La unificación alemana

 

 

Alemania se encontraba dividida en una multitud de Estados, y como institución política tan solo existía la Confederación Germánica, creada en el Congreso de Viena, y que había sustituido al antiguo Sacro Imperio Romano, que se reducía a un título de emperador, electivo, que tradicionalmente había recaído en la casa de Austria.
En este amplio conglomerado de Estados, dos eran los que sobresalían: Prusia y Austria, siendo el primero el más desarrollado económicamente, con una amplia industrialización, y que había resultado muy beneficioso territorialmente tras las guerras napoleónicas. Ambos Estados podían rivalizar para llevar a cabo la reunificación alemana, que se llevaría a cabo sin contar con el pueblo -por voluntad de Bismarck-, y fueron los príncipes los principales artífices.
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Otto von Bismarck

En general, todos los Estados se estaban desarrollando económicamente, especialmente los del norte, pero se había llegado a la conclusión que ese conglomerado de fronteras eran una barrera para la economía. Ello llevo a que en 1834 se realizara un tratado que dio lugar a la Unión aduanera o Zolverein, naciendo así una Alemania económica, eligiendo también una moneda en común. Sin embargo, Prusia movió los hilos para que Austria no entrara en esta unión, lo que deja ver ya que en la futura unificación no cabían ambos Estados, y uno de ellos iba a quedar fuera.

La unificación vendrá dada desde Prusia, y el principal artífice será su canciller, Bismarck, uno de los grandes terratenientes prusianos -junker-, con un pensamiento muy poco -o nada- liberal, que llevará a cabo la unificación por medio de la guerra y de la diplomacia, sin que ello supusiera una apertura al liberalismo.
Con un ejército modernizado, y una maquinaria de guerra novedosa en la época, el ejército fue la principal herramienta para Bismarck, que consiguió la unificación tras tres guerras distintas. Pero unas guerras que para Bismarck deberían ser cortas, para no entrar en un desgaste innecesario. El ejército, en decisivos golpes, debía ganar cualquier tipo de enfrentamiento, y de hecho ninguna de las guerras superaría los dos meses de duración.
El primer Estado que sufriría la gran maquinaria bélica de Prusia sería Dinamarca, una guerra injusta que podía haberse hecho diplomáticamente, pero al mismo tiempo era una forma de mostrar el potencial prusiano, ante el temor del resto de Estados europeos, que pese a que apoyaban a Dinamarca, no hicieron nada por ayudarla. Ni tan siquiera Gran Bretaña, y su primer ministro Palmerston, que comprendía la causa danesa, consiguieron el apoyo suficiente para una intervención a favor de Dinamarca.
La causa de esta guerra, en 1863, había sido dos ducados germanos del sur de Dinamarca, Schleswig y Holstein, tras la muerte ese año de Federico de Dinamarca. Dichos ducados, que siempre habían estado en cuestión sobre quién debería gobernarlos, se reabrió, cuando Federico de Augustenberg, un pretendiente alemán, se consideró así mismo como legítimo duque de Schleswig-Holstein. Entró entonces Bismarck en acción, quien no quería una intervención europea. Tras el primer golpe del ejército prusiano sobre el nuevo rey danés, se llegó a la firma del tratado de Viena, en donde éste tuvo que renunciar a dichos ducados. Aunque estos pasaron a estar bajo el dominio del rey de Prusia, prescindiendo de Federico de Augustenberg.
Sin embargo, Austria solicitó un reparto de estos ducados, que se hizo realidad en la convención de Gastein, en la que se acordó que Holstein quedaría en manos austriacas, mientras que el otro ducado seguiría en manos prusianas. Pero si Bismarck permitió esto fue porque no tenía pensado una nueva guerra todavía, y necesitaba de más tiempo para maniobrar. Aunque tras Gastein consiguió la amistad de Napoleón III, tras una reunión de Bismarck con él en Biarritz.
Austria se temía que Bismarck estaba planeando la futura unificación, así que el emperador de Austria presentó en Frankfurt, en una reunión de los príncipes alemanes -donde no estuvo el rey de Prusia-, un plan para gobernar Alemania, mediante un directorio de cinco miembros encabezados por él, al mismo tiempo que se crearía una Dieta alemana, en donde estarían representados el resto de Estados. Pese a que el emperador austriaco fue bien recibido, su propuesta no fue aceptada.
En ese momento Bismarck movió una nueva pieza del juego, presentando una nueva propuesta a los antiguos miembros del Parlamento de Frankfurt, en donde habilidosamente intentaba no dar al pueblo alemán una gran participación en el gobierno. Pero este proyecto difícilmente se podía rechazar, ni siquiera por los liberales. Al mismo tiempo, Bismarck entraba en contacto con Piamonte-Cerdeña y Francia, cuyos intereses permitieron que Bismarck recibiera la confirmación por la cual se mantendrían en neutralidad ante una guerra con Austria.
Pronto vino la guerra, y precisamente la chispa fue la frontera de los ducados ya antes mencionados. Una vez más Prusia jugó bien sus cartas para que fuera Austria quien provocara la guerra. El canciller austriaco se confió demasiado, al estar apoyado por los pequeños estados de Baviera, Sajonia, Hannover y Baden. Así mismo, Austria necesitaba de una victoria para borrar las derrotas de Magenta y solferino. Sin embargo, sus cálculos de victoria estaban equivocados.

