Los griegos en Iberia

En el siglo VIII a.C., diversas poleis griegas iniciaron una fase de colonización en diversas zonas del Mediterráneo. El objetivo era la fundación de nuevas poleis con el fin de sacar población de las ciudades de origen y evitar, de esta manera, los problemas políticos, sociales y económicos que se estaban viviendo en ellas. Pero no todas las fundaciones griegas eran ciudades, en otras ocasiones se trataba de un tipo de establecimiento, con carácter comercial, conocido como emporion. Se trataba de lugares fijos en donde los comerciantes griegos podían intercambiar productos con la población local. Precisamente, un carácter comercial tuvo la presencia griega en la Península Ibérica. Sea como fuere, hoy por hoy la presencia griega en este territorio está mal conocida. Faltan todavía muchos estudios que sinteticen toda la información resultante de las numerosas excavaciones.

A finales del siglo VII a.C., el comercio griego comenzó un amplio impulso en diversas regiones del Mediterráneo. Es también en este siglo cuando los comerciantes griegos tuvieron, del mismo modo, amplio interés por el comercio con la cultura tartésica.  Diversas fuentes, revestidas con una amplia dosis de mito,  nos muestran este hecho. Así, Heródoto (1.163) nos dice que “los habitantes de Focea, por cierto, fueron los primeros griegos que realizaron largos viajes por mar y son ellos quienes descubrieron el Adriático, Tirrenia, Iberia y Tartessos”. Los focences son en las fuentes los principales protagonistas en la península, aunque debemos pensar que los mercaderes griegos que hasta sus costas llegaban pertenecían a una multitud de poleis.

Por otra parte, debemos recordar que,  en este mismo momento, los fenicios tenían también amplio intereses en la región tartésica y habían fundado en el sur y el levante peninsular –antes de la llegada de los griegos- sendos asentamientos con carácter comercial. Tradicionalmente se había visto a comerciantes griegos y fenicios como competidores, de tal forma que cada uno monopolizaba sus propias rutas y áreas comerciales. Hoy  en día esta teoría ya no se sostiene de ningún modo. Perfectamente los griegos pudieron hacer uso de las rutas de los propios fenicios y de los establecimientos costeros de estos –podemos citar como ejemplo el castillo de Doña blanca, Cerro del Villar, Malaka y La Fonteta-. De hecho, en Huelva y en los propios centros fenicios que acabamos de citar, aparece material de origen griego perteneciente a finales del siglo VII. No obstante, algunos autores piensan que el material griego podría ir en naves fenicias, aunque la idea no es admitida por la mayor parte de los especialistas en la materia al considerar que las fuentes literarias, como hemos dicho anteriormente, indican todo lo contrario. De cualquier manera, hay que tener en cuenta que las naves comerciantes hacían escala por multitud de puertos, vendiendo y comprando mercancías, por lo que no siempre todos los objetos de una cultura han llegado por medio de individuos de la misma.

Al igual que los fenicios, los primeros contactos griegos con las poblaciones indígenas serían únicamente puntuales o, en su caso, esporádicos. Los comerciantes griegos únicamente desembarcarían en la costa e intercambiaban productos con los habitantes de la zona a cambio de otros que interesaban a los griegos, especialmente metales –plata en concreto- como se desprende de las fuentes.  Estos viajes, por supuesto, permitieron a los griegos obtener amplia información  sobre el territorio.

Distritución de las cerámicas griegas en la Península Ibérica

Distritución de las cerámicas griegas en la Península Ibérica

Más tarde, en cambio, los propios griegos construirán también sus propios establecimientos, en especial en el siglo VI a.C. Así, según Heródoto, los focenses habían llegado a un pacto  con el mítico rey tartésico Argantonio  -el cual, se nos dice, costeó la propia muralla de Focea ante la amenaza persa-. Más allá de esta leyenda, la fuente nos muestra cómo el establecimiento se realizaba siempre con el consentimiento de la población local. El problema es que en la actualidad no tenemos un amplio conocimiento sobre estos establecimientos. Según algunos autores -como Hecateo, Avieno y Estrabón-, en la península existía una ciudad llamada Mainake, la cual era la polis más occidental de todas. Los arqueólogos no han encontrado esta y los historiadores modernos consideran que no existió en realidad. Al menos no sería una polis, sino que más bien las fuentes estarían haciendo referencia  a un emporion que no se ha hallado o, incluso, que este estaría en algún centro fenicio o indígena. De hecho, al igual que en el caso fenicio, en las propias poblaciones indígenas existen lugares reservados para establecimientos comerciales. En el caso de Onuba –la actual Huelva- parecen existir estructuras arquitectónicas de calidad en un área delimitada de lo que sería la ciudad indígena y que serviría de base para los comerciantes griegos. Área que ya era utilizada por los fenicios desde mucho antes.

