La sociedad carolingia

Cuando tratamos acerca del Imperio carolingio, ya pudimos observar someramente que el fin del Imperio romano de Occidente no había supuesto, ni mucho menos, el fin del mundo de la Antigüedad, sino que existe una permanencia cultural y social –la llamada Tardoantigüedad-, lo que convierte al Imperio carolingio en una especie de bisagra entre la Antigüedad tardía y lo que fue, posteriormente, el feudalismo. Dicho de otra manera, que el imaginario de la Edad Media que todos tenemos es, en realidad, el de la época feudal, en concreto los siglos X y XI. Por tanto, la sociedad carolingia, nos referimos a los siglos VIII y IX, es distinta, pero será la que dará lugar a la sociedad feudal.

En cualquier caso, antes de tratar acerca de la sociedad, deberíamos preguntarnos cuáles son las fuentes que nos aportan tal conocimiento. Por una parte, poseemos documentos escritos que se han conservado de la época, es decir, del siglo IX. Claramente, estos son muy reducidos y, en la mayor parte de los casos, son inventarios (conocidos como polípticos) pertenecientes a los grandes dominios territoriales, que se nos han conservado en la mayor parte de los casos en los archivos de las abadías. En estos se solía recopilar los nombres de las familias que habitaban en ellos, a veces incluso sus edades, los campos que cultivaban, sus posesiones, las rentas que pagaban, así como los servicios que debían prestar en la reserva señorial.

Por otra parte, en las últimas décadas, la Arqueología ha penetrado en épocas como la Edad Media –que, incluso hoy, se la sigue vinculando al mundo antiguo-, de tal forma que tenemos también este tipo de datos, especialmente de necrópolis, así como de asentamientos. El refinamiento de las técnicas arqueológicas, por otra parte, permite además encontrar construcciones que habían sido realizadas en madera y que, por tanto, no se observan a simple vista, lo que nos permite poseer información sobre el tipo de poblamiento.

En cualquier caso, la cuestión principal que nos interesa aquí es: ¿Cómo se estructuraba la sociedad? Por una parte, en la cúspide, se encontraba la élite nobiliaria, a los que debemos sumar obispos y el alto clero, cuyos dominios territoriales se extendían por todo el Imperio. Conformaban unas trescientas familias, que mantendrán, en gran medida, un alto poder incluso en la época feudal.

Eran grandes nebulosas familiares compuestas por un núcleo o familia principal, alrededor de la cual existían toda una serie de agrupaciones parentales –por ambas vías, materna y paterna-, que debemos entender como baja nobleza, así como incluso de siervos, que si bien ostentaba los mismos nombres, los lazos de parentesco eran, en este último caso, ficticios.

Estas familias habían quedado reforzadas por las conquistas de Carlomagno, puesto que recibieron grandes latifundios, así como la jurisdicción de condados, obispados y abadías, entre otros cargos públicos, lo que suponía aumentar sus fortunas y, del mismo modo, asentar en tan vastas propiedades a toda esa nebulosa familiar, lo que era también una forma de controlar estos territorios por parte de los cabecillas familiares. Estos últimos, además, poseían una amplia movilidad, puesto que, en cualquier caso, debían controlar a sus propios parientes mediante visitas recurrentes.

La acumulación de poder se observa bien si nos percatamos que, para 700 condados, existían entre 300 y 400 condes. Estos tenían amplio poder sobre el territorio de su jurisdicción y debían gobernar en nombre del emperador, de acuerdo a los vínculos feudo-vasalláticos por los cuales el emperador entregaba el feudo o beneficio a cambio de lealtad hacia su persona. Los condes, sobre todo, eran los encargados de la justicia pública y la captación de impuestos.

Esta élite nobiliaria, incluyendo a clérigos y al propio monarca, poseía grandes propiedades territoriales como ya hemos dicho, que debemos diferenciar de las jurisdicciones, sobre las cuales solo ejercían un poder público que el monarca les podía, en teoría, arrebatar –en la época feudal, en cambio, se adueñaran de todo el territorio de sus jurisprudencias-.

Estos grandes latifundios, llamadas villas carolingias, se encontraban divididos en dos grandes partes. Por un lado, se encontraba la reserva señorial, una amplia extensión de territorio agrícola que el señor explotaba directamente. Por otra parte, se encontraba los mansos, extensiones de campos agrícolas con un tamaño entre dos y quince hectáreas, que el señor entregaba a una familia para su explotación a cambio de rentas, que se pagaban normalmente en especie, aunque en ocasiones también en moneda de plata. Además, estos campesinos debían llevar a cabo otras series de trabajos para el dominus, como prestar servicio en la reserva señorial. Estos trabajos se han denominado corveas en Francia, aunque reciben diversos nombres según los lugares. La prestación de estos servicios iba de dos a cuatro días a la semana, y dependía, ante todo, del estatus de los campesinos de los mansos.

