La matrona romana

 

Para los romanos, el ideal de perfecta mujer era el que representaba la matrona romana, un modelo de mujer cuyo comportamiento, en todos los aspectos de la vida, era irreprochable. Era el paralelo que se esperaba del buen romano, el cual se resume en la gravitas, parsimonia pudicitias, certamen, pides, pietas y virtus. Y, en cierta medida, estas varoniles características pueden ser comparadas y contrapuestas a las de la matrona.

No es un modelo que nos quede muy lejos, ya que, en su mayor parte, es el mismo que recogió la moral cristiana, acentuado muchas de sus características. Quizás la principal diferencia entre ambos sea que el primero, el de la matrona romana, es más bien un código de conducta ideal, que solo podría traer desprestigio social para la familia en aquellos casos en que la mujer se acercara más al modelo de la docta puella. El cristianismo, en cambio, endureció su cumplimiento, pues todo aquello que se alejara de dicha conducta se englobaba en la esfera del pecado, trayendo para la infractora consecuencias mucho más graves que las meramente morales, pues ante todo era una falta religiosa.

 

Características de la matrona

Las características más reseñables de la matrona romana las podemos encontrar en el epitafio de Claudia, del siglo II a.C., que dice así: “Extranjero, no tengo mucho que decirte. Ésta es la tumba no hermosa de una mujer que fue hermosa. Sus padres la llamaron Claudia. Amó a su marido con todo su corazón. Dio a luz dos hijos. Uno lo deja en la tierra, al otro lo ha enterrado. Amable en el hablar, honesta en su comportamiento, guardo la casa, hiló la lana. No tengo más que decirte. Sigue tu camino”. De ello se extrae que la matrona debía aportar hijos a la familia –y que sobrevivieran-, que debía percatarse en sus comentarios y en la forma de actuar –pudicitias-, debía guardar su casa, dedicarse al hilado –idea recurrente-, así como amar al marido que debe ser entendido no solo como fidelidad, sino bajo la idea de la univira, concepto del que hablaremos más tarde.

El epitafio también nos muestra que esos eran los méritos elogiables en una mujer, frente al de los hombres, en donde los cargos políticos y éxitos militares son los que aportan prestigio a éste y a su familia, tal y como se muestra en este otro epitafio del siglo III a.C., esta vez de un hombre: “L. Cornelio, hijo de Lucio, Escipión, edil, cónsul, censor. Éste, según el testimonio común de los romanos, fue el mejor de todos los hombres honrados, Lucio Escipión. Hijo de Barbado, fue entre vosotros cónsul, censor y edil, conquisto Córcega y la ciudad de Aleria, consagró a las Tempestades un templo en acción de gracias”.

En cuanto al hilado –haciéndose extensible a otros tantos trabajos relacionados con la producción de tejidos de lana-, es algo recurrente, no solo en Roma, sino en el mundo clásico, de la manera que lo recuerda la Odisea, en donde Penélope precisamente teje mientras espera el regreso de su esposo, Ulises. En el siglo IV, San Jerónimo, en la Carta a Leta, recomienda a ésta: “Aprenda también a elaborar la lana, a manejar la rueca, a tener sobre las rodillas el canastillo, a girar el huso y guiar estambres con el pulgar”.

La idea de univira fue potenciada por el cristianismo, pues desde luego, para las nobles romanas era algo difícil de alcanzar. Se trataba no ya de fidelidad al esposo, sino de serlo también en muerte, de tal forma que muerto éste, la matrona no debería volverse a casar. Claramente, si observamos la política matrimonial que llevaron las principales familias romanas, en especial en las últimas décadas de la República, o en la propia familia Julio Claudia, ello rara vez se cumplía. Convertida la mujer en el instrumento de alianzas familiares, divorcios y segundas nupcias estuvieron a la orden del día. Incluso Livia, esposa de Augusto, a la que se trató de mostrar como la matrona por excelencia, ya había estado casada en una ocasión antes del matrimonio con el princeps. El que acabó siendo el sucesor de éste, Tiberio, era hijo del anterior matrimonio de Livia.

Si que parece que lo cumplió Cornelia, madre de los famosos Gracos, que se convirtió en el prototipo de matrona, y puesta de ejemplo para las jóvenes romanas. Cornelia, muerto su marido, se mantuvo fiel a la memoria de éste, pese a que según nos dice la tradición recibió la propuesta de matrimonio de nada menos que Ptolomeo, lo que la hubiera convertido en reina de Egipto.

