Isabel II de Borbón

 

No trataré de forma pormenorizada la vida de Isabel II, sino que más bien intentaré situar la figura de Isabel II en el contexto político de su época, y del entorno palacial en la que se crio y reinó, en cierta medida sirviéndome de la obra de I. BURDIEL, Isabel II. No se puede reinar inocentemente (Madrid, 2004). Y como propone la tesis de ésta obra la pregunta que hay que hacerse es hasta qué punto las decisiones de la reina fueron tomadas por ella misma. Todo hace pensar que realmente fueron fruto de quienes la rodearon en todo momento.

Los problemas con los que el reinado de Isabel II se encontraría se habían iniciado ya, incluso antes de su nacimiento, en un contexto histórico que se movía entre la reacción y la revolución, entre los partidarios del absolutismo y los partidarios del liberalismo. Isabel II empezaba su reinado con unos derechos dinásticos que para muchos no eran legítimos, por lo que tuvo que apoyarse en los liberales. La reina pasó de este modo a ser el símbolo del liberalismo, pues estos no tenían otro remedio que apoyarla, en contra de Carlos María Isidro, cabeza visible del absolutismo, y quien consideraba que el trono le pertenecía a él por derecho divino.

Ante la minoría de edad de Isabel II, ésta se iba a convertir en el elemento con el que se podía gobernar, tanto para progresistas como para moderados. El reinado comenzaba con la regencia de su madre, María Cristina, que se rodeó de políticos con tendencias moderadas, y en muchos casos absolutistas. La correspondencia que la propia María Cristina mantenía con los principales políticos del momento, la cual se conserva en su propio archivo, dejan ver, sin lugar a dudas, que la regente intentó en todo momento mantener la Corona lejos de los liberales, como bien demuestra el Estatuto Real de 1834, creado por Martínez de la Rosa, en el que se preveían dos cámaras de representación, sin ningún poder legislativo, y de restringido acceso, lo que las hacía totalmente moderadas. Por lo tanto, se veía imposible, por parte de los más liberales, hacer reforma alguna en el país, pues en última instancia todo dependía de la regente, que era restringente a firmar cualquier decreto o ley que sonara a apertura.

No era de extrañar, y como sucederá a lo largo del siglo XIX, que la introducción de reformas o acceso al poder viniera de la mano de un pronunciamiento. Es en este contexto es, y ante el desagrado de los liberales por el Estatuto Real, el único texto que iba a permitir la rente, cuando en 1936, los oficiales de la Granja, aprovechando una estancia allí de la regente e Isabel, se pronunciaron. Las versiones sobre lo que aconteció son contradictorias. Mientras que quienes habían apoyado el pronunciamiento, intentaban suavizarlo, María Cristina llegará alegar que fue insultada, y que en más de un momento fue amenazada de muerte sino firmaba y volvía a poner en vigencia la constitución de 1812. Finalmente la reina cedió, y una vez la constitución, que había sido aprobada en Cádiz, volvía a estar vigente.

De acuerdo a la constitución, se convocaron Cortes, mediante sufragio universal indirecto, lo que dio una victoria a los progresistas Se empezaba a perfilar la ruptura de los liberales entre moderados y progresistas. Los primeros, pese a apoyar reformas, las preferían menos radicales, de lo que proponían los progresistas. Pese ello, María Cristina se mantendrá fiel a sus principios, y en todo momento intentará que las reformas no llegaran nunca a aplicarse, retrasando todo lo que pudo la firma de leyes.

Unas nuevas elecciones, bajo una nueva constitución, ahora mediante sufragio censitario, dio la victoria a los moderados. El intento de los moderados de modificar la ley de Ayuntamientos, y el apoyo con que contaron por parte de María Cristina, hicieron que esta empezara a perder apoyos.

Finalizada la guerra Carlista, creyó que podría atraerse de su lado a Espartero, el general victorioso de la guerra. La regente veía en el ejército un gran apoyo, aunque observó poco después que se equivocaba. Ante las protestas de los progresistas durante el verano de 1840, éstos pidieron la intervención de Espartero. María Cristina, con la excusa de que la reina Isabel se diera baños de mar, ya que al parecer tenía problemas en la piel, viajó hasta Barcelona, en donde intentó convencer a Espartero de que no se sublevara. La firma del polémico decreto de Ayuntamientos producirá una insurrección de la Milicia Nacional. Espartero le presentará un programa de gobierno totalmente revolucionario, y María Cristina, antes de aceptarlo preferió renunciar a la regencia.

Tras unos largos debates, será Espartero quien a partir de 1840 ocupe la regencia. Con María Cristina lejos de Isabel II, los políticos veían en la reina niña la forma de gobernar, aunque María Cristina mantendrá siempre contacto con la reina y la Corte, e intentará influenciar en las decisiones de palacio, en especial sobre las personas que rodeaban y educaban a su hija durante el exilio.

