La Revolución rusa

La Primera Guerra Mundial cambio el mundo. Los imperios europeos –a excepción del británico– cayeron, se desmembraron y desaparecieron. Rusia, la tierra de los zares, siguió el mismo camino pese a que, hasta prácticamente el final de la guerra, había luchado dentro del grupo de los Aliados. Una guerra que acabó por reventar el inmovilismo zarista que, desde hacía casi un siglo, intentaba sostenerse casi contra natura. En 1917, dos revoluciones –en febrero y en octubre– finiquitaron el absolutismo. Nació entonces la URSS con un régimen político y económico totalmente distinto: el comunismo. El socialismo triunfó en el país que menos expectativas presentaba para una revolución de tal calibre.

 

Un gigante con los pies de barro

Los zares de Rusia, que se presentaron como los más entusiastas defensores del absolutismo en el Congreso de Viena –recordemos que fue el zar Alejandro I el artífice de la Santa Alianza–, observaron como irremediablemente todos y cada uno de los reinos europeos dejaban, de una forma o de otra, el Antiguo Régimen a lo largo del siglo XIX. Pero los Romanov, en una inquebrantable voluntad, se mantuvieron firmes y convirtieron a Rusia en el reducto de un sistema de gobierno que había dejado de existir para el resto de Europa. Consecuencia de ello era que la economía rusa no avanzó y el proceso industrializador que se estaba viviendo más al oeste era prácticamente ajeno a tan vasto imperio.

No era de extrañar, por tanto, que, en pleno auge del movimiento obrero, nadie pudiera pensar que en Rusia se pudiera producir ningún tipo de revolución. ¿A qué se podía deber esta carencia de optimismo? Claramente, no se debía únicamente al absolutismo, puesto que este mismo cayó a principios del siglo XIX en los diversos países. Había otros factores, especialmente económicos, que daban a entender al socialismo, el cual se basaba en la industrialización, que, sin esta, la revolución, la lucha de clases y la dictadura del proletariado no podían darse en el país de los zares. Rusia era, en efecto, el Estado más atrasado de los europeos. Quedaba desprovisto de los dos grupos sociales que podían iniciar una revolución –o eso se pensaba–. Por una parte, la burguesía, que había sido, con mayor o menor base, la protagonista o al menos los beneficiados de las diversas revoluciones europeas. Difícilmente podría existir una revolución burguesa en Rusia sin burguesía. Mucho más difícil era que se produjera una revolución obrera, puesto que, sin apenas industrialización, la masa de asalariados era muy reducida. Marx consideraba, quizás mirando hacia Alemania, que únicamente en los países industrializados existían las condiciones para la lucha de clases y, por tanto, la posibilidad de establecer la dictadura del proletariado.

Aquel Imperio era, efectivamente, un país cuya población era en su práctica totalidad campesina. La cual, por otra parte, crecía a un ritmo asombroso, pero sin ningún tipo de expectativas, ante un zarismo que había perdido su razón histórica hacía más de un siglo. Incapaz de modernizar el país, la única función del zarismo era mantenerse a sí mismo.

No obstante, no se puede decir que no se hubiera intentado ciertos cambios. Desde el siglo XIX, parece que hubo intentos para realizar ciertas reformas, aunque el temor a que estas acabaran en una revolución siempre primó. De cualquier manera, Alejandro II dio un gran paso en 1861 al abolir la servidumbre, lo que implicaba una ruptura con las bases del feudalismo, pero que tampoco contribuyó a la modernización. Posiblemente aquel zar habría podido, incluso, iniciar la vía hacia el parlamentarismo, pero fue asesinado por el anarquismo. Su sucesor, Alejandro III, retrocedió y se reafirmo –al igual que posteriormente sus descendientes– en la tradición absolutista.

A finales del siglo XIX, Serguéi Witte y Piotr Stolypin, que fueron primeros ministros, llevaron a cabo ciertas iniciativas reformistas, en concreto en el plano económico. El primero se planteó la necesidad de industrializar el país, así que se recurrió a la inversión de capital exterior. No obstante, en aquellas fechas el capitalismo se encontraba en crisis, por lo que su programa no dio los resultados esperados, pese a que comenzó una incipiente industrialización en las principales ciudades. Por su parte, Stolypin, del que hablaremos más tarde, intentó que la revolución que se produjo en 1905 no se repitiera mediante la introducción de reformas políticas.