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Guillermo I
Fue una de las guerras más crueles, aunque solo duró siete semanas, en donde el moderno ejército prusiano se impuso ante el anticuado ejercito austriaco, que poco pudo hacer ante dicha maquinaria bélica. La batalla decisiva fue Sadowa, en 1866, la cual tuvo muchas consecuencias, pese a que la paz firmada en Praga estuvo encaminada a no humillar a Austria, pues Bismarck creía que en el futuro sería necesario una Austria fuerte, pese a que Guillermo I, el rey de Prusia, no estaba de acuerdo con su canciller.
Austria quedó desprestigiada, y su emperador, Francisco José, tuvo que dividir sus territorios en dos -usando como frontera el rio Leithe-, con el fin de entregar a Hungría cierta independencia. Aunque Francisco José seguiría, no solo como emperador de Austria, sino también como rey de Hungría, formándose de esta forma una monarquía dual. Es decir, a partir de entonces funcionarían como dos Estados distintos -el Imperio austro-húngaro- con una monarquía en común. También se hicieron otros cambios políticos encaminados al parlamentarismo. Aunque ello también abrió la puerta para que otros pueblos, de los que componían el Imperio, intentaran la independencia.
Austria perdió sendos territorios en Italia, ante la unificación italiana, que tomo mayor fuerza tras la derrota del ejercito austriaco.
Y lo que era más importante, Austria quedaba fuera de la unificación alemana. Al  mismo tiempo, los Estados del norte se apresuraban a integrarse en la recién creada Confederación Alemana del Norte, en donde el rey prusiano se convierte en la cabeza de ésta. Los Estados no desaparecen como tal -a excepción de los que se habían opuesto a Prusia, que fueron anexionados, menos Sajonia-, sino que es una federación, en donde Prusia preside ésta. Se crea un parlamento para todos los Estados, con dos cámaras, el Reichtag donde están representados los partidos políticos mediante sufragio universal, pero casi carente de funciones, y el reichrat donde están representados cada uno de los Estados como en la antigua Dieta federal, en donde Prusia tenía garantizada la mayoría suficiente. Eso sí, con un sistema político cerrado a la participación popular en el gobierno, pese al sufragio universal.
Aunque los Estados del sur intentaron alejarse de las pretensiones de unificación, Bismarck intentará por todos los modos que estos se le unan pacíficamente, puesto que no quiere una guerra entre alemanes. Aprovechando sus pretensiones para que Prusia -o la nueva Alemania- dirigiera la política europea, se declaró la guerra a Francia, pretendiendo que se convirtiera en una guerra patriótica. Y la causa de la guerra fue española, o al menos Bismarck aprovechó un hecho sin relevancia para crear la guerra.
Habiendo sido Isabel II de España destronada en 1868, tras la Gloriosa, España se encontraba en búsqueda de un nuevo rey en las cortes europeas. Uno de los pretendientes era miembro de la casa gobernante de Prusia, Leopoldo de Hohenzollern -quién en dos ocasiones rechazó el trono-.
