La religión romana: características

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Se hace difícil hablar de la religión romana –de hecho de cualquier religión– en todo su conjunto. Se pueden tratar inmensidad de aspectos: los dioses, los sacerdotes, los mitos, los rituales y ceremonias. Sin embargo, lo más complejo de todo esto es ponerlo en su conjunto, o lo que es lo mismo, extraer las características de la religión romana.

Tratar sobre una religión antigua –politeísta- como la romana supone, para el individuo del presente, el prescindir de nuestro concepto de religión –concretamente de la religión cristiana–. Cualquier religión de la Antigüedad es inseparable de cualquier ámbito de la vida. Se podría decir que no existe un mundo religioso acotado, pues éste lo es todo, y como muchos estudiosos de las religiones han venido a decir, no hay acto o hecho en el pasado –que en el presente lo consideraríamos laico– que no tenga su contrapartida religiosa. Se podrían citar una multitud de ejemplos: nacimientos, matrimonios, muertes, convocatoria de asambleas, fundaciones de colonias, construcción de edificios, declaraciones de guerra y paz, toma de posesión de magistrados, entre otros tantos hechos, que quedan inmersos en la esfera religiosa.

Y pese a todo, por muchos datos que tengamos, nunca conoceremos el funcionamiento verdadero de la religión romana, puesto que ésta ya no existe. Ni tampoco sabemos el grado en que los romanos la vivieron, aunque se nos dice que se llegó a un punto en el que la reacción de los romanos frente a la religión sería de no tomársela en serio, pero se siguió practicando, porque ello era parte de la tradición, del mos maiorum, de la identidad de los romanos. Se ha considerado que, en el fondo, la religión romana fue un vacio religioso –según nos dice Droysen J.G. –, en cierto sentido de ateísmo, que enlazó el espíritu griego y el cristianismo. Su argumento se encontraba en la famosa frase de Catón, la cual es recogida por Cicerón, en la que se dice “Asombra que un harúspice no se eche a reír cuando ve a otro harúspice” (Cicerón, Sobre la adivinización 2.51). La escuela idealista alemana defendió una religión romana fría y decadente, en definitiva, una religión contaminada. Evidentemente, esta idea ha sido desechada, puesto que se dio partiendo de un concepto de religión moderno, que no cuadraba con la religión romana. La religión romana no es más religión, o menos religión, que otras, sino que posee sus propias características.

Por otra parte, debemos tener en cuenta que la religión romana evoluciona, de ahí que muchos estudiosos vengan a hablar de religiones romanas. Aunque aquí se tratará sobre las características de la religión en la Roma republicana –características que en muchos casos se mantuvieron en mayor o menor medida–, se debe tener en cuenta que la religión arcaica –que ya debió estar bien conformada tempranamente, pero difícil de estudiar al no tener fuentes escritas anteriores al siglo II a.C.– fue distinta a la de la República clásica, y ésta diferente a la religión en época imperial. Rituales y dioses se pueden mantener, es indiscutible. No son dioses nuevos, pero estos –al igual que otras tantas características– cambian su significado a lo largo del tiempo. Por establecer un ejemplo, Marte, relacionado con la actividad bélica, no siempre ocupó este puesto. En origen, fue un dios relacionado con la actividad agraria, que con el tiempo fue cambiando su significado, pero manteniéndose su nombre. Del mismo modo sucede con los rituales: se mantendrán los mismos gestos –el mismo modo de proceder– pero su significado original se pierde. Cabría citar como paradigma el canto del Carmen Saliare, pronunciado por los salios el 1 de marzo, el cual se encontraba en un latín tan arcaico que ningún romano en época clásica podía ya entenderlo.

La primera característica que se puede dar de la religión romana es que es una religión pública y comunitaria. Los individuos que la practican lo hacen como hombres que pertenecen a una comunidad política, y por pertenecer a ella, deben participar en la religión. No es una religión en que exista una relación entre el individuo y los dioses, sino entre el Estado y estos. Siendo el Estado la conformación de todos los ciudadanos, se entiende que la impiedad de uno de ellos repercuta en toda la comunidad. Es decir, el respeto hacia los dioses de todos los individuos garantiza la victoria de la civitas, mientras que lo contrario hace que la comunidad pierda la pax deorum. Tendremos la oportunidad, más adelante, de ver algunos ejemplos que permitan comprenderlo.

