Italia y el ascenso del fascismo

Italia fue el primero de los países que cayó en una dictadura de derechas pocos años después de finalizar la Gran Guerra a finales de 1918. Desde ese momento, aunque sus raíces son anteriores, surgieron en Italia una serie de grupos de corte nacionalista, la mayoría de derechas, que se posicionaron contra la debilidad diplomática de los diversos Gobiernos italianos y la incapacidad de los mismos para salir de la crisis económica y social que la propia guerra había ocasionado. Entre ellos, se encontraba el Partido Fascista –que dio el nombre de fascismo al resto de movimiento con características similares en otros países, al menos popularmente-, liderado por Benito Mussolini. No obstante, la llegada de este a la Presidencia del Gobierno en 1922 no supuso la instauración de la dictadura, sino que se produjo un progresivo montaje de la misma y desmontaje del sistema parlamentario. De hecho, hasta 1925 se produjo una mera continuación de este último. No fue hasta esa fecha cuando se comenzó a construir en realidad la dictadura. Pese a todo, los elementos más característicos del fascismo italiano, desde luego, no vinieron hasta la década de los treinta, cuando Mussolini comenzó una política exterior basada en la primacía del elemento militar, así como una nazificación del Estado fascista. En cualquier caso, en el siguiente texto únicamente abarcaremos el ascenso e instauración de la dictadura hasta 1929.

Italia en la Gran Guerra

Italia llegó al siglo XX siendo un Estado de reciente creación. Este había sido reunificado a lo largo de los años sesenta del siglo XIX, pero en una Europa repleta de cuantiosas rivalidades entre los Estados y en donde los ciudadanos de cada uno de ellos, especialmente las clases medias que habían crecido en los últimos años, rebosaban nacionalismo. La voz cantante de la diplomacia la llevaba en aquellos momentos las grandes potencias, mientras que Italia observó impotente como quedaba relegada a una potencia de segundo orden. Esto significaba que difícilmente podía conseguir las ansiadas colonias que todo Estado deseaba en aquellos momentos y por las que existían, entre otras causas, las mencionadas rivalidades.

En cualquier caso, los Gobiernos italianos intentaron por todos los medios obtenerlas y, por ello, invadieron Libia entre 1911 y 1912. Este territorio pertenecía en aquel entonces al Imperio otomano, el cual, ante su debilidad, lo cedió. Desde entonces, Italia puso sus ojos en los llamados territorios irredentos –aquellos que se consideraban italianos-, Trieste y Trentino, que se encontraban dentro del Imperio austrohúngaro. Pese a esta cuestión, Italia acabó por entrar en la Triple Alianza junto con este último y Alemania.

Llegado el momento de la vedad, es decir, cuando la Gran Guerra se desató en 1914, Italia no respondió ante la demanda de sus socios alemanes y austriacos para declarar la guerra a la Entente. El Gobierno italiano consideraba que los términos del tratado defensivo con Alemania y Austro-Hungría no eran en absoluto compatibles con la situación que desencadenó el acontecimiento bélico. Por el momento, el país quedó al margen del conflicto.

Italia no movió ficha hasta pasados varios meses desde el inicio de la guerra. Así, en abril de 1915 se firmó el secreto Tratado de Londres para que Italia entrara en la guerra de parte de la Entente, ya que el Gobierno italiano consideraba que obtendrían mayores beneficios, puesto que los Aliados prometieron la entrega de Trieste, el gran Trentino y otra serie de territorios en el Adriático, en Turquía y en África. Para el Gobierno conservador de Antonio Salandra la guerra suponía también la ocasión para reforzar el poder de la monarquía y el Gobierno, así como reducir la democracia y conseguir los ya mencionados territorios.

