La muerte de Augusto

En otra entrada habíamos dicho que este año, el 2014, era el bimilenario de la muerte de Augusto. Por ello, se habían dispuesto diversas actividades a lo largo del año en una multitud de países y ciudades. Y puesto que es la muerte lo que parece que se conmemora –aunque debemos de suponer que también su vida-, podemos profundizar algo más en como esta se produjo y los honores que se le rindieron en los días siguientes al fallecimiento

Como no podía ser de otro modo, nuestro principal informante sobre tal acontecimiento –y de la vida en general de Augusto- es el historiador romano Suetonio (Augusto 99-101), que escribió una obra con la biografía de los doce primeros césares, incluyendo en la cuenta a Julio Cesar.

Augusto murió el 18 de agosto del 14 d.C. o, lo que es lo mismo, el día catorce antes de las calendas de septiembre –según la calendación romana-, en el consulado de Sexto Pompeyo y Sexto Apuleyo. Más concretamente, a la hora nona, es decir, que sabiendo que las horas se contaban desde el amanecer, y que, por tanto, las seis eran el medio día, murió hacia la mitad de la tarde.

Antes de tal hora, Augusto había dedicado sus últimos momentos a acicalarse, puesto que, al parecer, solicitó un espejo, que se le peinara y le enderezaran las mandíbulas. Uno debe estar decente en cualquier situación. También preguntó si la población se preocupaba por su estado y se despidió de sus amigos y el mundo. De hecho, había sido a estos a los que pronunció unas últimas palabras que ya habíamos mencionado, pero que podemos volver a repetir:

“¿Os parece que he representado bien esta farsa de la vida?

Si os ha gustado, batid palmas y aplaudid al autor”

Pero no fueron las únicas. Todavía tuvo tiempo para decirle a su esposa bien amada, Livia, antes de expirar entre sus brazos: “¡Oh Livia, ojalá vivas recordando nuestra unión! ¡Adiós!” Posiblemente, esta frase debamos entenderla en el contexto del anterior matrimonio de Livia con Tiberio Claudio Nerón –el cual había luchado contra Augusto durante las guerras civiles-, del cual se divorció para, al día siguiente, casarse embarazada con el emperador. Lejos, por tanto, del ideal de matrona romana –aunque se la intentaba presentar como tal-, según por el cual toda mujer que se preciara debía ser univira –estar con un único hombre a lo largo de la vida-, Augusto debía temer que pronto le olvidaría o se volviera a casar nuevamente si las circunstancias lo requerían.

Sea como fuere, plácidamente murió a los sesenta y cinco años -a falta de treinta y cinco días para cumplir los sesenta y seis-.  Suetonio señala que Augusto, como parece normal, deseaba una muerte sin sufrimiento e instantánea. Aunque, según se nos dice, tuvo un breve lapso de enajenación mental, pues al parecer mencionó aterrado que era arrebatado por cuarenta jóvenes, aunque Suetonio lo identifica con un presagio, puesto que fueron cuarenta soldados pretorianos los que llevaron el cadáver hasta la plaza pública.  Fallecido, debemos pensar que se realizaron los primeros ritos fúnebres que acostumbraban los romanos.

Murió en Nola, de hecho en la misma habitación en donde había muerto su padre Octavio. Esta ciudad se encuentra situada en la región de  Campania –al sur del Lacio-, cerca de Capua y que dista de Roma unos doscientos quilómetros. Trasladar el cadáver hasta Roma, por tanto, requirió de varios días. Un primer trayecto, que cubría las ciudades de Nola y Bovilas, se realizó a cargo de los decuriones –los miembros que conformaban lo que hoy llamaríamos el pleno del ayuntamiento- de los municipios y colonias. Se realizaba la marcha durante la noche debido al calor de agosto, puesto que durante el día habría implicado una descomposición más apresurada del cadáver. Durante las horas de sol, el cuerpo sin vida de Augusto era introducido en las basílicas –se trataba de grandes espacios cubiertos en los que se realizaban diversas actividades como jurídicas y económicas- o, en su caso, en los templos principales de  las ciudades que había a lo largo del camino.