Pero Cornelia también cultivo el resto de virtudes que se pueden esperar de una mujer. Entre ellas, la de no hacer gala de gran ostentación en el vestir, de hecho según nos dice Plutarco “por lo regular, las mujeres, al salir de sus hogares, se ponen el velo“. Relacionado con ello, Valerio Máximo (IV,4) nos recoge una anécdota: “En el anecdotario de Pomponio Rufo se nos dice que los mejores adornos de una mujer casada son sus hijos. Cornelia, la madre de los Gracos, en cierta ocasión en que una mujer de Campania que se hospedaba en su casa le mostraba las más ricas joyas que por aquel entonces se podía imaginar, la entretuvo con su conversación hasta que sus hijos volvieron de la escuela y le dijo ‘estos son mis joyas’. Todo, en efecto, lo tiene quien nada desea”.

Y es que de la mujer dependía, en parte, la educación de los hijos, misión de gran importancia y nada baladí, pues debía formar los futuros ciudadanos romanos, así como las futuras mujeres romanas, que debían tener el comportamiento de la matrona. Cicerón, en el Bruto (211), comenta: “Pero influye mucho a quiénes se oye hablar cada día en casa, con quienes se conversa desde la infancia, cómo hablan los padres, los pedagogos e incluso las madres. Al leer las cartas de Cornelia, la madre de los Gracos, se hace evidente que aquellos hijos fueron educados no tanto en el regazo de la madre, como en conversación cotidiana”. De acuerdo a Plutarco, Cornelia, amante de la cultura helenística, se rodeó de un nutrido grupo de hombres cultos y literatos.

Es por ello que la mujer debía recibir también una adecuada educación, así una de las virtudes de la mujer es la de leer a poetas que transmiten el comportamiento de mujeres del pasado, en la forma en que Claudiano lo indica en el elogio a Serena: “Los trabajos pierios y las composiciones de los poetas antiguos eran tu diversión: leyendo los libros que nos legó Esmirna, los que nos dio Mantua, condenas a Helena y no das tu aprobación a Elisa. Ejemplos más nobles se adueñan de tu casto espíritu: Laodamía siguiendo al Filácida cuando regresaba de nuevo a las sombras, la esposa de Capaneo precipitándose impetuosa para mezclar sus cenizas en común con las de su esposo que ardía en la pira y la digna Lucrecia arrojándose a su casta espada; ella, atestiguando con el suicido el crimen del tirano, levantó en armas para la guerra la justa cólera de su patria; murió gloriosamente siendo desterrada Tarquinio y tras haber vengado solo con su sangre la castidad y la libertad. De buen grado lees tales hazañas, tú, no menor en tu virtud, pero con mejor destino”.

Aunque, claro está, dicha educación debe tener ciertas limitaciones para la mujer, ya que un exceso puede ser algo perjudicial para la recta conducta de la matrona. Salustio nos comenta, en la Conjuración de Catilina, que Sempronia –mujer implicada en todo este proceso, y por lo tanto contrario a lo que se espera de su género-: “mujer que muchas veces había realizado hechos de una audacia verdaderamente varonil. Favorecíala su linaje y hermosura, así como la calidad de su marido e hijos; era entendida en las letras griegas y latinas, en cantar y en bailar con más garbo del que conviene a la mujer honrada, y en otras muchas artes de disipación”.

Y continuando con el comentario de Salustio, observemos lo que nunca debe hacer una mujer, como lo hacía Sempronia: “De cualquier cosa hacía más aprecio que de su decoro y honestidad; no podía saberse qué le importaba menos, si su caudal o su honra, y su lujuria era tan encendida, que más solicitaba ella a los hombres que los hombres a ella. Ya antes había faltado muchas veces a su palabra y negado con perjurio a los préstamos recibidos; se había complicado en asesinatos, y entre el lujo y la penuria se había degradado totalmente. Tenía, sin embargo, un natural agradable; sabía hacer versos, promover chanzas y dar variedad al tono de su conversación, haciéndola ya modesta, ya insinuante, ya provocativa; era, en fin, en sumo grado ocurrente y graciosa”.

