Leyendas del último rey godo (II): Don Rodrigo y la Caba

Después de que hubiéramos dejado al insensato don Rodrigo ante las cenizas de lo que era  la Cueva de Hércules o casa de los candados, sabiendo que una profecía había predicho que los árabes entrarían en la península y perdería el trono, este monarca no parece que se desanimara en disfrutar de los placeres carnales de la vida, aunque precisamente una joven sería el detonante que haría que la profecía se cumpliera.

Don Rodrigo y la Caba

Se halla el monarca, don Rodrigo, en su palacio de Hispalis –la que ahora llamamos Sevilla–. En él, como de costumbre, se celebra un banquete, del que diremos era copioso en alimentos, pero más en vino. Cuando el embriagador líquido comienza a hacer sus efectos sobre los comensales –los cuales eran todos varones–, estos sacan como tema de conversación la hermosura de las mujeres. De repente, uno de ellos, que no identificamos, afirma con rotundidad y seguro de sus palabras que no hay mujer más hermosa en el reino que la hija de don Julián. Y así lo cuentan las crónicas, esta muchacha –que todavía no sabe que será el motivo de la pérdida de un reino, un trono y una corona– poseía una extraordinaria belleza. Era el padre, don Julián, no cualquier persona en el reino, sino el gobernador de Ceuta –que a nuestro parecer, aunque otros digan lo contrario, era godo y cristiano–. Y he aquí que el monarca, que no debía conocer a la dicha muchacha, se encapricha por conocerla y poder observar sus supuestos encantos con sus propios ojos.

Piensa el rey primero en hurtar a la joven a espaldas del conde don Julián como el autor de la Crónica del Silence cree que sucedió. Demasiado arriesgado, porque don Julián además de buen vasallo es buen amigo. Mejor hacerlo bajo el beneplácito del padre, aunque se tuviera que ayudar de ciertos engaños para poder contar con la presencia de la joven en la Corte.

La oportunidad para el monarca viene dada un día en el que este solicita a don Julián, como debía ser habitual, unos halcones de Tánger, puesto que era aficionado a la noble práctica de la cetrería. Don Julián se excusa de cumplir la real petición alegando que, habiendo muerto recientemente su esposa, no tenía a nadie que cuidara de su preciosa hija. No es problema, le debe decir el rey, tráela a la Corte. Al fin y al cabo, era costumbre en aquella época que hijos e hijas de los magnates del reino fueran enviados a Toledo para que se educaran en el entorno real. No nos extrañaría tampoco que si don Julián estuviera dubitativo, el rey le dijera con buenas palabras que pretendía convertirla en su esposa, aunque, según tenemos entendido, don Rodrigo ya se hallaba casado con la hija, nada menos, que del rey de África y de Cartago.

Así fue como llega a Toledo la hija del conde, cuyo nombre, por cierto, no hemos mencionado. No por hacerle desprecio alguno, sino porque carecemos con seguridad del susodicho dato. Quizás, la todavía gozosa muchacha, respondiera al nombre de Alataba, aunque copitas posteriores, no muy diestros, lo confundieron con Taba, Alcaba o Caba, e incluso algunos cronistas la llaman Oliba, pero nosotros la bautizaremos, al menos para nuestro entender y no causar confusión, como la Caba.

Sea cual sea su gracia, don Rodrigo se prenda de su belleza y la observa, secretamente, desde el Alcázar. Cercano a este, existía un huerto con multitud de árboles frutales de lo más selectos: cipreses, arrayanes y laurales, los cuales daban mucha y buena sombra. Allí, era costumbre, que fueran a pasar el tiempo las hijas de los nobles. Cuentan las malas lenguas, que en ocasiones, cuando rey y reina dormían, se acercaban a la alberca que se encontraba en el centro a bañarse sin prenda alguna. Allí, un día, fueron dos doncellas, una la Caba, a zambullirse en sus cristalinas aguas de esa guisa. El rey despierta de su siesta –sigue durmiendo la reina– y al pasear por lo alto de los muros del alcázar ve aquella sensual escena. Vistos ahora todos sus encantos, el monarca se encapricha, más que nunca, de esta joven. A partir de ese momento, don Rodrigo comienza a hacer a la Caba deshonestas insinuaciones, pero esta, digna ella, se niega repetida y rotundamente a no ser que tal acto se produjera como consecuencia del matrimonio, con el consentimiento de su querido padre, y confirmado por la presencia de príncipes, dignatarios y patricios del reino. Lejos de los que el lujurioso rey quería, que la pretendía más como concubina que como esposa.

Un buen día, el rey, que se encontraba borracho –aunque quizás ya urdido el plan por todo lo dicho y porque al parecer se hizo pasar por enfermo y mandar a la Caba venir aprovechando que la reina no estaba–, la  poseyó mezquinamente por la fuerza y, por tanto, deshonrándola. Piensan otros –que intentan descalificar lo que don Julián hará, pero que todavía no ha hecho– que la joven no puso en realidad tanta resistencia y que incluso era lujuriosa, habiendo sido don Rodrigo la victima de los encantos de la Caba. Incluso cabe la posibilidad que por despecho acusara en vano a su rey. No pondremos en duda, nosotros, el buen nombre de la muchacha.

