La escultura romana

Tratar en unos pocos párrafos acerca de la escultura romana, en la cual intervienen una multitud de factores a lo largo de diversos siglos, tan solo nos permite trazar unas finas pinceladas que nos aproximen a conocer someramente las características de dicha escultura, y a comentar una breve evolución de la misma. De hecho, en Roma confluyen tanto la escultura griega como la propiamente romana. Ello crea un problema para describir ambas a un mismo tiempo, lo que hace inevitable que debamos, en cierta medida, crear dos grandes apartados que, posiblemente, tampoco sean adecuados a ojos de un especialista.

En cualquier caso, podemos estar seguros que, al igual que en Grecia, el hombre es el principal tema de representación. Ello no impide que, en esta concepción, exista una diferencia de amplia magnitud: mientras que las esculturas griegas estuvieron encabezadas por héroes y dioses, en Roma es el ciudadano el que copa la mayor parte de estas. Efectivamente, el retrato y el realismo de este se imponen en el mundo romano.

 

La escultura griega en Roma

Los romanos fueron unos grandes aficionados a la escultura griega desde que, a mediados del siglo II a.C., se conquistó Corinto -y, tras ella, la totalidad de Grecia, que pasó a ser una provincia más-. Como es sabido, la cultura griega y su lenguaje tuvieron una amplia consideración en Roma. La importación de la cultura, desde luego, fue literal, puesto que la nobilitas no dudo en traer a la Urbs las maravillosas esculturas que embellecían los lugares públicos de las poleis griegas –muchas reposan actualmente en el mar como consecuencia de naufragios en las travesías que las transportaban-. Estas pasaron, como botín de guerra, a decorar las casas particulares de la nobleza romana o, en su caso, de los templos.

Claro está, el saqueo no podía durar eternamente, puesto que existen unos límites materiales. Así que, tras esta primera etapa en la que se trasladaron esculturas de Grecia a Roma, se comenzó a crear en la propia Ciudad nuevas obras que imitaban a las griegas tanto en estilo, en tipos y en temas. Otras veces, directamente se realizaron copias de obras de los más famosos escultores como Fidias, Praxiteles, Polícreto, entre otros muchos. Es sabido que, tal y como se dijo al hablar de la escultura griega, muchas de las obras de estos artistas las conocemos gracias a las copias romanas, sin que podamos pensar que no existió una cuidada fidelidad respecto a las originales.

En cuanto a quienes se encargaron de realizar las imitaciones, fueron los propios artistas griegos. Unos continuaron realizando su trabajo como meros esclavos, y otros, tras la ruina de Grecia, vieron en Roma el único lugar para proseguir viviendo de su oficio. Eso sí, el prestigio que habían gozado en Grecia, a la altura de poetas y filósofos, se perdió. Para los romanos, un escultor era meramente un obrero más, un artesano que debía ganarse la vida con el sudor de su trabajo y, por tanto, indigno de cualquier alago. Esto implica, por tanto, que las obras fueron anónimas o, en cualquier caso, la inscripción de sus nombres no tiene tampoco ninguna repercusión ni siquiera para nosotros. Al fin y al cabo, este artesano no está creando nada nuevo, únicamente está copiando.

La imitación del estilo griego no se produce únicamente con los parámetros helenísticos –la última etapa de la escultura griega-, sino que en Roma se denota una especie de “popurrí”. En una misma escultura nos podemos encontrar rasgos helenísticos, clásicos o, incluso, arcaicos. La Diana de Potiers, por ejemplo, sigue estas últimas características. Por su parte, el Niño de la Espina mantiene tanto elementos del arcaísmo, como su peinado; con otros aspectos, como la estereometría, que se corresponde con un clasicismo bastante tardío. No obstante, los rasgos de tipo helenísticos fueron los que predominaron. El carácter naturalista de este encajaba bastante bien con lo que el romano, como veremos más tarde, solicitaba en el retrato, la fidelidad a la realidad. Algunas obras de esta última corriente son las Pescador y la Pastora del Museo del Capitolio, y el Grupo del Tíber, a imitación del Grupo del Nilo.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=175|float=left}

También, en cuestión de relieves, hay una imitación, especialmente aquellos que mantienen la temática bacanal. En todo caso, como aludiremos más adelante, Roma creó unos relieves con carácter histórico.