No obstante, no parecía que la población italiana tuviera amplio entusiasmo por la guerra, aunque hubo una presión por parte de dos grupos que parecían antagónicos. Por un lado, la derecha nacionalista; por el otro, la izquierda, en concreto parte del socialismo revolucionario. Este último caso era una situación singular en cuanto que el socialismo se había opuesto en toda Europa a la guerra, puesto que se consideraba que era una división del movimiento obrero. En Italia se produjo una división del socialismo entre los que se oponían a esta y aquellos que solicitaban la intervención. Estos últimos formaron el Fascio Rivoluzionario d’Azione Internazionalista. Estos consideraban que la revolución social vendría gracias a la guerra –una posición contraria a lo que creía el Gobierno conservador-, puesto que la población se movilizaría. A este movimiento se unió el aquel entonces joven Benito Mussolini –perteneciente al Partido Socialista Italiano y redactor de su órgano de prensa, Avanti-, que no había sido nunca un marxista ortodoxo y consideraba que la revolución exigía acción violenta y liderazgo. De hecho, se consideraba un socialista autoritario y aristocrático, elitista, antiparlamentario y creyente en la violencia regeneradora.

Desde luego, las tesis del Gobierno conservador no habían previsto que el ejército italiano sufriría sendos fracasos en el frente austriaco: 600.000 soldados italianos murieron. El Gobierno cayó poco después de entrar oficialmente en el conflicto y diversas coaliciones se sucedieron. Todas ellas mantuvieron al país en la guerra, pese al endeudamiento que esta suponía, aunque para los Aliados era totalmente necesario que Italia no abandonara la guerra puesto que era una forma de garantizar que el ejército austriaco estuviera repartido en tres frentes distintos.

Lo paradójico, en cualquier caso, es que una buena parte de la población italiana fue más propicia a permanecer en la guerra que lo que lo había sido a entrar en ella. Muchos tornaron hacia posiciones de derecha nacionalista y por todo el país se formaron fasci nacionalistas que apoyaban al Gobierno. En cambio, los Fasci d’Azione Rivoluzionaria –recordemos que de izquierda- se disolvieron por luchas internas, puesto que una parte observó que se estaban alejando de la justicia social e internacional.

La creación de los Fasti di Combattimento

Al finalizar la guerra, esta no había conseguido hacer de Italia un país triunfante; solo abrió una crisis política, económica y social –de hecho fue lo que sucedió en todos los países europeos-. Pese a las promesas territoriales previas a la guerra, los diplomáticos italianos no consiguieron que en la Conferencia de París se materializaran, a excepción de algunas plazas como Trieste. Esto provocó en los grupos nacionalistas una reacción de rencor hacia Europa y el Gobierno. Por su parte, el amplio endeudamiento del país llevó, como en otros países, a un proceso de inflación que provocó una disminución del poder adquisitivo de obreros y campesinos. Las huelgas en las fábricas en el norte del país –de la mano en muchos casos del sindicato socialista CGL que aumentó el número de afiliados-, y la ocupación de tierras en el sur no se hicieron esperar.

En las elecciones de 1919, los socialistas fueron los grandes ganadores –gracias, también, a un nuevo sistema electoral-, seguido del socialdemócrata Partido Popular Italiano. Ambos tenían la mayoría para formar una coalición, pero ambos se negaron a colaborar. De esta forma, el Gobierno recayó en los antiguos partidos liberales de clase media. En realidad, el socialismo no estaba tampoco unido. Buena parte de los diputados socialistas eran revolucionarios o massimalisti y se declararon abiertos a la violencia para conseguir la dictadura del proletariado y declararon su adhesión la Tercera Internacional formada por Lenin.

Por su parte, los antiguos intervencionistas de izquierda –convertidos en ultranacionalistas -, que se consideraban, al igual que los nacionalistas de derecha, decepcionados, formaron los Fasci Italiani di Combattimento junto con sindicalistas y miembros del ejército, entre los que estaba Mussolini, quien se convirtió en su dirigente. Esta nueva organización se presentaba como un antipartido y tenía como principal objetivo la movilización de las masas, especialmente a los jóvenes del centro y de la izquierda. Se presentaban como renovadores de la democracia y de la nación mediante el sufragio universal, la abolición del Senado elitista, la elección democrática de una Asamblea Nacional para que realizara las reformas del Estado, la jornada de trabajo de ocho horas, la participación obrera en la dirección de las empresas, consejos técnicos nacionales en las ramas de la económica y servicios públicos, y además con una postura anticlerical. También hablaron de una descentralización del ejecutivo, la confiscación del capital no productivo y de las tierra de las grandes propiedades para ser repartida entre el campesinado. Desde luego, se trata de un proyecto de izquierda –muy alejado de lo que fue el Estado fascista-.