 

Cornelia, mujer de Paulo, según Propercio

Ya habrá oportunidad de volver a observar la mala conducto de una mujer, en la persona de Clodia, hermana de Clodio, pero volvamos a las buenas cualidades de la matrona, haciendo referencia a otra Cornelia, hija de P. Cornelio Escipión y de Escribonia, y esposa de Paulo Emilio Lépido, de la cual nos habla Propercio en las Elegías (4.11), en donde le realiza un hermoso epitafio a ésta. Cornelia, famosa por sus virtudes, murió joven, y ésta desde su tumba nos habla:

Deja, Paulo, de agobiar mi sepulcro con tus lágrimas:

la negra puerta no se abre ante súplica alguna;

una vez que los muertos han ingresado bajo infernales leyes,

los accesos son de diamante inexorable.

Aunque el dios de la oscura morada oiga que tú ruegas,

sordas riberas beberán, en efecto, tus lágrimas.

Los votos solo mueven a los celestiales; mas cuando el barquero recibió su paga,

la lápida puerta cierra las tumbas cubiertas de hierba.

[...]

¿De qué me valió el matrimonio con un Paulo, de qué el carro triunfal

de mis abuelos o las pruebas tan grandes de mi fama?

Cornelia halló igualmente Parcas implacables:

[...]

Aunque prematura, sin embargo, llegué hasta aquí sin culpa:

que el Padre aquí dé leyes benévolas a mi sombra.

O si, una vez colocada la urna, algún Eaco se sienta como juez,

que la bola absuelva mis huesos en el sorteo,

que junto a él se sienten en el atento foro sus hermanos, el tribunal de Minos

y la turba severa de las Euménides

[...]

Yo misma me defenderé: si miento, que el suplicio de las Danaides,

el cántaro funesto, pese sobre mis hombros.

El poema, como se observa, comienza con una aptitud pesimista hacia la muerte como suele ser habitual en el mundo romano. Cornelia ha muerto y ella misma pide a su marido que no llore por ella, puesto que no vale de nada, al fin y al cabo, pese a ser mujer y descendiente de tan altos personaje nada queda ya de ella. Sin embargo, más allá de su último suspiro, Cornelia, dueña de su hogar, se va a preocupar de defender su dignidad y de dar los últimos consejos a su esposo e hijos. Y es que Cornelia va a ser juzgada en el otro mundo, y ella misma va a exponer los méritos –los de la matrona- para que la eternidad sea más llevadera. Su linaje será uno de los primeros meritos que alegará, porque la mujer también bebe del prestigio de los antepasados, al igual que su comportamiento afectan al buen nombre de la familia.

Si a alguien le sirvió de gloria la fama lograda por ancestrales trofeos,

reinos africanos recuerden a mis abuelos bautizados Numantinos:

la otra multitud iguala a los maternos Libones,

y una y otra casa se apoyan en títulos ilustres.

[...]

Me uní a tu tálamo, oh Paulo, para alejarme de este mundo:

que en esta lápida se la que sólo con uno estuve casa.

Te juro, Roma, por las cenizas venerables de mis antepasados

[...]

Que ni yo hice atenuar la ley de la censura, ni, con falta alguna,

provoqué rubor a nuestro hogar.

Cornelia no fue escarnio para tan grandes trofeos,

antes bien, era, de ilustre casa, alguien digno de imitar.

Cornelia no tarda en alegar, además de sus antepasados, su condición de univira, pues solo conoció un hombre, a su marido Paulo. Y como buena matrona, de igual modo, se comportó tan dignamente que nunca hubo nada en ella para que existieran rumores sobre ella, que pudieran desprestigiar a la familia. Pues al igual que a los miembros varones se les pide un comportamiento de honor, como pueden ser la capacidad militar, y el dar su vida por Roma, a la mujer se le solicita esta intachable conducta en otros aspectos morales, más propios del ámbito del hogar.

[...]

Que cualquier urna contenga las rigurosas tablitas acerca de mí:

ninguna mujer se sentirá incomoda de estar sentada a mi lado,

ni tú, Claudia, que con una cuerda arrastraste a la pesada Cibeles,

extraña servidora de la diosa con corona de torres,

ni ésa, a quien cuando Vesta le reclamó los fuegos a su cuidado,

su blanca veste de lino suscitó vivos fuegos.

Ni a ti te he lastimado, dulce corazón, madre Escribonia:

¿qué cosa quieres en mí, diferente, a no ser los hados?

Sintiéndose segura de que el veredicto de los jueces será positivo, Cornelia considera que otras conocidas matronas de Roma –que eran puestas de ejemplo moral-, tales como Quinta Claudia, la vestal Emilia, o su propia madre Escribonia, podrán sentarse a su lado sin vergüenza alguna. Mientras que en el mundo de los vivos, en las conversaciones públicas que la recuerden solo hablaran bien de ella.