En la propia Roma, se conformó una escuela escultórica de corte heleno, llamada neoática, cuyo creador se dice que fue el griego Pasiteles, en el siglo I a.C. Algunos de los escultores de esta escuelas son Stéfanos, que imitó a Fidias y a Policleto tal y como se observa en el grupo de Orestes y Electra del Museo de Napoles. Del mismo modo, en un discípulo del primero, Menelao, se denota la presencia de Policleto y Praxiteles, como se ve en el Grupo de San Ildefonso. Pero fue ante todo el estilo helenístico el que se copio como ya se ha dicho.

Además de en Roma, la imitación de esculturas griegas se propagó por las provincias del Imperio, concretamente las occidentales y más romanizadas como las galas y las hispanas, cuyas élites requerían también de este tipo de decoración. Así, por ejemplo, en estas últimas existe una amplia variedad de ejemplos que se corresponden con la escultura neoática, y que posiblemente fuera realizada por talleres locales, aunque tampoco podemos desdeñar la posibilidad de que muchas fueran importadas desde la propia Roma. Los mármoles, en cualquier caso, si que fueron traídos desde diversos puntos del Imperio. Por citar algunas obras que se han hallado en territorio español: un Mercurio y Diana en el Museo de Sevilla; en el Museo de Tarragona, una copia de la Venus de Cnido. En el Arqueológico Nacional, un Hermes de bronce. No nos podemos olvidar la estatuaria encontrada en el Teatro de Mérida, aunque en la vestimenta se observa el plegado romano.

 

El retrato

Lo que más destacó en Roma fue el retrato, que, frente a la copia de la escultura griega, este se conforma como una escultura típicamente romana –de la que no puede separarse la influencia etrusca-. De hecho, el retrato romano se desliga lógicamente del idealismo que imperaba en Grecia, puesto que este tipo de estatuas debe mostrar fielmente los rasgos de los individuos a los que representa. El helenismo, en cualquier caso, aportó la capacidad para la representación real de la persona –ya se habían realizada retratos en Grecia, como los de Alejandro Magno-, aunque ello no impide que las representaciones posean un cierto idealismo.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=174|float=right}

La tradición retratista venía desde época arcaica, especialmente en el ámbito funerario. Ya de esa época datan pequeñas urnas funerarias en donde se representa el rostro del difunto. Y en época clásica fueron comunes las imagines maiorum, unas máscaras de cera de los antepasados de las grandes familias de la aristocracia, que eran guardas en sus respectivas casas y exhibidas en cada uno de los funerales de la familia por actores. De estas máscaras muy posiblemente partiera la idea de la representación sobre otro tipo de materiales, concretamente en mármol. En cualquier caso, parece entrar dentro de la mentalidad romana por intentar que el nombre, memoria y rostro de los individuos se perpetuara más allá de la vida.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=169|float=right}

El retrato de busto fue el más común, pero no impide la existencia de retratos de cuerpo entero, normalmente de pie. Los sedentes suelen ser propios de la mujer, y los ecuestres básicamente estarán reservados para los emperadores y, en general, poco comunes.

Los personajes, en el caso de los hombres, suelen aparecer en su función pública y, por tanto, togados. Los emperadores, por ejemplo, fueron representados en sus diversas atribuciones: la coraza señala el poder militar del consulado; el rollo portado en la mano, el papel del pretor, es decir, la administración de justicia; y la cabeza cubierta con los propios pliegues de la toga, la función religiosa. Cuando son esculpidos como héroes, aparecen desnudos y con la corona de laurel. El carácter divino del emperador fallecido se establece, normalmente, mediante el emblema que representa al dios al que se vincula.