En efecto, el estatus de los campesinos era diferente de acuerdo a su origen libre o esclavo. El gran problema que tenemos para el estudio, en cualquier caso, es que muchas veces no sabemos con qué significado se usan los términos que definen el origen de estos, puesto que el término servus, por ejemplo, significa esclavo en latín, pero en nuestra lengua actual, siervo es algo distinto. De cualquier manera, los especialistas suelen agrupar a los campesinos de los mansos en dos grandes bloques: por una parte, los siervos, que serían antiguos esclavos a los que se les ha liberado en parte, pero que tienen todavía amplias obligaciones hacia su señor. No son hombres totalmente libres, pero a diferencia que a los esclavos, se les considera “hombres” y no únicamente instrumentos parlantes. Por otra parte, encontramos a los colonos, hombres libres que, por circunstancias, han acabado asentados en los mansos, lo que implica que tienen una mayor libertad y menos prestación de servicios que los siervos.

No obstante, en la reserva del señor también podía haber esclavos al estilo tradicional, es decir, como en época romana, aunque progresivamente las villas de tipo esclavistas fueron desapareciendo entre los siglos VI y VIII, mientras que la villa carolingia fue el principal modelo que se siguió, especialmente entre el Rin y el Loira.

Pero ¿qué pasaba más allá de estas villas? En un principio se creía que todo el territorio carolingio estaba totalmente dividido en estos grandes dominios. En otras palabras, se pensaba que donde acababa un latifundio comenzaba otro. En la actualidad, se ha demostrado que estos dominios, en realidad, eran islas esparcidas por el territorio. Entre estos, por tanto, había propietarios libres con pequeñas tierras de cultivos. Hubo, a lo largo de los siglos VI a VIII, un fortalecimiento de la pequeña propiedad campesina, aunque no igual en todos los lugares.

Parece que, anteriormente al siglo VIII, la población no se encuentra asentada en lugares concretos. Es una población itinerante y, por tanto, construyen sus casas con materiales ligeros y baratos que difícilmente se pueden detectar hoy en día. Estos, además, ante la inestabilidad política y los peligros de las correrías vikingas y sarracenas, se mueven por zonas altas. Únicamente a partir del siglo VIII, cuando se comienza el proceso de formación del Imperio carolingio, la población vuelve a ocupar la parte baja de los valles y se instalan de forma fija en pequeñas aldeas. A ello contribuye, como no podía ser de otra forma, la formación de un campesinado propietario y libre, así como la creación de pequeños mercados en estas aldeas.

Así, tras haber tocado fondo en el siglo VII, la población comenzó a crecer. Fue la primera gran expansión de la población europea. Claramente, la producción agraria jugó un importante papel, aunque se ha puesto de manifiesto, como ya hizo Duby, que en los grandes dominios el beneficio que se obtenía en las cosechas era muy reducido. Más que a una mala forma de trabajar del campesinado, tal y como exponía este último, debemos creer que se prefería obtener resultados seguros. Es decir, se sembraba poco grano y se reservaba parte para el caso de que hubiera una mala cosecha. Por su parte, los propietarios libres parece que aumentaron los rendimientos a base de ampliar la superficie cultivada, especialmente a partir del bosque, lo que generaba mejores cosechas, al menos durante los primeros años. Hubo también una innovación en las técnicas agrícolas, como la mejora del arado romano.

¿Hasta qué punto había aumentado la población? Evidentemente, no poseemos ningún tipo de censo más allá de los polípticos, que únicamente nos pueden dar una orientación siempre y cuando seamos consciente que nos enfrentamos a datos muy parciales. En cualquier caso, las cifras, aunque fueran absolutas, no nos dirían nada, puesto que debemos relacionar siempre la población con la capacidad del territorio para mantener a esta. Duby y Fossier consideraron que, ante los datos de los polípticos, la población había llegado al límite de lo que el territorio podía soportar y, por tanto, la época en la que datan los polípticos era un momento en el que la población comenzaba a pasar hambre. No obstante, historiadores posteriores han considerado que, además de la agricultura, hay que tener en cuenta que bosques y ríos eran importantes lugares para el abastecimiento, puesto que los señores todavía no habían pasado a controlar estos como hicieron posteriormente en época feudal. Por tanto, parece que no se podría pensar en una población que había llegado al límite de su crecimiento.

Sea como fuere, la producción agraria, además de mantener al campesinado, permitió que algunas personas dedicaran su tiempo a oficios artesanales. De esta manera, también se creó un pequeño comercio –ferias y mercados en las pequeñas aldeas- con los excedentes alimenticios y manufacturados, aunque la gran mayor parte de estos era simplemente acumulado en silos propiedad de los señores. El comercio de larga distancia únicamente tuvo un repunte –después de su total desaparición- gracias a los saqueos de vikingos, húngaros y sarracenos, que pusieron en circulación una amplia cantidad de metales preciosos que eran guardados por nobleza y clero, en concreto en iglesias y abadías. Las líneas comerciales, en cualquier caso, ya no se podían asentar en ciudades como en el mundo de la Antigüedad, puesto que las que habían sobrevivido eran básicamente rurales –más allá de ser sedes de obispados-, aunque es cierto que algunas recobraron cierta importancia, en especial los puertos. En cualquier caso, el comercio era de lujo, es decir, pequeños objetos de gran valor destinados a la élite.

 

BIBLIOGRAFÍA:

FICHTENAU, H. (1991): Living in the Tenth Century. Mentalities and Social Orders, University Press, Chicago.

McKITTERICK, R. (1989): The Carolingians and the Written Word, Cambridge University Press, Nueva York

SALRACH, J.M. (1987): La formación del campesinado en el Occidente antiguo y medieval, Síntesis, Madrid

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