[...]

Alcancé también los nobles honores de la veste

y en una casa no estéril se consumió mi arrebato.

Tú, Lépido, y tú, Paulo, mi consuelo después de la muerte,

mis ojos se cerraron en vuestro regazo.

[...]

Hija mía, tú, nacida como modelo de la censura paterna,

procura, imitándome, tener un solo marido.

Y en la serie, sostén mi estirpe: para mí, que no me opongo,

la barca libera todos mis hados por mi engrandecidos.

Esta es la preciada recompensa del triunfo femenino,

cuando la libre fama alaba la merecida pira.

Como buena matrona, tuvo tres hijos, ganándose la stola -vestido típico que éstas llevaban-. Por lo tanto, pese a su muerte temprana, ha cumplido con la misión que debía tener toda mujer, la de procrear. Y no solo eso, como dice en uno de los últimos versos no enterró a ninguno: “Todo está bien: nunca, siendo madre, vestí ropas de luto”. Ello permitía la continuación del linaje, mediante sus dos hijos, Lépido y Paulo, pues mediante estos ella sigue viviendo. Mientras que a su hija aconseja que siga los pasos de su madre, siendo univira y procreadora de nueva vida.

Ahora te encomiendo nuestros hijos, nuestras prendas comunes:

esta preocupación alienta grabada por el fuego, inclusive en mi sepulcro.

Cumple, como padre, las veces de madre: tu cuello llevará asido

todo aquel grupo de los míos

Cuando des tus besos a los que lloran, añádeles los de la madre:

La casa ha comenzado ahora a ser carga tuya por entero.

Y si por algo habrás de dolerte, ¡sea sin que ellos te vean!

Cuando venga, ¡engaña sus besos con mejillas secas!

[...]

Al igual que los hombres llevan el gobierno de la ciudad, la mujer lleva el gobierno de su casa, tarea que en este caso han sido ahora transmitidas a Paulo. Claudia recuerda a su esposo la entereza con la que se debe comportar un hombre ante la adversidad, no dejándose llevar por sus sentimientos –pensamiento típicamente estoico-, o al menos no hacerlos públicos.

O si, con todo, la puerta mudara el lecho frontero

Y una madrastra celosa se acostar en mi lecho,

Alabad y tolerad, hijos míos, el matrimonio de vuestro padre:

Ella, cuaivada por vuestras costumbres, rendirá sus manos;

No alabéis en exceso a vuestra madre, aquélla, comparada con la que le precedió,

Convertirá vuestras libres palabras en ofensas contra sí.

O si él, memorioso de mí, se quedara contento con mi sombra,

Y juzgara que mis cenizas valen tanto,

Aprended a sentir entonces que le llega la vejez

Y ninguna vía quede abierta a los pesares del solitario.

Incluso le recomienda buscar nueva esposa. Se observa aquí las conductas distintas que deben llevar el hombre y la mujer frente a la viudez. Mientras la mujer debe abstenerse de buscar nuevo marido, el hombre es recomendable que lo haga, pues necesita de ésta para llevar su casa.

Sea como fuere, de la manera que se dice al final del epitafio:

El cielo se abre a mis virtudes: puesto que lo merezco, sea digna

de que mis huesos sean trasportados por honrosas aguas.

 

Lucrecia y Virginia: la intervención indirecta de la mujer en los acontecimientos políticos

Tito Livio nos transmite dos mujeres, Lucrecia y Virginia, que estuvieron implicadas indirectamente en los profundos cambios políticos de Roma: el fin de la monarquía, y el final del segundo decenvirato respectivamente. Evidentemente, tanto una como la otra se encuentran dentro de la leyenda, pero denotan la mentalidad romana en cuanto al lugar que correspondía a la mujer, y la forma de actuar de ésta ante los hechos.

