Los dioses romanos

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Como en cualquier religión politeísta, en Roma existían una multitud de dioses. Unos dioses que son propios, otros que han sido introducidos en su seno, y ambos con diversas categorías de importancia. Realizar aquí un listín de estos de poco valdría para entender el panteón de dioses romanos. Pretendo, brevemente, dar una visión de conjunto atendiendo a las principales características de estos, comparándolos con los griegos, pues es mi intención poner de relieve, al igual que ya hice cuando traté las características de la religión romana, que los dioses de los romanos poco tienen que ver con los griegos.

Afirmar que el Júpiter romano es el griego Zeus o que Marte es Ares únicamente vale en el contexto de la interpretatio. Dicho de otra manera, la mayor parte de las características de los dioses romanos son propias de Roma, pese a que, como acabo de mencionar, los romanos, con el fin de integrar a los distintos pueblos -entre ellos los griegos-, consideraran que eran los mismos dioses bajo distinto nombre. Pero entre Zeus y Júpiter –valga poner el mismo ejemplo- dista mucho más que el mero nombre. Veremos las sustanciales diferencias a lo largo de las explicaciones que continúan.

 

La función de los dioses

Dos son los temas que podemos tratar si hablamos de la función de los dioses. En primer lugar, podemos plantearnos qué función tienen estos en la sociedad romana, dicho en otras palabra, ¿Para qué servían los dioses? Podríamos extendernos mucho en contestar, pero nos podemos quedar con una idea fundamental: los dioses vienen a explicar todo aquello que el ser humano no lograba entender. De esta forma, todos los procesos de la naturaleza sucedían por voluntad de los dioses. Todo dependía de estos, desde terremotos a cosechas, comercio, maternidad y salud. Como se puede observar, preocupaciones habituales. Así, los hombres del pasado, superados por las circunstancias, solicitaban a los dioses la solución de muy variados temas. Mantener el equilibrio, la pax deorum –la paz de los dioses-, era fundamental para el buen funcionamiento del cosmos y de la prosperidad de la propia Roma.

Por otra parte, podemos hablar de las funciones específicas de cada uno de los dioses, los cuales tienen unas prerrogativas, mayores o menores, sobre los diversos temas. En el saber popular, todos conocemos que cada dios poseía una función determinada al igual que hoy en día la tienen, en el cristianismo, muchos santos –al fin y al cabo, estos últimos solo son los antiguos dioses degradados de rango-. Pero de nuevo hay que realizar una advertencia: quedarse únicamente con que Venus es la diosa del amor, Marte dios de la guerra y Minerva la de la sabiduría es comprender una mínima parte de lo que cada dios era. Estos suelen tener unas funciones, en la mayoría de los casos, mucho más amplias, compartiéndolas incluso con otras divinidades. Por ejemplo, la guerra no pertenecía exclusivamente a Marte, sino que Júpiter también estaba implicado en ella.

Algunos de los principales dioses, que poseían una multitud de funciones, son llamados mediante un apelativo para diferenciar sus distintas invocaciones como si tuvieran más de una personalidad a la vez, o incluso como si fueran distintos dioses. El ejemplo más clarificador es el de Júpiter: Iuppiter Optimus Maximus, Iuppitr Africus, Iuppiter Feretrius, Iuppiter Pistor, Iuppiter Soter, Iuppiter Fides, Iuppiter Vediovis, Iuppiter Tonans, Iupiter Victor, Iuppiter Invictus, Iuppiter Stator, Iuppiter Viminus, Iuppiter Fulgur, Iuppiter Lucetio, Iuppiter Fulgur, Iuppiter Elicio. Y, por poner otro ejemplo, con Juno sucedía lo mismo: Iuno Regina, Iuno Lucina, Iuno Moneta, Iuno Sopes.

