El templo griego

Si en un hipotético viaje a través del tiempo y del espacio, apareciéramos en algún momento y lugar del pasado, podríamos, tras salir de nuestro asombro por tan curioso fenómeno, determinar a qué cultura hemos ido a parar mediante la mera observación del entorno en el que nos hallemos. La clave nos lo daría la arquitectura, puesto que esta suele mantener características propias en cada civilización –del mismo modo que el arte–. Un mismo edificio, como el templo, cambia considerablemente de un lugar a otro. Es menester, por tanto, que en las siguientes páginas se esboce un primer acercamiento a las características del templo griego, concretamente en lo que a su arquitectura se refiere.


En el siglo VIII a.C., momento en que se inicia el arcaísmo griego, los templos ya presentan las características propias de estas construcciones. En el siglo siguiente, desde luego, el canon del templo estaba ya totalmente establecido. Debemos pensar, por tanto, que se gestó, como todo el mundo griego, a lo largo de los llamados Siglos Oscuros, es decir, entre la caída de los palacios micénicos en el siglo XII y el inicio del ya mencionado arcaísmo. No conocemos templos de época micénica. Estos debieron estar integrados en estancias de los palacios y en las propias casas, algo que demuestra la forma que tomó el templo griego –concretamente la cella o naos–, la cual parece que se relaciona con el mégaron, estancia principal de los palacios micénicos. Sacar a los dioses de los lugares domésticos para dotarles de una “vivienda” propia era como crear dos espacios distintos, el de los dioses y el del cuerpo cívico –lo que no implica, de ninguna manera, que la religión no estuviera totalmente integrada en los diversos aspectos de la vida diaria-. La época de la Iliada y la Odisea, en donde los dioses actuaban junto con los mortales, ya había pasado.

Se ha podido observar arqueológicamente que los primeros templos, en madera, presentaban estructuras básicamente cuadradas, al estilo del mégaron, que se pueden confundir básicamente con una estructura doméstica. Esta planta se fue haciendo rectangular, la cual quedaba rematada con un ábside. Más tarde, la planta será totalmente rectangular. Como siempre ha sido habitual la renovación arquitectónica de los templos, poseemos ejemplos de secuencias arqueológicas en donde se observa perfectamente la evolución de las plantas. Es el caso del Santuario de Apolo en Termos.

Además de los cambios en el modelo de la cella, se fueron acoplando las columnas a esta, que ayudaban a sostener las techumbres, hasta que finalmente surgió el templo como lo solemos concebir: rodeados por una columnata. No obstante, existió una amplia variedad de templos de acuerdo a la disposición de estas. Algunos, los más pequeños, carecían de ellas –ápteros-. Los primeros, siguiendo la estructura del mégaron, poseían dos columnas en su fachada principal –in antis-, los cuales seguirán construyéndose también en época clásica. Aquellos que se levantaban con más de dos columnas únicamente en su fachada principal recibían el nombre de próstilos, mientras que si se encontraban también en su fachada posterior eran anfipróstilos. Más típico es el templo períptero, el cual está totalmente rodeado por columnas. En este último caso, podían poseer una doble columnata –dípteros–. A veces podían ser seudoperípteros si estas quedaban embutidas en la pared de tal forma que solo se veía la mitad de ellas. Cuanto el templo era circular, recibía la denominación de monópteros.

El templo, por así decirlo, se configuró como una gran escultura. Debe ser bello, especialmente su exterior, y, por ello, debía seguir una serie de cánones que se basaban en el número y la proporción. Así, por ejemplo, una primera es el número de columnas. Un templo podía poseer en su frente diverso número de estas, siempre en número par: tetrástilos (cuatro), exástilos (seis), octástilos (ocho) y decástilos (diez). De esta elección se desprendía el número de columnas que debería poseer los laterales –el doble que las del frente, sin contar la que pertenece al frente–. Y de esta misma elección también se desprende las medidas de su separación, grosor, así como las proporciones de todo el resto de elementos que componen el edificio. Todas y cada una de las partes del templo deben estar compenetradas, incluida la parte escultórica de este. Vitruvio transmite explayadamente dichas proporciones, las cuales también dependían de dos estilos arquitectónicos, conocidos como órdenes: el dórico y el jónico, a los que podemos añadir un tercero, el corintio.

Según nos dice este arquitecto romano, el dórico, tal y como se observa en su columna, represente fuerza y virilidad, por su aspecto de pesadez y grosor. La columna jónica, en cambio, representa la feminidad y la delicadeza, puesto que da sensación de ligereza. El dórico, cuyo origen se remonta al siglo VIII, se conformó en la Grecia continental y en la Magna Grecia –es aquí donde podemos encontrar los más bellos ejemplos-. El jonio apareció a principios del siglo VI en la zona del Egeo y la costa jonia –de donde proviene su nombre-. Ambos se expandieron más allá de sus lugares de origen y, desde luego, convivieron al mismo tiemplo. Buen ejemplo de ello lo da la Acrópolis de Atenas: el Partenón está realizado en estilo dórico mientras que otros de sus templos, como el de Atenea Nike, están realizados en jónico.

