La muerte para los romanos

Si hay algo de lo que primeramente la humanidad se dio cuenta, eso es la muerte, sea cual sea la concepción que de ésta se tenga, la muerte es segura y, de hecho, es una de las evidencias arqueológicas más clara en casi todas las culturas, pues todas, con unos ritos, modos y costumbres, han enterrado a sus muertos.

Para la antigüedad, la muerte suponía el más importante ritual de paso biológico, y como en toda etapa de la vida de un individuo, tal y como el nacimiento, la infancia, la pubertad social, los esponsales, el matrimonio, el embarazo, la paternidad, la iniciación en sociedades religiosas, la muerte; todo ello supone un cambio social con acciones y reacciones entre lo profano y lo sagrado, las cuales están reglamentadas y vigiladas a fin de que la sociedad general no experimente molestia ni perjuicio. Se trata de pasar de una situación determinada a otra situación igualmente determinada, de esta forma, la muerte es un total cambio de estado para el individuo que pasaba de la realidad de los vivos a una realidad desconocida, extraña y llena de sombras: el mundo de los muerto, para cuyo bien transcurrir era necesario toda una serie de rituales por parte de los vivos para, por una parte facilitar al difunto ese paso, así como para los vivos, puesto que se entendía que el difunto se aferraba a la vida, a un mundo al que ya no pertenecía, pudiendo suponer un peligro para los vivos si el transito al más allá no se realizaba de una forma correcta de acuerdo a la tradición. El no llevar a cabo los ritos funerarios, como por ejemplo no dar sepultura al difundo, suponía para éste la imposibilidad de llegar al mundo de los muertos, los Manes se niegan a acogerlo por no estar purificado, pero al mismo tiempo tampoco puede volver al de los vivos; atrapados entre dos mundos tornan a una actitud de venganza contra los vivos1. Además no podemos olvidar que el cadáver es algo impuro, que ni siquiera podía estar expuesto a la luz, y que la familia, ahora familia funesta, quedaba inevitablemente afectados por la muerte de uno de sus miembros. Tan solo el buen cumplimiento de los ritos purificaría a los miembros de la familia.

Existía de esta manera un complejo ritual de paso hacia la muerte, necesario, por otra parte, para evitar al difunto de una existencia angustiosa en el más allá. La mayor parte de éstas creencias y ritos provenían del mundo etrusco, y quizás sea necesario explicarlo para entender en parte esa mentalidad romana ante la muerte. En un primer momento el rito incineratorio parece hacer creer que existía una creencia en que el fuego liberaba el alma del cuerpo, pero será el influjo griego, en los siglos VII y VI a.C, el que creará un nuevo universo de los muertos, un mundo subterráneo a donde van los fallecidos y en donde una serie de dioses juzgan el alma. Existía, por tanto, todo un plan de salvación del alma que no podía ser modificado. De esta forma, la tumba que en principio se creía moradora del alma fue siendo relegada a simplemente el lugar en el que queda el cuerpo.

Pero el mundo romano es distinto, y aunque en los primeros siglos participarían en las creencias etruscas, la verdad es que en la Roma clásica, existía una mayor libertad para que el individuo realizara su propio “plan de salvación” de acuerdo a sus creencias, puesto que hay que recordad que en cierta medida el Imperio romano era multicultural, aunque evidentemente el objetivo común es el mismo, la búsqueda de la protección de los dioses en el transito y evitar a sus familiares una angustia ante el desconocimiento del destino del difunto. Dicho de otra manera, los ritos funerarios son complicados puesto que, como ocurre en muchas culturas, se posee un mundo de ultratumba con diversas concepciones, a veces contradictorias, de hecho el propio Cicerón deja ver en uno de sus textos las múltiples concepciones que existían sobre que sucede con el alma y el cuerpo: “Existen algunos que defienden que la muerte es la separación del alma del cuerpo, otros sostienen que no se produce ninguna separación, sino que alma y cuerpo perecen juntas y que el alma se extingue con el cuerpo. Entre aquellos que sostienen la tesis de la separación del alma, unos aseguran que ésta última se disipa rápidamente; otros, sin embargo, que vive eternamente”2.

A ello debemos unir, además, que una vez producida la muerte, cada una de estas formas de entender la muerte, mantiene su propia concepción sobre la composición del hombre, y estos diversos elementos, tales como por ejemplo alma, cuerpo, sangre, etc, tienen destinos destinos. Pese a ello, tanto la concepción de la muerte como el rito de paso tienen una común estructura interna independientemente de su complejidad3.

Si bien, las principales corrientes filosóficas que más aceptación tuvieron en Roma, éstas son epicúreos y estoicos, mantuvieron un escepticismo ante la muerte. Los primeros, que tenían como base de la búsqueda de la felicidad en vida y la observación del entorno mediante la racionalidad, había que eliminar las supersticiones de los hombres, siendo la muerte tan solo un miedo más a eliminar. De hecho el propio Epicuro, cuyas formulaciones tuvieron gran transcendencia al final de la República y los primeros siglos del principado, afirmaba que no era el destino quien marcaba la muerte sino la propia evolución biológica del cuerpo. Afirmaba abiertamente la inexistencia del más allá tal y como le decía en una carta a un amigo suyo el mismo día en el que murió, según nos cuenta Diógenes Laercio. Lucrecio por su parte, que en De rerum natura intentaba librar al hombre del miedo a los dioses, afirmaba que el cuerpo y el alma mueren al mismo tiempo.

