La recuperación de Cartago y la conquista de Iberia

 

Cartago salió derrotada de la Primera Guerra Púnica. Ello provocó una dura crisis económica en su interior, que dará lugar también a un enfrentamiento político entre dos facciones que, si ya existentes, se convierten en opuestas. Ambas con propuestas distintas para salir adelante, que se basan en dos puntos: o la creación de un imperio africano basado en la agricultura, o retornar al comercio del Mediterráneo por medio del dominio del sur de la Península Ibérica. Triunfando esta última vía, los Bárquidas se ocuparon de esta enorme empresa, que encontrará finalmente el roce con Roma y el inicio de la Segunda Guerra Púnica.

 

Cartago y la Guerra de los Mercenarios

Cartago, al igual que Roma, había gastado ingentes cantidades de dinero para mantener la guerra, pero difícilmente el vencido puede obtener botín para recuperar la inversión. Además, Roma le impuso un duro tratado de paz, el de Catulo, en el que se especificaba el pago de un abultado tributo, que escasamente podía afrontar la ciudad púnica, puesto que la pérdida definitiva de Sicilia –que venía recogida en el mismo tratado– dio al traste con el dominio comercial en el Mediterráneo, principal fuente de riqueza.

En general, se puede decir que Cartago quedó al borde del abismo. No llegará a caer, pero no faltaron los empujones para ello. El primer problema vino dado tras finalizar la guerra, concretamente proveniente del ejército cartaginés formado por mercenarios. La mayor parte de éste se encontraba en Sicilia. Hasta allí lo había conducido Amílcar Barca, sin que llegara a entrar en combate con las legiones romanas, puesto que el ya mencionado tratado se firmó tras la pérdida de la flota cartaginesa, quedando Amílcar aislado en la isla. El tratado establecía la inmediata evacuación del ejército púnico, misión que llevó a cabo Giscón, que tomó el mando tras habérselo cedido el propio Amílcar.

En la evacuación, el gobierno de Cartago cometió uno de los peores errores, el cual acabó por desencadenar la Guerra de los Mercenarios. Lo lógico sería haber hecho una evacuación escalonada, pagar a los mercenarios y desmovilizarlos para que volvieran a sus respectivas patrias. Por el contrario, lo que se hizo fue trasladar a todo el ejército hasta las cercanías de la propia Cartago, en donde se intento, incluso, rebajar la deuda que a estos se les debía, así como dilatar el tiempo de pago.

Evidentemente, los mercenarios se empezaron a inquietar, sospechando que posiblemente se les estaba negando el pago de sus servicios. Ante este nerviosismo, el gobierno cartaginés debió ver la peligrosidad de un ejército en las cercanías de la ciudad, así que se decidió llevar a los mercenarios lo más lejano de Cartago, concretamente a Sicca Veneria –en el suroeste del país–. Allí acabaron por revelarse contra los púnicos. Los propios mercenarios presentaron la sublevación como una revolución social, con tintes de filosofía griega, que integró una amplia parte del campesinado indígena, el cual debía pagar amplias cargas fiscales debido a la guerra con Roma.

Ante la rebelión, el gobierno cartaginés tampoco supo reaccionar con eficacia. En un primer momento, fueron totalmente intransigentes hacia estos, quizás pensando que el movimiento no contaría con fuerza suficiente. Más tarde, tras observar la dimensión de éste, se envió a Giscón con el dinero que se les había prometido. Pero, para aquel entonces, el movimiento era seguido por una amplia masa de mercenarios e individuos –unos 20.000 de los primeros y 70.000 de los segundos–, quienes probablemente vieron la oportunidad para asentarse en el territorio africano. Así, apresaron a Giscón y se dirigieron hacia Cartago. Entre el 241 y el 238, los púnicos tuvieron que hacer frente a una nueva guerra contra sus propios mercenarios.

Muy pronto el dominio territorial de Cartago no sobrepasaba más allá de las propias murallas de la ciudad –solo el enorme puerto permitió a ésta resistir lo que en la práctica era un asedio–. Ciudades como Utica e Hippo Diarrhytos fueron tomadas por las tropas sublevadas. El gobierno púnico decidió formar un ejército apresuradamente, que estuvo comandando por Hannón, líder de la facción que dominaba el Senado cartaginés. Pero prontamente éste fracasó en el intento de acabar con la guerra. Tras ello, el pueblo ofreció el mando a Amílcar, al cual se considera mucho más experimentado que el primero en asuntos bélicos.