El dórico arranca las columnas directamente desde el basamento, como si fuera un árbol que creciera directamente del suelo. El cuerpo o fuste de la columna es grueso, aunque va disminuyendo el diámetro conforme va ganando altura. Simbólicamente está representando el tronco de un árbol, puesto que, como se dirá más tarde, la mayor parte de los elementos del templo son recuerdos de los primeros templos de madera. A lo largo de toda ella una serie de acanaladuras se abren de forma vertical de arriba abajo.

Sobre la cúspide del fuste se encuentra el collarino –una corona de ranuras– e inmediatamente el capitel, cuya única función es crear un efecto transitorio entre la columna y la techumbre que debe soportar. A su vez, el capitel consta de dos piezas: el equino, el cual es una moldura convexa, en cuya parte superior reposa el ábaco –cuadrilátero de poca altura–.

La columna es de gran importancia en la arquitectura griega, puesto que sustenta la techumbre mediante un sistema de entablamento. De esta forma, en la columna apoya un listón de piedra llamado arquitrabe –cada uno de los cuales reposa encima de dos columnas-. Sobre este, el friso, en el cual se alternan los triglifos –llamados así porque hay tres estrías verticales- y metopas. Lo usual es que estas últimas sean aprovechadas para establecer relieves. Los triglifos deben aparecer siempre en cada columna, entre las columnas y en las esquinas. Claramente, para que un triglifo quede en la esquina, el de la última columna debe desviarse del centro. Es por ello que una vez más las proporciones estaban totalmente calculadas para no romper la armonía de esta secuencia: la anchura de los triglifos debe equivaler a la altura del arquitrabe.

Debemos de suponer que el origen de los triglifos se remonta a la época en que los templos se realizaban de madera. En aquel momento sobre el arquitrabe apoyaría otra serie de vigas perpendiculares a este, de tal forma que el triglifo recordaba a estas. Las metopas, por su parte, fueron los espacios vacíos que quedaban entre las vigas.

En el estilo jónico, la columna apoya en la basa, la cual está formada de dos molduras convexas o toros y una cóncava o escocia. En cualquier caso, varían de unos lugares a otro. A veces la basa apoya sobre el plinto, una pieza cuadrada en forma de dado plano. El fuste mantiene el mismo diámetro desde la parte de abajo a la de arriba, aunque a veces en el centro parece que aumenta ligeramente, y el número de estrías aumenta. La columna culmina en un capitel que tiene una corona de ovas y un cordón de perlas franqueados por dos amplias volutas, que es, de hecho, lo que caracteriza este estilo. Las columnas de los extremos suelen poseer volutas en dos caras para que quede armonioso el conjunto del templo en sus cuatro caras. De este estilo se desprende el orden corintio, que solo varia en el capitel, en el cual aparece al menos dos líneas de hojas de acanto que culminan con volutas en sus ángulos, que quedan prácticamente ocultas entre las propias hojas.

En cuanto al arquitrabe, este ya no es una única pieza, sino que está compuesto por tres listones horizontales –quizás otro recuerdo a la madera- y el friso es una banda corrida lisa o con relieves.

Sobre el friso, en ambos estilos, descansa la cornisa, que protegía de la lluvia. Menos prominente en el caso jónico, la cual es decorada con ovas y dentellones en este último estilo. Y sobre esta se dispone finalmente el tejado a dos aguas. Esto deja un frontón cuya parte interior, el tímpano, queda vacío, el cual era ocupado para la representación escultórica. También el frontón estaba coronado por acróteras, unas figuras animadas o vegetales.

No nos olvidemos tampoco de la base del edificio. El templo se asentaba sobre el estilóbato –basamento-, el cual se realizaba con sillares irregulares de una forma más o menos cuadrangular. Tras nivelarse este, se colocaba una plataforma escalonada –crepidomos– el cual estaba dividido en varias gradas, lo que hacia que para subir a este hubiera que ascender varios escalones. A diferencia de los templos romanos, estos escalones rodeaban los cuatro costados del templo. Su simbología es clara, nos están indicando que la casa del dios se encuentra por encima de la tierra. Es por ello que en las poleis siempre se buscaban los lugares más altos –acrópolis– para establecer los templos o, al menos, el templo de la principal divinidad. Cuando se hacían en las zonas llanas, estos escalones toman todavía más sentido.

Como la belleza del templo es lo que importa, los arquitectos griegos tuvieron que buscar la solución a varios efectos ópticos que se producen. Por una parte, el ojo humano tiende a hacer convexas las líneas rectas, por lo que se tendió basamento y arquitrabe poseían cierta tendencia cóncava para compensar. De la misma manera, el humano tiende a ver los edificios inclinados hacia atrás, para ello las fachadas debían ser empujados ligeramente hacia delante. También las columnas tienen mayor grosor conforme están se colocan en los extremos, puesto que al recibir mayor luz parecen tener un tamaño menor.

