La independencia de la América continental española

Desde el descubrimiento de América en 1492 –popular y oficialmente conocida como Indias-, el sur de este quedó paulatinamente conquistado por la Corona de Castilla. Administrativamente, los territorios quedaron, en un primer momento, divididos en dos grandes virreinatos que, con el paso del tiempo, pasaron a ser cuatro: Nueva España, Nueva Granada, Perú y La Plata. Sea como fuere, a comienzos del siglo XIX, estos territorios comenzaron sendos procesos de independencias que dieron lugar a los actuales países latinoamericanos que acabaron, finalmente, con el imperio colonial español, a excepción de Cuba y algunas islas de menores, que todavía se mantuvieron bajo la soberanía española hasta 1898, fecha en la que finalmente España perdió estas posesiones americanas junto con Filipinas.

La independencia latinoamericana es el culmen del proceso revolucionario atlántico, que comienza con la independencia de las colonias inglesas en el norte del continente americano, a la que siguió la Revolución francesa y, posteriormente, casi como consecuencia, continuó en América del Sur.

En cualquier caso, el proceso no se inició como un movimiento de masas, ni mucho menos, sino como una estrategia de las élites americanas, los criollos, para beneficiar sus propios intereses y frenar, a toda costa, la temida revolución social que les apartara de la cúspide social. Por otra parte, esta élite nunca había tenido la idea de la independencia –dicho sea de paso, la reacción en muchos caso fue la contraria para evitar, concretamente, una revolución como se acaba de decir-, aunque sí que había sido una reclamación tradicional mayor autonomía para la gestión de los territorios, puesto que en la mayoría de las ocasiones los altos cargos administrativos, como los virreyes, eran nombrados por el monarca entre miembros de la élite de la península y no de las colonias. De esta forma, la idea independentista solo se forjó conforme se fueron desencadenando los acontecimientos a lo largo de la Guerra de la Independencia en España y acabó por reafirmarse de forma generalizada una vez que Fernando VII restauró el absolutismo en 1814.

 

El descontento criollo ante la política de Godoy

El descontento de la élite criolla –al igual que la peninsular– había aumentado durante el gobierno de Godoy, en concreto una vez que la Revolución francesa estalló. Este, tras una primera guerra contra el país vecino, acabó por realizar una alianza con la Francia revolucionaria, lo que provocó que España se creara desde ese momento un peligroso enemigo marítimo: Inglaterra. Dicha guerra imposibilitó el comercio entre las colonias españolas y la metrópolis, al mismo tiempo que esta última perdía la flota –en la batalla de Trafalgar– con la que proteger estas. Por una parte, los territorios de ultramar quedaron aislados de España, por lo que el gobierno de estos quedó en manos de las autoridades coloniales que, en muchos casos, desconocían lo que estaba acaeciendo en la península. Perjudicó también al comercio, en concreto a los comerciantes que tenían autorización para realizar su actividad con la península. Por esto último, fueron muchos los que se beneficiaron de un comercio ilegal –especialmente en el Caribe– con países extranjeros. Se entiende, por tanto, que estos últimos no querrán volver de ningún modo a la situación anterior, por lo que la única forma de mantener el libre comercio fue apoyando el liberalismo y más tarde la independencia.

Más allá de esto, las élites americanas estaban concienciadas de pertenecer a la monarquía hispánica, por lo que vieron con temor que cualquier tratado que se pudiera firmar entre las potencias europeas y España pudiera incluir la cesión de parte del territorio colonial a otros países. Ya existían precedentes como Luisiana, Santo Domingo y Trinidad. De hecho, entre 1807 y 1808 los ingleses realizaron una incursión al Río de la Plata, cuya defensa recayó en el buen hacer de las autoridades de allí, en concreto del apoyo de las élites criollas. De esta forma, no es de extrañar que antes de que se produjera cesiones del territorio colonial, era preferible la independencia.

En general, Godoy era tan poco querido en las colonias como en la metrópoli, y la élite americana, al igual que la española, creía que solo la llegada al trono de Fernando VII y el exilio de Godoy del poder podrían acabar con una situación que se considera insostenible. Pero cuando Fernando VII subió al trono en abril de 1808, las tropas francesas ya estaban desparramadas por el territorio nacional.

 

Los enviados de Napoleón y de la Junta de Sevilla

Los acontecimientos que se desarrollaron a partir de que se conozca la noticia de las abdicaciones de Bayona aceleraron un primer proceso autonomista. Efectivamente, Fernando VII y Carlos IV acabaron por abdicar en favor del emperador francés, Napoleón, el cual, a su vez, cedió el reino español a su hermano José. En ese momento, Napoleón envía sendos emisarios a las capitales de los virreinatos españoles para que sus autoridades reconozcan a José I como legítimo monarca.

No fueron los únicos emisarios que llegaron. Desde mayo de 1808, el pueblo y la mayor parte de la élite y autoridades españolas se niegan a aceptar a José I como monarca. A lo largo de todo el país se crean juntas locales y provinciales que asumen la soberanía y ejercen el poder en nombre de Fernando VII, al cual se le considera en cautiverio. Fue la Junta de Sevilla, que se proclamó Suprema de España e Indias –presidida por Francisco de Saavedra- la que primeramente mandó emisarios a las capitales coloniales para que aceptaran a dicha Junta y colaboraran con ella como Gobierno provisional de España. De hecho surgieron varias Juntas que intentaron ejercer esta misma función hasta que, finalmente, en septiembre de 1808 se articuló la Junta Suprema Central Gubernativa de España e Indias.

