La conquista del Lacio por Roma

Muchas veces, al hablar de Roma, automáticamente se piensa en su Imperio, como si éste siempre hubiera estado allí, como si Roma siempre hubiera sido la cabeza hegemónica del Mediterráneo. Y de hecho, de esta última forma es como nos la presentan los historiadores romanos, incapaces de concebir una Roma que no destacaba sobre sus vecinos, y que no era ni conocida más allá del Lacio, región sobre la que se asienta Roma. Pese a ello, muchos historiadores de la actualidad –me refiero también a los del siglo XIX– consideraron esa misma tendencia de una Roma destinada a gobernar el mundo, y se olvidaron del resto de ciudades del Lacio, y la situación que este atravesó a lo largo de los siglos VI, V y IV, y que explican cómo Roma consiguió convertirse en la principal potencia de la región, anexionándolo, y posteriormente de Italia, de la cual se apoderó por vía militar de igual modo. Todo ello con el conflicto patricio-plebeyo en el interior de Roma.

Pero comencemos por el principio. ¿Qué posición ocupaba roma en el siglo VII a.C.? La tradición, como ya se adelantaba, nos presenta una Roma con hegemonía sobre en Lacio desde siempre. Más allá de ello –y más por lógica que por el apoyo de las fuentes–, Roma no era más que una ciudad más –una aldea– de un grupo común del que provenían todos los pequeños pueblos de esta región, que se autodenominaban bajo el nomen Latinum. Estos provenían directamente de los indoeuropeos y de la cultura autóctona conocida como la cultura lacial. El parentesco de todos estos pueblos del Lacio se mantenía en la formación de una liga, con organización federal, de estas aldeas, los prisci Latini, cuyo principal ámbito de unión era la religión. Todos veneraban a Iuppiter Latiaris en el monte Albano, cercano a Alba Longa, ciudad que era, por así decirlo, el centro con mayor preeminencia religiosa en el Lacio, aunque existían otros santuarios comunes como el de Venus en Lavinium, o los de Diana en Aricia y el Aventino. Y conjuntamente celebraban las feriae latinae –las cuales se seguirán celebrando a lo largo de la Historia–, en donde se realizaba los correspondiente sacrificios. Con ocasión de ellas, se elegía al magistrado anual de la liga, el dictator latinus, así como el concilium o consejo de la liga, el cual tenía como principal asunto la discusión de temas que atañían a todas las comunidades del Lacio, especialmente asuntos de guerra y paz. Aunque posiblemente toda esta estructura se fue creando bajo la hegemonía etrusca del Lacio. Organización, que por otra parte, no era férrea, y permitía a sus miembros una actuación independiente. De esta forma, fue común no solo las alianzas entre distintas comunidades, sino la guerra entre las ciudades del Lacio.

El Lacio a mediados del siglo IV a.C.

La liga quedó estancada bajo el dominio etrusco del Lacio. Cuando este desapareció, hemos de suponer que las ciudades del Lacio tendieron a ser gobernadas, al igual que Roma, por un reducido grupo de familias, aunque manteniendo las novedades instituciones introducidas por los etruscos. Y por mucho que las fuentes se empeñen en presentarnos una Roma republicana, con una hegemonía en el Lacio, debemos descartarlo. Al igual que no podemos creer el tratado firmado con Cartago en el 509 a.C., misma fecha en que se había creado la República, y que difícilmente se pudo dar. Roma no era más que un punto más del mapa en medio de una multitud de comunidades.

En época monárquica, la extensión que dominaba Roma no superaba un diámetro de 16 km. Las fronteras originales se pueden observar en algunos ritos religiosos que, en origen, las bordeaban. Estos indican, de esta manera, que éstas no sobrepasaban en época de los tarquinios la margen derecha del Tiber, la cual pertenecía a la ciudad etrusca de Veyes. Roma extendía su ager tan solo en la marquen izquierda. Esa era la extensión de Roma en el siglo VI a.C. Por compararla con otras ciudades, según Livio la ciudad de Veyes superaba cuantiosamente a Roma en su territorio. Aunque comparándola con otras ciudades del Lacio, quizás Roma tuviera una extensión media superior. Pero sea como fuere, no podemos pensar en una hegemonía de Roma sobre el resto del Lacio por muy floreciente que fuera la situación romana. La única ventaja con la que podía contar Roma, en esta época, era su posición estratégica en el Tiber, que la convertía en el paso natural para cruzar el rio.