Era un movimiento, en cierta medida, extraño, puesto que la gran mayoría de los movimientos nacionalistas eran de derecha. Por ello, no tuvo una amplia aceptación, como demostró las ya mencionadas elecciones de 1919. Con el fin de ampliar las bases del partido, Mussolini y Cesare Rossi intentaron convertir a este en una especie de partido laborista con el fin de atraerse a las clases medias de la izquierda moderada e intentar ofrecer a todos los productores un sindicalismo nacional que redujera el papel del Estado. Tuvo por tanto que moderarse el programa. Esta medida hizo que en 1921 los Fasci lograran cierto crecimiento, gracias también a las circunstancias del momento.

Por aquel entonces, las huelgas en las fábricas, la ocupación de tierras y la debilidad del Gobierno para acabar con esta situación parecían mostrar que Italia estaba inmersa en una auténtica revolución social. Pero era únicamente una apariencia, puesto que el movimiento socialista no fue capaz de poner en marcha la producción industrial una vez que las fabricas pasaron a estar controladas por los obreros durante dos semanas en 1920. Por otra parte, el campesinado en un alto porcentaje era propietario de sus tierras, y estos se volvieron altamente conservadores y contrarios a los sindicatos agrarios y la ocupación de tierras por jornaleros. Por su parte, las clases medias se vieron agraviadas en cuanto que se vieron perjudicadas económicamente, mientras la clase obrera había logrado del Gobierno un aumento de sus salarios. Así, las clases medias organizaron movimientos para defenderse del socialismo, entre ellos el Fasci d’Azione Popolare y la Asociación Nacional Italiana (ANI), que organizó un programa corporativismo autoritario e imperialista y creo las primera milicia nacional, los camisas azules.

La violencia –que ya había hecho acto de presencia en los años anteriores- de estos movimientos se desató y los Fasci Italiani di Combattimento no se quedaron atrás. Entre las medidas que tomó el movimiento para ampliar su base militante estuvo la organizaron de su propia milicia en diversas ciudades del norte, entre ellas Triestre, de la cual acabaron por adueñarse ante la pasividad del ejército. En 1920, el campo se convirtió también en el escenario de los Fasci –de hecho se convirtió en un movimiento más rural que urbano-, después de una victoria electoral en las zonas rurales de los socialistas. Los camisas negras –por el color de atuendo de la milicia de los Fasci Italiani di Combattimento – lanzaron sucesivos ataques a los socialistas. Desde el periódico Il Fascio se defendía una guerra civil si esta era necesaria.

De esta manera, los Fasci pasaron de un programa prácticamente de carácter socialista a postularse contra el socialismo y el bolchevismo –este último era uno de los principales temores de las clases medias y altas desde el surgimiento de la Rusia soviética-. Mussolini, de haber apoyado la ocupación de las fábricas, prontamente consideró que las organizaciones socialistas que estaban detrás de estas ocupaciones estaban contra la unidad interna de Italia. La burguesía dejó de ser el enemigo, al menos la burguesía productivo frente a la burguesía parasitaria. De creer en una revolución social, se pasó a apoyar una revolución nacional con un vago contenido socioeconómico. Se comenzó a defender la idea del Estado fuerte y la dictadura nacionalista, y se formaron sindicatos fascistas que desembocaron en la estructuración de una organización sindical nacional.