Las noticias que llegan a las colonias –en concreto a La Habana, Caracas, Veracruz-México y Rio de la Plata–, en cualquier caso, son contradictorias, parciales y con semanas de retraso. No es de extrañar que las autoridades coloniales actuaran con total cautela, puesto que, al fin y al cabo, cualquier movimiento en falso podía ocasionar sus propias caídas. De esta forma, los virreyes y otros importantes cargos decidieron reunir en sus respectivos territorios a los principales representantes de las diversas instituciones con el fin de decidir acerca de las decisiones a tomar. En el fondo, lo que se estaba haciendo era la primera ruptura con el tradicional funcionamiento de la administración colonial. Más allá de eso, esta alta burocracia y los grandes comerciantes, en su mayoría gentes provenientes de la península, prefirieron mantenerse dentro de la tradición administrativa, e hicieron oídos sordos cuando las élites criollas les solicitaron que se formaran juntas gubernativas, a imitación de las surgidas en la península, con el fin de que tomaran la soberanía y gobernaran en nombre del rey cautivo. En estas circunstancias se hallaban las colonias cuando llegaron los emisarios franceses y los enviados por la Junta de Sevilla. Era evidente que las noticias que traían estos últimos deberían haber provocado que las autoridades coloniales se decantaran por la formación de juntas, pero la realidad fue muy distinta en cada uno de los cuatro virreinatos, así como en las diversas ciudades principales.

En La Habana, la élite criolla propuso la formación de una Junta, pero la parte más conservadora de esta temió que esta daría lugar a una revolución, igual que la sucedida en Haití, en donde la población de color se había impuesto. No es de extrañar que Cuba se convierta en uno de los territorios que más apoyarán la causa realista cuando el resto de territorios se decida por la independencia. El importante comercio con la metrópoli y el uso de mano esclava negra beneficiaba a los grandes comerciantes, los cuales no estaban dispuestos a perder sus lucrativos negocios.

En Caracas, el capitán general Casas no dudo en ningún momento en reconocer a la Junta de Sevilla, pero se negó en todo momento a formar una propia en la capital, mientras que la élite criolla que se lo solicitaba fue apresada, con la cual ya estaba enfrentada por su estrecha relación con la política de Godoy. Lo mismo sucedió en el resto del virreinato de Nueva Granada. De hecho, en Santa Fe se juró a Fernando VII, y el virrey, Amar y Borbón, consideró en todo momento a los criollos como sediciosos.

También uno de los hombres de Godoy era el virrey de Nueva España, Juan José de Iturrigaray, lo que le dejaba en una situación de debilitad frente a la élite peninsular en este caso, quien llevaban tiempo acusándole de corrupto y ahora incluso de afrancesado. Convocó una junta, como el resto, donde reunió a autoridades y al cabildo. Los representantes criollos le solicitaron que siguiera al frente del gobierno con la condición de que convocara un congreso de ciudades para que le ayudaran en el gobierno, lo que implicaba e cierta medida un paso para romper con la administración colonial y caminar hacia la autonomía. La élite peninsular le rechazó desde un principio, especialmente cuando recibió a los emisarios franceses y se negó a aceptar a las juntas peninsulares. Temiendo que estos le desposeyeran del cargo, acabó por convocar el congreso de ciudades y movilizar las tropas del virreinato hacia la capital. Los rumores de que pretendía independizar el virreinato hicieron que finalmente los peninsulares, apoyados por los emisarios de Sevilla, dieran un golpe que le depuso y establecieron a su segundo, Pedro de Garibay, en el mando. Se arrestó a los principales promotores del congreso de ciudades.

En Buenos Aires, los sucesos comienzan en 1807. Hasta allí había llegado la armada inglesa que, pese a ser repelida por las tropas coloniales, hicieron que el virrey, Sobremonte, huyera, lo que hizo que Santiago Liniers se convirtiera en virrey interino, gracias al apoyo de la élite peninsular. Cuando llegaron los emisarios napoleónicos, el nuevo virrey reunió una junta consultiva de autoridades, la cual decidió rechazar a los franceses. No obstante, le vino un ofrecimiento por parte de la consorte del príncipe regente portugués, que había llevado su corte a Brasil. Esta era la infanta Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII, quien le propuso como regente en ausencia de Fernando VII, apoyado, además, por la élite criolla ilustrada. La élite peninsular, por su parte, solicitó a la Junta de Sevilla que fuera inmediatamente relevado, mientras que el gobernador de Montevideo, Elío, esperaba sucederle y no dudó en formar una Junta Gubernativa en nombre de Fernando VII. Cuando la Junta Suprema Central se constituyó en septiembre de 1808, Liniers se negó a reconocerla. Se inició, entonces, un golpe para apartarle por la fuerza del poder. Martín de Alzaga, que contaba con el apoyo de la élite península y del comisionado de la Junta de Sevilla, intentó con los cuerpos milicianos, que había ya liderado contra el inglés, destituir a Liniers, pero este utilizó también los cuerpos milicianos criollos que le permitieron seguir en su puesto. Fue el único lugar en donde la élite criolla se impuso y, de hecho, cuando llegó el nuevo virrey enviado por la Junta Central, se encontró con que la idea del autonomismo ya estaba fraguada aquí.