Según nos cuenta la tradición, tras la desaparición del dominio etrusco en el Lacio, se volvió a dar un nuevo impulso de liga latina, aunque Roma quedo excluida de ella, y de hecho la ciudad del Tiber se tuvo que enfrentar a ésta. Tarquinio el Soberbio, el último monarca romano, se habría refugiado en Tusculum, ciudad latina que estaba a la cabeza de la liga de los treinta populi latinos. El ejército romano y los de la liga se confrontaron en el lago Regilo, en donde la República y la caballería patricia, asistida por los dioscuros Castor y Polux –que en el mismo momento se aparecieron, también, en el foro–, vencieron a la liga. El cónsul Espurio Casio firmó con ésta el tratado foedus Cassianum por la cual Roma se convertía en la cabeza de la liga en pie de igualdad con el resto de ciudades. Evidentemente, del relato, de lo poco que podemos creer es el tratado, quizás firmado en el 493 a.C., el cual tan solo dio entrada a Roma en la confederación latina en igualdad de condiciones al resto de comunidades. El objetivo era hacer frente común a los numerosos enemigos que presionaban a las comunidades del Lacio.

Roma entre los siglos VI -V a.C.

Estos pueblos que les presionaban eran sobre todo ecuos y volscos, que procedentes de la montaña, ansiaban asentarse en las ricas llanuras de la Campania y el Lacio. La desaparición del poder etrusco en estas zonas fue aprovechada por estos pueblos para iniciar la migración. Eran pueblos que todavía tenían una estructura primitiva, es decir, sin una estructura estatal.

De esta forma, los miembros de la liga, colaborando entre ellos, hicieron frente a los volscos, que presionaban en la zona meridional del Lacio –y que llegaron a tomar algunas ciudades–, y a los ecuos que lo hacían desde el noroeste. Los éxitos contra ambos enemigos comunes –aunque los romanos nos lo presentan como éxitos propios, en donde participaron héroes como Cincinato y Coriolano– permitió asegurar el territorio latino de los continuos saqueos de ambos pueblos, y para ello se fundaron colonias latinas con fines estratégicos –avanzadillas del territorio latino–: Fidenae, Labici, Vitellaia, Signia, Cora, Norba, Setia, Velitrae, Ardea, Satricum.

Colaboraron también en la lucha contra ecuos volscos los hérnicos, que se encontraban entre ambos pueblos, del tal forma que, quizás hacia el 486 a.C., se firmo con los hérnicos un tratado con el fin de impedir que volscos y ecuos colaboraran entre sí. La victoria final contra estos vino en el 431, en el monte Algido, la cual estuvo dirigida por A. Postumo Tuberto, a partir de la cual ambos pueblos dejaron de ser un incordio, aunque cierto es que más adelante volvieron a tener un cierto resurgimiento.

La victoria no supuso un descanso de las actividades militares, ahora contra otros enemigos –etruscos y sabinos–, especialmente para los romanos. Los sabinos –asentados en la zona nororiental–, ya habían entrado en contacto con Roma desde antiguo –recuérdese la leyenda del rapto de las sabinas–, y que ahora, en época de escasez, descendía a la llanura –según la tradición Apio Herdonio se había logrado apoderar del Capitolino–. Sin embargo muchas de las tribus que la componían debieron ser integradas en la propia Roma, hipótesis que se puede dar a partir de la leyenda del sabino Atta Clausus que se había asentado en Roma con su tribu, en donde se les dio la ciudadanía, constituyendo la gens Claudia. Quizás por ello a mediados del S. V dejaron de ser un problema.

Los etruscos, al norte, fue sin duda el principal problema, al que Roma se enfrentó sola, y donde destaco la ciudad de Veyes, que estando a tan solo 17 km de Roma, acabó por ser conquistada por los romanos en una guerra que fue posteriormente magnificada. La lucha era sobre todo económica, puesto que Veyes intentaría seguir controlado la vía Salaria y este importante producto, y en donde la ciudad de Fidenae –colonia latina– era de gran importancia para su control. De esta forma, el primer paso de Roma fue la conquista de Fidenae, hacia el 426 a.C., traspasando por primera vez la margen derecha del Tiber. El éxito, y control de ésta, permitió a Roma poner sitio a Veyes en el 396, en un asedio que según la tradición duró nada menos que diez años –curiosamente los mismos que duro el de Troya–.

