La periferia carolingia: vikingos, anglosajones, húngaros y sarracenos

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El Imperio carolingio dominó una amplia área del occidente europeo. Si consideramos todos los territorios que en ese momento entraban dentro de la Cristiandad occidental –que se estaba conformado de acuerdo a unos modelos que permanecerán de aquí en adelante-, el Imperio carolingio básicamente ocupa la práctica totalidad de esta Cristiandad –unos dos tercios del total-. Pero, claramente, este imperio no lo abarca todo, sino que tiene unas fronteras. Precisamente esa frontera o periferia carolingia, como la suelen llamar los historiadores, es la que se va a comentar a continuación.

Al adentrarse en esos territorios que bordean al Imperio carolingio, podemos observar que esas tierras las podemos categorizar en dos grandes grupos. Por una parte, aquella periferia que ha sido cristianizada. Por otro lado, los territorios que todavía mantienen el paganismo. Entre los primeros, básicamente podemos reducirlos a dos territorios: el reino de Asturias en el norte de la Península Ibérica –reducto del cristianismo tras la llegada del Imperio islámico en el 711, del que no haremos amplias referencias en este artículo-, y las islas Británicas –al menos el territorio bajo dominio anglosajón-, que conforman, de hecho, el amplio territorio cristiano que no pertenece al Imperio carolingio. Los territorios paganos o que mantienen religiones politeístas son los de los vikingos y húngaros. A estos últimos debemos sumar los piratas sarracenos bajo la religión islámica.

Anglosajones

En la antigua provincia de Britania, la cual siempre estuvo poco romanizada, se consolidaron los anglosajones –núcleo de la futura Inglaterra-, que se habían convertido al cristianismo en el siglo VII. A lo largo de varios siglos, una multitud de reinos, de los que tenemos poca información –allí se engloba la leyenda del rey Arturo- aparecieron y desaparecieron. Solo algunos afortunados reinos lograron por algún tiempo mantener una hegemonía sobre el resto.

Mientras en el reino franco se gestaba la dinastía carolingia, el reino anglosajón de Northumbria, que mantenía la preponderancia sobre la isla, entró en crisis tras fracasar en el intento de tomar Escocia, territorio que acabó consolidándose como un reino picto. El reino de Mercia, más o menos en el momento en que Carlomagno era nombrado emperador, es decir, en el 800, se convirtió entonces en el reino hegemónico, el cual intentó en la segunda mitad del siglo VIII –bajo el reinado de Offa (755-796)- unas políticas territoriales y eclesiásticas parecidas a las carolingias. Entre las primeras debemos destacar la creación de shires –lo podemos traducir como condados- gobernados por los earldormen. No obstante, la división de la isla, en donde siempre primó el componente tribal –ni siquiera el largo periodo como provincia romana habían acabado con ella- llevó a que fracasara este intento de estructuración. El problema se agravó todavía más cuando los vikingos –hablaremos después de ellos- comenzaron sus incursiones en la isla. Muerto el monarca Offa, el reino de Mercia entró en crisis.

Otro reino, esta vez el de Wessex, tomó la supremacía en la isla. El monarca Egberto (802-839) realizó distintas campañas militares con las que consiguió ocupar importantes territorios de la isla tales como Cornualles, Londres, Mercia y Northumbria. Esto le permitió adoptar el título de bretwalda –un antiguo título que portaba el rey del reino más poderoso del momento, lo que suponía algún tipo de jefatura militar en el sur de la isla-. Pero de poco sirvieron todas estas conquistas, pues, en los últimos años del reinado de este, los vikingos –concretamente los daneses- se apoderaron de los reinos de Northumria, East Anglia y Mercia. De esta manera, en la segunda mitad del siglo IX, la única misión de los reyes de Wessex fue la de mantener el reino a salvo de los vikingos. Tan solo la victoria de Alfredo el Grande (849-899) permitió un respiro. Tras ella se realizó un pacto con los vikingos por el cual se trazó una frontera –entre Chester y la desembocadura del Támesis- que separaba el reino de Alfredo el Grande y las tierras controladas por los daneses, quienes fijaron su capital en York. Esto permitió al monarca anglosajón, pese a la reducción del territorio controlado por él, realizar reformas para crear una cohesión social que superara el componente tribal, así como potenciar la cultura. Además, se logro cierta recuperación del comercio, así como el crecimiento de centros económicos en ciertas localidades. En conjunto, en las décadas siguientes se consiguió un reino anglosajón fuerte, que permitió en la primera mitad del siglo X reconquistar territorios al norte de la frontera fijada con los vikingos. No implicó, en ningún caso, la expulsión de estos, sino que la población vikinga y sus jefes entraron a formar parte de la estructura de lo que ya podemos llamar reino inglés.