En Lima, el virrey José de Abascal reunió una junta de notables y juró a Fernando VII. No se aceptó a Napoleón, convirtiéndose en un bastión realista, e intentó que el resto de virreyes se pusieran bajo la autoridad de la Junta de Sevilla. Le apoyó la élite limeña, tanto peninsular y criolla, puesto que la posesión de títulos y honores les daba sendos privilegios que se perderían. No se convocó ningún tipo de junta y, de hecho, intentó sofocar el autonomismo de los territorios americanos. Junto con Cuba y México, se convirtió en otro de los territorios realistas.

En general, todos los territorios, a excepción de Buenos Aires –aunque la llegada del nuevo virrey implicó la aceptación–, acabaron por reconocer a la Junta Central como Gobierno provisional de España al mismo tiempo que la mayoría de las autoridades se negó a crear juntas para ejercer el poder en sus respectivos territorios.

 

Las elecciones

A instancias de Floridablanca, que presidió la Junta Central hasta su fallecimiento, se decretó que se realizara unas elecciones para que desde las colonias llegaran representantes que se integrarían dentro de dicha Junta. Era la primera vez que los territorios americanos iban a participar directamente en el gobierno. No obstante, los criollos se sintieron ofendidos por algunas expresiones de ese decreto en el que, aunque no las consideraban colonias, se entendía que dichos territorios eran diferentes a la metrópolis.

Las elecciones supusieron un gran cambio. Además de participar directamente en el gobierno de España, las autoridades de las colonias, de designación real, quedaban por debajo de estos. La realidad fue que estos nunca llegaron a formar parte de la Junta Central por las circunstancias que esta atravesó y su disolución final, pero cabe destacar que las peticiones que estos miembros electos iban a llevar provenían de antaño: igualdad jurídica para ocupar cargos, mayor autonomía y, en especial, que en ningún caso se enajenaran territorios en posibles tratados.

Pero junto con estas demandas, a los territorios de ultramar también llegó la corriente del liberalismo que había despertado con las Cortes de Cádiz –las cuales también animaron a que enviaran diputados–. Al venir por parte de un ente oficial, difícilmente las autoridades coloniales podían ponerles coto, así que hicieron mella en los más jóvenes criollos que se mostraron muy propicios a la idea del liberalismo, pese a que la élite más tradicional no se sintió cómoda ante las nuevas ideas. Incluso en el Alto Perú se inició un movimiento juntista en julio de 1809, cuando se produjo el motín de La Paz, en donde un grupo de mestizos, con Juan Pedro Indaburu y Pedro Domingo Murillo al frente, constituyeron una Junta en nombre de Fernando VII, pero los más moderados del interior de esta facilitaron que el virrey peruano entrara en La Paz en octubre y acababa con la junta.

 

El movimiento juntista

La idea de la independencia empezó a tomar forma a partir de 1810 por dos hechos. En primer lugar, por la caída de la Central en ese año y, en segundo lugar, por la vuelta al absolutismo de Fernando VII en 1814.

En cuanto al primer acontecimiento, la noticia de que la Junta Central se había disuelto llegó en la primavera de 1810. Junto con esto, dos primicias más: el poder había sido transferido a un Consejo de Regencia y tan solo Cádiz estaba resistiendo al francés. La reacción de las autoridades coloniales fueron variadas, pero se pueden resumir en dos: la aceptación de la Regencia, o el no reconocimiento de esta y la formación de gobiernos provisionales.

La primera opción fue tomada en México y en Perú, en donde, como ya se ha visto, los moderados fueron mayoría y sus virreyes reprimieron cualquier iniciativa juntista o de corte liberal. Incluso la Constitución de 1812, que establecía el sufragio electoral para todos los ciudadanos tanto de la península como de América, fue dejada a un lado, puesto que los virreyes, ante todo, quisieron sofocar el surgimiento de juntas en sus respectivos territorios. En el caso de Perú, el virrey Abascal, que contaba con un gran apoyo de la élite, que prefería el mantenimiento de la tradición española, no dudo en ningún momento en intervenir, incluso, más allá de su virreinato, especialmente el Alto Perú como ya hemos visto. Además, contribuyó a la caída de la Junta Suprema de Gobierno de Quito formada en 1810. Esta, que había reconocido la Regencia en un primer momento, tuvo que hacer frente a distintas regionales de su entorno que se negaron a reconocer el Gobierno de Quito, las cuales pidieron ayuda a Abascal. En Quito, los moderados, además, cayeron y los más radicales organizaron un Congreso constituyente que abandonó la Regencia y creó un Estado independiente, que al año siguiente, en diciembre de 1812, cayó y fue agregado a Perú.

Algo muy parecido sucedió en Chile. Tras la caída de la Central, se formó una Junta de Gobierno que aceptó la Regencia, pero Abascal consideró esto un acto de rebeldía. Entonces, los más radicales entraron en juego, los cuales prepararon medidas para resistir al virrey peruano. Se solicitó apoyo a la Junta porteña y se convocó un Congreso Nacional, en el que se impusieron los radicales, que declaró la libertad de comercio y la supresión de la esclavitud. En noviembre de 1811, el militar criollo José Miguel Carrera, que acaba de llegar de Cádiz, instauró en Chile una dictadura que gobernaba en nombre de Fernando VII, pero en realidad lo hacía de una forma independiente. En 1813, Abascal inició la campaña para someter a Chile. Pese a que se llegó a la firma de una tregua, tratado de Lircay, Abascal recuperó Chile a finales del año.