Además de este atraso económico y político, Rusia poseía otras series de dificultades por su inmenso territorio. Era un imperio difícil de gobernar, en donde se encontraban diversos nacionalismos y etnias. Estos, al amparo del movimiento nacionalista que se produjo en Europa, comenzaron también a sublevarse a partir de 1860. Esto conllevó, por otra parte, que Rusia cayera en una crisis identitaria: ¿Qué era lo ruso en aquel mosaico que conforma el imperio de los zares? No era fácil definirlo, pero el cristianismo ortodoxo fue una base de apoyo. El resto de religiones y etnias, especialmente el judaísmo, fue perseguido. El objetivo era crear un Estado nacional único al igual que lo era la Alemania de Bismark.

Pero este programa de rusificación, que intentaba frenar el nacionalismo, solo sirvió para despertar a estos mismos, en especial al ucraniano, bielorruso y polaco, a los cuales se les reprimió duramente.

 

Oposición al zarismo y la formación del socialismo ruso

No podemos alegar, de ninguna de las maneras, que no existiera una oposición, por pequeña que esta fuera, al zarismo. En efecto, hacia 1850 comienza a surgir un movimiento para realizar cambios en el país. Eran ante todo gentes instruidas: profesionales liberales y comerciantes, a los que se unían hijos de nobles e incluso sacerdotes. Esta base se fue ampliando y surgió el “populismo”, que sin una ideología concreta –más allá de una voluntad de cambio, que se acercaba más al modelo revolucionario liberal francés-, será la base del socialismo ruso.

Pese a ello, todas estas ideas de cambio se encontraban muy restringidas y, prácticamente, los estudiantes universitarios –en un país en donde solo existían ocho universidades– eran sus mayores integrantes. Cabe decir que la difusión de las ideas liberales era difícil, puesto que el aparato de represión del zarismo era eficaz en poner fin a estos asuntos. Se entiende que fuera el exilio el lugar en donde organizar la oposición al zar.

Al ser Rusia un país plenamente campesino, fue el anarquismo –cuyo teórico era el ruso Bakunin– el que encontró, en un primer momento, una mayor adaptación. Este establecía como base para la revolución al campesinado, contrariando las ideas de Marx, que se apoyaba en una revolución de la masa obrera, lo que implicaba que Rusia quedaba fuera de cualquier posibilidad de revolución. De esta manera, Rusia experimento entre 1860 y 1880 un socialismo de tendencia anárquica y con carácter terrorista, en donde se enmarca el asesinato de Alejandro II. Como es sabido, el propio Bakunin cambio sus hipótesis terroristas, y el anarquismo quedo dividido: por una parte aquellos que continuaron con la tendencia terroristas, en donde destacó Nechaev, quien escribió una apología de la violencia; mientras que la gran mayoría, en donde se incluyó Bakunin, intentó que las ideas de cambio llegaran al pueblo. De esta manera, el socialismo prácticamente se ocultó dentro de esta vía pacifista.

El siglo XX comenzó con un escenario nuevo para el socialismo. La realidad era que el país, pese a su lentitud, se estaba industrializando. Esto permitía cambiar las ideas sobre las que se asentaba el socialismo ruso hasta entonces. Al fin y al cabo, la cruzada pacifista no estaba llevando a ningún sitio. Surgió, de esta manera, un nuevo neopopulismo que desembocará en la conformación del Partido Socialista Revolucionario en 1901, que agrupaba a diversas corrientes socialistas. Una de las ideas principales era el de aglutinar tanto a la población rural, que era mayoritaria, con la clase obrera que se encontraba en crecimiento. Según el programa que se publicó, se pretendía una propiedad privada igualitaria –es decir, no se condenaba la propiedad privada, sino el abuso de la misma– y explotaciones colectivas. Creían en la lucha de clases, pero no en la dictadura del proletariado.

