Las legiones romanas en el Imperio

La reforma de Mario en el 107 a.C. consiguió, en los siguientes años, la profesionalización de los ejércitos romanos, dicho de otra manera, soldados cuya única ocupación era la guerra, y que permanecían movilizados a lo largo de varios años. Pero estas legiones no servían a las órdenes del Estado, representado por el Senado, sino que solo debían fidelidad a sus comandantes en jefe. Tras diversas guerras civiles, se hizo inevitable una reforma del ejército, por parte de Augusto, para que las legiones sirvieran únicamente al Emperador, representante ahora del Estado.

 

Las legiones de Augusto y del Alto Imperio

Augusto acabó por convertirse en el jefe supremo de todas las legiones. Los personalismos acabaron –principalmente porque él acumulaba todo el poder-, y el ejército lo era ahora del Estado. Juramento, ascensos, condecoraciones, recompensas y licencias se realizaban en nombre del princeps.

Augusto se encontró, tras derrotar en el 31 a.C. a Marco Antonio, con nada menos que sesenta legiones, que provenían de los reclutamientos tanto suyos, como de Marco Antonio, Julio Cesar, Pompeyo, entre otros. Un enorme ejercito, con legiones poco uniformadas, que había que reordenar, licenciado a veteranos, y reagrupando otras, quedando un total de veintiocho, más tarde veinticinco tras la derrota del bosque de Teutoburgium en el 9 d.C. Aunque el número de legiones varió a lo largo del tiempo.

Y junto con esa reordenación, se llevó a cabo una estricta regulación y reglamentación de las legiones. El servicio militar se fijó en 20 años (Tac. Ann. I 78), y se les impuso a los soldados toda una serie de restricciones, como la prohibición de contraer matrimonio –al menos de forma legal-. Se fijó un stipendium, así como donativa que se daban en momentos significativos. Parte del stipendium era acumulado en una caja estatal, y solo se recibía tras el licenciamiento, que además podía ir acompañado de tierras. Suetonio, en la vida de Augusto (49), lo describe esta reforma: “Por lo que toca al ejército, distribuyó las legiones romanas y las tropas auxiliares por provincias; organizó una flota en Miseno y otra en Rávena con la misión de vigilar los dos mares. Mantuvo en Roma cierto número de tropas escogidas para la seguridad de la ciudad y para la suya… Estableció una regla invariable para la paga y recompensas para los soldados dondequiera que estuviesen, y determinó para cada grado el tiempo de servicio y los premios unidos a la licenciatura definitiva, por temor de que la necesidad los convirtiese, después de su prematuro retiro, en instrumentos de sedición. Con el fin de proveer sin dificultad a los gastos continuos de este mantenimiento y de estas pensiones, estableció un fondo militar con los productos de nuevos impuestos”.

El legado –legatus legionis- se convierte ahora en el jefe de legión –de origen senatorial-, a lo que le siguen los tribunos angusticlavios -tribuni angusticlavii- reclutados entre los jóvenes del orden ecuestre, y el tribuno laticlavio, tribunus laticlavius, que lo era entre el orden senatorial. Pero estos no suponían realmente un mando, sino más bien un puesto para iniciar carreras políticas y militares. Se creó el cargo de prefecto de campamento, praefectus castrorum, veterano que se encontraba tras el legado. Otros cargos es el de prepósitio -praepositus-, que era puesto al frente de amplísimos contingentes, o pequeños destacamentos.

La organización no era siempre igual, así en Egipto, cuyo gobernador siempre fue de la clase ecuestre, las legiones de allí no eran comandadas por un legado sino por un prefecto, del mismo modo que lo estuvieron las tres legiones particas de Septimio Severo, de origen ecuestre, entre otros ejemplos que se podrían poner.

Cada legión imperial constaba de diez cohortes, que tenían unos quinientos hombres, menos la primera que tenía mil. Cada cohorte se divido en seis centurias, y más tarde en cinco. Ciento veinte jinetes les fueron añadidos a cada legión. En total unos 5.500 y 6000 legionarios componían cada una.