En el resto de territorios, que ya habían reunido en los dos años anteriores juntas, se apresuraron a formar sus respectivas Juntas de Gobierno. No se trataba todavía de un movimiento independentista, puesto que dichas Juntas mantenían nominalmente a Fernando VII. Pero los acontecimientos de la península y el intento por buscar apoyos exteriores para mantener las rutas comerciales acabaron por reunir congresos nacionales para redactar constituciones.

Los acontecimiento en cada uno de los territorios son propios de cada lugar, aunque en general, si la idea era la de crear Estados de acuerdo a las delimitaciones de los virreinatos, la realidad fue que, más allá de las capitales, el resto de las provincias crearon sus propias juntas o, incluso, aceptaron la Regencia, lo que abrió sendas guerras.

 

La primera república venezolana y la patria boba neogranadina

Cuando cayó la Central, el capitán general Vicente Emparan realizó la convocatoria de cabildo abierto en donde se propuso una Junta de Gobierno presidida por este. No obstante, al considerársele afrancesado, se acabó por formar en abril de 1810 una Junta Suprema Gubernativa en nombre de Fernando VII, la cual decretó la libertad de comercio y la reducción de impuestos, al mismo tiempo que se envió al resto de capitales de la provincia un comunicado para que enviaran representantes. Del mismo modo, para intentar buscar el apoyo y protección inglesa, fue enviada una embajada a Inglaterra formada por Simón Bolívar, López Méndez y Andrés Bello.

Esta Junta caraqueña fue rechazada en ciudades como Coro, Maracaibo y Guayana, las cuales reconocieron la Regencia. Tras intentar someterlas, el sector moderado que dominaba la Junta cayó, coincidiendo con la vuelta de Bolívar y Méndez. Ambos formaron la Sociedad Patriótica a través de la cual se logró que el Congreso Nacional que se había reunido declarara la independencia en julio de 1811. Nacía así Provincias Unidas de Venezuela cuya constitución era federal y liberal, la cual, además, suprimía cualquier diferencia racial. Pero el país surgió con una guerra civil, puesto que muchas provincias siguieron fieles a España y la Regencia.

Mientras tanto, desde España, la Regencia daba la orden al general Domingo Monteverde que, desde Puerto Rico, iniciara una ofensiva para poner fin a la independencia. Este fue apoyado por las provincias que se encontraba en rebeldía contra la república venezolana y que, además, contó con el resplado de mulatos y mestizos, los cuales eran, de hecho, el gran temor de la élite criolla. Tras un terremoto en Caracas, las tropas realistas entraban en la capital en julio de 1812. Bolívar y el resto de líderes huyeron, aunque para ello Bolívar no dudo en entregar a Miranda, el cual había sido nombrado dictador para la defensa de la nueva república.

En el resto del virreinato de Nueva Granada sucedió lo mismo. Diversas capitales conformaron a partir de 1810 sus propias juntas hasta que, finalmente, en Santa Fe de Bogotá, se formó otra Junta Gubernativa Suprema, que fue presidida por el virrey, pero reconociéndose al mismo tiempo a la Regencia. Esta situación, en todo caso, duró poco, puesto que los más radicales acabaron por destituir al virrey y finalizar sus vínculos con la Regencia. Aunque esta decisión provocó que diversas provincias como Panamá, Santa Marta, Pasto y Popayan no aceptaran esta decisión y se mantuvieran ajenas a la Junta que ejercía el poder en Bogotá. Por si fuera poco, Cartagena de Indias –uno de los puertos más importantes– había formado su propia Junta Suprema de Gobierno, aunque reconocía a la de Bogotá.

Al final, Bogotá, que ya se había decantado por la independencia, convocó un Congreso nacional para redactar una constitución. Después de un largo año en que se demoró su reunión, a finales de 1811 todavía no existía ningún acuerdo para dar forma a un nuevo Estado. De hecho, lo que surgieron fueron dos: Cundinamarca, con capital en Bogotá y presidido por Antonio Nariño; y la Confederación de Provincias Unidades de la Nueva Granada, con sede en Tuja y presidida por Camilo Torres. En esta última se integró Cartagena, la cual siguió con su Junta en funcionamiento. Desde el principio, ambos países se declararon la guerra, al mismo tiempo que debían luchar contra las provincias realistas.

Cuando la república venezolana cayó a mediados de 1812, Bolívar llegó a Cartagena, en donde realizó un manifiesto en el que culpaba del fracaso de la república a su carácter federal y oligárquico. En Tunja, el Congreso le integró en su ejército y se le encargó acabar con la resistencia realista de Santa Marta. No estaría mucho tiempo allí. A partir de 1813, tras la llamada “campaña admirable”, Bolívar entró en Caracas, la cual le recibe como Libertador. Antes había realizado un manifiesto en donde declaraba la muerte a todo español, una estrategia para que todos aquellos, incluidos realistas, se pasaran a su bando. Se instauró una república centralista y autoritaria. No obstante, la guerra continuó, a lo que hay que sumar una división social: por una parte los mantuanos –la élite de hacendados caraqueños– y la población marginal de los Llanos como mestizos y pardos a los que sumó a los esclavos de las haciendas, cuyo líder fue José Tomas Boves, quien inició una guerra contra los republicanos. En junio de 1814, Bolívar y Santiago Mariño fueron derrotados por este en La Puerta, con la consiguiente caída de la república. Los realistas tomaron así de nuevo el territorio.