En cuanto a los materiales, se usó ante todo el mármol y el bronce, aunque Roma tocó prácticamente cualquier tipo de material para este fin. Solían estar estos retratos, al igual que la estatuaria griega, policromada para dar la sensación de viveza.

También los relieves tuvieron una gran influencia en Roma, pero con un fin histórico frente al carácter griego de la narración mítica–al fin y al cabo el mito romano se integra en su propia historia-, en ellos se representa las victorias y hazañas, y serán muy comunes en época imperial. Estuvieron influenciados por las provincias orientales, en donde era común este carácter de los relieves. Estos son de tipo pictórico, en donde la perspectiva juega un gran papel como en la pintura, lo que se ve una influencia helenística.

Los retratos de época republicana muestran un busto corto y triangular, donde únicamente se denota el comienzo de las vestiduras. El pelo es plano en la talla como se observa en los de Mario, Pompeyo, Cicerón y Cesar, por citar los más conocidos. También encontramos relieves, como el de Domicio Enobardo, que nos muestra haciendo algo tan común como la licencia de las tropas. El helenismo se vislumbra bien en estos retratos republicanos, pues se aprecia tanto el realismo como cierto idealismo en los rasgos italiotas.

Augusto es un claro ejemplo de la combinación de realismo e idealización. Sus retratos, al igual que el del resto de emperadores, deben dejar claro a quienes los contemplan que es el gobernante perfecto. Uno de los mejores ejemplos es el famoso retrato de busto completo de Augusto, el de Prima Porta. Así, el hecho físico de envejecer nunca fue mostrado; Augusto mantuvo en la estatuaria siempre el mismo aspecto, puesto que la vejez es síntoma de decadencia tanto del gobernante como del Imperio. Pero tampoco se puede representar la juventud, pues esta alude a una falta de experiencia, pues el joven es imprudente por naturaleza, y el buen gobierno requiere de calma. Se prefiere mostrar al gobernante siempre en la edad madura –no obstante, los Julio-Claudios fueron representando más jóvenes de lo que tradicionalmente había sido la costumbre-. Los retratos de Claudio muestran claramente como los defectos físicos que este tenía eran omitidos.

Cabe decir que muchos de estos retratos serán copiados hasta la saciedad, puesto que el emperador debe estar presente a lo largo y ancho del Imperio. Así, era normal que los talleres escultóricos tuvieran bustos preparados, en donde únicamente hacía falta tallar los rostros. Y los cuerpos, en la mayoría de las ocasiones, no representan al del individuo, sino que únicamente se engarza la cabeza. Era muy común que en los lugares públicos de muchas ciudades, cuando un nuevo emperador llegaba a poder, únicamente se eliminaba la cabeza del anterior y se sustituía por el nuevo, dejando el resto del cuerpo.

En cuanto a los relieves, estos toman fuerza en época de Augusto como sucede en el Ara Pacis. Pese a que sus escultores fueron griegos, se denota el carácter romano. Estos relieves se caracterizan por la monotonía, una multitud de figuras togadas, entre las que está el emperador y su familia, en procesión. No obstante, existe perspectiva. Estos primeros relieves imperiales suelen estar en bajorrelieve, a excepción de las guirnaldas, las cuales son altorrelieves.