El reino se organizó mediante condados –como ya se había intentando anteriormente- en donde había tres tipos de figuras: el earldorman, que representaba el poder militar, un obispo como autoridad religiosa, y un sheriff con tareas judiciales y fiscales. No obstante, el modelo, al igual que acabó sucediendo en el antiguo Imperio carolingio, acabó por pervertirse, puesto que el poder militar de los earldorman se acrecentó. Y muchos de estos, además de ejercer un poder absoluto sobre sus condados, se hicieron mediante diversos modos con otros condados –además de hacer sus territorios hereditarios-. Así, las estructuras tribales y familiares se cambiaron por lazos de vasallaje, en donde todo hombre debía tener un señor. Ello debilitaba el poder del monarca y lo que era un aparato estatal estructurado, puesto que al final el rey quedaba prácticamente subordinado a una nobleza –que además luchará entre ella-.

Vikingos

Por su parte, los vikingos –que acabamos de mencionar- se convirtieron en un problema hacia la época carolingia, cuando estos empezaron a asaltar, ante todo, monasterios de las costas, así como a realizar continuos actos de pillaje.

Como a menudo suele pasar, no conocemos prácticamente nada de estos antes de que fueran un problema para aquellos que escribieron nuestras actuales fuentes. Conocemos que estaban emparentados con los germanos, y que estaban establecidos desde tiempo atrás en las zonas escandinavas. Entre el siglo V hasta finales del VII no sabemos si hubo algún tipo de contacto, aunque parece que los mercaderes frisones comercializaron con ellos de forma amistosa, por lo que también entendemos que hubo un mercado estable y rutas seguras a lo largo del Báltico.

En cuanto a las fuentes propiamente escandinavas, estas son tardías. Por tanto, deben ser tomadas con mucha cautela. En cualquier caso, al igual que ocurría con los germanos, parece que los vikingos estaban organizados como familias extensas, al frente de un jefe, el cual, además, poseía toda una serie de clientelas que le debían fidelidad. También poseían esclavos. Todas estas familias quedaban agrupadas mediante la institución del consejo, al que pertenecían los jefes de todas las familias. Este consejo, además, elegía un rey, cuya función no iba más allá de ser una especie de caudillo en la guerra, pero sin estar por encima del resto de miembros del consejo –un primero entre iguales-. Así, una multitud de este tipo de reinos debió existir por los territorios escandinavos. No obstante, parece que hacia la época que estamos tratando, existían tres nacionalidades más o menos definidas, que se mantendrán a lo largo de la historia: daneses, suecos y noruegos.

La respuesta a la pregunta de por qué se dieron a correrías y ocupación de territorios al sur no se sabe con seguridad, al igual que también es difícil saber por qué los propios germanos también lo hicieron en su momento. Las hipótesis, ninguna confirmada, son innumerables, entre las que no falta un empeoramiento de las condiciones climáticas y la superpoblación. Pero, claramente, no se trataba de unos movimientos coordinados por ninguna de esas nacionalidades, sino, más bien, a familias a título personal, que posiblemente vieron en estos actos una forma de enriquecerse. De hecho, los actos de rapiña, especialmente a monasterios e iglesias que poseían objetos de valor, demuestra este último objetivo. Pero tampoco se trató en todos los casos de actos de espolio salvaje y brutal como nos dicen las crónicas. Sabemos que el asentamiento y búsqueda de tierras formó también parte de los objetivos.

Los daneses son los que son presentados como esos auténticos vikingos, brutales y sin consideración alguna hacia la civilización, que no dudaban en surcar el mar, en sus veloces naves, para atemorizar a las gentes de las costas.

Los noruegos, por otra parte, se dieron ante todo a explorar el océano. Llegaron a tierras tan lejanas como América del Norte, en donde se ha encontrado restos arqueológicos de su presencia. Pasaron además por Groenlandia, Irlanda, las Orcadas, e incluso llegaron hasta marruecos. Se forjaría, entre estos, la leyenda de Erik el Rojo.

Finalmente, los suecos buscaron su expansión por las tierras eslavas, desde el Báltico hasta el mar Negro y Caspio. Crearon problemas, incluso, al Imperio bizantino. Estos se nos muestran en una faceta tanto de soldados -muchas veces más bien mercenarios vendidos a cualquier postor- como de comerciantes.

No obstante, incluso los daneses que fueron mostrados con tanta agresividad, tuvieron también un objetivo de conquista. De hecho, llegaron hasta la actual Normandía –a la que dieron nombre, puesto que eran llamados normandos por venir del norte europeo-. Y, como ya hemos visto, también constituyeron un reino, el Danelag, en Inglaterra. En ambos territorios se llevaron acuerdos para fijar fronteras. Ya vinos el que se había realizado en Inglaterra. Un mismo pacto se llevó en el 911 en Normandía. Al jefe vikingo Rollón se le concedió dicho territorio y el título de duque a cabio de convertirse al cristianismo y prestar fidelidad al rey francés –para aquel entonces el Imperio carolingio hacía tiempo que se había dividido-.