Mientras la república venezolana caía, Cundinamarca y las Provincias Unidas llegaron a un acuerdo para una defensa común contra los realistas. Fue entonces cuando Bolívar llegó de nuevo a Cartagena huyendo de su derrota. Allí el Congreso de las Provincias Unidas le dio de nuevo su confianza y le otorgaron la misión de tomar Bogotá –prácticamente sitiada por los realistas–, algo que logró a finales de 1814, lo que dio lugar a la unidad del territorio. Fue el último bastión a finales de ese año que resistía a las tropas realistas.

 

El Rio de la Plata

En Buenos Aires, la noticia de la caída de la Central hizo que el grupo criollos ilustrados forzara a la renuncia del virrey Cisneros y la formación de la Junta Provisional Gubernativa el 25 de mayo de 1810, la cual no aceptó la Regencia, aunque de nuevo lo hacía en nombre de Fernando VII. Se expulsó a los funcionarios españoles y se solicitó a las provincias que enviaran representantes, pero, como sucedió en Nueva Granada, Montevideo, Asunción del Paraguay reconocieron la Regencia, mientras que el Alto Perú solicitó a Lima protección. Situación que empeoró cuando se decretó el libre comercio, algo que perjudicaba a estas provincias interiores, puesto que tenían hasta entonces el proteccionismo hispano. De esta manera, desde Buenos Aires se abrieron sendos frentes con el fin de someter el resto del territorio, pero las consecutivas derrotas que obtuvieron acabaron por abrir una brecha en el interior de la Junta, especialmente cuando el sector más moderado intentó un pacto con la metrópolis, puesto que al fin y al cabo, en ningún momento se había declarado la independencia. En cualquier caso, se estableció un Triunvirato en junio de 1811 a la cabeza del republicano liberal Bernardino Rivadavia. Este pasó a cuchillo a todo aquel que se opusiera a su política, lo que acabó por desgastarle.

En 1812 llegó a Buenos aires, desde Europa, José San Martín, que tenía gran experiencia en el ejército español. Se le encargó a este formar un cuerpo de élite, los granaderos de a caballo. Pero este también formó la logia Lautaro que reunió a los liberales más radicales, dirigiendo desde ella la política, cuya misión era la independencia, puesto que hasta ese momento no se había planteado ni por la Junta ni por el Triunvirato, y de hecho acabaron por nombrar un nuevo Triunvirato con hombres de su confianza. Este convocó una Asamblea General constituyente en 1813, la cual no fue capaz de realizar una constitución, puesto que no hubo ningún tipo de acuerdo entre centralistas o porteños y los federalistas de las provincias –estas últimas se sentían perjudicadas por el protagonismo de Buenos Aires–. A lo que hay que sumar que después de un periodo de victorias, los realistas se volvieron a imponer en los frentes. La situación en Buenos Aires se radicalizó todavía más, pues el Triunvirato cayó y la Asamblea nombró a Gervasio Posadas, en 1814, Director Supremo –nuevo órgano que sustituía al Triunvirato–. En este mismo año, se entiende que se debía empezar a pactar con los caudillos provinciales si se quería crear un Estado.

En Asunción del Paraguay, el gobernador rechazó a Buenos Aires y reconoció la Regencia, pero erró al buscar el apoyo portugués frente a Buenos Aires. Esto llevó a que fuera sustituido en 1811 por la élite criolla que, además, formaron una Junta de Gobierno a mediados de año y declaraban por su cuenta la independencia de España. Desde entonces, las amenazas de Uruguay, Buenos Aires y Portugal fueron constantes. En 1813, un Congreso Nacional proclamó la república, que además nombró a Gaspar Rodríguez de Francia dictador al año siguiente, quien eliminó a la élite peninsular. Este se hizo dueño de la recién proclamada república hasta que murió en 1840.

En Uruguay, como ya hemos visto, el gobernador Elío se mantuvo siempre fiel a la metrópolis, y de hecho este fue nombrado virrey en 1811, pero la Junta que se había formado en Buenos Aires le rechazó. Entonces José Gervasio de Artigas se ofreció voluntario para sublevar Uruguay. Este reclutó un ejército de gauchos, que se habían visto empobrecidos por el gobernado y ahora virrey Elío. En mayo de 1811, Artigas derrotó a los realistas en Las Piedras y se unió a las tropas porteñas en Montevideo, la cual estaba sitiada. El Triunvirato que se formó entonces en Buenos Aires firmó el armisticio con Elío, y las tropas fueron retiradas. Así lo hizo también Artigas, en un éxodo hasta la provincia de Entre Ríos, aunque el segundo Triunvirato le volvió a dar el mando y se inició un segundo sitio de la capital uruguaya. Cuando se convocó la Asamblea constituyente en Buenos aires, los diputados orientales solicitaron un sistema federal, algo que fue rechazado por la mayoría porteña que prefería el centralismo. Esto hizo que los diputados fueron expulsados y Artigas decidió romper con Buenos Aires. En aquel momento las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba formaron la Liga de los Pueblos Libres y nombraron a Artigas como Protector. En 1814, Montevideo fue conquistada por los porteños, pero, al año siguiente, cuando las tropas abandonaron la ciudad, la tomó Artigas. En ese mismo año el Congreso de la Liga declaraba formalmente la independencia de España y comenzaba la “patria vieja” uruguaya.