El gran esplendor de la escultura romana vino en la época Flavia, en especial en lo que se refiere a la decoración monumental en la cual se usarán infantes, pájaros, medallones, etc. para decorar edificios y diversos monumentos como los arcos triunfales que construirán los sucesivos emperadores. Por su parte, el retrato estará más logrado y el idealismo pierde intensidad. Hasta tal punto llega el realismo que en ocasiones los retratos muestran al emperador con un aspecto ciertamente desaliñado. También en este momento se rompe el frontalismo que había sido común en los retratos anteriores. Ahora la cabeza girará ligeramente hacia un lado, lo que le da mayor vitalidad y psicológicamente parece que la estatua omite la presencia del espectador. Los bustos, por otro lado, muestran también los hombros y pectorales, pues anteriormente apenas aparecía el comienzo del ropaje, el cual es sujetado por una gran fíbula redonda sobre el hombro. Existe, de hecho, una tendencia a mostrar la mayor parte del pecho así como los antebrazos, sin llegar nunca al codo, a excepción de uno de los bustos que se conserva de Cómodo que si lo hace.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=167|float=left}

El pelo, en época de los Flavios, se siguió manteniendo liso, y a lo mucho cambia el peinado, no por razón estilística de la escultura, sino acorde a la moda de la época. De hecho, el peinado femenino es un elemento de estudio a partir de la estatuaria romana. Cada una de las épocas va a estar caracterizada por diversos peinados. Los nuevos estilos solían venir de las mujeres de la casa imperial, especialmente las emperatrices, y, posteriormente, imitadas por el resto de nobles y acaudaladas romanas.

A partir de Adriano se observa que aumenta la tendencia helenística, puesto que se crean retratos mucho más conseguidos, en especial en los cabellos –cuya moda ahora es encrespados- y las barbas –esta último se pone de moda en este momento-, y del mismo modo en el ojo se marca el iris y la pupila, puesto que los retratos dejan de estar policromados. Ello es debido a que se empiezan a combinar mármoles de diversos colores. Así, por ejemplo, las togas se realizarán con piedras veteadas.

Los retratos de Marco Aurelio, de los que se conservan buen número, se caracterizan por un rostro poco expresivo y melancólico, quizás por el carácter estoico de este. Su estatua ecuestre en el Capitolio sirvió de modelo en el Renacimiento. Una estatua formada en dos partes, jinete y caballo, este último apoyado sobre tres patas, que en todo caso da poca naturalidad a la forma de montar del emperador. El tipo ecuestre no era una innovación del momento, pues en Pompeya se halló una escultura con las mismas características.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=168|float=left}

En cualquier caso, el idealismo nunca dejó de estar presente. Por ejemplo, el amante de Adriano, Antinoo, fue esculpido una multitud de veces como un ser idealizado, bello y casi femenino, como si se tratara de un dios. Fue representado como Apolo, Hermes, Baco, y una larga lista de personajes divinos.

En cuanto al relieve, este se recargo –lo que se suele llamar barroquismo-, cuyos máximos ejemplos son los arcos de Tito y Trajano, especialmente este último, en donde prácticamente no queda ningún espacio vacío –incluso las figuras se desbordan por los paramentos-. Y de hecho, estos relieven representan las campañas, pues el tema histórico se pondrá de moda, como demuestra también la Columna de Trajano, en donde se representa la campaña contra los dacios. Son relieves que cuentan una historia de forma cronológica, en donde el emperador siempre aparece como el protagonista, el cual es destacado mediante un tamaño superior o colocado en un lugar representativo.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=172|float=left}

Esta época esta plagada de relieves que representan al germano cautivo, que aparece siempre desaliñado, sucio y andrajoso, en comparación con los romanos. Esto ya se observaba en el Altar de Pérgamo, en donde civilización y barbarie es simbolizada de acuerdo a gestos, vestimentas y peinados.