Como se puede observar, el partido cambio completamente entre 1920 y 1921. No solamente en su ideario, también cambió la prácticamente totalidad de la cúpula, a excepción de Mussolini. La gran mayoría de los fundadores abandonaron el movimiento fascista ante estos cambios. Pero se consiguió una amplia base social –la organización con más afiliados en Italia-, entre la que si bien primaba las clases bajas, existía también un amplio apoyo de las clases medias y altas.

La entrada en el parlamento

A la altura de 1921, el partido de Mussolini, desde luego, se había convertido en un elemento peligroso para el Gobierno. Es por ello que el primer ministro, Giolitti, intentó canalizar este peligro mediante la inclusión de los Fasci en el sistema parlamentario mediante una coalición electoral. Este pensaba que, una vez que se encontraran con una relativa cuota de poder, el movimiento se moderaría. Por el momento, pareció que la jugada saldría bien, pues los fascistas se presentaron a las elecciones con un programa bastante moderado, aunque rebosante de patriotismo. Obtuvieron treinta y ocho diputados, entre ellos Mussolini que cosechó un amplio voto en Milán, circunscripción en la que se presentó.

Prontamente, los socios de coalición de Mussolini –cuya mentalidad era cambiante- se dieron cuenta del error que habían cometido. El líder de los Fasci no había cerrado su etapa con el socialismo y todavía pretendía conformar un partido laborista nacional, así que acentuó el republicanismo del partido y propuso una alianza con los socialistas si estos abandonaba el internacionalismo y la revolución de clase. De hecho, comenzó a afirmar que el peligro bolchevique era más un temor que una realidad. Pretendió, al mismo tiempo, una alianza con los Popolari católicos. Sus socios de coalición, desde luego, se escandalizaron ante estas propuestas y, del mismo modo, las clases medias y altas que habían entrado en el partido se sintieron decepcionadas.

También, en este nuevo viraje hacia la izquierda, Mussolini inició una criba dentro del partido de los elementos que se encontraban fuera de control. Esto se debió a la muerte de dieciocho camisas negras en Génova por los disparos que, atípicamente, había realizado la policía contra estos, a lo que continuó un contraataque de los socialistas locales. Frente a la petición de venganza de muchos miembros del partido, Mussolini realizó un pacto de pacificación con estos. Desde luego, esta postura no fue del agrado de los jefes del parte en el norte del país. Estos se reunieron en Bolonia donde se posicionaron contra el pacto y la eliminación de Mussolini si era necesario, al mismo tiempo que rechazaban el parlamentarismo como herramienta para llegar al poder. En agosto de 1921, Mussolini dimitió como jefe de la Comisión Nacional Ejecutiva de los Fasci, aunque no se aceptó su renuncia, pese a que durante el mes siguiente hubo varias reuniones secretas con el fin de buscar un nuevo líder.

La refundación del fascismo: el Partito Nazionale Fascista

Los sucesos de los meses siguientes, que cambiaron de nuevo la mentalidad de Mussolini, hicieron que la búsqueda de un nuevo líder fuera abandonada. El pacto de pacificación propuesto por Mussolini no llegó a cuajar debido a la propia radicalización de la izquierda. Por una parte, se fundó oficialmente el Partido Comunista de Italia, mientras que los socialistas se inclinaron por la vía más revolucionaria. De hecho, se creó el Arditi del Popolo –Escuadrones del pueblo-, una organización de izquierda que organizó sus propias milicias. Estas generaron una nueva etapa de violencia y sendos enfrentamientos con las milicias fascistas, que acabaron con la muerte de una veintena de miembros de estas últimas.

Mussolini vio en ese momento que no se podía oponer a la violencia y convocó en noviembre un congreso en Roma para organizar un partido real. Los Fasci Italiani di Combattimento se transformaron en el Partito Nazionale Fascista (PNF), encabezado por Mussolini sin ningún tipo de rechazo, al cual ya se le empezaba a nombrar como el Duce, el guía.

