Los Idus de marzo: el asesinato de César

“No más tarde de los idus de marzo”, cuenta la tradición, que le dijo el arúspice Espurina  a César. Era el 15 de marzo del año 44 a.C cuando en el teatro de Pompeyo la vida de César llegaba a su fin tras recibir sendas puñaladas.

César se encontraba en la cima de su poder, tras haber cruzado cinco años antes el Rubicón, y con una cruenta Guerra Civil contra Pompeyo, César había conseguido convertirse en el primer hombre de Roma, alterado el tradicional funcionamiento de las instituciones, ocupando el consulado y la dictadura de forma alternada, hasta el punto que fue proclamado dictador vitalicio en el mes anterior a su muerte.

No era extraño, por tanto, que los rumores sobre la aspiración de César a la monarquía estuvieran a la orden del día. Esto había alertado a una gran parte de la aristocracia, los antiguos partidarios de Pompeyo,  que creyeron  necesario acabar con el que consideraban un tirano, y con su muerte reponer el normal funcionamiento de la República.

Se fue creando así un complot, en donde también estarían involucrados cesarianos que acabaron en desacuerdo sobre el rumbo que César había tomado y su acumulación de poderes. Entre los principales miembros del complot se encontraba Marco Bruto, cuya participación no carecía de simbolismo, ni la puñalada final que se dice este le dio, puesto que uno de sus antepasados más remotos había sido, según la leyenda, uno de los cabecillas en expulsar al último monarca de Roma, Tarquinio el Soberbio. Que un nuevo Bruto repusiera la República sería un buen argumento ante el pueblo que justificara la muerte de Cesar.

Los conspiradores creyeron adecuado realizar su actuación el día de los Idus, día en que todos ellos estarían reunidos, con Cesar, en una reunión senatorial, y antes de que Cesar partiera a la nueva campaña contra los Partos que estaba ya planificada.

Los rumores de este complot debieron estar a la orden del día. Se dice que su mujer, Calpurnia, tuvo sueños en donde César moría, el propio César tuvo sueños similares, e incluso varios adivinos le advirtieron que corría peligro. César, sin embargo, no era supersticioso, aunque estuvo a punto de no presentarse aquel día en el Senado a causa de tantos presagios en la misma dirección,  sin embargo, alguno de los miembros de este complot le convencieron que no mostrara debilidad no acudiendo a la reunión.

De camino al Senado, el griego Artemidoro de Cnido, pedagogo en la casa de Marco Bruto, quién debió conocer el complot, entregó una nota a César avisándolo, sin embargo éste no la llego a leer. En el camino también encontraría al arúspice Espurina, a quien comentó que eran los Idus y no le había sucedido nada. La respuesta fue que aún no habían pasado.
La reunión del Senado tenía lugar en el teatro de Pompeyo, pues la sede del Senado, la Curia Hostilia, había sido incendiada años atrás con el funeral de Clodio.

La reunión comenzó con Tilio Cimbro acercándose a César para  interceder por su hermano en el exilio. Lo que aprovecharon el resto de los conspiradores para acercarse a César, los cuales comenzaron a apuñalarle. La tradición nos ha trasmitido que la puñalada mortal fue dada por Bruto, y que antes de eso, César llego a pronunciar aquello de ¿tú también, hijo?. César cayó, a modo de paradoja, ante los pies de la estatua de Pompeyo, que había sido su amigo y enemigo. Antiscio, un médico, que analizó el cadáver contó que este tenía 23 puñaladas, pero tan solo una había sido mortal.

Se tenía previsto que el cadáver sería tirado al Tiber para evitar que en los funerales la plebe se echara contra ellos. Otros ilustres personajes habían tenido este mismo final, como Tiberio Sempronio Graco. Pero el cadáver fue, finalmente, trasportado a su casa.
Los conjurados no pudieron hacerse cargo de la situación, pese a que intentaron justificar la muerte de César ante el pueblo. La plebe se encolerizó, hasta el punto que los tiranicidas tuvieron que refugiarse en el Capitolino, entre los que se encontraba Bruto y Casio. Mientras Marco Antonio, que había sido entretenido para que no entrara en la reunión donde fue asesinado César,  intentó llegar a un acuerdo con estos, y presentarse al día siguiente en el Senado como quien había evitado una nueva Guerra Civil. Aquella sesión del Senado fue dura, puesto que se intentó declarar a César tirano. Al final Cicerón  propuso dar la amnistía a los asesinos.

El día 19 Marco Antonio leyó el testamento de César, quien se llevó una gran sorpresa al dejar su fortuna a su sobrino nieto, de 18  años entonces, Cayo Octavio, el futuro Augusto, a quién adoptaba como su hijo.

En el funeral de César, Marco Antonio, que incluso llegó a enseñar la túnica apuñalada de César, aprovechó para crear una mayor crispación en el pueblo, puesto que su objetivo era convertirse en el sucesor político de César, mientras  que los tiranicidas, ante los acontecimientos, y temiendo por sus vidas si permanecían en Roma, se exiliaron.

La República no iba a ser repuesta. Mientras Marco Antonio intentaba hacerse con el poder, el joven Octavio llegaba a Roma con un fin similar. Mientras que en Oriente los tiranicidas, encabezados por Casio y Bruto, agrupaban varias legiones con el fin de hacer frente a Marco Antonio y Octavio.

Comenzaba una nueva Guerra Civil en Roma, y una nueva leyenda en torno a la muerte de César que será recordada a lo largo de la historia. La decimonónica “pintura de historia” representará en varias obras este acontecimiento. También la literatura lo hará con el célebre Julio César de Shakespeare, en donde precisamente el eje principal es la muerte de César. Misma obra que sería llevada al cine, en donde Marlon Brando encarnaría al personaje de Marco Antonio.

Incluso las matemáticas tomaron el argumento de la muerte de César. Enrico Fermi, uno de los grandes físicos del siglo XX,  puso a sus alumnos un problema matemático conocido como el teorema del último aliento de César. Éste nos dice que cada vez que respiramos, inhalamos, al menos,  una molécula de aire de las que exhalo César antes de morir. Evidentemente es algo teórico, puesto que hay que suponer que el número de moléculas de aire que había en el 44 a.C  es  el mismo del de hoy. Y en segundo lugar debemos pensar que las moléculas de aire que exhalo César se mezclaron homogéneamente por toda la atmosfera. Pese a ello no deja de ser un ejemplo, a día de hoy, de cómo la muerte de César ha sido recordada a lo largo del tiempo. Incluso en el foro donde fue incinerado todos los años se depositan flores en su honor.
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El asesinato de César, de Jean Léon Gerome, 1867
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Muerte de César, de Carl Theodor von Piloty, 1865

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