Flavio Josefo, de origen judío, nos da una visión de estas legiones alto imperiales: “Si consideramos el sistema militar de los romanos, habrá que reconocer que la posesión de un gran imperio les llegó como premio a su valor, no como un mero hecho de azar o fortuna. Porque este pueblo no espera al inicio de la guerra para practicar con armas, ni tampoco aguardan ociosamente en tiempos de paz para ejercitare sólo en tiempos de necesidad; sino que, por el contrario, parecen haber nació con armas en las manos: nunca se dan reposo en su entrenamiento ni esperan a que surja las emergencias. Sus maniobras no difieren, en absoluto, por la cantidad de energía empleada, de la verdadera guerra, sino todos los días cada soldado se ejercita en la guerra con la mayor intensidad posible. Esta es la razón por la que el impacto de la guerra les afecta tan poco. No hay confusión que eche abajo sus míticas y acostumbradas formaciones, ni se sienten paralizados por el miedo o exhaustos por la fatiga. De ahí que la victoria sobre enemigos que no han tenido ninguna de estas experiencias sea segura. No es en absoluto erróneo decir que sus maniobras son como batallas incruentas y sus batallas como maniobras sangrientas. Con una planificación y organización tan espléndidas no es de extrañar que los límites de su imperio se sitúen al este del Éufrates, al oeste del océano atlántico, al sur de las nuevas tierras de Libia y al norte del Danubio y del Rhin. Se podría decir fácilmente que el pueblo que ha conquistado este imperio es más grande que el imperio mismo”. (Guerra judaica III, 70-107).

En cuanto a la procedencia de los soldados se fue diversificando. Si antes solo provenían de Italia, pues era el único lugar donde la gran mayoría tenía la ciudadanía romana, conforme las provincias fueron llenándose de ciudadanos, ya fuera por la fundación de colonias con poblamiento proveniente de la propia Italia, o ya fuera por concesiones, los reclutamientos se fueron haciendo más habituales en estas provincias más romanizadas, como la Galia Narbonense y la Bética. E incluso llegará un momento en que la imposibilidad de abastecer las legiones con ciudadanos romanos será tal, que se concederá la ciudadanía a aquellos que entraban en el servicio militar como demuestran muchos de los diplomas militares, que se otorgaban tras este servicio, como el que continua:

Nerón Claudio, hijo del divino Claudio, nieto de Germánico César, bisnieto de Tiberio César Augusto, tataranieto del divino Augusto, César Augusto Germánico, Pontífice Máximo, en el año 70 de la potestad tribunicia, en la séptima aclamación imperial, en el cuarto consulado, a los soldados de infantería y de caballería que han servido en las siete cohortes llamadas I de las Astures y Galaicos, I de los Hispanos, I de los Alpinos, I de los Lusitanos, II de los Alpinos, II de los Hispanos y V de los Lucenses y Galaicos, y están estacionadas en el Ilírico bajo el mando de L. Salvidieno Salviano Rufo, que han cumplido veinticinco o más años de servicio, y cuyos nombres se relacionan abajo: a ellos, a sus hijos y a sus descendientes se les ha concedido la ciudadanía romana y el matrimonio legítimo con las mujeres que tuviesen, y si fueran célibes con las que tomasen después. Dado el día 6 de las notas de Julio, en el consulado de Cn. Pedanio Salinator y Lucio Veleyo Patérculo.

De la cohorte II de los Hispanos, que dirige C. Cesio Aper, al soldado Lantumaro, hijo de Andeduno, Varciano.

Copiado y certificado de la tabla de bronce que está colgada en el Capitolio en la parte exterior del templo de la Fe (DESSAU, Inscriptiones latinae selectae, 1987)

Pese a todo, se seguía manteniendo a los auxiliares, como cuerpos militares sin la ciudadanía.

 

Legiones y águilas

La profesionalización de las legiones, y su continuidad en el tiempo, produjo que cada una de éstas conformara una identidad que superaran el valor, el sacrifico y la disciplina que se suponían a cualquier ciudadano romano. Cada legión tendrá su propia historia y crearan sus propias tradiciones y héroes míticos. También llevaban un emblema que las identifica como unidad, y dentro de cada legión existían distintivos para cohortes, manípulos y centurias.

Pero lo realmente importante en la legión era el águila – Aquila-, que fue introducida por Mario en el segundo de sus consulados, en el 104 a.C. (Plin. Nat. Hist. X 5.16) –anteriormente quizás estos símbolos fueron toros, lobas, caballos y jabalís-. Las águilas, primero en plata y luego en oro, se convirtieron en un símbolo de veneración, guardas con todo respecto, en un altar en el puesto de mando de campamento, e incluso se conservaban, como elemento sagrado, más allá de la vida de la propia legión. Custodiaba ése águila la primera cohorte de cada legión, y solo salía del campamento si lo hacía la legión en su conjunto (Dion XL 18.2), siendo el aquilifer quien se encargaba de llevarla, siendo un honor ocupar este puesto. En la batalla el águila siempre debía estar visible.

