Las Guerras Civiles: Sila

 Las Guerras Civiles se van a producir coincidiendo con el conflicto entre los optimates y los populares, que será uno de los motivos de las guerras, las cuales acabarán con la dictadura de Sila. Todo ello, además, coincidirá también con la guerra contra Mitrídates.

Mitrídates, aprovechando las dificultades internas de Roma, emprendió una política expansionista por Asia Menor, que perjudicaba los intereses económicos y geopolíticos de la provincia romana de Asia. En el año 88, coincidiendo con la guerra de los Socii, Mitridates se apodera de la provincia de Asia, con la consiguiente decisión senatorial de declararle la guerra y recuperar la provincia. Ello hizo que Mitrídates, por su parte, mandara matar a todos los romanos e itálicos de Asia.

En el año 88 era tribuno de la plebe Sulpicio Rufo, del bando popular, quien promovió una serie de medidas legislativas. Entre éstas, la principal era el proyecto de inscribir a los aliados en las tribus urbanas y rurales, así como a los libertos que hasta entonces se censaban solo en las cuatro tribus urbanas. Se encontró con la oposición de la mayor parte del Senado y del populus. Sulpicio buscó la alianza con alguien que era un privatus en ese momento, el cual tenía prestigio y el respaldo económico de los equites, y sobre todo una aspiración política. Éste era Mario -el que había sido siete veces cónsul-, y su aspiración era obtener el mando de la guerra contra Mitrídates mediante votación popular.

Los dos llegaron a un pacto para conseguir los objetivos que se habían fijado. mientras el Senado intentó evitar la votación de esas medidas. Ello era debido a que el mando de la guerra debía ser para Sila, ya que era cónsul ese año. Esa reacción senatorial dio lugar a desordenes en Roma, promovidos por bandas dirigidas por Sulpicio Rufo. Fueron de tal magnitud que Sila tuvo que abandonar la ciudad porque veía peligrar su propia vida. Se trasladó a Campania, donde estaban las legiones que debían ponerse bajo su mando en el momento en que partiera a Asia.

En ausencia de Sila, Sulpicio consiguió aprobar su proyecto, así como una ley que arrebataba el mando de la guerra a Sila, concediéndoselo a Mario, que se convirtió en un privatus cum imperio, una situación que nunca se había dado en Roma.

Inmediatamente Mario mandó legados a Sila para que se hicieran cargo de las tropas, pero Sila mandó matar a los legados, y emprendió la primera marcha militar sobre Roma con sus tropas. Era una acción sin precedente y equivalía a un golpe de Estado, ya que las tropas no podían traspasar el pomerium. Ocupó la ciudad casi sin resistencia, y se convirtió en dueño de la situación. Fueron anuladas las leyes de Sulpicio Rufo, además, Mario y Sulpicio fueron declarados hostes publici. Mario huyó a África, y Sulpicio fue asesinado. Estas medidas fueron aprobadas bajo la presión de las legiones de Sila, quién consiguió aprobar una serie de medidas en virtud de las cuales quería disminuir el poder de los tribunos, asambleas y comicios, al mismo tiempo que fortalecía al Senado.

Por primera vez se habían incorporado las legiones a la lucha política, y se abría la puerta a las guerras civiles.

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Después de tomar esas medidas, Sila tuvo que hacer frente a la guerra en Asia. Sila llegó a aquella provincia en el 87 a.C, y para entonces, Mitrídates se había hecho con el control de Grecia. En un año, Sila recuperó los territorios griegos, y se impuso militarmente sobre Mitrídates. Alcanzó un acuerdo de paz, la Paz de Dardanos, en el 85. Fue un acuerdo verbal y precipitado, por la necesidad que tenía Sila de volver a Roma, puesto que de forma paralela los acontecimientos en la ciudad se precipitaban en su contra. Mitrídates es debía pagar una indemnización y devolver los territorios ocupados, pero conservaba el trono y su reino en torno al Mar Negro. Ese compromiso no fue ratificado por el Senado, ya que en el 85 Sila había sido declarado hostis publici en Roma, y por tanto carecía de un mando legal. De todas formas, como era costumbre, los tratados de paz debían ser aprobados por los comitia centuriata, requisito fundamental para que las negociaciones de un magistrado se hicieran oficiales.