El nuevo partido, que se definía como una milicia revolucionaria al servicio de la nación, tenía tres principios: orden, disciplina y jerarquía. El partido propuso como líneas generales la creación de un Estado italiano fuerte e imperialista con técnicos nacionales, pero, frente al republicanismo, ahora se declaraban agnósticos. Económicamente, el partido se posicionaba a favor del liberalismo económico frente al colectivismo, pero asignaba al Estado la dirección y la coordinación de la economía. En cuanto a las medidas laborales, estas seguían siendo progresistas. El partido se organizó en tres partes: los afiliados al partido, los escuadrones –que quedaron estructurados mediante un mando nacional- y los sindicatos fascistas que se estructuraron en la Confederazione nazionale delle Corporazioni Sindacali. El posicionamiento contra la democracia y el socialismo fraguó del todo, así como la idea de una dictadura fascista dirigida por una nueva élite que llevaría a cabo una revolución espiritual y moral. En cierta medida, se estaba pregonando la acción, el vitalismo y el dinamismo. Del mismo modo, calaba la idea del Stato nuovo basado en el resurgimiento de una antigua Roma que revitalizaba la nación italiana. El uso de este pasado clásico se observa bien en la forma en que se organizó la milicia: legiones, cohortes y centurias, con títulos y emblemas basados en el ejército romano.

Se trataba, por tanto, de un nuevo viraje ideológico. Mussolini justificaba estos cambios alegando que el programa fascista no era una serie de dogmas que no pudieran cambiar, sino que el programa debía estar en continua transformación. Dichos cambios los realizaba el propio Duce y debían ser acatados por el resto.

Esta refundación logró aumentar todavía más el número de afiliados –entre ellos estaban representados la totalidad de la estructura social italiana, aunque el mayor porcentaje era de estudiantes-.

En cuanto a la violencia que se produjo en Italia después de la reestructuración del fascismo, no tenemos cifras, pero parece que los escuadrones fascistas llevaron la voz cantante, mientras los socialistas no pudieron con esta batalla y acabaron evitando las provocaciones. La violencia se convirtió en el principal arma del partido, la cual era defendida como una forma de mantener vivo el espíritu de la patria y de la juventud, especialmente esta última que se convirtió en el centro del movimiento como una nueva generación que ensalzaba a la nación.

La marcha sobre Roma

En 1922 el objetivo fundamental del Partido Fascista era obtener el poder sin necesidad de participar en las elecciones, es decir, mediante la violencia. En mayo de ese año se lanzó una ofensiva y los fascistas se apoderaron de gobiernos municipales. Aquel verano únicamente Turín y Parma permanecían en manos de los socialistas. El Gobierno de centro derecha de Luigi Facta, que comenzó su andadura a principios de ese año, apenas respondió ante esta situación y, de hecho, las fuerzas del orden estaban claramente apoyando a los fascistas. El Gobierno incluso cambió a los miembros de las prefecturas del norte que más hostiles eran al movimiento fascista.

Además de esta situación, las fuerzas políticas en el parlamento se encontraban divididas. La izquierda, formada principalmente por los socialistas y los popolari católicos, no querían unirse al centro liberal, y este a su vez no estaba de acuerdo en apoyar a los conservadores. Estos últimos, por su parte, eran más partidarios de los fascistas en cuanto que les ayudaban a mantener a la izquierda obrera a raya. No obstante, no podemos omitir que la izquierda no católica e incluso los anarquistas formaron la Alleanza del Lavoro a principios de 1922 para contener el avance del fascismo. Estos declararon una huelga que acabó en un auténtico fracaso y que fomentó que el centro derecha, que a mediados del año se estaba dando cuenta del peligro fascista, pusieran de nuevo su mirada en un temor que consideraban mucho peor: el terror rojo. Un sector del propio Gobierno de Facta estaba de acuerdo en colaborar con los fascistas y dejar que entraran en el Gobierno. También algunos miembros de la Casa de Saboya eran partidarios del fascismo, así como muchos miembros del ejército y el clero del país. Incluso el recién elegido papa, Pío XI, era en ciertamente simpatizante del fascismo.

