La unificación italiana

 

Italia no existía como Estado unificado, sino que estaba dividido en diferentes reinos y ducados, con monarquías distintas, o dirigidos por otros Estados. El sur, el Reino de las Dos Sicilias -formado por Nápoles y Sicilia- estaba gobernado por la dinastía de los Borbones. El centro de Italia, incluido Roma -la antigua ciudad imperial-, era propiedad del Papa -los Estados pontificios-. Mientras que Parma, Modena, Toscana, Veneto y Lombardía estaban gobernados por príncipes austriacos.
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Conde de Cavour

Tan solo Piamonte-Cerdeña era gobernado por una monarquía italiana, la casa de Saboya. Además era un Estado liberal, que desde la revolución de 1848 había realizado una constitución, siendo un modelo de desarrollo económico. Por tanto, la unificación italiana tan solo podía venir dada por parte de este Estado, tal y como ocurrió.

Pese a que políticamente Italia no había existido nunca como Estado, existía una conciencia nacionalista, en donde destacaba el idioma, el italiano, hablado por todos los habitantes. Así lo demuestra la literatura italiana del momento, que se caracterizo por el patriotismo, el romanticismo, y el clasicismo. Además, en época romana, Italia -que nunca llegó a ser provincia-, había tenido una consideración especial, y en el último siglo de existencia del Imperio romano de Occidente, el control del Emperador había recaído únicamente sobre el territorio italiano, en donde posteriormente ostrogodos y lombardos crearon su reino.
A todo ello se le sumaba una corriente liberal -tal y como sucedía en toda Europa-, contra unos Estados que contaban todavía con monarquías caracterizadas por tendencias antiliberales. Por toda Italia surgieron grupos republicanos, entre los que destacó el de Mazzini -fundador de La Giovine Italia-, pero nunca tuvieron una gran influencia. Aunque Mazzini, con sus escritos, se convirtió en uno de los principales ideólogos de la unificación.
Pero pese a todo esto, más allá de un sentimiento nacionalista que inspiraba la unificación, las opiniones sobre cómo se debía hacer, y el tipo de Estado que se debía crear, eran muchas. Así por ejemplo, muchos pensaban que debería ser el Papa quien dirigiera el nuevo Estado Italiano.
Las circunstancias para que Piamonte llevara a cabo la unificación – el risorgimento, nombre que recibe en italiano el proceso de unificación- se dio cuando el gobierno estuvo compuesto por importantes patriotas, entre los que destacó el Conde de Cavour -Camillo Benso-, que será el artífice de la unificación, pese a ser de origen francés, quien no solo pensaba en la posible unificación, sino en la modernidad económica del país. Aunque Cavour, que ha sido comparado como el Bismarck italiano, fuera el director del Risorgimiento, rara vez mostro gran entusiasmo por él, o al menos al principio, quien consideraba que la unificación era un absurdo, considerando que era una idea de los revolucionarios. Pero sabía que la unificación era un medio para progresar económicamente. El embajador británico en Turín diría de él que era más bien un financiero, que alguien que aspirara a la conquista.
Pese a que le creaban gran desconfianza, Cavour no dudo en acerarse hacía las sociedades que estaban dispuesta a la unificación. En el interior, el sentimiento era el de la unificación. Sin embargo, Piamonte no contaba con los recursos suficientes, especialmente cuando deberían hacer frente a Austria, contra la cual solo cabía la guerra.

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Victor Manuel II
Cavour, como primer ministro desde 1852, pidió ayuda a Napoleón III, ya que Francia era el único Estado con la suficiente fuerza militar, así como el interés, como para entrar en guerra con Austria. Ambos se reunieron en secreto en Plombières en 1858, firmando un acuerdo, que tuvo una parte pública, y otra privada. En él se acordó que Napoleón aportaría ejércitos para iniciar la guerra contra Austria, algo que era ventajoso también para Napoleón, puesto que la unificación alemana estaba pendiente. En ese momento Napoleón creyó que sería Austria el artífice de ella, algo que para la política francesa resultaba un problema, puesto que una Alemania unificada era un gran enemigo en sus fronteras. Aunque la ayuda no se dio a cambio de nada, a cambio el Estado de Piamonte debería entregar Saboya y Niza a Francia -este era la parte secreta del pacto, que ni siquiera fue revelado a su propio gobierno-.
Pronto la guerra fue declarada, pese a que Gran Bretaña creyó que la cuestión italiana podría ser resuelta sin llegar a la guerra, y de hecho parecía poco probable que Austria entrara en el juego de Cavour. Aunque este supo jugar sus cartas, y movilizó al pequeño ejército de Piamonte-Cerdeña, hecho que molesto a Austria, quien envió un ultimátum para el desarme. Al hacer caso omiso a éste, Austria movilizó un ejército mucho mayor, entrando en este momento Napoleón en el conflicto.
En las seis semanas siguientes -eso fue lo que duró la guerra-, cruentas batallas como Magenta y Solferino -las batallas decisivas-, fueron tan sangrientas que es el momento en que surgió una organización humanitaria y social, que pasó a conocerse como la Cruz Roja. La idea fue realizada por el suizo Henri Dunant, quien observo como miles de soldados habían quedado abandonados a su suerte en el campo de batalla. Los austriacos fueron derrotados y Lombardía paso a estar bajo el control de Piamonte -después de que Austria se la cediera a Francia tras firmar la paz Zürich-, aunque tras ello, Francia considero que el acuerdo había llegado a su fin, y se retiraron del conflicto, no sin antes cobrarse las dos plazas prometidas en el acuerdo.
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Garibaldi

La decisión francesa era lógica. Por una parte, Francia temió que Prusia entrara en el conflicto de parte de Austria, y por otra parte, si Piamonte quería unificar Italia, tarde o temprano se debería declarar la guerra a los Estados Pontificios, y ello haría que la católica burguesía francesa quitara el apoyo a Napoleón. Además, éste tampoco iba a permitir que surgiera un gran Estado que le hiciera la competencia, al igual que tampoco quería una Alemania unificada.