Nos cuesta la tradición (Livio I, 57) que, durante la guerra de Roma, gobernada por Tarquinio el Soberbio, contra la ciudad de Árdea, los jóvenes oficiales, entre los que se encontraba el hijo del rey, Sexto Tarquinio, se pusieron a discutir durante un permiso acerca de sus mujeres. Colatino, en ese momento, alegó que su esposa, Lucrecia, era la mejor de todas las mujeres. Así, todos ellos decidieron visitar por sorpresa sus hogares, y observar lo que éstas hacían en ausencia de ellos. Mientras todas las mujeres se encontraban en suntuosos banquetes, Lucrecia trabaja la lana. Al verla, Sexto Tarquinio quiso poseerla por la fuerza, decidiendo volver unos días después a la casa de ésta, donde fue recibido de acuerdo a su condición. Y cuando todos estaban dormidos, éste fue hasta el aposento de Lucrecia. Sexto Tarquinio amenazó con matarla si no se acostaba con él, pero Lucrecia evidentemente no cedió, pues es mejor morir a ser infiel a su esposo, que significaría deshonra para éste y la propia familia. Por lo que Sexto decide amenazarla de otro modo: tras violarla, la mataría y pondría luego junto a ella el cadáver de un esclavo, acusándola de adulterio. Lucrecia, temerosa de que la acusación mancillaría el honor familiar, accede a yacer con Sexto.

Tras lo sucedido, Lucrecia, que podría haber guardado silencio, envía a buscar a su marido y a su padre –quienes acuden con los que más tarde serán los primeros cónsules de Roma: Bruto y Valerio-. Lucrecia, ante estos, dijo así: “Colatino, hay huellas de otro hombre en tu lecho; ahora bien, únicamente mi cuerpo ha sido violado, mi voluntad es inocente; mi muerte te dará fe de ello. Pero dadme la diestra y la palabra de que el culpable no quedará sin castigo”. Tras dichas palabras, Lucrecia decide quitarse la vida: “aunque me absuelvo de culpa –dice Lucrecia-, no me eximo de castigo; en adelante ninguna mujer deshonrada tomará a Lucrecia como ejemplo para seguir con vida“. Dicho de otro modo, supedita su vida a la vida política de la familia.

El ultraje llevado a cabo por Tarquinio no es solo contra Lucrecia y la familia de ésta. Se considera una violación del mos maiorum –pues no es digno de estos realizar tal acto de aberración-, y por ello Bruto consigue convencer a los ciudadanos para expulsar a los Tarquinios y acabar con la monarquía, la cual es identificada con todo lo malo.

Este hecho es de nuevo repetido, según el mito, años después, en época decenviral, en donde otra mujer, Virginia, es ahora la protagonista. Esta vez Apio Claudio, uno de los decenviros, después de no conseguir el amor de Virginia, pues esta ya estaba prometida, intenta hacer creer que ésta es esclava suya. Tras un proceso, en el que Virginia no tiene un papel activo como lo había tenido Lucrecia, ésta es asesinada por su padre, pues una vez más, se sobrepone el honor familiar sobre la propia vida de una hija, prefiriéndola muerta que deshonrada. Nos dice Valerio Máximo (VI, 1.3), que hace mayor resumen que Livio: “Virginio por su parte, plebeyo por nacimiento, pero patricio por la nobleza de sus sentimientos, para que su familia no se contaminara con una infamia, no perdonó ni a su propia hija. Viendo, en efecto, que el decenviro Apio Claudio, fiado en el poder de su cargo, atentaba con todo empeño contra la virginidad de su hija, la llevó al foro y la mató. Prefirió ser el asesino de una hija pura antes que el padre de una hija deshonrada”.

De esta forma, aunque la mujer no puede participar en la política, su conducta es suficiente como para cambiar el propio sistema político, dependiendo, también de ellas, el buen nombre de sus linajes.

 

El mal comportamiento de la mujer como arma arrojadiza en un juicio

Al igual que el buen comportamiento de las mujeres anteriores conllevaba el feliz desenlace para el honor de sus respetivas familias, también una mala conducta desencadena otro tipo de hechos de peor final.

En su profesión de abogado, y en la cima de su carrera, Cicerón tuvo que realizar la defensa del joven Celio, quien se vio envuelto en una denuncia de traición a la República en el año 56 a.C. Así, a este se la acusaba, entre otras cosas, de haber dado muerte a un embajador Egipcio, y del intento de envenenamiento hacia Clodia.

Cicerón, más allá de una defensa de Celio, usará el juicio para tomar venganza por su exilio –motivado por Clodio- por medio de la hermana de éste, Clodia, a la cual intentará implicar en los delitos de los que se le acusa a Celio, o en su caso desprestigiarla, y con ello mancillar el honor de su familia y del propio Clodio.

Uno de los ejes de la defensa de Cicerón es la de intentar dar una imagen de Clodia que no se adecua a aquel ideal de matrona ya comentado, sino todo lo contrario, acusándola, desde el primer momento, de prostituirse.

