Leyendas del último rey godo (I): La Cueva de Hércules

El ilustre historiador Juan Menéndez Pidal escribió a principios del siglo XX varios artículos en la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos titulados “Leyendas del último rey godo”. A lo largo de ellos -que adjuntaremos para su lectura en la bibliografía-, el historiador recogía las variantes y fuentes de tres  leyendas que giraban en torno a don Rodrigo y la pérdida de “España”: La Cueva de Hércules, Don Rodrigo y la Caba, y la Penitencia.  

Sin ánimo de realizar un resumen de tales artículos, vamos a elaborar en tres entradas un relato unificado de las mencionadas leyendas con todos los datos que nos ofrecen las fuentes –aunque en mucha casos contradictorios como no podía ser de otra manera–, pero sin penetrar ni en su interpretación ni en dilucidar el origen de las mismas.

 

La Cueva de Hércules

Una prodigiosa señal o una indescifrable profecía, a veces ambas, parece preceder a todo importante y transcendental acontecimiento. No podía ser menos en la pérdida de todo un reino que cayó a manos de las tropas árabes y con él su último rey, don Rodrigo, cuya obcecada actitud desencadenó el fatal hecho.

Dícese que existían en Toledo, capital entonces del reino visigodo, dos simbólicos edificios –que algunas versiones interpretan como uno solo–,  tan fastuosos que según el cronista árabe Aben Khordádhbeh podían catalogarse entre las grandes maravillas del mundo. Uno de estos era la que llamaban Casa de los Reyes, en donde se guardaban las veinticinco coronas de los difuntos monarcas visigodos junto con su nombre y edad. Pero a esta casa no le prestaremos ahora mayor atención, aunque fue el lugar de otra profecía dirigida a los invasores: tantos gobernadores musulmanes regirían Al-Ándalus como reyes cristianos habían reinado en tales tierras. Si nombramos dicha edificación es porque junto a esta una segunda se alzaba, que la tradición bautiza como la Cueva de Hércules –diremos más tarde el motivo de tal nombre–.

Esta última casa, portentosa, encontrábase cimentada sobre nada menos que cuatro leones de metal, poseía forma cilíndrica y estaba construida con cantos labrados. Su altura era tal que nadie había conseguido tirar una piedra por encima de ella. Su exterior se hallaba cubierto por mosaicos policromados, cuya combinación daba lugar a representaciones históricas. En la puerta de entrada, recubierta de hierro, un rótulo indicaba que no debía abrirse bajo circunstancia alguna. Por seguridad, y porque la naturaleza humana impulsa a los hombres a hacer todo lo contrario de lo que dicen las advertencias, la  puerta estaba cerrada por veinticuatro candados –veintisiete según otros–, tantos como monarcas habían reinado y que ellos mismos habían puesto. De esta manera, cada uno de los reyes había comenzado su reinado sumando un nuevo candado. En realidad, nadie conocía lo que tras aquella puerta se guardaba, pero la prudencia inclinaba a no averiguarlo.

Llega el joven Rodrigo al trono. Poco tarda en realizar su primera bravuconada. En el día de su coronación, osa, como siglos después haría Napoleón, tomar la corona entre sus manos y depositarla él mismo en su testa. Posteriormente, los guardianes de la Casa de Toledo –la de los candados–, cuyo número era de doce elegidos entre los mejores de la ciudad, invitan al rey a que ponga, como indicaba la ancestral tradición, su cerrojo en la puerta. Les pregunta el ignorante rey, que no debía conocer tal costumbre, acerca de por qué debe realizar aquello y cuál era el origen de aquel edificio. Estos le contestan que había sido construido por Hércules y que había ordenado, tras poner él el primer cerrojo y entregar la llave a los guardianes, que los sucesivos monarcas lo emularan. Pero el que iba a ser último rey, el temerario don Rodrigo, aunque por el momento todavía desconocía tan fatal destino, decide no asegurar el cierre de la puerta con el dicho nuevo candado. Es más, no podía quedarse solo ahí, también considera oportuno abrirla y entrar en la casa puesto que la curiosidad de lo que en su interior se guardaba le reconcomía extraordinariamente las entrañas. Cree, lo más seguro, que faustuosos tesoros guarda en su interior. ¡Qué otra cosa –debe pensar el rey– podría haber guardado un héroe y semidiós como Hércules! “¡Por Dios!” –expresa el desafortunado don Rodrigo– “No moriré con el disgusto de esta casa, y sin remedio he de abrirla, para saber que hay dentro de ella”. Ni obispos, sacerdotes, magnates o cualquiera de los que allí se reunieron –y a los que don Rodrigo había ordenado mandar venir para comunicarles la decisión– pueden persuadirle de lo contrario, que con estas palabras intentan que entre en razón: “Dios sea contigo. No es seguro ni conveniente ir contra las costumbres establecidas por tus ilustres antepasados los reyes de este país, e infringir las leyes promulgadas por ellos. Desiste, pues, de tu loca determinación, y añade un cerrojo a la puerta lo mismo que han hecho tus ascendientes, los cuales tendrían mejores razones que tú y nosotros para temer el misterio que guarda este palacio. No dejes que tu pasión te lleve a cometer un acto que tus predecesores consideraron muy peligroso para ellos mismos”. Tan grande es el temor de estos que llegan a ofrecer al monarca tanto oro como crea que encontrará en su interior.  Pero ni tan generosa propuesta puede hacer cambiar de idea al obcecado rey, quien se precipita a abrir la puerta.