Para el estoicismo, tendencia paralela a la de los epicureos, la muerte era una ley de vida que se debía aceptar, y arremetieron contra la creencia de un más allá, entre los que destacan los filósofos Séneca el Joven y su sobrino Lucano, que en su libro VI hace una demostración literaria de lo inútil que eran las ceremonias que tenían lugar en los funerales.

Conocer la influencia que ambas corrientes tuvieron entre la población es difícil, pero quizás fueran corrientes que se diera más entre grupos de la élite y pensadores que entre el resto de la plebe, quién en mayor o menor grado creerían en un más allá, y por mucho que Arnobio dijera que Etruria era el principal germen de las supersticiones, la verdad es que la mayor parte de los romanos debían ser bastante supersticiosos en todos los ámbitos de la vida, de ahí que Juvenal dijera en una de sus Sátiras: “…Que existan los Manes y un reino subterráneo/ y el gancho de Caronte y las ranas negras en la laguna pantanosa Estigial/ y que una sola barca sea suficiente/ a transbordar tantos miles de muertos,/ ni los niños se lo creen,/ excepto aquéllos que todavía no deben pagar para entrar a las Termas”4. Si bien, algunos dejaban en sus propios epitafios su convicción de la inexistencia de un más allá: “Durante tu vida, hombre, aprovechate, porque después de la muerte no hay nada”5, mientras que otros creían en la supervivencia del alma: “Mi cuerpo se ha consumido, mi alma vive, yo soy ya un dios”6.

A partir del siglo III d.C y en especial durante la tardoantigüedad, con la extensión del cristianismo, aparecerá una nueva creencia en la existencia de una vida después de la muerte, y que no ofrecía una salvación individual como había sido usual en el paganismo, sino una salvación colectiva, para lo cual había que combatir creencias paganas, entre las que estaba epicúreos y estoicos.

En un primer momento, en los primeros siglos del primer milenio, parece ser que fue la incineración lo más usual, en la que los restos se recogían en urnas en forma de campana, pero a partir de comienzos de la República, en el siglo V a.C era la inhumación la forma de enterramiento más utilizada, pero a fines de la República y principios del principado volvía a ser la incineración la principal práctica, aunque también convivía con la inhumación. De hecho, los Cornelios era la única familia patricia que se inhumaban siguiendo costumbres ancestrales, y será Sila el primero de los Cornelios en ser incinerado. Pese a ello, se usará la inhumación para pobres y esclavos que eran enterrados de forma colectiva.

Sin embargo, a comienzos del siglo II d.C volverá a ser la inhumación la principal práctica funeraticia, que en cierta medida también es una consecuencia de un cristianismo cada vez más extendido por el Imperio, al mantener esta religión la idea de una resurrección del cuerpo para lo que era necesario garantizar la integridad del cuerpo.

Según Lucrecio, además de la incineración y la inhumación, existía en Roma otro rito, el embalsamiento7, aunque éste fue siempre minoritario más allá de Egipto, en donde se siguieron manteniendo este tipo de ritos funerarios, y fuera de aquella provincia es raro encontrar embalsamientos, y cuando se encuentran se ha de entender que en la mayor parte de los casos serían gentes provenientes de Egipto o de gentes convertidos al cultos de Isis y Serapis.

Aunque se pueden ver tendencias en unas épocas u otras por usar la incineración o la inhumación, todo parece indicar que ambos ritos convivieron en Roma hasta la llegada del cristianismo en la que se impondrá únicamente la inhumación como ya se ha indicado.

El lugar donde se llevaban a cabo los ritos de incineración o inhumación: la necrópolis, es la segunda etapa del funus, puesto que existe una etapa previa en la que el cadáver continua en la alcoba mortuoria del vestíbulo de la casa, en donde se llevaban a cabo los primeros ritos8. Tal y como nos informan autores tales como Ovidio, Virgilio, Marcial, Cicerón entre otros, y misma información da los relieves de la tumba familiar de los Haterii, una vez que se había confirmado la defunción del individuo, o este estaba ya agonizando, se producía la despositio, en la que el cadáver era levantado del lecho y depuesto directamente en tierra como una forma de cerrar el ciclo de la vida, puesto que a los recién nacidos también se les depositaba en la tierra como símbolo de que se surgía de ésta, y por lo tanto, en la muerte se volvía a ella. Sus familiares se despedían de él dándole un beso como forma de tomar el último suspiro del agonizante si estaba vivo aún, y cuando la vida del individuo, ahora si, ya se había apagado, se iniciaba la lamentación o conclamatio, llamando al fallecido por su nombre completo en tres ocasiones, lo cual era usual hacerlo en varias ocasiones durante el sepelio. Depositado en el suelo el cadáver era lavado y perfumado, se le envolvía en una toga, y dependiendo de la importancia del difunto se le podía poner corona en la cabeza. Se le ponía también ornamentos que el individuo hubiera llevado en vida, y en la boca se le ponía una moneda para pagar al barquero, Caronte, el viaje al otro mundo. Tras ello el cadáver era expuesto en el lecho, lectus funebris, sobre un catafalco adornado con floores, antorchas, velas, etc, con los pies mirando siempre hacía la puerta. Ante el lecho fúnebre se entonaban las neniae, cantos fúnebres entonados por la parefica interpretados con flauta y arpa.