A partir de los Antoninos, se hace común la inhumación de los cadáveres, así que los más portentos se hicieron tallar sarcófagos ricamente decorados. Anteriormente, los sarcófagos habían sido extraños, puesto que la incineración no los requiere. Tan solo los Cornelios habían mantenido esta costumbre desde época inmemorial, pero sin realizar relieves en sus sarcófagos. Sea como fuere, los de época imperial siguieron, en muchos casos, la costumbre etrusca: se establecían contra un muro, así que quedaban tres caras libres para realizar los relieves. En la parte superior se solía tallar al individuo fallecido de forma yacentes o, en su caso, incorporado como si estuviera vivo. Junto a ello, guirnaldas –símbolo de inmortalidad- y elementos con simbología subterránea, como la serpiente, decoraban el resto del sarcófago. A partir de los últimos Antoninos, se decoraron con temas mitológicos al estilo griego –en estos puede aparecer el propio fallecido-, con un amplio barroquismo que llena la totalidad de las paredes de este. Destaco entre los muchos temas el rapto de Proserpina. Durante la dinastía de los Severos las figuras de los relieves casi alcanzan a tener bulto completo. Entre los últimos puede destacarse el sarcófago Ludovisi.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=176|float=left}

Más allá de ello, el retrato funerario sobre los sarcófagos, pero también sobre estelas y nichos en donde el busto quedaba incrustado, se hizo muy común, puesto que públicamente solo los retratos del emperador y su familia podía ser expuestos. Así que la muerte era un buen momento para hacer públicos sus retratos –al menos aquellos que se lo pudieran permitir-, puesto que como debemos recordar, las necrópolis se encontraban junto a las vías, lugares muy transitados. Fue común que los difuntos aparecieran desempeñando sus propios oficios, de los que debemos pensar que se sentían orgullosos.

En la época de los Severos comienza ha decaer la escultura en cuanto a la técnica –pese a que la cuestión de la decadencia puede ser cuestionada-, en todo caso todavía sigue manteniendo vigor. Ya antes, el arco de Marco Aurelio, así como su Columna –que sigue el esquema de la de Trajano- muestran una menor plasticidad pese a que se observa el barroquismo. Pero el Arco de Septimio Severo muestra unos relieves de gran pobreza, al menos si los comparamos con los de sus antecesores. No obstante, el retrato se hace mucho más moral y los miembros de la dinastía denotan su carácter. Caracalla, por ejemplo, posee una mirada despectiva y denota violencia. La identificación de estos retratos se observa también por la pequeña barba y corta.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=173|float=right}

Tras los Severos, el decaimiento es ya totalmente notable. De hecho, parece que lo grande intenta sustituir a la calidad de la escultura. Es lo que sucede en el Arco de Constantino de Roma. Una gran construcción pero con figuras rígidas, sin expresión. No es extraño que buena parte de los relieves procedieran de otros monumentos anteriores, que dejan ver todavía más la perdida de la técnica. El realismo se ha perdido también en el retrato. Constantino aparece con una mirada rígida, observando el frente y totalmente simétrico, mientras que los súbditos miran hacia este. Esta composición empieza a denotar los cánones de lo que serán los rasgos de la estatuaria bizantina, en donde se volverá a lo esquemático, y que dará lugar al arte románico más adelante. Los emperadores serán retratados en grandes estatuas, con los ojos remarcados con pupilas e iris de una forma muy poco natural, y las barbas meramente marcadas sobre la piel. Los rasgos típicos prácticamente desaparecen y, de hecho, todo el conjunto de retratos de funcionarios básicamente aparecen estereotipados.{phocagallery view=category|categoryid=19|imageid=170|float=left}

Toda esta evolución tuvo también su plasmación en las provincias, aunque con características propias que deberían ser comentadas aparte. Hay que decir, más allá de ello, que las provincias occidentales y orientales denotan claras diferencias en la escultura. En las primeras se mezcla con una tradición indígena, por poca influencia que esta llegara a tener. En las orientales, ya existía una tradición helénica anterior. En estas últimas, a partir de Adriano, se produjo un nuevo impuso en el desarrollo escultórico.

Bien ha podido comprobar el lector que únicamente hemos tratado la estatuaria y, en menor medida, los relieves. Pero podríamos haber mencionado una multitud de elementos, la mayor parte de ellos muebles, que estuvieron esculpidos. Las mesas, sillas, candelabros, e incluso los más pequeños objetos podían ser objeto de una rica decoración escultórica, muchos de ellos con una preponderancia de animales.

 

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