También a principios del siglo XX aparece una de las figuras principales de la futura revolución rusa. Se trataba de Lenin, aunque su nombre real era V. Ilich Ulianov. Tras ser un excelente estudiante, acabó por dejar su profesión de abogado en 1893 para convertirse en un revolucionario profesional. Ese año se trasladó a San Petersburgo, en donde entró en contacto con grupos marxistas. Viajó a diversos países y observó de primara mano la socialdemocracia alemana. Pronto las autoridades zaristas se enteraron de sus constantes movimientos, así que fue encarcelado y llevado a Siberia, lugar desde donde escaparía para exiliarse en Suiza. No obstante, pese a las dificultades, estuvo implicado en la formación del Partido Obrero Social Demócrata Ruso, el cual se fundó en 1898 en la ciudad de Minsk. Pese a que poco después las autoridades zaristas prácticamente detuvieron a sus miembros, la realidad era que se habían establecido las bases sobre las que se cimentará los futuros mencheviques y bolcheviques.

Pese a las dificultades, Lenin se movió por Europa buscando apoyo, en concreto en el socialismo alemán. Fue allí donde creó un periódico, Iskra (Chispa), como órgano de expresión del partido. En este publicó en 1901 un artículo titulado: “¿Qué hacer?”, que será el que consagre su fama a partir de ese momento. En ese breve artículo exponía el marxismo ortodoxo, así como las instrucciones para organizar un partido político internamente con el objetivo de liderar la revolución. Entre los principios se encontraban la disciplina, la centralización de las decisiones en una camarilla, y la carencia de libertad crítica.

Claramente, no todos los integrantes del partido podían estar de acuerdo con estos criterios. Mucho más difícil elegir a los miembros que iban a dirigir el partido. Las primeras diputas salieron a la luz en el II Congreso en Londres. Se observa que el partido tiene muchas ramas ideológicas, así Lenin no tuvo reparo en abrir batallas contra los populistas y los marxistas legales o de cátedra. Lenin, en cualquier caso, logró imponer en los principales puestos del Comité Central a sus partidarios. Pero la ruptura entre los bolcheviques, liderados por Lenin, y los mencheviques acabó por dividir al partido en dos. Fue entonces cuando apareció el famoso periódico Pravda (Verdad) como órgano de expresión de los bolcheviques.

 

La revolución de 1905

Este era más o menos el panorama de oposición al zarismo que existía en Rusia cuando se produjo la Revolución de 1905. No obstante, el inicio de esta no fue una oposición al zarismo, sino más bien el estallido de una serie de circunstancias: el hambre, las malas condiciones de trabajo en la recién creada industria, y la guerra con Japón que estalló en aquel momento.

La guerra con el país nipón tenía su origen en la política imperial rusa que, con un carácter agresivo, llevó a un enfrentamiento con las potencias europeas, entre ellas Gran Bretaña. Esta fue la que apoyó a Japón para que iniciara, sin previa declaración de guerra, un ataque a la fortaleza rusa de Port Anthur en julio de 1904. El motivo, entre otras causas, era Manchuria, la cual era requerida por los rusos para establecer un puerto en el Pacífico que no sufriera el frio invierno que congelara las aguas.

Sea como fuere, inmediatamente de desató una guerra entre ambos países que no fue bien recibida entre el pueblo ruso, así que en San Petersburgo se produjeron las primeras manifestación contra ella. Estas se incrementaron cuando el ejército ruso fue incapaz de romper el asedio a la susodicha fortaleza, que acabó en manos japonesas.

En esas mismas fechas –en enero de 1905–, en la capital rusa un amplio grupo de obreros se presentaron ante el Palacio de Invierno, en donde ni siquiera se encontraba el Zar en aquel momento, para entregar al zar una súplica en donde se solicitaba mejoras laborales.

La Guardia Imperial que protegía el palacio, atemorizada ante la multitud –y porque había pancartas contra el zar, pese a que sus portadores ni siquiera sabían lo que decían–, reaccionó el 9 de enero de 1905, el Domingo Sangriento, con una matanza de civiles. El hecho provocó por todo el país, mejor dicho en las ciudades más industrializadas, una serie de huelgas y motines que duraron varios días, mientras que los campos fueron incendiados. A esto le acompañó toda una serie de atentados.

Así, lo que se había iniciado como una súplica dentro de una mentalidad paternalista, se convierte en una oposición radical al zar que ha ocasionado una matanza de su pueblo. Las huelgas, que se organizan a través de la formación de comités (sóviets), se llenan de contenido político y liberal. Estas fueron alimentadas por la derrota rusa ante Japón, que se saldó con la derrota de la flota rusa del Báltico. La credibilidad del zarismo se esfumó.