Las funciones de los dioses era en muchos casos antigua, así Júpiter siempre ha sido un dios del cielo desde la tradición indoeuropea, pero como hemos visto estas fueron aumentando con el tiempo. Otros dioses tan solo mantuvieron su nombre, cambiando sus funciones de forma radical como sucede con Marte. Éste era en los orígenes de Roma un dios relacionado con la agricultura que posteriormente se transformó en el dios de la guerra.

 

El panteón

En conjunto, podemos decir que mientras que los griegos tienen un panteón de dioses más o menos articulados, y emparentados mediante diversos mitos, en Roma no existe esta articulación más allá de una serie de triadas, como la capitolina. De hecho, como ya se dijo en las características de la religión romana, Roma no posee este tipo de mitos, sino que los mitos romanos siempre se mueven en un tiempo histórico en el que los distintos dioses aparecen, a veces en una única ocasión, en los hechos históricos de la ciudad.

¿Cómo surgieron entonces los dioses? Evidentemente todas las divinidades son una creación humana, pero si comparamos los dioses griegos con los romanos observamos que los griegos mantienen la idea de que antes de los hombres existieron los dioses. No podemos decir que los romanos creyeran que esto no fue así, pero mientras para los griegos el culto a los dioses había existido siempre –o al menos fueron establecidos en una época mítica-, en Roma la mayoría de los cultos principales han sido creados en época histórica por un fundador concreto. Así, podemos observar como Rómulo y Numa habían establecido la gran mayoría de estos. Se podría alegar que dichos monarcas no existieron –aunque si una época monárquica-, aunque no cabe duda que para los romanos ello ocurrió en época histórica. Además, la introducción de nuevos dioses fue común en época republicana.

Los dioses iban surgiendo conforme eran necesarios. Por tanto, no es de extrañar que los primeros dioses romanos estuviera relacionados con la agricultura: Flora (la potencia vegetativa), Pomona (la fruta), Consus (el despensero), Robigus (el tizón), Ceres (crecimiento). Del mismo modo, se relacionaban con otras preocupaciones que tenían que ver con las fuerzas de la naturaleza como muestran los epítetos de mucho de los dioses: Lua Saturni, Salacia Neptuni, Hora Quirini, Uirites Quirini, Maia Volcani, Heries Iunonis, Moles Martis, Nerio Martis.

Otros dioses funcionales, o mejor dicho espíritus, bajo el nombre de indigetes –que además eran de origen romano-, se caracterizan únicamente por ser representantes de un acto concreto. Son innumerables y muchas veces desconocidos por los propios romanos, existiendo autores que nos dan larga listas de estos. Podemos destacar entre los indigentes a las “potencias”, que acompañaban al ser humano a lo largo de su vida y otorgaban a éste distintas cualidades. Conseuius permitía la concepción y Nenia, en el final, era la lamentación fúnebre. Abeona enseñaba al niño a caminar fuera del hogar y Adeona lo traía de vuelta. Potina daba de beber, etc. Además, había dioses para cada uno de los lugares y cada acto humano.

Parecidos a estos, siendo difícil a veces de distinguir de los indigentes, están los genios –gentil-. Estos eran como una especie de doble divino que poseía cada ser, cada lugar, cada institución. Nacen cuando estos nacen y tienen como misión la conservación de estos. Incluso los propios dioses tenían el propio suyo, haciéndose sacrificios al Genio de Marte y de Júpiter. En el único caso que no existían era en el caso de las mujeres, las cuales tenían su Juno –haciendo referencia a Juno, la Hera griega- al igual que las diosas.

E incluso los espíritus de los difuntos, una vez olvidados, pasaban a conformar parte de los dioses Manes. La formula “dis manibus” suele aparecer al inicio de todas las inscripciones funerarias para congraciarse con todos los difuntos pasados.

Algunos de estos dioses primigenios adquirieron mayor relevancia gracias a la propia mitología helénica como fueron Flora, Properino y Perséfore, así como Ceres que adquirió gran relevancia en el panteón. Sn embargo, se consideraba que otros, aun existiendo, eran totalmente desconocidos, siendo llamados incerti.