Perder el águila era algo deshonroso para la legión, y cuando ello ocurría se realizaba todo lo posible para su recuperación. Por ejemplo, la perdida de las legiones de Craso –y la propia vida de éste- supusieron un gran golpe para Roma, pero aún peor fue que las águilas no fueran recuperadas, algo que se hizo ya en época de Augusto, y su importancia fue tal que en la coraza del Augusto de Prima Porta aparece representado el momento en que los partos devuelven los apreciados estandartes.

Cuando la legión que perdía su águila no era totalmente exterminada, a menudo se procedía a su disolución, pues se consideraba que sobre la legión había caído algún tipo de maldición. Así, la I Germánica, la IIII Macedónica, la XV Primigenia, y la XVI Gallica, rindieron sus águilas al enemigo, procediéndose a su disolución más tarde. En otras ocasiones solo conllevó para la legión cargar con la vergüenza e ignominia, como fueron el caso de la V Alaudae y la XII Fulminata.

En cuanto a la numeración de las legiones, esto es algo habitual a partir de Augusto, o al menos en su forma típica. Anteriormente la numeración era usada únicamente con efectos prácticos, es decir, para que el magistrado ordenara sus legiones. Por ello era habitual que una misma legión cambiara su numeración, pues de hecho, la legión podía ser disuelta para ser de nuevo reclutada entre los mismos veteranos. Pero, a partir de Pompeyo y Cesar, cada legión siguió recibiendo su propio número, de acuerdo al orden en que habían sido reclutadas (Dión XXXVIII 47, 2). Junto a éste se les establecía un apelativo, sobre todo en época imperial, distinguiendo a dos o más legiones que tenían la misma numeración, algo que fue común a finales de la República, ya que cada comandante en jefe reclutó sus propias legiones y las ordenaba a su propio antojo.

Fue con Augusto, a partir del 27 a.C., cuando el nombre de las legiones se reglamento, o mejor dicho, se fijaron unos parámetros comunes. A partir de esa fecha, a las nuevas legiones reclutadas se les dio un número y un apelativo. Este último correspondía a distintas razones, y en ocasiones el apelativo podía cambiar en un momento dado. Este podía darse por el lugar en donde habían conseguido gloriosas victorias, o por el lugar donde habían sido reclutadas. Por la fusión de dos legiones -Gemina-, por una victoria –Victrix-, por dioses protectores -Apollinaris-, por su reclutador -Augusuta, Ulpia, Lavia- por las cualidades de los legionarios -Rapax, Ferrata-. A partir de Caracalla, el nombre de la legión solía ir acompañadas por el nombre del emperador, Antoniniana, Alexandriana, Maximiniana.

 

De los Severos a Galieno

El modelo de legión, conformado por Augusto, se mantuvo más o menos invariable hasta la época de los Severos. El fin de los Antoninos conllevó una crisis, gestada a lo largo de los principados de Marco Aurelio y Cómodo, que hizo inevitable grandes cambios, y entre ellos la forma en que se constituían los ejércitos. Ya en el año 197, Septimio Severo llegó a contar con trescientos mil hombres, en treinta y tres legiones (CIL VI 3.492), estando prácticamente la totalidad de ellas en las fronteras. Éste, además de aumentar el número de tropas, creó una reserva en Roma, aumentó el sueldo de los legionarios, mejoró el suministro de víveres a estos, y les concedió el privilegio a los veteranos licenciados de llevar anillo de oro al igual que el orden ecuestre, mientras que el centurionato se convirtió en el primer escalón de la carrera ecuestre. Se permitió también que los soldados se casaran aun estando en servicio (Her. III 8, 4-6). Esto último modificó la vida de los campamentos, pues muchos abandonaron estos para residir en su tiempo libre en los barrios adyacentes a ellos, en el antes llamado cannabae.

En este momento, y ya proveniente de los años anteriores, el gladius fue sustituido por la spatha, el pilum por la lancea, y el escudo plano y ovalado –caetera- sustituyó al curvo y rectangular –scutum- (Veg. I 20).

Por su parte, la concesión de la ciudadanía por Caracalla a todos los habitantes del Imperio en el 212 d.C. hizo que todos los habitantes pudieran ahora servir en el ejército. Parece que los auxiliares ya no tenían ahora ningún sentido, y de hecho desaparecieron como tales, aunque aparecieron nuevas tropas, los numeri, que tenían también un carácter auxiliar. Solían ser cuerpos provenientes de una misma etnia, y que luchaban con su propia táctica y armamento, sobre todo en los cuerpos de caballería. Pero es cierto que también participaron en los numeraris gentes provenientes de fuera del Imperio, que no contaban con la ciudadanía, tales como germanos, moros, etc. Sin embargo, en los años siguientes a la dinastía de los severos, los numerari acabaron por asimilarse al resto de las legiones.