Tras varios días en la que había sido su residencia, aunque en el caso de los pobres podía ser el mismo día de su muerte, el difunto estaba listo para ser trasladado a la que será su residencia en la otra vida. El cadáver era trasladado en un feretrum, una caja o estructura de madera, que podía ser mayor o menos rica, que podía ser portado hasta por ocho personas, siempre de sexo masculino9 con vestidos negros o lugubria. Para los más pobres, se usaba la sadapila, un féretro básico y de poco valor, que era portado por solo cuatro personas.

Se iniciaba así la Pompa, que se celebraba de noche, lo que obligaba a llevar antorchas, lo que lo hacía mucho más impresionante. El difunto era acompañado con un amplio cortejo que incluía familiares, libertos, esclavos, parando este cortejo en un lugar publico si el difunto era de alto rango, normalmente el foro, donde se leía el panegírico del difunto, laudatio funebris, normalmente por parte de su heredero con el fin último de hacerse publicidad así mismo, en un momento en el que no solo se rememoraba lo conseguido en vida por el difunto, sino los logros de todos sus ancestros, de ésta forma era usual sacar las imago funeraria de los antepasados, máscaras de cera que eran guardas en la casa y que eran sacadas con motivo de las exsequiae, que eran llevadas por actores. Polibio describe así un ritual funerario: Cuando se ha retirado el cadáver de la casa, se le conduce hacia el foro con los restantes ornamentos, delante de la tribuna, permaneciendo todos los asistentes alrededor; si el difunto deja un hijo mayor de edad y se encuentra presente, éste, y si no, algún otro pariente, sube a la tribuna y habla de las virtudes del fallecido y de las gestas que llevó a cabo en vida. Después de este acto entierran el cadáver y, cuando han cumplido los ritos habituales, colocan una estatua del difunto en un lugar visible de la casa, en una hornacina de madera.

En las festividades públicas exponen las imágenes cuidadosa-mente colocadas. Cuando muere algún otro familiar ilustre, también las sacan en el entierro y las colocan encima del rostro de personas que se les parezcan en estatura y en el físico y son conducidos sobre carros precedidos de los haces, las hachas y las demás insignias que les solían acompañar en vida, de acuerdo con la categoría de cada uno y con su actividad política.”10.

Acto seguido, el cadáver era llevado a la necrópolis donde empezaría la segunda fase del ritual fúnebre, en donde la familia realizaría un rito para purificar el agua y el fuego, procediéndose a depositar el cadáver en una pira o rogus, normalmente con forma rectangular, junto con otras ofrendas. Antes de prender la pira, se le abrían los ojos al difunto para que viera por última vez la luz, y se pronunciaba en voz alta su nombre por última vez, ya fuera en bustum, es decir, en el mismo lugar donde luego quedaría la tumba, o en ustrium, un lugar destinado solo a la incineración, tras lo cual se recogían las cenizas para depositarlas en algún tipo de recipiente, como por ejemplo urnas, ya que no se alcanzaban temperaturas tales como para reducir todo el cuerpo a cenizas, quedando pequeños restos óseos En caso de que no hubiera incineración, sino inhumación, el cadáver podía ser desde depositado en un féretro o sarcófago hasta tan solo ser enterrado en la tierra como veremos después.

El negocio de la muerte era bastante lucrativo y solía dar trabajo a muchas personas, puesto que existían empresas profesionales, llamadas libitinarii, que preparaban toda la pompa, cuyos miembros eran conocidos como pollinctores, a lo que hay que sumar quienes se encargaban de las incineraciones, ustores, o quien realizaba las fosas, fossores. Y de igual modo todos los oficiales que construían el monumento funerario y su mantenimiento.

1 A. van Gennep, Los ritos de paso, (Paris 1909, Madrid 1986), p. 13

2Cicerón, Tuscolanas, I, 9, 18

3A. van Gennep, Los ritos de paso, (Paris 1909, Madrid 1986), pp. 158-159

4Juvenal, Sátiras, II, 149-152

5CIL XI, 2547

6CIL VI, 30157

7LUCRECIO, De rerum natura 3, 890-3

8A. van Gennep, Los ritos de paso, (Paris 1909, Madrid 1986), pp. 160

9Varrón, De lingua latina, V. 166

10POLIBIO, 6,53, 1-8