Por otra parte, se tenía la certeza de que la ubicación del templo griego no se elige, sino que lo señala la propia divinidad. Ciertamente, los dioses poseían “buen ojo”, puesto que, además de encontrarse cercanos siempre a fuentes de agua, muchos templos están junto a la costa, de tal forma que pueden ser divisados desde el mar, lo que propicia que sean puntos de referencia desde una navegación de cabotaje. Estos además se adaptan al entorno, concretamente por el colorido que se les daba, especialmente rojos y azules.

Era usual que las ceremonias se llevaran a cabo fuera del templo, así como en sus columnatas exteriores, usadas como vías procesionales –los frisos que rodeaban el Partenón demuestra que entorno a él se realizaba una procesión en un sentido concreto–.

Ya hemos hablado suficiente de la parte exterior. Es hora de entrar en la cella o naos. Es aquí en donde el dios reside. A esta se entra por una puerta que se encuentra en la parte central y frontal del templo. Incluso las columnas centrales mantienen una mayor distancia que el resto para que, desde el exterior, se pueda observar la cella, concretamente la estatua del dios que se encuentra al fondo. En ocasiones, para crear un aspecto más sublime para quien penetraba en el templo, la cella es precedida por una pronaos que, a su vez, es franqueada por dos columnas –en antas–. Todavía más grandioso es la entrada en los templos dípteros –los rodeados por una doble columnata-, puesto que en los frentes se crea un amplio bosque de columnas que debe ser atravesado hasta llegar a la puerta. Al fin y al cabo, la arquitectura del templo se orientaba a crear un encuentro entre creyente y divinidad lo más memorable posible.

Este aspecto de misticismo quedaba intensificado por los efectos de iluminación. Solía reinar la oscuridad, la cual solo quedaba rota por una iluminación mediante lámparas de aceite, puertas y, más adelante, ventanas, que intensificaba la fuerza de la estatua vista desde el exterior. Algunos templos, como el Partenón, se diseñaban para que, en un día concreto del año, los rayos del sol penetraran por la puerta e iluminaran la estatua de Atenea.

En el interior del templo nunca entraban muchas personas a la vez –de hecho, en una gran mayoría, únicamente eran los sacerdotes los que tenían permitida la entrada-, puesto que no está concebido para alojar liturgias colectivas –a lo mucho se podían llevar a cabo juramentos–. La entrada de personas, en todo caso, se realizaba de una en una. Este hecho hizo que en los templos de mayores dimensiones se creara más de una puerta, de tal forma que se penetraba por una y se salía por otra.

En el interior de la cella, en el caso de los grandes templos, existía otra serie de columnatas que permitía sujetar las techumbres, a veces divididas en dos pisos. Tras la cella solía encontrarse el opistodomos, estancia en donde se guardaba el tesoro del templo o, incluso, el de la ciudad y el de particulares.

Todo lo visto hasta ahora quedó a un lado, al menos en parte, en el helenismo –ya en época clásica algunos precedentes comenzaron a avisar de los cambios, como por ejemplo el pórtico de Pórtico de las Cariátides, en el Erecteión, en el que las columnas quedan sustituidas por estatuas–. La mentalidad, en cualquier caso, cambia. La idea de lo grande se establece. Los estilos dórico y jónico, que antes parecían dados por los dioses, se pervierten. Los diseños dependerán del arquitecto, así como su ubicación. Los templos estarán llenos de sorpresas para agrandar el misticismo del que antes se hablaba. Muchos están concebidos para crear experiencias traumáticas.

Uno de los primeros templos que introduce nuevos es el de Bassae, en Arcadia. De hecho, se comenzó a construir al mismo tiempo que el Partenón, aunque tardó más en finalizarse y fue remodelado en el siglo IV a.C. Su orientación es ya excepcional: Norte-Sur, puesto que la gran mayoría suelen ser Este-Oeste. Posee un acceso lateral por donde penetraba la luz que iluminaba la columna del fondo –que al parecer puede representar a Apolo–, la cual presenta un capitel corintio –el único en todo el templo de estilo jónico–. La cella está decorada en su interior, algo que no era habitual, y las columnas que rodean el interior no están exentas, sino que están cercanas a la pared y pegadas a esta por muros. Esto parece implicar un intento por crear un amplio espacio dentro de la cella.

Las novedades aumentan en el templo de Dídima, cerca de Mileto, el cual está datado a finales del siglo IV. Este templo, dedicado como casi todos a Apolo, tiene amplia influencia oriental. Presenta un doble peristilo y no existe un porche posterior. El tamaño es monumental y llamativo, buscando la sorpresa del visitante, pero para ello se sacrifica la armonía visual. Tiene un acceso frontal, pero una vez llegado al pronaos, existen dos puertas, en donde la persona debe realizar una elección: la de la derecha o la de la izquierda. Tras ellas una amplia escalinata asciende hasta llegar a un pequeño templo, con cuatro columnas, que es realmente la cella.

Así, se imponen complejos edificios que parece el conjunto de varios, pero programados desde el principio. Incluso en torno a los templos se construyeron stoas como en el Santuario de Asclepios.

 

BIBLIOGRAFÍA

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