Volviendo al origen de los dioses –mejor dicho al origen de su culto- no parece que esos grandes dioses –los veinte selecti según Varrón-, a los que estamos acostumbrados, y otros de menor importancia siempre hubieran estado en la ciudad, sino que a estos, como si de hombres libres se tratara, se les va dando una especie de ciudadanía, es decir, son instalados en la ciudad por un determinado magistrado. Éste era quien se ocupaba de construir su templo, asignarle un terreno concreto y dictar la ley para su culto, la cual se debía seguir para que el dios beneficiara a Roma.

¿Por qué introducir nuevos dioses? Ello se debía a que a veces un oráculo, algún tipo de revelación, o una interpretación de los libros salios, así lo indicaban. Un ejemplo podría ser el del dios Ayo Locucio, que se presentó ante Marco Cedicio advirtiéndole que los galos se acercaban a la ciudad, algo que los magistrados y el Senado no creyeron por ser éste un plebeyo. Sin embargo, al ver que la advertencia era real, se recibió al dios en la ciudad. Este ya no volvió a aparecer nunca más, pero siguió recibiendo culto. Así, cuando se presentaban problemas que sobrepasaban la actuación humana se adquirían nuevos dioses. Otro de los motivos venían dados por el propio crecimiento de la ciudad: se trataban de paliar la carencia de dioses que se relacionaban con nuevas actividades, más allá de las agrícolas. Poco a poco se adquirieron nuevos dioses o se transformaron los propios.

Será la costumbre la de incluir en su panteón a los dioses de los demás con el fin de integrar a distintas ciudades y pueblos bajo la órbita romana. Primero, los dioses del lacio, cuyas creencias religiosas serían por necesidad muy parecidas a las romanas. Así nos encontramos a Minerva, una diosa itálica relacionada con la artesanía, que fue importada con el crecimiento del comercio y de las industrias artesanales a lo largo del periodo monárquico. Mientras, Diana de Aricia fue instalada en el Aventino por motivos políticos. Venus fue introducida probablemente desde Ardea; Fortuna, una diosa de la agricultura en sus orígenes, provenía de Praeneste o quizás de Antium.

Aunque una gran parte de las divinidades provinieron del mundo etrusco, adquiriendo los dioses el antropomorfismo que les caracteriza. De hecho, prueba de ello es que una de las arcaicas divinidades romanas, Vesta, nunca fue representada mediante estatua, sino que el fuego bastaba para ser identificada. Eran dioses además que tenían una mayor personalidad que la que poseían los meros dioses agrícolas. En todo caso, hay que avisar de nuevo que los dioses romanos poseen menor personalidad que la que tienen los dioses griegos.

En cualquier modo, la influencia griega fue decisiva en la conformación del panteón romano, intentándose una amplia asimilación de ambas religiones como se comentaba al principio. Hércules fue interpretado como el Heracles, construyéndose su templo en el foro Boario. Este provenía seguramente de Tibur y fue un culto privado hasta el 312, año en que se convirtió en público. Apolo fue introducido directamente desde Grecia después de una plaga que se extendió por Roma. Siendo un dios de la curación, se daba las gracias a este por el fin de ésta. Junto con Ceres, Liber y Libera, se introdujeron Demeter y Dionisios en el Aventino en el 493. Y en esta época los dioses Mercurio y Neptuno –entre otros- tomaron las funciones y cultos de sus equivalentes griegos.

Con motivo de la Guerra Anibálica, fueron introducidos en Roma nada menos que doce parejas de dioses en el 217. Tras el desastre de Cannae, se introdujeron dos dioses griegos y dos galos en el foro Boario, mediante un sistema que ni siquiera era el rito romano.

