes, fueron excluidos el resto de estos beneficios. De esta forma, se distinguen dos conceptos, el de árabe que es una referencia étnica –que mantendrán su autoridad jerárquica- y los musulmanes que serán todos aquellos que procesen la religión islámica.

Por otra parte la cohesión de la doctrina también se romperá cuando el Califato ortodoxo entre en crisis. Umar fue asesinado en el 644, ante las tensiones de lo que iban a ser dos grupos sociales y políticos distintos, que se plasmaba en dos versiones del Corán, que aunque próximas, distintas. Fue sustituido por Utmán, del clan de los Omeyas, y por tanto de la tribu Quraysh, lo que creaba más recelo en cuanto que dicha tribu solo acepto el Islam cuando el éxito de éste estaba garantizado. A los que habían sido compañeros de Mahoma esto no gusto, y consideraban que solo uno de los descendientes de Mahoma podían ocupar el califato, y éste era Ali (556-661), quien acabó con la vida de Utmán en el 556. Pero ello tan solo hizo que dos grupos antagónicos salieran directamente a la luz. El reinado de Alí fue breve, y en el 661 acabó muerto a manos de los Quraysh que contaban con importantes influencias, especialmente los Omeyas cuyos miembros estaban repartidos por importantes ciudades de Siria, así como de otras provincias. Y no será el único grupo al que Alí tuvo que hacer frente, puesto que entre sus propios partidarios estaban los hadits que querían una interpretación igualitaria y rigurosa de las enseñanzas del profeta.

Tras el asesinato de Alí, después de lo que fue una guerra civil, el gobernador Omeya de Siria, Mu’awiya se hizo con el Califato. Aunque para aquel entonces ya había dos grupos diferenciados. Por una parte los partidarios de los Omeya, la gran mayoría, que recibieron el nombre de suníes. El otro grupo, minoritario, los chiitas –que continúan existiendo- empezaron a tener lideres ocultos después de que el hijo de Alí, Husayn, fuera también asesinado. Tomaron, estos últimos, una versión del Corán diferente a la que se consideraría ortodoxa a partir de entonces. A todo ello se le suma los hadits, que tendrán durante un largo tiempo influencia entre los menos favorecidos de la sociedad islámica.

Sea como sea, se comenzaba una nueva época bajo el gobierno de los Omeya, con un Imperio que se extendía por el sur del Mediterráneo y que ponía en peligro al cristianismo.