Sin embargo, Francia necesitaba de más garantías para que éste no aceptara el trono español. Napoleón III escribió un telegrama al emperador prusiano, que recayó primeramente en manos de Bismarck quien lo modificó, y lo envió a Guillermo que se encontraba en Ems, lugar donde estaba de vacaciones. En el telegrama original, Napoleón le recordaba de los peligros de Europa, y le solicitaba que no aceptara la corana de España para ningún miembro de su familia. Sin embargo, el falso telegrama tomaba un tono de orden, lo que hizo que el rey de Prusia se negara a contestarle. Napoleón, entonces, que se sentía ultrajado, declaró la guerra a Alemania en 1870, creyendo que podría ganarla fácilmente. Una nueva guerra de unas pocas semanas daría la victoria a Prusia, después de que en Sedán, ese mismo año, Napoleón y su hijo cayeran prisioneros de los prusianos.
Bismarck había conseguido una patriótica victoria, que hizo temer a los Estados del sur, que se apresuraron a unirse al nuevo Estado alemán ante la amenaza de una nueva guerra contra ellos, al tiempo que Alemania se convertía en la cabeza de Europa.
Italia, en aquel momento, acababa con su unificación, tras entrar en Roma. Y mientras Francia se hundía en la anarquía, proclamándose la III República francesa, cuyo gobierno tuvo que hacer frente primeramente a la Comuna de París, que contaba con la bendición de Marx, así como a la perdida de Alsacia y Lorena -territorios que los franceses siempre consideraron suyos, hasta que fueron recuperados en la Gran Guerra-.
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Francia había perdido ya su posición en Europa, y Alemania se convertía en la gran potencia que en los próximos años sería la protagonista de la diplomacia europea. Aunque un Estado que por el momento no tenía ni siquiera símbolos que le identificaran -ni bandera ni himno-. Eso sí, el nacionalismo alemán torno hacia un carácter bélico, así como hacia el antisocialismo, anticatolicismo y el antisemitismo.
Bismarck exigió una cuantiosa indemnización a la derrotada Francia, y, para más humillación francesa, el nuevo Imperio alemán fue proclamado oficialmente en el palacio de Versalles, en cuya Sala de los Espejos, fue coronado Guillermo I como emperador alemán -polémico título, puesto Guillermo hubiera preferido el de emperador de Alemania, al existir estados alemanes que no pertenecían al nuevo Imperio-. Al acto no acudió -mejor dicho, no fueron invitados- ningún representante del pueblo, y la nueva constitución, pese a su sufragio universal, siguió limitando los poderes del parlamento, al tiempo que las instituciones prusianas se reformaban para ser las del Imperio, creando una extensa burocracia.

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Coronación de Guillermo I en el Sala de los Espejos de Versalles
Pese a todos, muchos consideraron que el nuevo Imperio no era en realidad la representación de una nación, pues una gran mayoría de alemanes vivían fuera de éste. Y de la misma manera, en el interior había otros tantos que no eran alemanes, como en la Prusia oriental, donde había nada menos que tres millones de polacos, que podían causar problemas si se levantaban revolucionariamente. Ello llevo a que en 1873, Austria, Alemania y Rusia firmaran el pacto de los Tres Reyes, para garantizarse acabar con cualquier tipo de levantamiento.
Sin duda alguna, Alemania se convertía en la cabeza de Europa, y en los años siguientes, será la protagonista de la diplomacia.