Amílcar consiguió tomar de nuevo Utica, al tiempo que dinamitaba los lazos comunes de los sublevados, pues consiguió que muchos de los mercenarios se pasaran a su bando, aunque una gran parte no aceptaron el perdón que el general les entregaba, ya que posiblemente su intención era la de permanecer en el territorio cartaginés. Estos, liderados por el galo Autharitos, el libio Mathos y el campano Spendios eliminaron a aquellos que se encontraban indecisos o eran partidarios de deponer las armas. Posteriormente, mataron a todos los prisioneros cartagineses, incluido Giscón, dejando ver que no estaban dispuestos a ningún tipo de negociación. La guerra entró en su fase más sangrienta.

El fracaso de Amílcar en conseguir la paz conllevó a que la facción de Hannón lograra poner a este de nuevo como general del ejército, aunque sin apartar al primero. Ambos debían ejercer la jefatura militar en igualdad de condiciones. Pero los odios que los dos líderes sentían entre sí era tal que fue imposible que se pusieran de acuerdo en la estrategia que se debía seguir. La consecuencia fue la perdida, una vez más, de Utica e Hippo, las cuales se pasaran al bando de los mercenarios.

Como al principio, Cartago se encontraba aislada, perdiendo también Córcega y Cerdeña, en donde los mercenarios siguieron los pasos de sus homólogos africanos. Se sublevaron en las islas y solicitaron apoyo a Roma, algo que también hizo Utica. Roma se negó en rotundo, e incluso prohibió que cualquier negociante romano abasteciera de recursos a los sublevados. Al mismo tiempo, permitió a los púnicos que reclutaran mercenarios en la propia Italia. ¿Por qué esta actuación de Roma? Como siempre sucede, se han dado una amplia colección de teorías: por simpatía entre oligarcas, porque la destrucción de Cartago suponía que Roma no percibiría el tributo impuesto a ésta, para evitar una extensión de la sublevación. Probablemente estas dos últimos teorías se complementan, al tiempo que Roma solo veía a Cartago como un Estado derrotado que, de ninguna manera, podía dar ningún tipo de quebradero de cabeza a Roma. ¿Cómo iba a pensar Roma que Cartago resurgiría y que estarían a punto de penetrar en las murallas de la propia Urbs?

En cualquier caso, a estas alturas Cartago se encontraba en una acuciante situación. La facción de Amílcar se volvió a imponer apoyada por el pueblo, dándole el mando único. Éste tuvo las manos libres para imponer su punto de vista estratégico. Dividió su ejército en dos, comandado personalmente el cuerpo que luchó contra los líderes sublevados Spendios y Autharitos. El otro cuerpo fue comandando por Aníbal, familiar suyo –que no se trata del famoso caudillo–, con el fin de enfrentarse a Mathos. Amílcar logro la victoria, aunque no así Aníbal que salió derrotado, lo que aprovecho Hannón para presentar un programa para la reconciliación publica con Amílcar. Ambos volvieron a comandar el ejército conjuntamente, aunque dejando atrás sus diferentes criterios estratégicos. Con una única línea de actuación consiguieron vencer a Mathos. De nuevo se recuperaba el territorio africano, junto con las ciudades.

 

Una solución para salir de la crisis

La guerra había acabado para Cartago, pero ahora se encontraba en una situación aun mucho peor. A la crisis económica, ahora se le sumaba el fin del control marítimo que aún mantenían gracias a las posesiones de Cerdeña y Córcega, pues debemos de recordar que pese a la inicial negativa romana a apoyar a los mercenarios allí, al final los romanos acabaron por dominar la isla. Tras una breve declaración de guerra, Cartago dio por perdida las islas.

No sabemos muy bien lo que sucedía en el interior de Cartago en estos años, ya que no poseemos fuentes más allá de lo que nos dicen los historiadores romanos, solo interesados en una historia en la que Roma era la protagonista. Lo que si se nos muestra es que en el interior de Cartago debió existir un amplio debate sobre cómo sobrevivir. Dos grupos políticos, como ya hemos visto, se hacían ahora antagonistas. Ambos intentaban poner sus tendencias económicas. Uno, el que dominaba el Senado, era el que daba mayor peso a la tierra como elemento de riqueza; el otro consideraba que había que dar mayor vigor al comercio. No es algo extraño, en la propia Roma existían también estas dos tendencias. Pero las cosas eran distintas en Cartago ahora. Antes de la guerra ambas tendencias eran complementarias, pero ahora que se había perdido el control del Mediterráneo parece que la única opción era la de continuar con una economía basada en la agricultura en África. Por ello, estos proponían la ampliación de las explotaciones agrarias en el territorio africano, ampliando incluso el dominio territorial.