Mientras que María Cristina era partidaria, como no podía ser de otro modo, que quién cuidara de Isabel fueran partidarios de las tesis más moderadas o absolutistas, por su parte los progresistas preferían mantenerse ellos mismos cerca de la reina, y educarla de acuerdo al liberalismo. Se podría decir que se tuvo en este momento la oportunidad de educar a una reina de acuerdo a los nuevos aires del siglo XIX, y que hubiera podido en el futuro tomar sus propias decisiones. Pero la falta de interés de la niña-reina, así como el continuo cambio de personas que tuvo a su alrededor, y la poca iniciativa que mostraron los políticos en educarla, los cuales prefirieron mantenerla como un instrumento para gobernar, hicieron que la oportunidad se perdiera, aunque Cánovas, tiempo después, intentará que el joven rey Alfonso XII fuera un rey de su tiempo.

Los años desde el exilio de María Cristina, hasta la mayoría de edad de Isabel, aunque luego también, fueron de una constante conspiración en palacio, hasta el punto que la correspondencia que recibía Isabel de su madre era leída por los propios políticos de su entorno, así como las propias cartas que Isabel escribía a la exregente.

Las actuaciones de Espartero durante su regencia, y la pérdida en 1843, por parte de los progresistas, de la mayoría parlamentaria, así como la propia división de estos, llevaron finalmente, y con Narváez al frente del ejercito presionándoles, a la dimisión, y al exilio ese mismo año del regente. Las nuevas Cortes, antes de nombrar un nuevo regente, o la posibilidad de que María Cristina volviera, prefirieron adelantar la mayoría de edad de Isabel II. Ello provocó que ahora más que nunca, la reina fuera presionada por los políticos. En este contexto, el presidente del gobierno, Olózaga, de tendencia progresista, obligó a Isabel a firmar el decreto para disolver las Cortes de mayoría moderada. Pero los moderados, a su vez, obligarían a la reina a declarar públicamente que Olózaga la había presionado para que lo firmara.

Empezaba la década moderada, en la que la reina nombraría presidente del gobierno a Narváez, apoyándose siempre en políticos moderados para ocupar los ministerios. La pregunta ahora es ¿hasta qué punto la reina tomaba sus propias decisiones?. Se le acusaría en sus últimos años de reinado de todas las desgracias que ocurrían en el país, pero al parecer tan solo fue la cabeza visible de lo que realmente hacían los políticos, aunque no es menos cierto, que en muchas ocasiones la reina se dejo llevar por arrebatos, protagonizando auténticos berrinches en los consejos de ministros, y que en algún momento sustituyo a ministros y presidentes del gobierno por pequeños desacuerdos, que muchas veces ni tan siquiera tenían que ver con temas políticos.

En torno a la reina se formaron una serie de camarillas. Camarillas independientes una de otras que luchaban entre sí por convencer a la reina de los temas políticos del momento. En general, en ningún momento la reina contó con una camarilla propia, sino que las camarillas estaban formados por los que rodeaban a María Cristina, a su marido Francisco de Asis, Sor Petronila, etc., así como otros personajes que, en mayor o menor medida, influenciaban a la reina.

Empezaron también en esta década múltiples escándalos en la Corte, en los que la mayoría de las ocasiones era la reina la protagonista, ya que tuvo varios romances, entre los que destacó el del general Serrano. Así mismo, el mal funcionamiento de la relación entre la reina y su marido era un tema habitual de conversación en la calle.

El matrimonio de la reina había sido uno de los temas claves que los políticos de la época tuvieron que tratar. Las dificultades para casarla eran difíciles de solucionar. Había que buscarle un marido con el estatus social adecuado, preferiblemente de las casas reinantes europeas, aunque no debía ser, evidentemente, un primogénito, y que contara además con el consentimiento exterior. Múltiples fueron los candidatos, cada uno apoyado por diferentes personas, María Cristina tenía su propio candidato, los moderados, los liberales, etc. Incluso en algún momento se llegó a pensar en casarla con el heredero carlista, y solventar de este modo la posibilidad de una nueva guerra civil. Pero finalmente no llegó a cuajar, y se optó por buscarlo dentro de la propia familia de los Borbones. El elegido fue Francisco de Asis que, al parecer, invirtió mucho dinero para conseguir su matrimonio con Isabel II. Desde el principio hubo desavenencias entre los dos cónyuges, y que, al parecer, amargó la vida de Isabel II. La mayor parte del tiempo estuvieron separados, hasta el punto que Francisco de Asis residiría durante largas temporadas en el palacio del Pardo. Incluso Isabel II llegó a comentar, según muestra su correspondencia, la intención de pedir el divorcio.

En conclusión, Isabel II tuvo una amarga experiencia de la vida, encontrándose durante todo su reinado manipulada por múltiples personas de su entorno, entorno que por otro lado cambiaba de forma continua, conforme los acontecimientos políticos se sucedían. Isabel II fue tan solo un instrumento de los políticos, que les permitía gobernar, y en el momento en que la situación de España era insostenible, se encontró con que era la cabeza visible de todo el entramado político, y a la que se culparía de todos los males de España.