La conquista de Veyes permitió a Roma aumentar su territorio casi al doble, y por otra parte logró el apaciguamiento social dentro de Roma, pues se repartieron nuevas tierras. Y lo que es más importante, un mayor número de propietarios permitió el aumento del potencial militar romano, con mayor número de hombres, que podían costearse su equipo militar, para integrar las legiones.

Pero si la victoria de Veyes se pudo llevar a cabo, fue sin duda porque el resto de ciudades etruscas no apoyaron a Veyes –más allá de un apoyo teórico–, las cuales estaban volcadas en su propio enemigo, los galos, que presionaban sus fronteras, y que posteriormente estuvieron a punto de acabar con la propia Roma. Y este fue el problema, precisamente, que tuvo que hacer frente Roma cuando se abrió el siglo IV. Los galos –en el contexto del proceso migratorio iniciado en la Edad del Bronce de pueblos de centroeuropa– llegaron en masa a la Península Itálica –al igual que lo habían hecho en otros lugares– buscando tierras fértiles. Penetraron en el Valle del Po, en donde acabaron con el dominio etrusco que estos poseían en la zona –al igual que anteriormente lo habían tenido en Campania–, y derrotaron a estos en Melpum, la actual Milán, instalándose también en la Lombardía. Desde estas zonas, muchas tribus galas fueron penetrando hacia el interior de la Península, aunque más bien con ánimo de saqueo que de conquista. Estos llegaron incluso a penetrar en la región etrusca, llegando hasta Roma, en donde el ejército romano les hizo frente en el rio Allia –el 17 de julio del 390– el cual fue duramente derrotado. Ello les abrió el camino hasta Roma, la cual fue saqueada.

Presentado como un acontecimiento trágico, y que puso en duda la propia supervivencia de la ciudad, pronto pudo recuperarse –construyendo los muros servianos para su defensa– y seguir caminando en la hegemonía sobre el Lacio, momento en que Roma ya empezó a ejercer como miembro dominante en la liga. Ello se debió, sin duda, a que su posición geográfica, le permitía estar más protegida de ecuos y volscos –pese a que estos ya no eran gran problema–, así como una liga cada vez menos cohesionada –precisamente porque ya no existía un gran enemigo común–, en la que el consejo federal dejó de dirigir las actuaciones que se realizaban contra las amenazas exteriores comunes. Aunque, si bien, se creó una alianza entre las ciudades más expuesta al peligro galo, las ciudades albanas, que comenzó en pie de igualdad de sus miembros. Otras ciudades –Tibur y Praeneste principalmente–, en cambio, recelando del poder que adquiría Roma, se enfrentarán abiertamente a ésta, y no durarán en usar contra ella la fuerza de volscos, ecuos y de hérnicos.

Ante esta abalanza de enemigos, Roma buscó en el norte un aliado, y éste fue la ciudad etrusca de Caere. Ésta, de igual modo, necesitaba de aliados ante el declive del resto de ciudades etruscas, ahora amenazadas marítimamente por los griegos de Cumas, que contaban con el apoyo de Siracusa. Desde hacía tiempo Cumas estaba atacando puntos de la costa meridional en donde precisamente se asentaba Caere.

La alianza entre Roma y Caere permitió a Roma entrar de lleno en lo que podíamos llamar la política internacional, y con ello en un conflicto de intereses en el Mediterráneo, protagonizado por la ciudad griega de Siracusa y por la fenicia Cartago por el dominio de la isla de Sicilia. De esta forma, la alianza con Caere enemistó a Roma con Cumas, y a su vez con Siracusa. Por ello Cartago y Roma firmaron un primer tratado posteriormente. Si bien, existe una amplia problemática de los tratados romano-cartagineses. Como ya se anunciaba, Polibio consideraba que el primer tratado se había firmado en el año 509 a.C., algo que difícilmente podemos creer cuando en esta época Roma no tenía ningún interés en el Mediterráneo y ni siquiera destacaba en el Lacio, a no ser que estemos equivocados en todos estos datos. Por otra parte, Polibio menciona un segundo tratado en el 348, el cual es mencionado también por Livio y por Diodoro. Este último lo menciona como el primero, y Livio no le establece orden. Aún con todo, debemos suponer que fue en el 348 a.C. cuando se realizó el primer tratado, firmándose un segundo en el 343 como renovación del anterior.