También se introdujeron en estas fechas juegos públicos como los Apollinares en el 212, y en el 204 empezaron a penetrar los primeros ritos orientales, con la introducían de la Magna Mater en el Palatino, originaria de Phrygia, que se le construyó un templo en esta colina en el 191. También de oriente provenía Cibeles por mencionar a una de las diosas más conocidas.

Y al igual que unos cultos y dioses eran aceptados, otros fueron prohibidos. Hacia el 186, se prohibió el culto a Baco –también conocido como Dionisio-, pese a que éste hacía tiempo había sido aceptado bajo la divinidad de Liber Pater. Sin embargo, ese año se considero una ofensa contra el Estado y la moralidad, pues los llamados misterios de Dionisio o Bacanales tenían un carácter licencioso y orgiástico. Pese a todo, se mantuvieron en el seno de sociedades secretas y sectas místicas.

Por otra parte, no todos los dioses que eran naturalizados como romanos tenían el mismo rango. Las divinidades que eran claramente extranjeras se les podían dar la plena ciudadanía –entendido como metáfora-, siguiendo los términos que usa John Scheid en “La religión en Roma”. Esa plena ciudadanía se caracteriza por establecer a los dioses dentro del pomoerium –los límites sagrados de la ciudad-. Otros dioses, aunque recibidos en Roma, debían permanecer fuera de este reciento –no se les entregaba esa metafórica ciudadanía-. Entre los primeros podemos destacar a los Castores, que se aparecieron en la batalla del lago Regilo al mismo tiempo que en el foro en el 499 a.C., avisando de la inminente victoria romana. Destacan también la Magna Mater y Cibeles. Entre los segundos podían destacar Apolo y Hércules, cuyos templos se encontraban fuera del recinto sagrado.

 

Las triadas

Se decía al comienzo que los dioses no están articulados en el panteón, más allá de la Triada Capitolina compuesta por Júpiter, Juno y Minerva. Pero incluso antes de que estos estuvieran en la colina Capitolina, existió una arcaica triada formada por Júpiter, Marte y Quirino –dios de los viri, que suele ser asimilado como Rómulo-, la cual se completaba junto con Juno –dios de los comienzos- y Vesta –protectora del hogar y del fuego eterno-. Los tres dioses de esta triada estaban representados por tres de los flamines más importantes que se conservaban aún en época clásica.

En ambas triadas se observan elementos indoeuropeos. Por una parte, las triparticiones son un elemento de este tronco común. Por otra parte, que Júpiter se mantenga en ambas denota la antigüedad de este dios. Júpiter es el dios soberano por excelencia, un dios de los cielos, garante de la justicia y fecundidad, garantizando el funcionamiento del cosmos.

De los etruscos tomaron la triada capitolina, imitando a la triada etrusca Tinia, Uni y Menrva, Su templo en el Capitolino se convirtió en el templo primordial. Según la tradición fue iniciado por Tarquinio Prisco, completado por Tarquinio el Soberbio, e inaugurado el primer año de la República –el 509 a.C.-. En su interior se guardaba la estatua de terracota de Júpiter, el cual alzado como una especie de dios de dioses, al modo de Zeus, presidia el Estado bajo el epíteto de Iuppiter Optimus Maximus. El culto a Júpiter también experimento variaciones, dedicándose a él todos los votos. También se introdujo la ceremonia del triunfo, en la cual Júpiter era encarnado por el general en cuyo honor se concedía.

Pero como sucede en toda religión, las cosas no son siempre tan claras. Juno es a veces entendido como el dios más importante de Roma, simbolizando las tres funciones de la ideología indoeuropea: la realeza sagrada, la fuerza guerrera y la fecundidad. Algunos mitos lo establecen como un rey del lacio en sus orígenes.

Pese a todo, ni siquiera las triadas tienen un parentesco concreto como lo tienen los dioses griegos.