Sin embargo, el grupo que anteriormente había defendido el comercio siguió considerando que había que recuperarlo a toda costa. Una amplia base de la población, que sobrevivían gracias a éste, lo apoyó, encabezado por Amílcar Barca, representante de una casta militar. ¿Cómo recuperarlo? Amílcar, en efecto, propuso la conquista de Iberia, según nos relata las fuentes literarias. Conocedores de las riquezas que en ella había, era la forma de recuperar el comercio del Mediterráneo. Pero el Senado cartaginés –compuesto en su mayoría por la facción agraria– rechazó la propuesta al considerar que la empresa entrañaba el riesgo de volver a chocar con los intereses romanos. Entonces, Amílcar, que no se dio por vencido, recurrió a su yerno, Asdrúbal, que lideraba a artesanos y mercaderes, es decir, la mayor parte de la población urbana, para que pusiera a todos estos de parte suya.

Al final, el Senado aceptó la campaña –siempre contó con dicha autorización–, que se puso bajo la dirección de Amílcar dándosele los recursos necesario para ello. De hecho, la familia de los Bárquidas estará siempre ligada a esta operación, lo que dio lugar a los historiadores romanos a considerar que estos sentían tal odio por Roma que, anhelando vengarse, usaron la conquista de Iberia para provocarla. De esta forma, los romanos culpaban de la guerra únicamente a dicha familia –especialmente a Aníbal-. Además, también se suele acusar a estos de intentar conseguir un imperio privado en Iberia para ellos mismos.

Evidentemente, no podemos considerar verdaderas todas esas pretensiones. Como se ha venido diciendo, la campaña de Iberia fue la salida para conseguir un nuevo mercado para Cartago. Para ello era necesaria la presencia del ejército, de ahí que se buscara a una familia que tuviera una amplia tradición en los temas militares.

Por otra parte, tampoco se trataba de conquistar Iberia en su totalidad. Se pretendía, ante todo, del dominio de las zonas costeras con el fin de aumentar los asentamientos comerciales e intensificar la actividad económica. La península ofrecía innumerables recursos: entre los minerales se encontraba la plata de Sierra Morena y Cartagena, una agricultura prospera, así como recursos humanos para ser reclutados como mercenarios. Estos eran bien conocidos por los púnicos, puesto que debemos de recordar que ya los fenicios habían establecidos puntos de intercambio en las costas sur de la Península como Gádir, que más tarde pasó a controlar Cartago. Eso sin olvidar que en el siglo VII los cartagineses habían fundado una colonia propia en Ibiza.

 

La campaña en Iberia

En el año 237, Amílcar llegaba a Gádir, la cual se convirtió en la base de operaciones y en puerto de la flota. Acompañaban a este varios de sus familiares que, años después, se convirtieron en sus sucesores: Asdrúbal, cuñado suyo, y Aníbal, su propio hijo, que se convirtió en principal enemigo de Roma –aunque ahora contaba solo con nueve años-.

La península no debía suponer un amplio esfuerzo para su conquista. Multitud de pueblos, enfrentados entre sí, que en mayor o menor grado conocían desde antiguo la presencia púnica en las costas. De esta manera, desde las factorías fenicias se inicio la conquista, penetrando por el valle del Guadalquivir hasta Sierra Morena, para lo cual tuvieron que hacer frente a los turdetanos, que fueron rápidamente vencidos, muchos de los cuales acabaron siendo reclutados como mercenarios. Desde allí se llegó a la costa levantina, venciendo a deitanos y contestanos. Prontamente los valiosos recursos de la Bética amortizaron el gasto de la campaña, al tiempo que se fundaba Akrá Leuké –probablemente la actual Tossal de Manises– según su nombre griego, en la Albufereta de Alicante. Ésta se convirtió en la capital púnica en Iberia.

Nos dice Dión, único autor que lo menciona, que la conquista púnica del levante peninsular puso en alerta a Roma. Por ello, el Senado romano envió una embajada en el 231 con el fin de solicitar explicaciones. En cambio, Políbio considera que Roma solo entró en contacto con Cartago, por sus asuntos en Iberia, en el 226. ¿A quién podemos creer? Muchos historiadores dan por falsa la noticia de Dión por la propia respuesta que al parecer recibieron los romanos: que la conquista de Iberia solo tenía con el fin pagar el tributo a Roma. Si Roma envió una embajada parece que existía algún tipo de alarma, y darse por satisfechos con esa respuesta indica la falsedad de la noticia –o que Dión no recoge lo que realmente sucedió en aquella embajada–.

Independiente de ello, los cartagineses, dueños de la costa, se lanzaron a afianzar su dominio mediante el sometimiento de pueblos del interior peninsular. De hecho, Amílcar encontró la muerte cuando, en el 229, ponía sitio a Heliké –identificada con Elche de la Sierra– en el valle del Segura.