Junto con todo ello, sabelio-samnitas se convertían en otro peligro en el complicado mapa itálico. Los sabelios, en el Apenino meridional, vecinos septentrionales de ecuos y volscos, comenzaron también la migración hacia el Lacio y Campania. En esta última cayeron los centros griegos de Capua, en el 423, y en el 421 a.C. la propia Cumas, cuyos habitantes se refugiaron en Neápolis en donde resistieron. Allí, en Campania, grupos de sabelios se instalaron, en donde tomaron influencias etruscas y griegas, adquiriendo estructuras estatales más solidas. Mientras, en el Apenino meridonal, se formó una confederación de tribus samnitas en donde se englobaban además hirpinos, caudinos, pentros y caraceños.

Esta confederación no supuso un peligro durante el momento, y Roma tuvo suficiente tiempo como para ir imponiéndose en el Lacio. Tras el desastre galo, Roma aún contó con el apoyo de buena parte de la liga como se ha comentado, e incluso se realizaron dos nuevos colonias federales, las de Sutrium y Nepet, mientras que las tierras de Veyes, Capena y Falerii se convirtieron en tierras del ager romanus, al tiempo que se conquistaba la ciudad latina de Tusculum que tuvo que aceptar la ciudanía romana en el 382. Roma transformaba la liga en un instrumento de conquista, cuyo ejército estaba comandado ahora por dos praetores subordinados a los cónsules romanos, y que sustituía al antiguo dictador latino.

El conflicto latino era ya algo patente y entraron en juego en él otras potencias hasta ahora desconocidas en el Lacio. Mientras Roma cerraba un levantamiento de ciudades como Tarquinia, Falerii y Caere que se habían sublevado, Roma buscó un aliado en la zona meridional, la confederación samnita, con la que se firmó un tratado en el 354 justificado por el peligro galo. Y pronto los galos aparecieron y fueron utilizados por varias ciudades latinas contra Roma. A ello se le unía una flota siracusana que estaba ayudando a Antium, una ciudad volsca, contra Roma. Roma tuvo que preparar nada menos que diez legiones, siendo el mayor esfuerzo militar nunca jamás realizado hasta el momento. Los galos, sin presentar batalla se retiraron, prefiriendo puntos más fáciles, mientras que la renovación del tratado con Cartago en el 343, permitió solventar el peligro siracusano.

Pronto Roma, que pretendía el control de Campania y entrar en el comercio del Mediterráneo encontró el conflicto con la federación samnita que pretendía su extensión por la llanura. No se puede decir que existiera una primera guerra samnita, aunque la tradición así nos lo presenta, llegándose a un acuerdo en el 341 beneficioso para ambos. El acuerdo fue una traición por parte de Roma a los campanos –especialmente Capua–¬, quienes habían pedido ayuda precisamente a Roma.

Pero la firma del tratado descubrió a la liga latina que Roma quería una dominación sobre ella. Las ciudades de la liga, apoyados por campanos y sidicinos, así como por los volscos de Antium con su flota, conformaron una alianza, que fue derrotada en el Vesubio, y más tarde en Trifanum, cerca de Sinuessa en el 340. Antium acabó capitulando, y su flota fue destruida, cortándose las proas de sus barcos y poniéndolas en las tribuna de orados en el 338. A partir de entonces Roma puso sus condiciones a cada una de las ciudades del Lacio a la que reconoció más o menos amplios derechos y política autónoma –constituyéndose el ius latii–. Al mismo tiempo se fundaron las primeras colonias romanas en la costa, Ostia, Antium y Terracina.

Roma llegaba a la mitad del siglo IV dominando el Lacio y sus alrededores. Y lo que era más importante, había entrado en el concierto de las principales potencias del Mediterráneo.

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