¿Quién nos cuenta algo de Iberia?

Posiblemente uno se pregunte sobre que se va a hablar ante este título. Perdóneseme, quizás debería haberlo titulado: “Fuentes sobre Iberia” o, todavía mejor –para evitar que Iberia se confunda con la compañía aérea-, “Fuentes sobre la España prerromana”, aunque en este último caso, casi mejor sustituir España por Península Ibérica, para no caer en una creencia muy común por la cual parece que España –o las divisiones políticas actuales- han existido desde el comienzo de los tiempos. Aunque podría haberla mencionado como Hispania -nombre por la que la conocían los romanos-.  Pero bueno, entonces ¿por qué no decir directamente “fuentes”? Sencillo, quería edulcorar el tema –lo siento-, porque cuando uno lee esta palabra, fuentes, parece que el contenido será soporífero –no lo niego, por ello tampoco me extenderé en demasía-, pero no por ello carente de importancia. Al fin y al cabo, ¿cómo escribiríamos la Historia sin ellas? Son estas las que nos cuentan el pasado. Otra cosa es que nos parezca mucho más ameno leer las conclusiones de las investigaciones, y dejar a un lado el material del que se ha partido.

Así que, tras justificar el título –y de paso hacer una defensa de las fuentes como materia prima del historiador-, ¿de qué fuentes disponemos en este caso concreto? Literarias, epigráficas, numismáticas y arqueológicas.

Comenzando por las primeras, las literarias, debemos decir que no poseemos ningún escrito que provenga de los propios pueblos que habitaron en la Península Ibérica antes de la llegada de los romanos en el siglo II a.C. En otras palabras, todas las fuentes escritas que mencionan a Iberia –nombre que le dieron los griegos- o Hispania provienen de los textos griegos y romanos, especialmente de estos últimos. Esto implica que se nos hace un relato desde el punto de vista de la civilización grecorromana, en donde encontramos continuamente prejuicios hacia el resto de culturas, a las que consideran bárbaras.

Existe un claro discurso ideológico de tal forma que se usan tópicos que describen al “bárbaro” –independientemente de su procedencia- para justificar y ensalzar la conquista o el derecho de dominio. El historiador, por tanto, debe tener en cuenta esto y leer estas fuentes con sumo cuidado, digamos que “entre líneas”, para tomar de ella la información veraz o, en su caso, interpretarla, puesto que no todo es una mera invención. Claramente, lo que es imposible de encontrar es todo aquello que los eruditos de la Antigüedad quisieron omitir sobre los pueblos que trataban, ya fuera de forma consciente o por considerar que carecía de importancia para alcanzar los objetivos de sus obras.

Una de las citas que se suele poner de ejemplo es la de Estrabón (Geografía, 3.3.7), acerca de los pueblos montañeses del norte de la Península Ibérica, que reza de la siguiente manera:

“Todos esos habitantes de la montaña son sobrios: no beben sino agua, duermen en el suelo y llevan cabellos largos al modo femenino, aunque para combatir se ciñen la frente con una banda… En las tres cuartas partes del año los montañeses no se nutren sino de bellotas, que secas y trituradas, se muelen para hacer pan, el cual puede guardarse mucho tiempo…”

Es decir, Estrabón únicamente nos comenta aquello que le parece extraño porque no entra dentro de la mentalidad romana o griega. El no beber vino –bebida típica del mundo clásico-, el dormir en el suelo, el llevar cabellos largos como lo hacían las mujeres romanas o comer pan de bellotas son signos claro de barbarie.

Por otra parte, si Roma no está presente en los acontecimientos, rara vez se les menciona. Siempre que aparece algún pueblo indígena es porque, en la narración sobre las acciones romanas, es necesaria la mención de este –a no ser se trate de obras que versen sobre geografía como en la Ora marítima de Avieno-. ¿Sabríamos algo de Numancia si las legiones romanas no la hubieran sitiado? Posiblemente no. Polibio, que es quien menciona este acontecimiento, tampoco habría mencionado a ningún pueblo de Hispania si la Segunda Guerra Púnica no hubiera tenido como escenario la Península Ibérica. Del mismo modo, Catón –el primero que comandó un ejército por tierras del interior peninsular- Apiano, Tito Livio, Plutarco, Diodoro Sículo o el propio Cesar nos nombran estos pueblos siempre en función de las guerras que Roma libró con ellos o en su territorio. Un acontecimiento de referencia que hizo que mucho de estos historiadores del pasado volvieran la mirada hacia Hispania fue la resistencia de Sertorio contra la dictadura de Sila.

De misma manera, cuando las fuentes griegas, como Herodoto, se refieren a Iberia, se hace en función de los intereses propios, en este caso de la colonización.

Todas las menciones a Hispania en los textos clásicos, incluidas las que tratan ya sobre la Hispania romanizada –y que por tanto ya no mencionan a los pueblos prerromanos-, están recogidas en un gran corpus: Fontes Hispaniae Antiquae (FHA) elaborado por A. Schulten y P. Bosch Gimpera.

Tenemos otro conjunto de fuentes escritas, las epigráficas, y no nos estamos refiriendo a la epigrafía romana –que también nos proporciona importantes datos toponímicos y gentilicios- sino de la epigrafía que se encuentra en las lenguas indígenas, ya sea en un silabario propio o en alfabeto latino. Estas lenguas peninsulares están todavía sin traducir, pero se están realizando importantes avances. En cualquier caso, hoy por hoy, la epigrafía ha proporcionado a los lingüistas un amplio material para conformar el complejo mapa de lenguas en Hispania, que tiene gran importancia también para el historiador. Si creemos que descifrar lenguas y escrituras del Próximo Oriente Antiguo y Egipto es algo apasionante e interesante, no podemos tampoco desmerecer los estudios que hoy en día se están llevando para descifrar las lenguas antiguas de la Península Ibérica.

Por otra parte, la numismática –estudio de las monedas- también es una importante fuente de información. Estas monedas indican las civitas, es decir, los nombres de comunidades o ciudades que las han acuñado. Esto ha permitido identificar los yacimientos con sus correspondientes nombres indígenas, al menos en algunos casos, o conocer pueblos que las fuentes no mencionan.

No obstante, los tres conjuntos de fuentes que acabamos de mencionar son posteriores al siglo III a.C. De esta forma, no poseemos información anterior, lo que complica nuestro conocimiento sobre la configuración de estos pueblos antes de que entraran en contacto con Roma. En este caso, los datos deben supeditarse únicamente a la fuente arqueológica, que, en cualquier caso, también proporciona abundante información para cualquier época. De hecho, si tuviéramos que realizar la reconstrucción de la Península en la Antigüedad únicamente con las fuentes anteriormente citadas, básicamente no conoceríamos nada sobre estos pueblos y, de igual forma, no podríamos seguir avanzando en la investigación. En efecto, gracias a la excavación de nuevos yacimientos –si es que los recortes no paralizan totalmente la actividad arqueológica- la información que los historiadores poseen va creciendo y, por tanto, la Historia antigua de la Península Ibérica está continuamente revisándose.

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