En esas mismas fechas, surge el Partido Constitucionalista Demócrata (Kadet), que articula la tendencia liberal de carácter parlamentarista de la pequeña burguesía. En el manifiesto que realizaron se solicitaba un sufragio censitario y una constitución –seguían en concreto la senda de la Revolución francesa–, peticiones muy conservadoras, pero que fueron rechazadas por el zar.

Para aquel entonces, la situación se agravaba. En junio, la tripulación del Potenkin se sublevó y mató a sus oficiales, pese a ser uno de los cuerpos más conservadores. Y las tropas que regresan de la derrota, se sublevaban. Esto sucedía mientras los nacionalismos aprovechan para reivindicar sus propios gobiernos. En octubre, los marxistas forman un sóviet de diputados en San Petersburgo, que se convierte en una especie de autogobierno local.

Sea como fuere, los ministros del zar se encontraban ante una grave tesitura, pues el zar no cedía ni un ápice en realizar ningún tipo de concesión. Solo Witte, que ya había demostrado su tendencia reformista, insistió reiteradamente al monarca para que realizara algunas, puesto que eran estas o reprimir violentamente. Cabe decir que Nicolas II eligió esta última vía, la cual no se llevó a cabo porque su primo, a quien se había puesto al frente del ejército, se negó a ello. Fue entonces cuando el zar se decidió por una serie de concesiones de corte liberal. Por medio del llamado Manifiesto de Octubre, prometió el derecho de asociación y una cámara legislativa –Duma– entre otras medidas. Cabe decir, que una vez que el Kadet aceptó y las protestas disminuyeron, el zar llevó a cabo una dura represión.

Ante esto, dentro del Kadet, solo unos pocos, los más conservadores, creyeron suficiente las palabras de apertura del zarismo, por lo que fueron llamados octubristas. Buena parte del resto del partido no creyó en absoluto que las medidas prometidas se mantuvieran por mucho tiempo, si es que se llevaban a cabo.

En cualquier caso, se celebraron unas primeras elecciones, muy restringidas, que dieron mayoría al partido Kadet, pese a que el propio régimen intentó el triunfo de los candidatos gubernamentales. En 1906, la primera Duma se inauguró con un vacío discurso del zar que, al poco tiempo, la disolvió. Se volvieron a convocar otras tres Dumas –vacías de funciones– hasta 1917, pero totalmente controladas por el zar.

Witte, defraudado, dimitió. El zar, entonces, nombró primer ministro a Stolypin, que es parecido a Witte, e intenta realizar una renovación conservadora al estilo de Bismarck. Pretendía una reforma agraria y una revolución industrial, que hubieran podido haber llevado a una ampliación de las reformas de tipo conservador. Pero este no encontró muchos apoyos. Los marxistas lo consideraban una especie de Napoleón Bonaparte, mientras que el entorno del zar clamaba por su destitución. En 1911 fue asesinado por un socialista, pero posiblemente dentro de un complot del zarismo para apartarle definitivamente del poder y, por tanto, alejar las ideas reformistas. De esta manera, la posibilidad de una revolución conservadora quedaba desmontada.

La desaparición de los dos ministros más aperturistas, Witte y Stolypin, hizo que el zarismo tornara hacia una política mucho más reaccionaria que será, la que al final, motive las revoluciones de 1917, dentro de la creciente organización del movimiento obrero.

 

La revolución de febrero de 1917

Cuando la Gran Guerra comenzó, Rusia lo hizo del lado de los Aliados, puesto que formaba parte de la Triple Entente, junto con Francia e Inglaterra. Ambos con sistemas parlamentarios, pero aquello no importaba, puesto que existía un enemigo común, Alemania, aunque para los rusos más bien era Austria-Hungría, con la cual habían rivalizado en la península de los Balcanes. De cualquier forma, desde 1914 la guerra se convirtió en un auténtico infierno para todos los contendientes. Los rusos, por su parte, sufrieron sendas derrotas, sus soldados morían en el frente por cientos, mientras que los recursos, especialmente alimenticios, empezaban a escasear en la retaguardia. No únicamente se produjeron las bajas del millón de soldados que Nicolás II había reunido. La guerra dio un resultado escalofriante: entre 7,2 y 8,5 millones de rusos murieron, desaparecieron o fueron heridos.