Lo que sucedió en Roma mientras tanto fue que, del 87 al 84,  Cinna, un popular, se hizo con el poder. Ausente Sila, sus medidas políticas fueron abolidas. En las elecciones del 87, Cinna y Octavio fueron elegidos cónsules. Cinna retomó la política de Sulpicio, y autorizó a volver a Mario del exilio, sin embargo Octavio, el colega de Cinna, no estaba de acuerdo con estas medidas y se produjo un nuevo enfretamiento en el foro entre partidarios de uno u otro cónsul. Ello hizo que el Senado destituyera a Cinna del consulado, obligándole a abandonar la ciudad. Cinna, refugiado en Campania, organizó en el 87 un ejército apoyado por las elites itálicas, e imitó lo que Sila había hecho con anterioridad. Llevo a cabo una segunda marcha militar sobre Roma, auxiliado, además, por Mario, quién disponía de tropas privadas. Esta segunda marcha dio lugar a una verdadera guerra civil, ya que el otro cónsul, Octavio, le hará frente con sus legiones. Se iniciaba, así, una guerra entre Cinna y Octavio, siendo este último derrotado. Cinna y Mario ganaron la guerra, e instauraron un régimen de terror y de venganzas. Cinna promovió la declaración de Sila como enemigo público, su legislación fue anulada, sus bienes confiscados, y su casa incendiada.

Cinna y Mario fueron elegidos cónsules en el 86, pero Mario falleció, y Cinna se convirtió en el político popular del momento, ocupando el consulado del 86 al 84, en un periodo conocido como Tempus Cinnarum, que sería calificado como dominatio.

Pero Sila iba a volver a Roma, y Cinna sabía que tarde o templano una nueva guerra civil se produciría entra ambos. Cinna quiso impedir que la guerra fuera sobre suelo itálico, trasladando las tropas hacia Ancona, con el fin de conducirlas hacia los Balcanes. en donde haría frente a Sila. Pero antes de embarcar, se produjo un motín de las tropas en Ancona, y Cinna fue asesinado en el 84 por sus propios soldados. Pero ello no evitó la guerra civil, pues esta continuaría entre Sila y los partidarios de Cinna entre el 83 y el 82 a.C.

Sila desembarcó, en el sur de Italia, en la primavera del 83, acabando uno por uno con los núcleos de resistencia. La batalla definitiva fue en el año 82 en Porta Colina, en donde Sila se impuso contra un ejercito formado prácticamente por samnitas. Este hecho hizo que, finalmente, el Senado incluyera a los itálicos en todas las tribus, tal y como muchos habían pedido desde hacía tiempo.Se trataba de impedir, de esta forma, que en el futuro los itálicos apoyaran nuevas guerras civiles entre romanos.

En la victoria de Sila influyó la fidelidad de sus tropas. Contó con el apoyo de una parte de la élite senatorial, que vio en él la solución a la crisis política, no tanto porque le apoyaran, sino más por llegar de forma definitiva a la paz. Destacaron tres senadores: Cneo Pompeyo, que había movilizado por iniciativa propia un ejército que lo puso al servicio de Sila, Marco Licinio Craso y Metelo Pio, los cuales también aportaron tropas a Sila.

A partir de ahora se inicia la dictadura constituyente de Sila, quien entra victorioso en Roma en el 82, haciéndose dueño absoluto del poder, en una Roma sin cónsules ni pretores, pues todos ellos habían fallecido en la guerra.

El primer objetivo de Sila fue consolidar su situación política, así como la restauración de la República en un sentido tradicional. El segundo objetivo fue la eliminación de los adversarios políticos físicamente. Los medios para conseguir esos objetivos fueron la dictadura y la lista de proscripción para eliminar a los enemigos, las cuales hizo públicas. Primero se publicó una ley con ochenta nombres correspondientes a enemigos de la República, a los cuales había que eliminar, pagándose recompensa a quienes les dieran muerte, o al menos información sobre su paradero. Se amenazaba con correr la misma suerte a quienes prestasen ayuda a los poscristos. Los descendientes de éstos quedaban inhabilitados con la infamia, se ordenaba la confiscación de sus bienes, y la liberación de sus esclavos. La lista estaba abierta para añadir nuevos nombres de ser necesario, y fue repartida por todas las ciudades itálicas. La lista llegó a alcanzar un total de 40 senadores y 1400 equites.

Los mayores beneficiarios de la confiscación de bienes fueron los partidarios de Sila. Las tierras de Italia fueron repartidas entre los veteranos de Sila, y lo que quedaba se sacó a subasta a precios irrisorios. Uno de los individuos más beneficiarios fue Licinio Craso, quien forjó una gran riqueza, la cual utilizó en su carrera política.

Después de la entrada de Sila en Roma, se inicia la consolidación de éste en el poder. Consiguió del Senado la legitimación de todos sus actos. El Senado decretó que fuera levantada una estatua ecuestre de Sila, y que incluyera dos epítetos: “Felix et Imperator“. Felix era entendido como protegido por los dioses, que se traduce en que tiene garantizado el éxito en todas sus iniciativas. Imperator como general victorioso, pero desde Sila adquiere connotaciones religiosas, ya que la victoria se considera una señal de la preferencia de los dioses.

Ante el vacío de poder, el Senado designó interrex al Priceps Senatus, que era Valerio Flaco. Pero Sila quería el poder, y envió al Senado una carta pidiendo la dictadura. Ese mismo año 82, Valerio Flaco convocó comicios por centurias, en los que se aprobó una lex en la que se nombraba a Sila Dictator legibus scribundis et res publica (dictador para legislar y reconstruir la República) por tiempo indefinido. Después Sila, ya en la dictadura, convocó comicios para elegir cónsules para el 81.