En este contexto y después de la huelga, Mussolini vio que era un momento propicio para lanzarse literalmente a la toma del poder, el cual ya había sido en la práctica tomado en el norte del país. En principio, se barajó la idea de un golpe de Estado, pero en realidad, como veremos, no existía tanta influencia entre el ejército para llevarlo a cabo. Así, finalmente, la cúpula del Partido Fascista se decantó por una exhibición de fuerza para que se les entregara el poder. El 27 de octubre, la milicia fascista inició una acción, sin apenas violencia, para apoderarse de cuarteles, sedes de policía, arsenales y centros municipales en el centro del país. Posteriormente, iniciaron una marcha hacia Roma unos 25.000 camisas negras, que acamparon el día 28 en las afueras de la capital.

Como bien se sabe, tras este acontecimiento, Mussolini fue llamado por el rey para presidir el Gobierno, pero ¿realmente fue esta marcha la que irremediablemente forzó al monarca a ceder? La respuesta es no. Por poco desdeñable que nos pueda resultar el número de milicianos fascistas allí reunidos, la realidad es que el ejército que se encontraba en los alrededores de Roma les superaba en número –además los fascistas iban únicamente armados con porras en su mayoría-. Del mismo modo, el comandante de la región se mostró leal al rey, Víctor Manuel, y manifestó que acataría la orden de arremeter contra los fascistas si esta se diera. El Gobierno de Facta, de hecho, presentó al monarca un decreto para establecer el estado de guerra, pero el monarca, que temía una guerra civil y la reanimación de la izquierda, no lo aceptó. Acto seguido, Facta dimitió como primer ministro. El monarca llamó entonces a Antonio Salandra para que presidiera un Gobierno de coalición en donde estuviera Mussolini, pero este último no se mostró dispuesto a ocupar un mero ministerio. Únicamente aceptaría el cargo de primer ministro. El día 29, Salandra se negó a formar Gobierno y, ese mismo día, el rey llamó a Mussolini para presidir una nueva coalición gubernamental. El día 31, los camisas negras realizaron un desfile por las calles de Roma.

Mussolini, primer ministro

Como podemos observar, la marcha sobre Roma no fue, ni mucho menos, un golpe de Estado. Incluso calificarlo de pronunciamiento sería, en cierta manera, erróneo. El nombramiento de Mussolini como primer ministro fue totalmente legal, puesto que el monarca tenía constitucionalmente esa función. Además, fue llamado únicamente para presidir un Gobierno de coalición formado por socialdemócratas, militares, católicos, popolari, liberales demócratas y conservadores. Únicamente tres ministros eran fascistas. Nada era extraño, diversos Gobiernos de esta misma índole habían transcurrido en los años anteriores y siempre bajo preceptos de un cierto autoritarismo.

No obstante, la posición de Mussolini contra el parlamentarismo era evidente. En su presentación ante el Parlamento, este declaró que podría haberlo disuelto y solicitó a los diputados una autorización para gobernar por decreto durante un año, un procedimiento que se encontraba en la Constitución y que se le concedió.

Las principales medidas que tomó el nuevo Gobierno fueron en materia económica: se redujeron los gastos y la burocracia. También se tomaron medidas policiales contra los comunistas, mientras que los obreros se mostraron pasivos una vez que la recuperación de la economía se dejaba notar –la cual ya había dado síntomas de mejora antes de que Mussolini llegara al poder-. El número de huelgas descendió drásticamente, mientras la cantidad de afiliados al Partido Fascista aumentaba considerablemente hasta triplicar su número a finales de 1923, debido ante todo a que muchos vieron una oportunidad para ascender socialmente u obtener algún tipo de beneficio.