Por tanto, a lo largo del siglo VI a.C. tuvieron que existir diversos establecimientos griegos en la costa del sur peninsular, en especial la zona tartésica, aunque ignoramos donde se encuentran. Deberemos esperar a que las investigaciones avancen.

El único emporion que conocemos en profundidad es el que se asentaba en la actual ciudad de Ampurias, Emporion, que tiene como  aspecto especial que acabó convirtiéndose en prácticamente una polis que emitió su propia moneda, uno de los pocos casos conocidos en el que una polis nace sin haber sido fundada como tal. Era un lugar en donde ya había habido actividad fenicia, así como etrusca. Hacia el 580 a.C. parece que desaparece la presencia de comerciantes de estas dos últimas culturas, de tal forma que el asentamiento es transformado por los griegos en un auténtico emporion en donde se produce diversos productos que más tarde son comercializados, especialmente cerámicas. Las construcciones se consolidan y se construyen para perdurar. Esta actividad, en cualquier caso, tuvo que tener algún tipo de vinculación con la colonia de Massalia –la actual Marsella-, que había sido fundada por los focenses hacia el 600 a.C. La caída de Focea y la situación de las ciudades jonias ante el Imperio persa conllevaron a un amplio movimiento de la población, por lo que no podemos descartar que la propio Emporion recibiera parte de esa migración, tanto de Focea como de otros lugares.

No sabemos con seguridad si hubo una clara intención de constituir una ciudad o polis, o únicamente se produjo una ampliación del emporion, la cuestión es que se produce un crecimiento del mismo y, por tanto, de su población. Tradicionalmente la nueva parte de la ciudad se ha venido llamando Neapolis. No es impensable que se produjera una planificación urbana en su totalidad.

Mientras esto ocurre, hacia mediados del siglo VI a.C. se produce también la llamada crisis tartésica, que podía haberse debido a una disminución de la extracción de las minas de metales. La cuestión es que la presencia griega en el área de Huelva, es decir, en la zona tartésica, disminuye considerablemente. Aunque, por los datos de Heródoto, se puede considerar que cambios en las estructuras políticas y económicas de los establecimientos tartésicos –en donde se inicia un proceso de cambio hacia la cultura turdetana- hubieran llevado a disminuir el interés de los griegos por navegar y comerciar en esa zona.

En general, a mediados del siglo VI a.C., se produce una reestructuración del comercio griego en Iberia. Desde aquel momento, los griegos hacen ante todo acto de presencia entre el cabo de Palos y el cabo de Nao en lo que a la zona del sudeste se refiere. Era una zona rica  en cultivos, como lino y esparto, y en sal. Además por allí transcurren  rutas de paso de atunes. Ello sin contar con que los ríos Segura y Vinalopó permiten el acceso a la Meseta, en concreto a la alta Andalucía, en donde sabemos que la actividad minera de la periferia tartésica cobra mayor importancia. Del mismo modo, el cabo de Palos era también una zona rica en materiales metalúrgicos. Es también el momento de pleno desarrollo del mundo indígena, en concreto de la llamada cultura ibérica en el levante peninsular, cuyas élites está demandado objetos de lujo. Así, mientras los fenicios se reagrupan en la zona más al sur de la península, en torno a Gadir, los griegos  lo hacen en la costa oriental. Esto no implica, en ningún caso, que no existan contactos. De hecho, diversos indicios nos muestran una intensa relación entre Gadir, Emporion y Ebuso.