En cualquier caso, la guerra solo fue la gota que colmó el vaso, puesto que como ya hemos visto, Rusia venía arrastrando desde hacía años un amplio problema político, económico y social. Demuestra que la guerra no fue la principal causante de la revolución si observamos que, un mes antes de que la guerra comenzara, en la capital rusa se produjo una oleada de huelgas, que fue duramente reprimida por los cosacos y la policía. No se economizó en violencia, ni siquiera con motivo de la visita oficial que por aquel momento estaba realizando el presidente francés Poincaré. Aquellos manifestantes portaban banderas rojas, lo que demuestra que, a diferencia de 1905, las huelgas poseían un claro signo político y revolucionario. Muy equivocado estaba el zar si creía que estas huelgas y manifestaciones, así como las que vendrían, iban a ser iguales que las anteriores. Como escribía Mijail Rodzianko, presidente de la Duma, en febrero de 1917, los gritos que se escuchaban eran “tierra y libertad”, “abajo la dinastía”, “abajo los Romanov”.

En esta tesitura, los miembros del Kadet intentaron, al inicio de la guerra, democratizar el régimen, algo a lo que el zar se opuso nuevamente. Pero conforme pasaba el tiempo, la situación solo empeoraba en el seno de la sociedad rusa. Ante las quejas, el zarismo únicamente respondía con una atroz represión. En 1916, la situación era ya insostenible, mientras que la oposición de izquierda aumentaba y se organizaba. Cabe decir que fue la zarina, la alemana Alejandra Fedorovna, quien estuvo a cargo de la retaguardia, mientras su marido se encargaba del frente.

Desde el principio del año 1917 hasta que se produce la revolución de febrero, menos de dos meses, se produjeron 1.330 huelgas industriales, en donde participaron 680.000 trabajadores. El 23 de febrero de 1917, con motivo de del Día Internacional de la Mujer, se inició una manifestación más que acabó por contar con 90.000 personas. El barrio industrial de San Petersburgo se puso en huelga en los días siguientes, mientras que los líderes de la oposición salieron de la clandestinidad y se comenzaron a formar los primeros sóviets que dirigen la huelga. Ante esto, lo lógico hubiera sido que los cosacos hubieran reaccionado con una nueva represión, pero estos se quedan en sus cuarteles –por el propio cansancio de una guerra interminable– y dejan el asunto a la policía, que no tiene capacidad. Además, por primera vez se producen conversaciones entre soldados y obreros. Hacía el día 25, la huelga cuenta con 240.00 personas, la cual se expande a la zona administrativa, que es cuando se producen los primeros disparos par parte de la policía. La gran masa de obreros penetró en las comisarias y en arsenales con el fin de armarse.

El zar intentó acabar con esta revolución y ordenó mediante telegrama que la guarnición de San Petersburgo saliera la calle. Esto solo provocó más muertos y, con ello, que incluso el propio ejército se sublevara compañía por compañía. El lunes 27, el ejército y los huelguistas son una auténtica masa que se han levantado contra el zar. El día 28, lo que quedaba del elemento represor eran 2.000 soldados que guardaban el palacio de Invierno, los cuales se retiran ese mismo día. Nicolás II, ante esta tesitura, acabó abdicando y desapareció de la vida pública.

En estos días, la Duma se comportó de una forma ambigua. Fueron disueltos, aunque los diputados no abandonaron en ningún momento el edificio, de tal forma que una vez que el zar abdicó, se creó una especie de vació de poder. En realidad, eran los sóviets quienes llevaban días gobernando a la masa de huelguistas, pero paradójicamente fue la Duma la que se hizo cargo del mismo. Esta eligió un Gobierno provisional de corte burgués-liberal, el cual fue presidido por el príncipe Luov, primo del zar.

Este Gobierno fue continuista, puesto que pese a que la población se había lanzado a las calles por los efectos de la guerra, continuó con la guerra. Al menos esa era la impresión que tuvieron los coetáneos. Weber, por ejemplo, afirmaba que la revolución de febrero únicamente eliminó a un monarca inepto y que no se produjo en realidad ninguna transformación política, puesto que en ningún momento se puso en juicio el orden social y económico. Paul Miliukov, del partido Kadet, consideraba que el zar había caído por la forma de llevar la guerra, pero no por la propia guerra.