Tras su muerte, Asdrúbal se hizo cargo de la empresa, ratificando asamblea cartaginesa el mando de éste. Las fuentes nos presentan un cambio de rumbo, pero lo suficientemente tergiversado como para no conocer cual fue éste. Fabio Pictor, información que recogieron los posteriores autores, nos dice que Asdrúbal había intentado un golpe de estado en Cartago con el apoyo del ejército y del pueblo. El objetivo, al parecer, era el de deponer a la oligarquía gobernante. Éste fracasó, pero Asdrúbal volvió a Iberia en donde se conformó con lo que en la práctica era un reino propio, intentando conseguir la revancha contra Roma. Esto ha sido creído por muchos historiadores actuales, manteniendo la idea de que, efectivamente, Iberia se convirtió en un reino privado en donde Asdrúbal no daba ningún tipo de explicaciones al Senado cartaginés. Apoyan la hipótesis en las acuñaciones en plata con la efigie de Asdrúbal.

Otros, sin embargo, consideran una invención del historiador romano. Cabe decir que ni siquiera Polibio lo cree. El hecho radica en que los recursos siguieron siendo enviados a Cartago. Lo que si se deja notar es un cambio en la estrategia. Tras llevar a cabo la venganza contra rey Orissón por la muerte de Amílcar, las armas quedaron a un lado. Efectivamente, la principal política de Asdrúbal radicó en el uso de la diplomacia. Así, la negociación con jefes ibéricos –incluso llegó a casar a su hija con uno de ellos– permitió afianzar el dominio de Cartago en el territorio e intensificar la explotación de todos los recursos económicos disponibles –incluido la explotación agraria con mano esclavo–. Además, fijó un sistema tributario para los pueblos vencidos. Todo ello administrado ahora desde una nueva ciudad, bajo el nombre púnico de Qart hadashat, es decir, Cartago. Por ello los romanos la llamaron Carthago nova, la actual Cartagena, para diferenciarlas.

Todas esta actividad debió preocupar, ahora sí, a Roma. Por ello enviaron una embajada, en el 226, al propio Asdrúbal, firmándose el que ha venido a ser conocido como Tratado del Ebro. ¿Qué recogía el tratado? No lo sabemos con seguridad. La tradición nos dice que este fijo una frontera en el Ebro –aunque algunos historiadores proponen que realmente se trata de otro rio–, tras el cual no podían cruzar las tropas púnicas. No conocemos tampoco si fue una imposición o hubo un acuerdo entre ambas partes. Quizás sea más correcto pensar lo segundo, así como creer que el tratado incluiría otras tantas clausulas que no han llegado hasta nosotros –quizás fuera una repetición o ampliación de las clausulas del Tratado de Catulo–. Sea como fuere, el Tratado no fue enviado para su ratificación por el Senado cartaginés, lo que ha llevado también a pensar que Asdrúbal había prácticamente independizado el territorio de Iberia como se comentaba antes.

¿Por qué los romanos intervinieron ahora? Además de la ya mencionada actividad púnica, posiblemente Roma quisiera curarse en salud. En estas mismas fechas tienen que hacer frente a los galos del Po, lo que podría provocar que un acercamiento mayor de los púnicos hacia el Pirineo pusiera a sus dos principales enemigos en contacto. Si realmente el tratado fijaba el Ebro como frontera, se puede entender que Asdrúbal aceptara esto, pues en aquel momento no debía tener ningún tipo de interés en llegar hasta allí. No parece que el objetivo fuera frenar la expansión de Cartago.

Independientemente de ello, Asdrúbal moría a manos de un indígena en el 221. No sabemos las circunstancias bajo las que el hecho ocurrió, pero ello no puso fin a la empresa emprendida por Amílcar. El hijo de éste último, el ya mencionado Aníbal, fue aclamado por el ejército como nuevo general, siendo ratificado por el Senado de Cartago, lo que indica, volviendo a un tema ya tratado, a que Asdrúbal se hubiera proporcionado un reino propio a costa de la Península.

Aníbal prefirió una línea más militar. El mismo año de su aclamación, comenzó una campaña contra los pueblo de los olcades, entre el Guadiana y el Tajo, lo que le permitió hacerse con un gran botín. Quizás éste último fuera la única causa para iniciar una campaña tan lejos de la costa, que incluso le llevó, al año siguiente, hasta las tierras de los vacceos en el Valle del Duero. Prontamente volvió para ocuparse el territorio más cercano a la costa, llevando el dominio púnico hacia el norte de la costa levantina hasta que, la ciudad de Sagunto, se negara a aceptar el poder cartaginés. Solicitando Sagunto ayuda a Roma, será la causante, según las fuentes clásicas, del inicio de la Segunda Guerra Púnica.