La dictadura era una magistratura extraordinaria pero legal. Normalmente era el Cónsul, que tras consultar al Senado, nombraba al dictador, aunque en este caso no había cónsules para ello. Sila se vale de esa magistratura para adaptarla a las circunstancias extraordinarias en la que él mismo se encontraba. Por otra parte Sila se preocupó, en todo momento,  de que todo fuera legal, y como era usual nombró a Valerio Flaco magíster equitum.

Llevo a cabo toda una serie de reformas. Gratificó a sus soldados, a quienes debía el poder, distribuyendo tierras de forma individual, o fundando colonias en Umbria, Campania, Etruria. 120.000 veteranos fueron los beneficiarios, que se convirtieron en guardianes del orden silano.

Las reformas institucionales eran: fortalecer al Senado, debilitar las asambleas y  a los tribunos de la plebe. La primera reforma afectó al tribunado: podían seguir convocando contiones, pero no podían convocar al Senado. Conservaron su iniciativa legislativa, pero toda propuesta tribunicia debía ser aprobada previamente por el Senado. El Ius intersecciones se limitaba al auxilio de ciudadanos amenazados por un magistrado. La reforma más grave fue que, a partir de Sila, el desempeño de un tribunado imposibilitaba el acceso a otra magistratura.

La segunda reforma afectaba a las magistraturas en general, modificando la Lex Villia annalis del 180. El orden del Cursus Honorum era ahora: cuestor, pretor y cónsul, y el número de magistrados era respectivamente 20, 8 y 2. Se fijaron edades mínimas: 30 para cuestor, 37 para ser pretor y 40 para cónsul. Se fijó un intervalo de dos años entre magistraturas, que en el caso del consulado había que esperar nada menos que diez años para volver a repetir  el cargo.

La tercera reforma tiene que ver con el gobierno provincial. Reguló el nombramiento y duración de los gobernadores provinciales. Mommsen creía que, a partir de Sila, los cónsules debían permanecer en Roma, realizando tareas civiles (imperium domi), y  al año siguiente, ocupar un proconsulado en alguna provincia (imperium militae). Sin embargo esto no tiene una base que se demuestre en las fuentes, pero si que se observa una permanencia mayor de los cónsules en la ciudad.

La cuarta reforma tenía que ver con el crimen de maiestatis, que era la traición a la República. Sila concretó qué actos se entendían como crimen de maiestatis: en lo que se refiere al gobierno provincial, era la permanencia en al cargo más de mes cuando ya había llegado el sustituto del gobernador. También era crimen abandonar la provincia sin autorización del Estado y conducir un ejército para iniciar una guerra, o ir contra Roma. También era delito los ataques verbales a magistrados.

La quinta reforma era la del Senado. Sila aumentó el número de senadores, de 300 a 600, y él en persona reclutó a los nuevos senadores entre oficiales de su ejército, así como equites que habían subvencionado sus campañas. Desde Sila, el desempeño de la cuestura tenía directamente acceso al Senado. Ello daba al traste con la censura, aunque no fue eliminada.

La sexta reforma tuvo que ver con los tribunales. Transfirió a los senadores la composición de los tribunales, sin contar con los equites. Se crearon tribunales especializados, presididos por el pretor, que tenían que ver con la corrupción electoral, la traición al Estado, injurias personales, el falsum (falsificación de moneda), y malversación de fondos en provincias.

Otras reformas fueron la de aumentar el número de sacerdotes y augures a quince. Aumentó los tributos  a las provincias, y en Roma disminuyó la distribución de trigo a la plebe. Disminuyó el lujo exagerado de las altas clases, la frecuencia de banquetes y la ostentación en los funerales.

En el año 81, Sila renunció a la dictadura, y fue elegido Cónsul para el 80. Acabado este mandato se retiró de la vida pública, muriendo en el 78 a.C.

Por otra parte, a Sila le preocupó que su obra se mantuviera, y para ser recordado llegó a escribir sus memorias. En monedas y epígrafes se representaron la felicitas (éxito) de Sila, tanto en el campo de batalla como en su relación con los dioses, com una forma de hacerse publicidad.

A pesar de este esfuerzo, no tuvo mucho éxito, y ya Cicerón le trató como tirano una vez muerto. Por otra parte, Sila, que intentó la restauración de la República, contribuyó realmente a la propia caída de ésta, al introducir al ejército en la lucha política.

 

BIBLIOGRAFÍA

BALLESTEROS PASTOR, L. (1996): Mitrídates Eupátor, rey del Ponto, Granada

CHRIST, K. (2002): Sila, Barcelona

HINARD, F. (1985): Les proscriptions de la Rome républicaine, Roma

KEAVENEY, A. (1982): Sulla: the Last Reublican, Londres-Sidney-Dover