De cualquier manera, la continuación de la guerra –pese a que pasó a una estrategia defensiva– y las discordancias en el propio seno del Gobierno hicieron que este entrara en crisis tan solo dos meses después de formarse. Es entonces cuando Alenxander Kerenky –del Kadet– pasa a presidir el Gobierno provisional en donde entran, además, miembros del Partido Social Revolucionario y mencheviques. Estos últimos, que eran marxistas ortodoxos, consideraban que en Rusia no se podía producir una revolución marxista, puesto que no existía una clase obrera numerosa.

Un pensamiento distinto era el que tenían los bolcheviques, los cuales fueron los únicos que no entraron dentro de este Gobierno. En marzo, Lenin había vuelto a Rusia –apoyado, al parecer, por el Estado Mayor alemán con el fin de que sacara a Rusia de la guerra– como cabecilla del Partido Bolchevique, pero al contrario que los mencheviques –y de hecho había sido uno de los motivos de ruptura con estos–, crecían que se podía dar una dictadura revolucionaria del proletariado y de los campesinos más pobres. Así, estos fueron los únicos que realizaron una dura crítica contra el Gobierno y discreparon totalmente. No obstante, los bolcheviques no gozaron de popularidad hasta agosto de ese año, cuando el hambre se apoderó, todavía más, de las ciudades y los obreros abandonaban las fábricas para marcharse al campo. Mientras tanto, en el frente, la angustia era el pan de cada día.

Los bolcheviques, de esta manera, empezaron una campaña para granjearse el apoyo de los soldados a los cuales se les incitaba a confraternizar con el enemigo. Muy pronto entre las filas del ejército se empezaron a formar sóviets y los desertores aumentaron.

Los problemas para el Gobierno se hicieron evidentes cuando los alemanes realizaron una ofensiva en el frente oriental. Ante un ejército que ya no obedecía órdenes, los alemanes no encontraron ninguna resistencia. Estos llegaron hasta Riga y desde allí a San Petersburgo no había ningún ejército que los frenara.

 

La revolución de octubre

Ante este panorama, el Gobierno provisional tuvo que hacer frente, además de a los constante movimientos revolucionarios de los bolcheviques, a la derecha. Estos habían esperado algún tipo de reacción por parte de Nicolas II para recuperar el trono, pero ante el silencio de este, finalmente el general Kornilov intentó un golpe de Estado en septiembre. Con parte del ejército, se dirigió hacia la capital. El Gobierno provisional, que no contaba con tropas leales, tuvo que solicitar ayuda a los sóviets, los cuales estaban dominados por mencheviques y bolcheviques, en especial por estos últimos. Gracias a estos, el golpe de Kornilov no triunfó y, para evitar futuros golpes, se creó el Sóviet de San Petersburgo, el cual tenía como misión la protección de la capital. Cabe decir que fueron los bolcheviques los que controlaban este, a cuya cabeza se encontraba Trosky –pese a que nunca había estado de acuerdo del todo con Lenin–. Es entonces cuando aparece el artículo de Lenin, “Sobre el compromiso”, en donde proclama “todo el poder para los sóviets”.

El octubre, un decreto del Sóviet de San Petersburgo establece que todas las guarniciones del ejército, la mayoría con sóviets propios, deben ponerse bajo las ordenes del primero, y se envían comisarios a todas las guarniciones. De hecho, el propio Gobierno lo reconoció el 21 de octubre. Es decir, que básicamente el Gobierno provisional había traspasado el poder al Sóviet de San Petersburgo o, lo que era lo mismo, al Partido Bolchevique.

Sin embargo, no parece que para Lenin esto fuera suficiente. Una cosa era tener el poder, pero en apariencia este seguía estando en el Gobierno provisional y en la Duma. Desde el palacio Marrinsky, sede de los bolcheviques, se preparó un golpe de Estado con el fin de tomar el poder físicamente, el cual tuvo lugar en la noche del 24 al 25 de octubre.

Este, una vez más, se produjo en la capital. Se preparó minuciosamente creyendo que existiría una amplia resistencia, pero la realidad fue que la facilidad con la que se encontraron casi hizo que el golpe fracasara. Al amanecer, los bolcheviques dominaban los principales edificios gubernamentales, así como los puentes de la ciudad mediante el acorazado Aurora. Sin ningún tipo de victimas, a las seis de la mañana, mediante telegrama, los bolcheviques comunican que el Gobierno provisional había sido depuesto y que el poder había sido transferido al Sóviet de San Petersburgo. No obstante, el Gobierno seguía existiendo, el cual se encontraba en su sede, el palacio de Invierno, pese a que el Kerensky, el presidente, había huido. El día 26, en todo caso, se produjo el asalto al palacio y el Gobierno provisional desapareció.