 

La insurrección en Nueva España

El virreinato de Nueva España se encontraba bajo el mando del arzobispo Lizana y Beaumont, virrey nombrado por la Junta Central en 1809. Este llevó una política conciliadora, algo que no gustó al grupo peninsular que consiguió que la Regencia le depusiera en favor del militar Francisco Javier Venegas en agosto de 1810, pero para aquel entonces la situación por la que atravesaba España y los múltiples acontecimientos en América hacen temer a este reducido grupo. Los criollos liberales se apresuraron a crear sociedades secretas y actuaron cuando tuvieron el apoyo de una amplia masa popular, en concreto de la zona del Bajío en donde se sufría una grave crisis económica. Después de una intentona para formar una junta en nombre de Fernando VII, la cual fue descubierta, Miguel Hidalgo y Cotilla, párroco y profesor en el seminario de Valladolid, y los capitanes de milicias Juan Aldama e Ignacio Allende iniciaron una revuelta que se apoyó sobre todo en la masa indígena y rural, puesto que no hubo tiempo para crear una base criolla. Desde el pueblo de Dolores, y siempre con el lema de la defensa del rey, se juntaron 80.000 hombres de las más bajas capas. Se trataba, ante todo, de una revuelta social, puesto que estos estaban contra el rico independientemente de su origen. Esto hizo que estos últimos también se unieran. Élite criolla y peninsular apoyaron a Venegas para que acabara con la insurgencia. En 1811 todo terminó para el ejército rebelde y su principal dirigente, Hidalgo. El temor a que se repitiera frenó cualquier idea autonomista. Se formó un auténtico ejército en Nueva España y las autoridades coloniales siguieron al frente con una política férrea, hasta el punto que la Constitución de 1812 aprobada en las Cortes de Cádiz y los decretos de estas apenas fueron puestos en marcha.

En cualquier caso, la rebelión de Hidalgo tuvo continuidad y se convirtió en un movimiento independentista que fue liderado por José María Morelos, también sacerdote, especialmente en el sur. En agosto de 1811, otro miembro cercano a Hidalgo, el abogado Ignacio López Rayón, formó en Michoacán una Junta Suprema Gubernativa. Pronto fue vencido, aunque continuó Morelos, quien ocasionó sendas derrotas a los realistas. Organizó un Congreso en Chilpancingo, en donde se aprobó un programa basado en la independencia y la igualdad social y racial.

En la capital, en cualquier caso, la élite criolla era proclive al liberalismo, los cuales estaban apoyados por los diputados mexicanos en las Cortes de Cádiz, quienes se oponían a las cada vez más restrictivas y supuestamente ilegales medidas del virrey, lo que propició que estos lograran su destitución a favor de Calleja en marzo de 1813. Confiaban en que este, por una parte, establecería el régimen gaditato y, por otra, acabaría con los insurgentes. No obstante, la implantación del liberalismo no lo llevó a cabo prácticamente, mientras que la insurgencia acabó en agosto de 1814, lo cual coincidió con la restauración del absolutismo en España. Esto permitió al virrey acabar con todas las medidas liberas y arrestar a los criollos liberales.

 

Fernando VII vuelve al trono

Cuando en 1814 Fernando VII vuelve al trono, las colonias americanas se encontraban en una auténtica guerra civil. Mientras en Perú y en México los virreyes controlaban la situación, eso sí, mediante el uso del ejército, en especial en Perú; en Nueva Granada, Venezuela y Rio de la Plata se habían experimentado diferentes Estados independientes, que además se encontraban en una guerra civil interna. No habría sido difícil para Fernando VII recomponer la administración de la Corona española, puesto que prácticamente todos los gobiernos surgidos lo hicieron en nombre del monarca. Pero como sucedió en la península, el liberalismo no podía ser enterrado y el absolutismo repuesto tal cual. Además, en América, sus habitantes por primera vez habían participado, de una forma o de otra, en la gobernación. Por si fuera poco, la reacción bélica del absolutismo para acabar con la independencia de Nueva Granada y Rio de la Plata contribuyeron, todavía más, a que un amplio número de criollos se declararan en favor de una ruptura total con España.

 

La Independencia de Venezuela y Nueva Granada

Desde la península llegó, en abril de 1815, un ejército comandado por Pablo Morillo, que contaba con diez mil hombres. Desde Caracas se dirigió a Nueva Granada en donde pocos meses después tomó Bogotá. Una dura represión se combinó con su actuación militar.

Bolívar había conseguido huir. Intentó llegar a algún tipo de trato con los ingleses, pero fracasó en el intento. Al final acabó en Haití en donde se le dio apoyos para realizar una operación militar en Venezuela que acabó sin lograr ningún tipo de objetivo. Finalmente, Bolívar decidió establecerse en los Llanos, en donde intentó ganar apoyos populares de las clases marginadas, lo que le permitió la formación y entrenamiento de un ejército. A este sumaría la legión británica en 1818 que había sido reclutada entre irlandeses y escoceses por encargo del general venezolano. Asegurado el territorio de los Llanos, se convocó allí mismo un Congreso, concretamente en Angostura, en febrero de 1819. Este aprobó una constitución de una república centralista que unía Nueva Granada y Venezuela en cuya presidencia se encontraba Bolívar.