A mitad del discurso, las palabras de Cicerón se dirigen hacia Clodia, a la cual interroga acerca del supuesto dinero que prestó a Celio, así como de ese supuesto intento de envenenamiento hacia ella. Para demostrar el deshonor que Clodia ha provocado en su familia, no duda en personificar a sus ilustres familiares del pasado, a los de Clodia, a la que acusan de mantener relación con un hombre mucho más joven que ella, Celio, así como no ser fiel a la memoria de su marido: “¿No sabías, en fin, que hasta hace poco estuviste casada con Q. Metelo, hombre de primerísimo plano, de un gran valor y ferviente patriota, el cual apenas trasponía el umbral de su casa, sobrepasaba casi a todos sus conciudadanos en valor, en gloria y prestigio?” Por tanto, Clodia no está cumpliendo aquella característica de la univira, tampoco es una mujer preocupada por su casa, y ni tan siquiera está comportándose tan dignamente como se merece un marido y antepasado tan ilustres.

Pero no solo la compara con los varones de la familia, sino también con notables mujeres de la misma, tales como Q. Claudia, la cual se caracterizaba por sus “virtudes domesticas”, o la vestal Claudia. En cambio Clodia es acusada de mantener relaciones, no solo con Celio, sino con varios hombres, recordándole Cicerón que en la acusación se ha hablado de: placeres, amores, adulterios, baños en Bayas, playas, banquetes, francachelas, canciones, conciertos musicales, paseos por el mar. Es decir, prácticas que nunca haría la buena mujer, la cual tan solo quedaría en casa hilando la lana, algo que a lo largo del discurso Cicerón no nombrará en ningún momento. Cicerón considera que su casa vive “a guisa de prostituta”, con una vida licenciosa, malas pasiones, disipación, vicios, maldades inimaginables, en la que los esclavos son usados para el placer de ésta.

Cicerón, además, la acusa en varias ocasiones de prostituirse: “Tú, señora de la alta sociedad, tener atrapado con tu dinero a ese hijo de padre paraco y ceñido”. En otro momento, cuando le habla del dinero prestado a Celio, insinúa que ese proviene de joyas regaladas por sus muchos amantes, puesto que Clodia no solo está dada a la seducción de hombres jóvenes, sino también de maduros. Clodia, según la acusa el orador, se prostituye en los baños por un cuadrante, por ello la acusación del envenenamiento se produce allí. Ya antes Cicerón había dicho que usaba el agua del acueducto construido por su antepasado de forma impúdica.

Es importante que Clodia sea considerada una prostituta, puesto que Cicerón pretende hacer ver que Celio no ha estado con una mujer viuda de buena familia, sino con una mujer que se prostituye. Por tanto, Celio queda libre de toda culpa, pues al fin y al cabo, como dice Cicerón, Celio es joven, y estos a menudo suelen darse placeres. De nuevo las distintas conductas que se permiten a uno y otro género.

Y todo esto el orador lo da por verídico, pues dice que multitud de rumores, acerca de ella, corren de boca en boca, y por lo tanto reales. Una “buena mujer” no habría hecho ningún tipo de acto que hubiera dado lugar a tales. Y, además, ni siquiera realiza estos actos impúdicos en la intimidad, sino que los hace de cara a la sociedad.

Finalmente, acaba por implicarla en el asesinato del embajador, ya que cree que son su dinero ha financiado la liquidación de éste. Y el tema no gira tanto ante la gravedad de tales hechos, sino que Clodia se ha introducido en un campo propio de hombres, en la que la mujer debe quedar fuera.

En Resumen Clodia está dada al libertinaje, a los banquetes, a las liviandades, siendo una “meretriz proterva y procaz”, es decir, todo lo contrario de lo que se espera de la matrona romana. Y con todos estos vicios a mancillado a toda su familia y las grandes obras que estos hicieron.

 

Conclusiones

Vemos, de esta forma, como la mujer, que no tiene cabida en la política y en la vida pública, se puede convertir en un arma. Su mal comportamiento puede implicar la caída política de los varones de su familia, o todo lo contrario, si esta se comporta tal y como se espera de una mujer. La matrona romana, ante todo, debe ser univira, cuidar de su casa y de los miembros de su familia, hilar la lana, no hacer ostentación en joyas y vestimenta, evitar rumores, otorgar vástagos a la familia, y educar nuevos ciudadanos. Pero al fin y al cabo, todo ello fue una ideal, y los ejemplos de mujeres, que siguieron este código de conducta, quedan más bien envueltos en el manto de la leyenda que en la realidad.