Y cuando nos estamos refiriendo a la comunidad, debemos pensar solo en aquellos que tienen la ciudadanía romana, puesto que solo en ellos puede existir la religión romana. Por ello, Cicerón alegaba que “cada ciudad tiene su religión, nosotros tenemos la nuestra“, que queda plasmada en el pomoerium –es allí donde se celebran los principales cultos de la ciudad, y en donde no pueden existir otros tipos de cultos, ni ningún otro dios podía recibirlo allí sin que este hubiera “ingresado en la ciudad”, es decir, sin que hubiera sido integrado al panteón romano –. Y pese a que pudiéramos considerar que la religión romana existiría en cualquier lugar donde hubiera un romano, la realidad es que en las colonias romanas surgió una religión diferente –cada una acabó por tener sus propios rituales y fiestas– lo que de nuevo nos lleva a la idea de considerar que no existe una única religión romana más allá de unas características comunes. En el fondo, ninguna religión es tan simple como pudiera aparentar.

En cuanto que son los ciudadanos los únicos que pueden practicar la religión romana, no existe ningún tipo de iniciación a ella. Nacer ciudadano significa participar en la religión, y llegar a ser ciudadano significa la obligación de participar en ella igualmente. Por tanto, es imposible que alguien se convierta a la religión romana –la única forma posible es siendo ciudadano–. Los romanos nunca pudieron imponer su religión a ningún otro pueblo puesto que no hay ningún interés en cuanto que estos no son ciudadanos. Para una religión politeísta como es la romana no pueden existir dioses falsos, ni religiones falsas, sino que pueden existir otros dioses, los dioses de otras ciudades que podrán ser “mejores” o “peores”, o incluso podrán ser los mismos dioses, bajo nombre distinto. Respecto a esto último, una práctica muy habitual en la religión romana fue la de interpretar a un dios extranjero como un dios propio, como sucedió con los dioses griegos, dándonos la sensación de que la religión romana y la griega son la misma cosa.

En el fondo la religión griega es casi opuesta a la romana. Frente a la interacción entre las divinidades y los mitos en Grecia –todo se explica a través de estos–, en un tiempo anterior al histórico, en Roma forman parte de este mito personajes históricos –o al menos humanos– en un tiempo que se confunde con la propia historia, es decir, los dioses intervienen en el proceso histórico. Hay que desmentir, por tanto, que en Roma no existieran mitos como se ha venido a decir tradicionalmente, sino que sus mitos son distintos a los griegos. Y frente al carácter no profesional de la religión griega, los romanos mantuvieron la profesionalización de sus sacerdotes, agrupados en colegios, monopolizados por la élite, y desempañados por los mismos personajes que ocupaban las magistraturas. Del mismo modo, los romanos no dieron tanta importancia a la iconografía como los griegos, y sus dioses se caracterizaran por la funcionalidad, y por la multiplicación de estos –como ya se ha dicho, se admiten nuevos dioses en el panteón, o se crearán nuevos dioses que tan solo actúan una vez en la historia de Roma–.

La romana es también una religión de actos cultuales, o lo que es lo mismo, y en palabras de Cicerón, religione, id est cultu deorum –la religión, es decir, el culto de los dioses– (Cicerón, ProFlaco 28.69). Existen una amplia cantidad de ritos tradicionales, que deben ser ejecutados siempre de una misma forma para que la comunidad pueda seguir manteniendo la pax deorum. Unos ritos, claramente, comunitarios, y a la vista de todos. Y es que en la religión romana lo que hoy llamaríamos el sentimiento religioso, el sentimiento individual, queda cubierto por el ritualismo. Aunque este sentimiento religioso existió, quedó siempre en un segundo plano.

El no llevar los rituales correctamente, o el no participar en ellos, llevarían a caer en la impiedad. Realizarlo mal, por olvido o por omisión –que incluso puede ser avisado por un prodigio- puede ser subsanado simplemente con la repetición del ritual, aunque ello también lleva consecuencias negativas. No se pide ningún tipo de fe al individuo, ni una creencia intima como parece lógica en una religión como el cristianismo. Tan solo se pide un respeto hacia la tradición común, y por ello transgredir las normales religiosas a voluntad es mucho más grave. Es entonces cuando se produce la impiedad, y la consiguiente expiación por la comunidad.