Una vez consolidado este proyecto político, el caudillo venezolano inició una campaña para derrotar a Morillo. En una hábil maniobra a través de Nueva Granada, consiguió dividir las fuerzas de este. En agosto de 1819 lograba la victoria de Boyacá que le dio el paso a Santa Fe de Bogotá, de donde huyeron el virrey Samano y el resto de autoridades españolas.

 

La independencia de Río de la Plata

Mientras esto sucedía al norte de Suramérica, en el Río de la Plata existía una amplia división. Las provincias se declaraban soberanistas y rechazaban a Buenos Aires –gobernada por Gervasio Antonio Posadas–, en donde se había formado una Asamblea constituyente. La incapacidad para articular un proyecto político, se le sumaba los territorios realistas y el apoyo a estos que se esperaba desde la península. No es de extrañar que, tras no recibir apoyo inglés, Buenos Aires optara por coronar a Francisco de Paula, hermano del rey español, aunque no cuajó la idea. Un sector importante también se inclinó por la reintegración a la Corona española, siempre y cuando no hubiera ningún tipo de persecución por parte de las autoridades españolas. La propuesta fue desoída en Madrid. Esto provocó que el gobierno de Buenos Aires pasara a estar presidido por Alvear, mucho más radical que Posadas, pese a que poco duró su casi dictadura. Poco después fue sustituido y la Asamblea constituyente se disolvió por ser incapaz de llegar a un acuerdo entre los porteños, partidarios de un Estado centralista, y las provincias que preferían una constitución federal. Las provincias interiores se sentían totalmente perjudicadas por el libre comercio, en las cuales la hacienda tradicional y la artesanía formaban la mayor parte de la economía. Las provincias litorales, por su parte, observaban como Buenos Aires intentaba monopolizar el comercio exterior

En 1816, se reunió un Congreso nacional en Tucumán, que eligió Director Supremo a Juan Martín de Pueyrredón –que sustituía a Álvarez Thomas–, el cual estaba apoyado por San Martín. Este Congreso proclamó la independencia el 9 de julio bajo el nombre de Provincias Unidas de Sudamérica. Para hacer frente a las tropas realista que de un momento a otro serían enviadas, San Martín, que había organizado un ejército, iba a atacar el virreinato peruano, de tal forma que liberaría Chile y entregaría la Banda Oriental a los portugueses como pago para gestionar el apoyo de Inglaterra y Francia. Además, cabría la posibilidad de establecer una monarquía constitución en La Plata. En cualquier caso, hasta que no se lograran estos objetivos, Pueyrredón tuvo que gobernar de forma autoritaria. En 1817, pese al ataque realista desde el Alto Perú, los portugueses invadieron la Banda Oriental, lo que era un respiro. No obstante, el intento de Pueyrredón de apoderarse de las provincias de Entre Ríos y Santa Fe fracasó. Este acabó por renunciar y fue sustituido por Rondeau en junio de 1819. Por aquel entonces, el Congreso aprobó una constitución centralista que dejaba abierta la puerta a una monarquía, pero, después de ser rechazada por las provincias, en febrero de 1820, los caudillos de Entre Ríos y Corrientes derrotaron a Rondeau y llegaron hasta Buenos Aires donde se estableció una república federal. Los centros de poder, cada uno con sus caudillos, se multiplicaron en esta república.

San Martín se había mantenido alejado de Buenos Aires con el fin de no quedar involucrado en las continuas intrigas. A comienzos de 1817 había comenzado la marcha sobre Chile. Derrotó a las fuerzas realistas en Chacabuco y entró en Santiago. Allí, el cabildo le nombró Director Supremo, pero renunció en favor de O’Higgins –quien al final acabó por gobernar de forma dictatorial–, pero se quedó con la comandancia del ejército argentino y chileno para la invasión de Perú. Tras la batalla de Paipú, se consolido la independencia chilena, pese a que algunos focos realistas se mantuvieron, como la guarnición española de Chiloé hasta 1826.

A la altura de 1820, la situación en América del Sur puede describirse de agotamiento por parte de realistas e independentista. Incluso los dos principales movimientos militares de liberación, el de Bolívar al norte y San Martín al Sur, se encuentran con sus recursos mermados. Pero los realistas tenían la esperanza de recibir tropas de refuerzo desde España, las cuales no llegarían porque en 1820 se produce en España el pronunciamiento de Riego en donde participaron, precisamente, las tropas que iban a ser enviadas a América. Se instauró, de nuevo, la Constitución de 1820. El gobierno liberal de España prefirió la negociación con los americanos, puesto que consideraban que lo que querían era el fin del absolutismo, aunque ya era demasiado tarde para esto. De hecho, la actitud del gobierno de Madrid alentó a los independentistas a actuar más que nunca, puesto que consideraban que la debilidad de España era ahora manifiesta. Además, los realistas de Perú y México se dividieron, puesto que mientras unos aceptaron la Constitución de 1812, otros eran fieles del absolutismo.