Todo esto también hizo que frenaran las correrías vikingas hacia mediados del siglo X. Pero estas, sobre todo el saqueo de grandes riquezas, tuvieron un beneficio en general. Se volvieron a poner en marcha mercados que se sustentaba en la circulación monetaria –puesto que el oro de iglesias y conventos volvió a salir de estos-, después de que el trueque se hubiera vuelto a convertir en prácticamente el único elemento de intercambio. Algunos Burgos nacieron o renacieron en las costas del mar Báltico e Inglaterra, así como en la estepa rusa, que fueron la base de un fortalecimiento comercial en los siglos posteriores.

Húngaros

Si los vikingos crearon dificultades al Imperio Carolingio y a la Cristiandad en general en el norte y oeste, los húngaros hicieron lo mismo al este. Estos, también conocidos como magiares, procedían de los Urales, al igual que los hunos. Eran nómadas y, por tanto, peligrosos en cuanto que su modo de vida era cambiar de lugar constantemente como única forma de sobrevivir. Pero, además, debemos tener en cuenta otros pueblos que, también nómadas, presionaban a los húngaros hacia el oeste. Así, hacia mediados del siglo IX, llegaron hasta la llanura de Panonia, en donde anteriormente habían estado los ávaros, pero que habían sido desestructurados por Carlomagno.

Desde este territorio, atacaron al Imperio bizantino, así como al carolingio –o, mejor dicho, a Alemania, puesto que como se ha dicho hacia esta fecha ya se había divido el Imperio-. También Italia sufrió estos ataques, y Francia, por causas geográficas lógicas, en menor medida. Saquearon aldeas y monasterios, al igual que los vikingos. También fue usual que sometieran a esclavitud a aquellos individuos que tomaban, en especial mujeres, que eran usadas para la agricultura.

Pero el contacto con territorios con poblaciones sedentarias y varias decenas de años en un territorio limitado implicaron, inevitablemente, que las tribus húngaras tuvieron que ir progresivamente asentándose en lugares concretos. Así, a mediados de la primera mitad del siglo X, los húngaros estaban lo suficientemente arraigados al territorio para prescindir del saqueo de los territorios alemanes. Esto también permitió que los ducados alemanes lograran recuperarse de las continuaos ataques. Otón I de Sajonia logró en el 955 derrotar a los húngaros en el río Lech, tras la cual pasaron a organizarse en un reino, además de convertirse al cristianismo. Este último avanzaba hacia Centroeuropa de forma progresiva.

Los piratas sarracenos

Si hasta ahora hemos visto como la Cristiandad se encontraba amenazada por tres puntos cardinales, debemos sumar, todavía, el cuarto de ellos, el sur. Efectivamente, el Mediterráneo guardaba, en este mismo periodo del que estamos tratando, otra amenaza: la de los piratas sarracenos, cuya actividad comenzó hacia comienzos del siglo IX.

Estos piratas son llamados así debido a que “sarraceno” era uno de los adjetivos que se usó para designar a los musulmanes. Estos provenían de territorios bajo el dominio islámico, especialmente el Al-Ándalus. Pero eran independientes a cualquier autoridad islámica del momento –de hecho, algunas localidades como Pechina y Denia eran en realidad repúblicas de piratas sarracenos-. Rapiña y saqueo fueron la principal actividad, en especial la captura de personas que eran vendidas como esclavos.

Pero además de los saqueos, también fueron progresivamente realizando conquistas de territorio. Así, Córcega, Cerdeña y Baleares acabaron siendo controlados por estos, desde donde podían actuar libremente. En el 827, llegaron a Sicilia, de la cual acabaron por hacerse dueños del mismo modo. Incluso llegaron a ocupar Bari, en la península Itálica, desde donde llegaron a Roma y saquearon sus arrabales. El fin de su presencia en Italia acabó en el 870, cuando el Imperio bizantino, bajo la monarquía macedónica, recuperó parte del sur de la bota italiana, pero no Sicilia.

Los piratas sarracenos también lograron hacerse fuertes en la Provenza. Allí establecieron una base de operaciones en Fraxinetum, por lo que controlaban el paso de los Alpes occidentales. Solo en el 972 los condes de Provenza y Piamonte acabaron con esta base y los expulsaron.

Finalmente, podríamos hablar del reino asturiano, un reducto de reino cristiano en la Península Ibérica, pero de este ya se hablará en una nueva entrada dedicada únicamente a la situación en la Península.

Como se puede observar, la Cristiandad llegaba al siglo XI fortalecida y expandida, pero con unos reinos que habían perdido cualquier tipo de administración encabezada por los monarcas. Se comenzaba la época feudal propiamente dicha en donde cada señor va a ser propietario, legislador y juez en sus territorios. La población campesina será sometida en estos territorios situación de servidumbre que, realmente, se acercaba más a la esclavitud.

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