 

La guerra civil rusa y la formación de la URSS

En esos mismos días, se encontraba reunido el II Congreso de los Sóviets de Rusia en la capital. La gran mayoría eran miembros de los bolcheviques. Los pocos mencheviques y socialrevolucionarios que estaban presentes abandonaron la reunión al considerar que los hechos llevados a cabo por los bolcheviques estaban fuera de lugar. Sea como fuere, Lenin entregó el poder al Congreso. A su vez, el Congreso decidió formar un Consejo de Comisarios del Pueblo, a la sazón un Gobierno, y establecieron a Lenin en su presidencia.

Los bolcheviques –que unos meses después cambiaran su nombre por el de Partido Comunista– poseían ahora el poder, pero desde luego no podían tener la seguridad de que lo pudieran ejercer durante mucho tiempo. El hambre y las malas condiciones de la población en general seguían intactas. Además, una cosa era controlar más o menos San Petersburgo y otra lograr organizar una ingente masa de campesinos y territorios.

Es cierto que el partido contaba en octubre con 115.000 miembros. Cifra que se torna más ilustrativa si conocemos que en febrero únicamente contaba con 17.000. De cualquier manera, esto no demuestra que tuvieran un amplio apoyo. Las elecciones para conformar una Asamblea constituyente –que habían sido puestas en marcha por el Gobierno provisional– continuaron. Estas se celebraron en noviembre y el resultado fue que los bolcheviques únicamente consiguieron una cuarta parte de representantes. El resto eran mencheviques y especialmente socialrevolucionarios, los cuales dominaban la cámara. Más allá de ello, un estudio más pormenorizado nos hace ver que los bolcheviques se impusieron, ante todo, en las ciudades. Pese a todo, la Asamblea únicamente se reunió una vez. Esta quedó disuelta por los bolcheviques.

El Consejo de Comisarios del Pueblo, desde su constitución, llevó a cabo varias medidas de urgencia. La primera de ellas, el de atraerse a la masa campesina empobrecida. Para ello, se decretó la expropiación de las tierras, los cuales pasaban a estar en manos de sóviets. De la misma manera, las empresas fueron socializadas y puestas, de igual manera, bajo el control de sóviets formados por obreros y empleados. Se afirmaba, por tanto, la dictadura del proletariado mediante los sóviets como elemento fundamental.

Al mismo tiempo, se decretaba que los pueblos de Rusia podrían elegir su propio destino, según la “Declaración de los Derechos de los Pueblos de Rusia”, que fue redactada por nada menos que Stalin. Aunque, en general, el escrito más bien permitía las conciencias nacionales, pero impedía cualquier nacionalismo político, autonomía y, mucho menos, independencia.

Por otra parte, había que salir de la Gran Guerra. Después de un armisticio, se firmó con Alemania el Tratado de Brest-Litousk, el 3 de marzo de 1918. Existía, desde luego, una contrapartida, Ucrania, Bielorrusia y el Báltico tuvieron que ser entregadas a Alemania. Además de la población, se perdía los importantes recursos como cereal, carbón y hierro. Muchos fueron los que se opusieron a esto dentro del partido, en concreto Trotsky, quien consideraba que la revolución debía ser exportada al resto de los países. De hecho, fue Rusia quien estuvo detrás de la revolución que se produjo en Hungría en 1918, en la cual se formó una República Soviética durante unos meses. También hubo implicación ruso en los levantamientos de Baviera.

Del mismo modo, había que hacer frente a la propia guerra civil que se había abierto en el seno ruso en mayo de 1918. Por una parte, se encontraba aquellos que defendían la Asamblea constituyente disuelta –de hecho, se creó un comité de la misma-. Para hacer frente a los bolcheviques crearon un ejército de voluntarios, entre los que estaba el general Kornilov. No era el único ejército, en Siberia existía un contingente zarista al mando de Kolchak y al noroeste otro a cargo de Yudenich. Todos estos se unieron contra los bolcheviques y conformaron el llamado Ejército Blanco frente al Ejército Rojo organizado por los bolcheviques. Sus actividades estuvieron financiadas por potencias occidentales, en concreto Gran Bretaña y Francia, que no querían que se contagiara la revolución a otros países.