Cometido el fragante delito, el monarca, al parecer arrepentido, decide mantener a la joven aislada del resto con el fin de que no contara a nadie lo sucedido. No en solitario debía permanecer, y la muchacha, cuya hermosura marchitaba con cada sol y cada luna por el mezquino hecho, daba señas de que algo, en su interior, le sucedía. Fue una amiga y doncella suya, que responde al nombre de Alquifa, la que le interroga sobre lo que le sucede. Esta, finalmente, decide narrarle lo acontecido, confesándole que prefiere cien veces morir a seguir viviendo en la casa del rey. Alquifa, sensata, la convence para poner al corriente a su señor padre, que ya fuera por vergüenza o creyendo que se la acusara de tener toda la culpa no se había atrevido.

Aunque ciertas narraciones dicen que don Julián se entera por carta, es imposible, puesto que la Caba está incomunicada.  La ultrajada muchacha, astutamente, debe darle la fatídica noticia de la siguiente manera: envía a su padre varios objetos preciosos como obsequio –nada parecía sospecharse de ellos–, pero entre estos había un huevo podrido. Don Julián, inteligentemente, lo comprende enseguida, su hija había sido corrompida. Desconocemos porque el avispado magnate consideró que había sido el monarca, tal vez se lo temiera desde un principio. En cualquier caso, el encolerizado Julián jura en ese preciso momento venganza con las siguientes palabras: “Por la religión del Mesías, juro que le arrojaré de su trono y que abriré un abismo a sus pies”.

Don Julián se apresura a ir a Toledo en donde el rey le recibe con sorpresa y nerviosismo en tanto que era invierno y no era la época habitual de su anual visita. Don Julián le cuenta que su esposa –que en realidad no estaba muerta, sino viva, y que la confusión se debe a las narraciones o a que don Julián era un auténtico mentiroso y no muy bueno por cierto– se encontraba gravemente enferma y solicitaba ver por última vez en esta vida a su buena hija. No sabemos si entre ambos hubo más conversación o, acto seguido, el ingrato y frio rey simplemente le pregunta que si tenía algún ave –recuérdese los halcones–, a lo que el noble, advirtiéndole de lo que iba a hacer, le contesta: “En efecto, cuido para ti aves que no hay semejantes a ellas, y pronto vendré con ellas hacia ti, si Dios quiere”. No lo entiende el monarca, que queda satisfecho y deja a ambos marchar.

Mencionan ciertas leyendas, que la Caba, en realidad, no era hija, sino su propia esposa, que además se llamaba doña Faldrina o Florinda, y que el monarca, para poseerla, envió a su marido lejos de Toledo como embajador al norte de África. Nosotros, por el contrario, no lo creemos.

Tras recoger a su hija, y volver por donde había venido, llega a Ceuta. Don Julian, en su feudo, reúne a amigos de confianza con el fin de solicitar consejo y, llegado el caso, le ayuden a vengar a su hija.  Narrada toda la historia, ninguno de los allí presentes sabe qué decir. Pasa por allí doña Faldrina, esposa y madre, que habiéndose enterado de todo alienta a los nobles caballeros que allí se encontraban a no dudar y hacer la guerra contra el ingrato rey. Al fin, uno de aquellos se levanta, un tal Ricaldo, que además era príncipe extranjero, pero que por sus palabras se encontraba profundamente enamorada de la hija del conde. Como no podría ser de otra manera en un enamorado, intenta convencer a sus colegas para tomar parte en la venganza y reponer, dentro de lo que cabe, el buen nombre de la hija del conde. Antes de que los demás puedan pronunciarse, en favor o en contra, otro, don Ximón, toma la palabra y dirigiéndose hacia don Julián le recuerda que juró fidelidad al rey y que el juramento se encontraba por encima de toda vileza cometida por el monarca. Le alienta a dejar las cosas en manos de Dios, palabras que en realidad quieren decir que no hiciera movimiento alguno. Escucha esto la madre de la Caba, que no pudiendo contener la rabia, se vuelve hacia su marido y cae desmayada al suelo. Ante tal escena, don Julián disipa sus dudas, debe vengar a su hija con el apoyo, suponemos, de los presentes en aquella sala. 

Se dirige entonces el conde a hablar con el árabe Musa para que invada “España”, no sin antes mandarle unas últimas palabras a don Rodrigo: no pasa nada en el interior del reino, la seguridad está garantizada.

 

BIBLIOGRAFÍA:

MENÉNDEZ PIDAL, J. (1902): “Leyendas del último rey godo (II): Don Rodrigo y la Caba”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año VI, números 4 y5, pp. 354-372

MENÉNDEZ PIDAL, J. (1904): “Leyendas del último rey godo (II): Don Rodrigo y la Caba (continuación)”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año VIII, número 4, pp. 279-301

MENÉNDEZ PIDAL, J. (1905): “Leyendas del último rey godo (II): Don Rodrigo y la Caba (continuación)”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año IX, número 2, pp. 99-114

MENÉNDEZ PIDAL, J. (1905): “Leyendas del último rey godo (II): Don Rodrigo y la Caba (conclusiones)”, Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, año IX, número 3, pp. 253-265

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