En realidad, el principal problema que encontró Mussolini para ejercer el Gobierno fue en el seno de su propio partido, en el cual, además, existía una amplia división. El partido se quedó sin un objetivo claro e inmediato y muchos fueron los que criticaron la actividad de Mussolini en un Gobierno que estaba funcionando como lo habían hecho los anteriores. La parte más dura del partido solicitaba el inicio de la revolución fascista que impusiera una dictadura completa con un Estado corporativo articulado y autoritario. Por su parte, los reformistas moderados querían adaptar el fascismo al sistema político establecido, de tal forma que el Estado debía acomodarse a ciertos aspectos clave como el nacionalismo, la cultura y la organización de trabajadores. Los nacional sindicalistas deseaban un sistema nacional sindicalista que sustituyera al parlamentarismo.

Mussolini, por tanto, dirigía un partido dividido y un Gobierno de coalición que dependía de un Parlamento en donde apenas poseían un puñado de diputados. Así que tomó medidas para controlar el Partido y el Estado. A finales de 1922 creó el Gran Consejo Fascista, un órgano ejecutivo del partido que el mismo dirigía, mientras que la antigua milicia del partido, que en muchos lugares actuaban violentamente bajo los criterios de sus propios jefes, fue transformada en la Milizia Volontaria per la Sicurezza Nazionale (MVSN), que se convertía en una institución del Estado dirigida por los oficiales del ejército. Además, los prefectos de las provincias se posicionaban por encima de cualquier cargo del partido. Esto permitía acotar las iniciativas individuales de los miembros de este.

Para evitar depender de los partidos tradicionales, se presentó ante el Parlamento la Ley Acerbo, por el nombre del diputado que la llevó a cabo, por la cual se daba a la candidatura más votada los dos tercios de los escaños siempre que se obtuvieran un 25% de estos. El parlamento la aprobó, aunque con una amplia abstención. De esta manera, en abril de 1924, se celebraron las nuevas elecciones bajo esta nueva ley. El 66% de los votos fueron obtenidos por el Partido Fascista, lo que daba al fascismo el control de la institución.

Poco después de estas elecciones, el diputado socialista Matteotti fue secuestrado de su domicilio. Su cadáver apareció dos meses después. Se sospechándose, como luego se supo, que había sido una de los escuadrones del Partido Fascista. La bolsa descendió y muchos miembros moderados del Partido lo abandonaron. No parece probable que fuera una orden de Mussolini, sino que, más bien, fue una actuación del sector más duro para que el Duce, que se volvía a inclinar hacia un pacto con los socialistas moderados, no pudiera llegar en el futuro a ningún tipo de acuerdo.

La construcción de la dictadura fascista hasta 1929

En los siguientes seis meses al asesinato de Matteotti, Mussolini no hizo nada, pero tampoco el rey le retiró la confianza, aunque con una mayoría parlamentaria difícilmente se le podía apartar del Gobierno. Presionado por los miembros de su partido, el mismo día que se iniciaba el año nuevo de 1925, Mussolini comenzó a moverse. Hasta ese año, Mussolini prácticamente había gobernado de forma constitucional, sin que se hubieran realizado amplios cambios. A partir de ese momento se comenzó a construir una auténtica dictadura, después de varios años debatiéndose entre el mantenimiento de un sistema parlamentario arraigado entre la población y la creación de algo nuevo. Finalmente se decantó por la eliminación del parlamentarismo, así el 2 de enero de 1925 se presentó ante la cámara y se declaró responsable de cualquier actuación llevada a cabo por el Partido Fascista –en alusión al caso Matteotti- y lo disolvió, dando orden a la policía para reprimir a la organizaciones subversivas de la oposición, aunque no se declaró a los partidos fuera de la ley –este hecho solo se produjo en 1927 tras varios atentados contra Mussolini-. Desde entonces, el parlamento únicamente aprobaba decretos-ley del Gobierno y se decretó que únicamente tenían validez los sindicatos fascistas de acuerdo a un pacto con los industriales. También se estableció que Mussolini únicamente respondía ante el rey.