 

La independencia de México

México parecía el territorio del independentismos después de que hubiera caído Morelos. Pero todavía una multitud de partidas y brotes de violencia local se mantuvieron por todo el territorio, lo que hizo que el virreinato tuviera una amplia deuda económica, que al mismo tiempo provocaba una crisis económica en México. El nuevo virrey nombrado a finales de 1816 consideró que era hora de la conciliación, puesto que no se podía mantener la persecución de los rebeldes. De hecho, su política funcionó y durante tres años hubo calma. Años en donde varios criollos oficiales de milicias, como Agustín de Iturbide, Antonio López de Santa Anna y Anastasio Bustamante, alcanzaron una gran cuota de poder como jefes militares. Cuando en 1820 se establece la Constitución de 1820, no fue aceptada ni por el virrey ni por los grandes hacendados, y se planeó traer a Fernando VII como rey a México e independizarlo, se trataba del Plan de la Profesa. Además se planeaba atraerse el apoyo de los insurgentes. En 1821 se firmó el Plan de Iguala o de las Tres Garantías en donde se pretendía mantener la religión católica, la independencia de España y la unión de todos los habitantes de México, en el cual estuvieron todos de acuerdo, a excepción del ejército español, que intentó la defensa de la capital. Al final, se llegó un acuerdo con el jefe realista de estos, Novella, y una Junta de Gobierno provisional, presidida por Iturbide, firmó la independencia.

 

La independencia del Perú

El virreinato de Perú quedó a cargo de Pezuela que sustituyó a Abascal, que lo había dejado en la ruina tras años de levas para sostener la guerra. Situación que empeoró cuando las iniciativas de San Martín bloquearon el comercio en 1817, que aisló a Lima. A esto se unía el cansancio de los comerciantes españoles y criollos cansados de sostener económicamente la guerra.

En 1820, nada más llegarle la noticia a San Martín del pronunciamiento de Riego, inició la conquista del Perú. Poco después estaba a las puertas de Lima. Allí intentó que los que sostenían al virrey vieran que la causa realista ya estaba perdida. De hecho, la celebración de elecciones constitucionales al cabildo limeño, de acuerdo al régimen liberal implantado en la península, dieron a los partidarios de la independencia mayoría, así el intendente Trujillo se pasó junto con toda al administración de bando y declaró la independencia. Pezuela fue derrocado y sustituido por La Serna, que fue confirmado por Madrid, e inició conversaciones con San Martín. Se propuso que sería independiente el Perú con una monarquía española igual que en ese momento se barajaba en México, aunque no se acordó nada. Sus propios jefes militares se fueron pasando a la causa de San Martín y, al final, La Serna huyó a la sierra en donde intentó resistir. San Martín entro en la capital y una junta de notables firmó el acta de independencia.

La independencia total de Perú se dio gracias a Bolívar. Este había liberado a gran parte de Nueva Granada, pero Morillo todavía resistía en la costa. Cuando en 1820 se establece de nuevo la Constitución gaditana, se le ordena al líder realista desde Madrid que jure la Carta Magna y negocie con los insurgentes para llegar a algún tipo de acuerdo. Así, Bolívar y Morillo se reunieron, pero solo llegaron a un armisticio de seis meses que, para desgracia de los realistas, solo sirvió para crear descontento en sus propias filas. Además, Morillo se embarcó para volver la península y dejó a Miguel de la Torre al mando.

A final, el armisticio se rompió y Bolívar fue sobre Venezuela donde obtuvo, en junio de 1821, la victoria de Carabobo que le dio el control sobre Caracas. En los meses siguientes, diferentes frentes acabaron por integrar el sur neogranadino a la recién creada República de Colombia, y Sucre liberaba Quito.

En julio de 1822 Bolívar se entrevistó con San Martín, que todavía tenía pendiente la liberación total de Perú. Allí Bolívar dejo ver su idea de la república liberal, mientras San Martín se decantaba por una más conservadora. En todo caso, San Martín perdió todo su apoyo del Congreso constituyente que se había formado en Perú y prefirió retirarse Europa. Perú se encontraba en una situación débil como Estado independiente y, de hecho, La Serna consiguió tomar Lima. El Congreso otorgó el poder a Antonio José de Sucre que dirigía las tropas bolivarianas que habían tomado Quito. Bolívar pocos meses después entró en Lima donde el Congreso le dio poderes dictatoriales.

En Perú, en cualquier caso, las tropas realistas eran todavía muy fuertes. En cualquier caso, Bolívar preparó un formidable ejército de 9.000 hombres entre colombianos, peruanos, chilenos y argentinos que, en mayo de 1824, derrotaron a los realistas en Ayacucho, la última gran batalla que puso fin al dominio español de Sudamérica. Sucre, por otra parte, se encargó de desalojar a los realistas del Alto Perú, en donde se formaría más adelante la república independiente de Bolivia.

En resumen, en 1824 todos los territorios coloniales españoles, a excepción de Cuba, se habían independizado. Su principal causa fue, al final de cuentas, el propio absolutismo que intentó socavar tanto las peticiones de autonomía como las medidas liberales. De esta manera, la ofensiva militar por parte de España, que tampoco fue efectiva, contribuyó a la unión de las élites americanas en la idea por la independencia. Contribuyeron a ello los dos grandes líderes militares americanos, Bolívar, que inició su campaña desde los Llanos, liberando Nueva Granada y Venezuela, y San Martín, que desde el noreste de Argentina, liberó Chile. Entre ambos acabaron con el poder realista de Perú. Mientras tanto, México, que aislado de estos acontecimientos, siguió su propia senda independentista.

No obstante, el fin de la independencia no acabó con el ambiente bélico. Los nuevos Estados todavía debían formarse y liberarse, y esto se hizo en más de una ocasión bajo el estrepitoso ruido del cañón.

 

BIBLIOGRAFÍA

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