 

La voluntad divina

¿Cómo manifiestan estos dioses su voluntad a los romanos? Los dioses podían enviar toda una serie de signos, como por ejemplo rayos, fenómenos sobre naturales, o cualquier cosa que se apartara de la normalidad. Eran conocidos como prodigia, aunque existen una multitud de términos para designar a estos: omina, monstrum, ostentum, presagium, etc. Pero para ser interpretados y actuar se necesitaba de la intermediación de los sacerdotes, magistrados e incluso el Senado.

Los prodigios normalmente eran observados por los propios ciudadanos, los cuales se comunicaban a sacerdotes y magistrados, para ser presentados posteriormente al Senado. Era la cámara, asesorada por los augures, quienes determinaban si el prodigio era realmente tal. Si se decretaba como prodigio, se requería expiarlo. Para ello existían distintos procedimientos, ya fuera por la iniciativa de los pontífices, o por la consulta de los Libros Sibilinos en casos muy graves. Mediante estos libros los dioses se volvían a expresar y solicitaban una determinada expiación.

En cualquier caso, era importante tener en cuenta la opinión de los dioses para mantener esa pax deorum, por ello cualquier actuación que se iniciaba requería la observación –auspicium- del vuelo de las aves o de las entrañas para detectar anomalías que indicaran que los dioses estaban en desacuerdo. De esta tarea se encargaba el augur, quien tenía capacidad para anular asambleas, leyes y decretos si observaba que ello no contaba con el apoyo de los dioses. Pero el augur por sí mismo no podía iniciar la toma de auspicios, sino que requería del permiso de un magistrado.

Pero como se puede ver, sin esa autorización de los magistrados los dioses no pueden manifestar su voluntad. Por tanto, los dioses no se manifiestan a los romanos de forma directa, sino que entre ellos median sacerdotes y magistrados. Es decir, que los dioses, al igual que los ciudadanos, se encuentran sometidos al poder público, de tal forma que, aunque superiores, serían una especie de ciudadanos, los cuales participan en la vida de la ciudad por medio de los sacerdotes, único modo de expresarse.

Más allá de todo ello, ello se convirtió en un arma política para frenar reformas y actuaciones de aquellos que se desmarcaban de la mayoría senatorial.

 

La casa de los dioses

Los dioses romanos ocupan su lugar en el mundo antiguo, cercanos a los humanos. Viven en un contexto ciudadano. Pero además de esta esfera espacial amplia, los dioses romanos, en general, se localizan en un lugar concreto en donde residían, como un altar o un templo, en donde existía una estatua que los representa y los encarna. Estos lugares, por tanto, se convierte en una especie de terreno divino, cuya proximidad podía ser muchas veces codiciada pues el dios irradiaba sus virtudes.

Los dioses pueden tener varios lugares de residencia en la propia ciudad. El más claro ejemplo es Júpiter, cuya principal área era su templo del Capitolio, pero este era solo la residencia del Júpiter Optimo Máximo. Otras de sus advocaciones residían en otros tantos templos esparcidos a lo largo de la ciudad.

Estos lugares, una vez consagrados, lo eran para la posterioridad, garantizándose la continuidad del culto. Tan solo Cicerón, que tras haberse exiliado, su casa fue derribada y construido un santuario a Libertas en el año 57, consiguió recuperar el solar, alegando que el ritual había sido mal realizado.

A veces se observa que dioses que comparten funcionalidad residen en un espacio próximo. Por ejemplo, el santuario de Carmenta, diosa de los nacimientos y la fertilidad, esta próximo al templo de Mater, diosa de las matronas. Luego podemos encontrar dioses que comparten un mismo templo, el caso mejor es el de la triada capitolina. En ocasiones, estos últimos se debe a una asociación de dioses menores, una especie de auxiliadores, de los dios principales.

 

BIBLIOGRAFÍA

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Existe una amplia bibliografía para cada uno de los dioses o grupos de dioses. Uno de los mejores diccionarios de mitología es el de GRIMAL, Diccionario de mitología griega y romana. Ha sido editado en multitud de ocasiones.