Un ejemplo de impiedad podrían ser el cometido por Pleminio, legado de Escipión en el momento en que se tomó Locros, en el 204, en donde permitió que se saqueara la ciudad, violando los templos y el tesoro del santuario de Proserpina (Livio 29. 8-9; Didoro 27.4). El Senado devolvió el doble de los tesoros robados, y se arrestó a Pleminio para ser juzgado ante el pueblo. El delito amenazaba a toda la comunidad romana –así lo presentaron los embajadores de Locros–, y por tanto debió ser expiado por la respublica en su conjunto y no solo por el individuo que la había cometido. La comunidad, por tanto se salva, pero el individuo que ha cometido tal impiedad no puede recibir ningún tipo de perdón –el perdón típico que si da el cristianismo, por ejemplo–. De esta manera, nos dice Tito Livio que Pleminio, desde aquel momento, tuvo todo tiempo de desgracias. Antes de ser apresado, sus soldados entraron en locura, y fue mutilado en las trifulcas que estos ocasionaron. Y luego murió en una mazmorra antes de ser juzgado. Pero este individuo no iba a ser juzgado por impiedad –este asunto dependerá de los dioses y la persona–, sino por transgredir las normas del pueblo romano, y por ponerlo en peligro. Lo mismo le sucede al censor y pontífice, Q. Fulvio Flaco (Tito Livio 42.3, 42.28.10), quien despojó el templo de Hera Lacinia en Crotona de sus tejas, para usarlas en un templo que el mismo estaba construyendo. Ello era un sacrilegio, claro está, pero debía ser expiado por la respublica, por la comunidad. Sin embargo, Fulvio Flaco fue juzgado por no llevar a cabo correctamente sus funciones, esta es, la de conservar un edificio de acuerdo a sus deberes como censor. El castigo le sería impuesto por las divinidades.

Ejemplo mucho más claro es la persecución de los cristianos en época imperial. Estos fueron perseguidos por negarse a sacrificar, es decir, el llevar a cabo los cultos de la religión cívica tradicional –concepto, este último, que se debería aplicar, y no el de paganismo, el cual fue creado por el cristianismo–. Esta negativa ponía en peligro la pax deorum en cuanto que esos cristianos formaban también parte de la comunidad.

Todo esto se puede resumir en un comentario de Cicerón (Sobre la naturaleza de los dioses, 2.11): “Un hombre sabio y quizá superior a todos ha preferido conocer su falta, cuando podía haberla ocultado, antes que ver una mancha religiosa atribuida a la República, y los cónsules han preferido abandonar de inmediato el poder soberano en vez de conservarlo un segundo más en contra del derecho religioso”. Y de nuevo, en las Leyes (1.40), el orador nos dice: “para los crímenes cometidos contra los hombres y las impiedades cometidas contra los dioses no existe ninguna expiación“.

Se podría alegar, que frente a esa religión pública, existe una religión privada, pero ésta es al mismo tiempo pública. Me refiero con esta religión privada, al culto familiar. Siendo la familia –me refiero mejor dicho a la gens– el núcleo del Estado, este culto sigue repercutiendo igualmente al Estado y a la comunidad en su conjunto. Dentro de este culto privado, el individuo sigue estando dentro de una comunidad, la familia, en donde debe participar de igual modo en los ritos. Su mal desarrollo afectará, de igual modo, no solo al colectivo de la familia, sino al resto de la comunidad romana, es decir, se caerá en la impiedad. Además, este culto familiar tan solo está a cargo de una determinada familia, pero normalmente es realizado ante el conjunto de la sociedad. Lo mismo sucedía con otros tipos de agrupaciones, por ejemplo de artesanos, en donde se realizaban rituales propios, y que de igual forma repercutían en la comunidad.

Un ejemplo de culto familiar es el de Hércules en el Ara Maxima. El culto era llevado a cabo por la gens Poticia, sin embargo, en el año 312 a.C. Apio Claudio instó a que cedieran el familiare sacerdotium al Estado a cambio de mil ases. El cambio en el ritual –algo que no se puede nunca hacer– llevo a la ira del dios, que dejo ciego a Apio Claudio, mientras que la familia Poticia perdió a todos sus miembros en un año.

Evidentemente, el ejemplo es un culto de gran importancia, un culto gentilicio a cargo de una gens determinada. Sin embargo, otros tipos de culto familiar, como por ejemplo los funerales, estuvieron marcados por las costumbres, las recomendaciones y el control sobre dichas prácticas, pues a la comunidad le preocupaba su buen desempeño en cuanto que repercutía en todos.

En resumidas cuentas, la religión romana se caracteriza por ser una religión pública, en la que toda la comunidad debe participar. Una religión cultual, cuyos ritos –y costumbres– deben ser bien desempeñados, o de lo contrario se cae en la impiedad de todo el Estado, el cual debe expiarlo, mientras que para el provocante no existe perdón divino.