Pese a ello, Piamonte seguiría con sus planes, aunque de ahora en adelante no se contaría con ningún Estado extranjero. Se habría así la segunda etapa de la unificación, que llevará a la aparición formal del Estado italiano.
Por una parte, en los ducados austriacos de Modena, Parma y Toscana se realizaron plebiscitos en 1860, en donde se consultó a la población sobre si querían pertenecer al nuevo Estado italiano. Pronto estos pasaron a estar también bajo el dominio de Piamonte. También en los legados Pontificios -Umbria, Marcas y Romagna- se realizaron estos plebiscitos, pese a la amenaza del Papa de que excomulgaría a todos los italianos que apoyaran semejante idea.
Mientras esto se producía, Garibaldi llevará a cabo la liberación de las tierras del sur, es decir Nápoles, que eran las más pobres. En la costa de Piamonte reclutó a los llamados mil camisas rojas, que fueron entrenadas con ayuda inglesa. Pese a las protestas austriacas y de los borbones de Nápoles, que pidieron responsabilidades al rey de Piamonte, Víctor Manuel II -quien alegó que no conocía dichas actividades- Garibaldi partió hasta el sur, haciendo una parada en la Toscana, para dirigirse posteriormente a Sicilia en donde se produjeron enfrentamientos. Finalmente llegó a Nápoles, en donde destronó a los Borbones prácticamente sin resistencia. Pronto Garibaldi se convirtió en un popular personaje, caracterizado por su impulso y por un desprecio hacia la diplomacia.
Garibaldi entregó las Dos Sicilias a Piamonte, aunque antes de ello, Piamonte -o lo que es lo mismo, el recelo de Cavour, que confiaba muy poco en Garibaldi- ya había enviado un ejército a su encuentro por si Garibaldi proclamaba una república en estos territorios. Además temía que Garibaldi decidiera dirigirse hacia Roma, aunque para pasar por los Estados papales, Cavour tuvo que derrotar a un ejército papal. Después de que Víctor Manuel y Garibaldi entraran en Nápoles triunfalmente, este último disolvió su ejército y se retiró.
A partir de ese momento, y de nuevos plebiscitos en Sicilia y Nápoles, el rey de Piamonte se le nombró Rey de Italia -tras reunirse en Turín una asamblea con todos los diputados que representaban cada uno de los Estados-, y se estableció la capital en Florencia por el momento -tras las disputas que había causado de que Turín fuera la capital, a la espera de adquirir Roma-, puesto que Roma seguía aún en manos del Papa. El nuevo rey de Italia no quería llegar por vía militar a Roma -sería una mala publicidad internacional-, y sobre todo cuando el Papa estaba siendo protegido por Francia. Pese a las protestas de muchos, la unificación se paralizó en los años siguientes, ante una Europa demasiado agitada. Era mejor esperar, y observar rumbo de los acontecimientos, que permitieron que el Veneto y los Estados pontificios, con Roma incluida, cayeran en manos del nuevo Estado Italiano sin hacer prácticamente nada. Pese a ello, Garibaldi había intentado en 1862 apoderarse de Roma con un nuevo grupo de voluntarios al grito de “Roma o la muerte”, que tuvo que ser aplastado por las propias tropas italiana. Para aquel entonces Cavour ya había muerto.
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El Veneto fue conseguido en 1866 después de que Austria, que controlaba este territorio, fuera derrotada por los prusianos en la batalla de Sadowa. Aunque antes de esta batalla, el rey de Italia había hecho un trato con los prusianos para que tras su victoria le entregaran el Veneto.
Y otra guerra, esta vez entre Prusia y Francia en 1870, sería la oportunidad para culminar la unificación Italiana. Tras la batalla de Sedán, donde Francia perdió la guerra y Napoleón III fue expulsado, el Papa quedó sin la protección de éste, y el rey de Italia tuvo la oportunidad de entrar en los Estados del Papa, quien se consideraría un prisionero hasta 1929, fecha en la que reconoció al Estado Italiano. Pio IX se mostró en todo momento impasible a cualquier negociación, y aunque simbólica, mostro resistencia hasta el último momento. Pese a ello se le permitió seguir gobernando el Vaticano. Tras una serie de plebiscitos, Roma y el Lacio entraron a formar parte de Italia.
Pero algunos aún consideraron que la unificación no había sido completada, algunos territorios siguieron bajo gobierno austriaco – como Trentino, Tirol del Sur, Trieste, Istria y Dalmacia-, que pasaron a conocerse como la Italia irredenta, en donde surgieron movimientos independentistas para integrarse en el Estado italiano. Aunque hasta la Primera y Segunda Guerra Mundial, dichos territorios no volvieron a cambiar de manos, y pese a que Mussolini los integró en Italia, finalmente acabaron perteneciendo al ahora ya inexistente Estado yugoslavo.