A partir de Bovilas –población que se encontraba cerca de Alba Longa, a unos 16 km de Roma-, el honor de transportar el cadáver recayó en el estamento ecuestre –el segundo en dignidad después del senatorial-. Entre ellos se encontraba el futuro emperador Claudio, que fue elegido por el orden ecuestre como patrono de la embajada que realizó esta petición a los cónsules (Suetonio, Claudio, 6.1). Estos lo transportaron  en hombros hasta Roma, estableciéndose el cadáver en el vestíbulo en su casa, que se encontraba en la colina del Palatino, como solía ser habitual en difuntos de alta alcurnia.

Mientras el cadáver llegaba a Roma, el Senado se apresuró a debatir  las exequias y honores que se le rendirían.  Suetonio hace mención a alguna de las muchas propuestas que se realizaron y que finalmente no llegaron a adoptarse. Algunas tan rimbombantes que se debió poner límite a los honores. Entre ellas, como curiosidad, se propuso cambiar el mes de Augustus (agosto) –antiguamente Sixtilis, pero modificado en vida del emperador como honor- a septiembre, puesto que el emperador había nacido en este último. Como es evidente, la medida no llegó a prosperar –de hecho, jamás volvió a cuajar ningún cambio de nombre de meses como pretendieron algunos emperadores posteriores-, pero, de haberlo hecho, en la actualidad septiembre sería agosto, y agosto sería, posiblemente, “sextembre”.

Finalmente, se acordó que se pronunciaran dos elogios fúnebres. Uno por  su sucesor, Tiberio –que era hijo de Livia de su primer matrimonio-  delante del templo de Julio  César. El otro lo llevó a cabo el hijo de Tiberio, Druso, delante de los antiguos Rostros, es decir, en el lugar que durante la República servía de tribuna de oradores. Ambos lugares se encontraban en el Foro romano, donde tuvo que ser llevado en procesión con un enorme cortejo desde el Palatino.

Desde el Foro, el cadáver fue llevado a hombros por los senadores al Campo de Marte y, allí, según la costumbre, fue incinerado en una pira. Un ex pretor –que según Dión Casio, 56.46 era Numerio Ático- observó como una figura subía al cielo tras ser incinerado –más tarde, al igual que Julio Cesar, Augusto fue deificado-. Sea como fuere, los próceres del orden ecuestre, de acuerdo al rito, recogieron sus restos –los huesos no llegan a calcinarse del todo como sucede en las cremaciones actuales- y los sepultaron en el enorme mausoleo que este había mandado construirse en el Campo de Marte y que todavía son visibles sus ruinas hoy en día.

Más tarde, como suele seguir siendo habitual, se abrió el testamento de Augusto, el cual estaba custodiado en el templo de las vírgenes vestales. Junto a este, además, existían tres rollos más. Todos ellos fueron abiertos y leídos públicamente ante el Senado. Según el testamento, se hacía heredero a Tibero de la mitad y un sexto de los bienes de Augusto. Livia, su esposa, quedaba con una tercera parte. Misma proporción que dejaba  a Druso. Germánico –sobrino de Tiberio- y sus tres hijos, con las restantes partes. También dejó a toda una serie de amigos y parientes algún tipo de herencia.

El pueblo romano recibió también una porción de la herencia, cuarenta millones de sestercios. A cada una de las tribus, además, tres millones quinientos mil. El ejército, por su parte, recibió una compensación adicional: a cada soldado pretoriano le tocó mil sestercios; a los soldados de la cohorte urbana, quinientos;  y trescientos a los legionarios.

Respecto a los otros tres documentos que hemos mencionado, uno era las instrucciones sobre su funeral, por lo que debemos pensar que este tuvo que leerse antes del mismo. Un segundo rollo, y que muestra el buen orden en que mantenía los asuntos del imperio, recogía el número de legiones y soldados repartidos en cada una de las regiones o provincias, así como el balance contable de las cajas imperiales. Finalmente, el tercero era nada menos que las famosas Res Gestae Divi Augusti, es decir, la narración de las gestas y decisiones llevadas a cabo por Augusto. En este mismo rollo se ordenaba que fueran copiadas en tablillas de bronce y expuestas en las puertas de su mausoleo.  De esta manera, la obra se su vida debía ser recordada por la posteridad.  

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