Emporion, hasta donde sabemos, bien se podría haber convertido en una especie de centro neurálgico de las rutas comerciales hacia la península. De hecho, en el siglo IV, coincidiendo con el momento de mayor prosperidad, esta se ha monumentalizado. Según algunas propuestas, todas las rutas pasarían primero por esta ciudad y, posteriormente, continuaban hacia otros establecimientos o emporia de la costa levantina: Grau Vell de Sagunto, Burriac, Montjuic, Illeta dels Banyets de Campello, Los Nietos, La Picola. Estos eran, en muchos casos, como hemos dicho ya, barrios o puertos en las propias ciudades indígenas.

El comercio griego y las redes que se crearon por la Península Ibérica entre finales del siglo VI y el siglo V y IV  fueron de gran importancia, aunque todavía queda mucho por estudiar. Las investigaciones ante todo han estado orientadas al área de Emporion como se ha podido comprobar, el cual tuvo un territorio que económicamente dependía de esta. Existían a su alrededor núcleos indígenas destinados a la producción de alimentos que consumía esta ciudad. Un comercio que también se debe, entre la segunda mitad del siglo V y el siglo IV, al florecimiento de la cultura ibérica con centros que poseían una economía capaz  de crear excedentes y, por tanto, de crear comercio.

Los griegos comercializaban con cerámicas de barniz negro, figuras rojas como crateras y copas de distintos tipos, las cuales, ante todo, eran compradas por las élites. No obstante, hay que advertir que la cerámica no fue el único producto motivo de comercialización. La presencia de ánforas implica el comercio de otros productos, en concreto alimenticios –los cuales no dejan evidencias visibles como la cerámica-, los cuales podemos saber gracias a las nuevas técnicas de laboratorio. Así, aceite y vino no faltaría entre los productos ofertados.

No podemos dejar a un lado la importancia de los indígenas en este comercio. Distintos documentos epigráficos nos muestran la implicación de estos en los negocios comerciales. Ni tampoco podemos pensar únicamente en un comercio de corta distancia en la península. Existían rutas de larga distancia en el interior de la misma que conectaban con las rutas griegas. Claramente, en el mundo ibérico los asentamientos griegos, como es el caso de Emporion, no tiene ningún tipo de dominio sobre el territorio en su aspecto político, por lo que las buenas relaciones con los indígenas son realmente importantes.

Entre finales del siglo V y principios del IV a.C. se crea un nuevo establecimiento cercano a Emporion, Rhode, sin que se sepa todavía  cuál fue el motivo, pues sorprende la cercanía de ambos asentamientos –uno a cada lado de la misma bahía-. Mientras unos opinan que sería una fundación dirigida por Massalia con el fin de quitar poder a Emporion, otros creen que sería la misma Emporion quien motivo la fundación con el fin de controlar el territorio. 

Finalmente, todo este entramado comercial que se ha construido durante tres siglos cambia a finales del siglo IV. No se sabe muy bien si en esto tuvo algo que ver el segundo tratado entre Roma y Cartago en el 348 a.C. y si esta última tenía ya intención de un dominio de las costas peninsulares. Lo que parece claro es que la cultura ibérica ha llegado a su máximo esplendor y, como consecuencia, las relaciones comerciales cambian. Los íberos han adquirido nuevas técnicas de producción de los propios griegos, por lo que muchos de los productos que demandaban a estos dejan de tener atractivo.

 

BIBLIOGRAFÍA:

DOMINGUEZ MONEDERO, A.J. (2007): “Los griegos en Iberia”, en SANCHEZ MORENO, E. (Coord.): Protohistoria y Antigüedad de la Península Ibérica, vol. I, Las fuentes y la Iberia colonial, Sílex, Madrid, pp. 317-402

DOMINGUEZ MONEDERO, A.J. (1996): Los griegos en la Península Ibérica, Arco Libros, Madrid

DOMINGUEZ MONEDERO, A.J. y SÁNCHEZ FERNÁNDEZ, C. (2001): Greek Pottery from the Iberian Peninsula. Archaic and Classical Periods, Leiden

GRACIA ALONSO, F. (2008): “Comercio, colonización e interacción griega en la Península Ibérica entre los siglos VIII y II”, en GRACIA ALONSO, F. (Coord.), De Iberia a Hispania, Ariel, Barcelona, pp. 475-552

GARCÍA Y BELLIDO, A. (1948): Hispania Graeca, Instituto Español de Estudios Mediterráneos, Barcelona

 

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