Muchos emperadores posteriores a la Anarquía militar como Filipo o Decio movieron destacamento de las fronteras, a emplazamientos cercanos a ellos, tanto para su protección como para hacer frente a un eventual penetración en las fronteras, que dejaría al ejército invasor vía libre para llegar a cualquier parte del Imperio. Así, Aquilea se convirtió en uno de estos lugares. Estas unidades tomaban el nombre de vexillationes, y eran comandadas por un praepositus, que poco a poco paso a llamarse dux, sobre todo en el Bajo Imperio.

Galieno realizó una reforma en el mando de las legiones. Con el fin de romper con los privilegios del orden senatorial, desde el 262 las legiones pasaron a estar comandadas por miembros del orden ecuestre, aunque su aplicación no fue total. A partir de ahora estos pasaron a ser praefectus legionis agens vices legati legionis. Se suprimió también otros grados como el de tribuno laticlavio. Y las unidades de caballería –promoti- de cada legión fueron concentras en el norte de Italia, en Mediolanum, bajo la dirección de un magister equitum, y se crearon nuevas vexillationes en la región de Poetovio. De la misma manera, la artillería se conformó como regimientos autónomos con el nombre de Ballistarii.

 

El ejército bajoimperial: Diocleciano, Constantino I y el final

La siguiente gran modificación fue realizada por Diocleciano, quien sabía que para mantenerse en el trono necesitaba reorganizar a éste. Se aumentó el ejército a 500.000 hombres entre legionarios y auxiliares, pero cada legión pasó a estar conformada por 3.000 hombres y no por los 5.500 que habían tenido desde prácticamente la época de Mario. Creo a su alrededor un comitatus, constituido por tropas escogidas. Los gobernadores perdieron su capacidad militar, y las legiones quedaban bajo los duces, uno por cada provincia. El numero de auxiliares en todo caso aumento, puesto que a partir de ahora cada vez más barbaros entraron a servir en el ejército (Zos. II 15, 1). En parte, todo ello es conocido gracias a la Notitia dignitatum, documento en donde se hace una especie de inventario de todas las legiones del Imperio en aquel momento.

Constantino siguió con la reforma, después de diferentes guerras civiles. Creo un ejército de maniobra llamado comitatensis, de unos cien mil hombres, con ejércitos de unos mil soldados, dirigidos por un tribunus, y los centuriones quedaron sustituidos por los centenarii.

Aun con todo, no hemos hablado de las cohortes Pretorianas –la guardia personal de los emperadores, que fueron la principal causa de la caída de estos-, que acabaron por ser disueltas en el 312 por los Scholae Palatinae, que acompañaban siempre al emperador, junto con otras unidades que recibían el nombre de palatinae.

Las antiguas legiones altoimperiales, que aún sobrevivían se encontraban en las fronteras, que en muchos casos no recibieron los mismos privilegios que el resto, y ello conllevo que tuvieron que sobrevivir sobre el terreno, trabajando la tierra. Al mismo tiempo las legiones se fueron revistiendo de una parafernalia cristiana.

Cuando el Imperio quedo dividido, los comitatenses quedaron divididos en dos o tres ejércitos cada uno con un magistri peditum y un magistri equitum, mientras que el ejercito móvil quedo subdividido en grupos locales asignados en cada una de las fronteras. Para este momento, el ejército de los dos imperios era cada vez más débil, y tuvieron que echar mano de algo que ya era usual, pero que ahora se agranda: los foederati, tribus que son asentadas en el Imperio, y que deben ayudar a su defensa. Así los visigodos fueron uno de los cuerpos más importantes que sirvieron primero a Oriente y luego a Occidente.

En las últimas décadas del Imperio, todas las legiones acabaron por desaparecer. Muchas veces porque conforme fueron muriendo sus veteranos, no se realizaban nuevos reclutamientos; otras acabaron por disolverse por falta de fondos para mantenerlas; mientras que otras tantas, en especial las que estaban en el limex, acabaron por convertir sus cuarteles en ciudades, y los legionarios en campesinos. Solo las tropas que rodeaban al emperador, en su mayor parte compuestas por barbaros, fueron las únicas que se mantuvieron, y las últimas que defendieron las fronteras imperiales. Cuando Aecio tuvo que defender por última vez al Imperio de Occidente de la amenaza de los Hunos, sus tropas estaban compuesta prácticamente por germanos, acompañados por foederatis comandados por sus propios jefes. Cuando Romulo Augusto fue depuesto, prácticamente no quedaba ninguna legión romana, y la última que existió se encontraba en París, la cual ya no servía a ningún Emperador, consiguiendo durante unos años resistir a los Francos en esta ciudad.

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