Don Rodrigo entra en la casa, pero lo que en ella vio no lo sabemos con absoluta certeza. La Crónica de Rasi nos dice que el interior–recordemos, nadie había visto jamás hasta ese momento– era transparente como el cristal y contaba con cuatro galerías o salas cada una de distinto color: negra, blanca, verde y roja, las cuales se apresura a recorrer.  En cualquier caso, siguiendo otras narraciones, lo primero que vislumbra el indómito monarca fue una enorme y larga mesa de oro y plata en la que se podía leer la siguiente inscripción: “Esta es la mesa de Salomón”.  En esa misma sala, el rey observa una portezuela, cerrada de igual modo con un fuerte candado. En su dintel, otra inscripción indicaba que tal casa había sido construida en el año cuatro mil seis de la era de Adán.  El monarca debe pensar que, si aquella lujosa mesa se encuentra en primer lugar, qué no guardaría esa cerrada estancia. Se apresura a entrar en ella, pero para decepción del iluso solo encuentra una urna, de mármol argumentan unos, mera caja de madera otros o incluso que el contenido que más tarde mencionaremos estaba en la propia mesa de Salomón. Pues bien, fuera como fuere, en la urna –si realmente era tal–, en caracteres griegos había, nuevamente, una inscripción que se dirigía al rey y que alentaba a este a abrirla: “Oh rey, si no abres este arca no verás maravillas antes de que mueras”. Don Rodrigo la abre. Su interior está vació, al menos de alhajas. En el fondo de la misma solo se hallan dos rollos de pergamino. Contiene el primero unos dibujos –tallados, según nos comunican otros cronistas en la propia arca o urna- en la que el desilusionado rey observa figuras árabes vestidas con turbantes, pieles de animales y sus típicas sandalias. Estas van sobre ligeros caballos y en realidad representan guerreros. Portan arcos y flechas árabes pendientes de la espalda, caladas espadas en el costado y sendas lanzas en la mano derecha.

Por si había lugar a dudas –que las había porque el imprudente monarca desconocía lo que hoy nosotros sabemos– el segundo de los rollos contiene un profético mensaje con grandes letras de la siguiente manera: “Cuando sea abierta esta casa y se entre en ella, gentes cuya figura y aspecto sea como los que aquí están representados, invadirán este país, se apoderarán de él y lo vencerán”.

¿Quién había realizado esta profecía? Leyendas del pasado transmitidas a lo largo de los tiempos, que recoge por escrito Almakkari, informan que tal casa o palacio fue construido tiempo atrás por un buen y sabio rey –que según fuentes árabes era del tiempo en el que los reyes griegos gobernaban España–. Este –que en algunas ocasiones es el propio Hércules como ya habíamos mencionado-, según se entiende, pronosticó que llegaría el día en el que la península sería invadida por un pueblo africano. Para que tal profecía no se cumpliera –si es que en realidad se pueden evitar– realizó un talismán o amuleto mágico –quizás varios por varias personas– y mientras este estuviera intacto –motivo por el cual se hallaba bajo la custodia de cuantiosos candados– fue colocado en tal casa mandada construir ex profeso. Si este se rompía –y así lo establecía el mensaje en aquellos relatos en donde este se menciona– la profecía se cumpliría. Quizás estos talismanes fueran, si consultamos la Crónica de Don Pero Niño, una cabeza de moro, una langosta y una culebra, cada una introducida en una vasija de vidrio, y que en el mensaje se advertía que la naturaleza de la destrucción de la tierra estaría de acuerdo a la que se quebrantara. Así, don Rodrigo, que además de insensato, debía ser un auténtico manazas, rompió el talismán o el vidrio que contenía la incorruptible cabeza mora. Desconocemos como el rey llegó a romperlo o el poco cuidado que puso ante tales piezas si es que había leído la profecía previamente.

El desdichado monarca, arrepentido en el mismo instante en que leyó la fatídica nota, cree que puede burlar al destino e intenta hacer como si nada hubiera sucedido. Ordena a los que se encontraban presentes callar sobre lo que han visto y echar nuevamente los cerrojos. Tarde. No pasaría mucho tiempo, ni siquiera un año, para que don Rodrigo pierda el trono. Pero no quiere el destino que aquello se mantenga oculto, puesto que tras ordenar esto el rey, un águila desciende del cielo portando un tizón encendido en su pico, el cual pone sobre la casa y esta arde hasta convertirse en cenizas. Más aves vienen después a revolotear sobre los restos hasta que derraman las cenizas y los vientos se encargan de esparcirlas por los cuatro puntos cardinales de España.

 

BIBLIOGRAFÍA:

MENÉNDEZ PIDAL, J. (1901): “Las leyendas del último rey godo (I): La cueva de Hércules”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año V, número 12, pp. 858-895

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