En 1926 se llevaron a cabo toda una serie de leyes. Se creó un Estado corporativo al articularse una estructura nacional sindicalista para la economía –doce sindicatos nacionales para las distintas ramas de la producción y uno para profesionales y artistas-, y al año siguiente una Carta del Trabajo donde se fijaban los derechos de los trabajadores. En 1927 se creó el Tribunal Especial para la Defensa del Estado con poderes de un Estado de guerra, aunque no fue en realidad severo y la gran mayoría de los casos fueron absueltos y únicamente se produjo una condena a muerte. En 1928 el parlamento quedó remplazado por una cámara corporativa por la cual las diversas corporaciones elegían a sus miembros, que pasó en 1938 a reorganizarse para llamarse Cámara del Fascio y las Corporaciones. También en 1928 se redefinió el Gran Consejo del partido como órgano supremo que coordinaba todas las actividades del régimen, aunque bajo la férrea dirección del Duce. En 1930 se creó la policía política especial OVRA, que tampoco fue como la policía nazi posterior ni la de la URSS. El rey, en cualquier caso, seguía siendo el jefe del Estado.

No se había producido en realidad una revolución fascista, más allá de cambiar a los políticos de la cúpula. La estructura social seguía intacta, al igual que prácticamente la totalidad del resto del Estado. Si comparamos con lo que posteriormente se convirtió el Estado de Mussolini o lo que fue la Alemania Nazi o la URSS, la realidad es que en este momento la Italia de Mussolini era una dictadura conservadora relativamente floja. La economía cambió poco, pues los sindicatos nacionales no llegaron a controlar la vida económica del país y básicamente estos se dedicaban a controlar a los obreros.

Tampoco el Partido Fascista ejercía una dictadura sobre el Estado, sino que el propio Mussolini ejercía una dictadura sobre el partido, que fue depurado de sus elementos más activos y se estableció todo nombramiento desde arriba, ante las protestas de los afiliados de mayor antigüedad, mientras que buena parte de la población italiana se afilio a este, especialmente la clase media. La clase obrera, en cualquier caso, no se afilió masivamente. El partido, en cualquier caso, se convirtió únicamente en una especie de movilizador del apoyo político y de adoctrinamiento de la juventud, pero no administraba el Estado. Ni siquiera el Gran Consejo era reunido frecuentemente. Es cierto que en 1928 muchos miembros del partido entraron a ocupar algún cargo menor en la administración, pero más bien se produjo un proceso de fascistificación de la propia burocracia y prácticamente todos los cargos eran nombrados entre miembros que venían de la antigua elite gobernante o personas que se habían afiliado al partido por oportunismo.

Incluso la Iglesia siguió en su lugar, pese al anticlericalismo que había manifestado Mussolini en origen, con la que se firmó un concordato por el cual el catolicismo se convertía en la religión del Estado. Del mismo modo, en 1929 se firmaron los Pactos de Letran por los cuales se creó la Ciudad del Vaticano como Estado independiente. Esto cerraba la hostilidad entre el Vaticano y el Estado italiano desde la unificación de este último.

No obstante, la revolución y la nueva era de Italia estuvieron siempre presentes en la apología del fascismo. Se estableció toda una serie de simbología romana y se estableció el cuto personal al Duce como el genio del Estado. Este Estado fue definido por el Gobierno como totalitario: Gobierno, actividad económica y sociedad se ponían al servicio del nuevo Estado, que representa al total de la nación. La cuestión es que la mayor parte de los estudiosos consideran que Italia nunca llegó a ser un Estado totalitario, algo que si fue la URSS y la Alemania nazi. El totalitarismo italiano –” Todo en el Estado, nada contra el Estado, nada fuera del Estado” en palabras de Mussolini- se refiera ante todo al autoritarismo del Estado, pero no al control total de todos los ámbitos de la administración, la sociedad, la cultura, etc. como ocurrió en Alemania.

De cualquier manera, la década de los años treinta y la Segunda Guerra Mundial volvieron a provocar un nuevo cambio, mucho más duro, en el Estado fascista.

BIBLIOGRAFÍA

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