Para hacer frente a la guerra civil, Trotsky organizó un potente ejército, con una amplia disciplina que impidiera las deserciones. La violencia fue una de las mayores armas para transformar un ejército de voluntarios en un ejército profesional. Los oficiales –en la mayoría no provenían de la carrera militar–no dudaron en usar cualquier tipo de medio para mantener el orden en sus filas. De la misma manera, entre la población civil el terror se extendió del mimo modo como arma política. Se creo la Cheka –de donde más tarde nació la KGB–, un comité encargado de perseguir la antirrevolución. Cualquier prisionero de los ejércitos rebeldes, así como cualquiera que les prestaba ayuda, era ejecutado. La guerra civil trajo tanto sufrimiento, hambre y muerte como la Primera Guerra Mundial.

En 1921 los blancos, quienes tenían ejércitos dispersos por todo el territorio, fueron derrotados. La guerra civil terminó por tanto, aunque no se había limitado únicamente a la lucha contra los blancos, puesto que se recuperó alguno de los territorios que habían sido entregados en el momento en que Rusia salió de la guerra. No se consiguió, por otra parte, reincorporar Finlandia, Estonia, Letonia y Lituania, que formaron rápidamente gobiernos democráticos. Tampoco fue posible que Polonia se volviera a adherir, pese a que en 1920 el Ejército Rojo invadió el país. La reacción de los obreros polacos fue hacerles frente. Por otra parte, Ucrania que poseía un sóviet propio, Rada, se mantuvo dentro de Rusia.

Económicamente, para sostener las acciones bélicas, se estableció el llamado comunismo de guerra. Este se basaba en una dirección férrea de la economía por parte del Estado, sin que se permitiera ningún tipo de iniciativa al modo capitalista. El dinero se sustituyó por el pago en especie. Se requisaron todos los productos agrícolas. Y la socialización de la industria se dio en todas las empresas con más de cinco empleados. Se crearon los monopolios estatales, que dejaron a un lado cualquier abastecimiento de tipo capitalista, y se aumentaron los funcionarios públicos para sostener esta economía.

Esta política, en cualquier caso, produjo amplios descontentos sociales, especialmente en el campo, en donde al ser requisadas las cosechas, el hambre aumentó. En el X Congreso, Lenin tuvo que cambiar este sistema económico que, al fin y al cabo, era circunstancial. Se inauguró una nueva época de prosperidad bajo la Nueva Política Económica (NEP) entre 1921 y 1927, que permitió apaciguar los ánimos sociales y mejorar la economía soviética. Así, se liberalizó una parte de la economía, especialmente el comercio interior, para que los campesinos pudieran vender libremente sus excedentes. De la misma manera, se permitió la existencia de empresas privadas de pequeño calibre, e incluso se permitió la entrada de capital extranjero. No obstante, el resto de la economía siguió controlada por el estado. Las grandes industrias fueron gestionadas de una forma más eficaz, mientras que en el campo se fomentó el cooperativismo.

Esta política económica logró sus objetivos. En pocos años la producción agraria e industrial se recuperó. Las condiciones laborales mejoraron y el nivel de vida de la población aumento considerablemente. No obstante, no todos fueron ventajas. Dentro del Partido Comunista surgió una burguesía enriquecida, especialmente aquellos que funcionaban como intermediarios entre el centro del poder y las industrias.

En cuanto al plano político, en diciembre de 1922 se creó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Para evitar la desfragmentación, el antiguo imperio quedó dividido en seis repúblicas –la mayor de ellas era la actual Rusia, que a su vez contaba con otras repúblicas y entes administrativos–, que se organizaban como estados federados. En principio, cada uno de estos estados poseía capacidad política, económica y cultural. No obstante, la realidad era que el dominio del Partido Comunista sobre los órganos de poder hacía difícil que se desmarcaran de la política de Moscú. Como ya se ha dicho, la autodeterminación de las nacionalidades en definitiva era una máscara, pese a que en la Constitución de 1923 creó un sóviet de nacionalidades. Si en algún momento se les dio cierta libertad, a partir de la llegada de Stalin se reafirmó la centralidad de la política de la URSS.

 

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