Los orígenes de Navarra, Aragón y Cataluña (siglos VIII a IX)

Ninguno de los reinos y entes políticos que existían en la Península Ibérica al acabar la Edad Media habían surgido antes del siglo VIII. El origen de todos ello se debe a la conquista arabo-bereber del reino visigodo y la creación de reductos cristianos en las zonas montañosas del norte peninsular.

Si dejamos a un lado el reino astur, que surge al amparo de la Cordillera Cantábrica, nuestro objetivo en los siguientes párrafos es intentar narrar los más remotos orígenes de los tres entes políticos que surgen a lo largo de los Pirineos: Navarra, Aragón y Cataluña –aunque ninguno de ellos recibía en estos siglos que tratamos, VIII y IX, tales nombres- El motivo de esta conjunta visión no se encuentra solo en que comparten el ya mencionado sistema montañoso como núcleo de origen, sino en que todos ellos surgieron como consecuencia de la política carolingia en esta zona.

 

El sector noreste de la península tras la invasión arabo-bereber

En el año 711, las ya mencionadas tropas arabo-bereberes cruzaron el estrecho de Gibraltar y finiquitan el ya poco estructurado reino visigodo. En el cuadrante noreste de la península, el dominio musulmán se estableció en los años siguientes, más concretamente a partir del  714. En ese año el bereber Tariq y el árabe Musa tomaron Zaragoza y posteriormente sometieron a presión militar el territorio oscense y la actual Cataluña desbastando la zona entre Huesca, Lérida, Gerona, Tarragona y Barcelona. Las expediciones debieron llegar hasta Narbona –tomada finalmente en el 820-. Dichas ciudades, con un profundo declive, capitularon como fue habitual en el resto de la península y en todo el territorio conquistado alrededor del Mediterráneo por el Islam.

Las capitulaciones eran lo suficientemente ventajosas como para ser aceptadas por el conjunto de la población. Se permitía el mantenimiento de la fe cristiana a cambio del correspondiente tributo, así como el respeto de las propiedades particulares. Es de entender que los que más tenían que perder, la nobleza hispano-visigoda, fueran los principales partidarios de aceptarlas e, incluso, muchos se convirtieron al Islam con el fin de seguir ostentado el poder político. Entre los principales nobles de la zona, debemos destacar al conde hispano-godo Casio, que gobernaba la circunscripción de Tarazona. Este, además de someterse sin resistencia, abrazó la fe islámica, convirtiendo su linaje en el más importante de la región cuyos descendientes son conocidos como los Banu Qasi. Familia que desempeñó una importante función en el gobierno de la frontera superior del Al-Ándalus.

La colaboración de la población autóctona y de su nobleza era decisiva para el control de todo este territorio, puesto que las tropas arabo-bereberes no poseían los suficientes efectivos como para asentar un gran número de contingentes que permitiera su dominio. De esta manera, la población en su mayoría era mozárabe, es decir, cristianos que vivían en territorio dominado por el Islam.

En los valles pirenaicos, en cambio, ni siquiera se produjo ningún tipo de asentamiento de las tribus árabes o bereberes. El ejemplo más importante de esta situación lo encontramos en Pamplona, principal ciudad de la región de los vascones, un reducto montañoso sin atractivo para las musulmanes, demasiado poblado y con escasos excedentes de producción, que capituló en el 718, cuyo conde –o título que ostentara el principal cabecilla de la zona- únicamente juró fidelidad política y el pago de un tributo anual, quedando la región más como un protectorado que como un dominio del emirato cordobés. Misma circunstancia que se debió producir en el resto de los valles pirenaicos, en especial en la zona central en donde existen valles en altura de difícil acceso, además de no tener un valor económico que haga atractivo su control. A lo mucho, tales zonas, al igual que el caso de Pamplona, se limitaron a reconocer la autoridad musulmana, aunque no tenemos fuentes suficientes como para conocer lo que aconteció en tales núcleos en estos primeros momentos. No parece que presentaran ningún tipo de entidad política organizada como sucede en las mismas fechas en la zona asturiana.

En cualquier caso, todos los territorios de los valles pirenaicos reunían los requisitos para ser auténticos focos de rebeldía. Como hemos dicho, no existía presencia musulmana. Eran territorios demasiado pobres en donde solo cabía una economía agropecuaria muy limitada que al cabo del tiempo impedirá sustentar a una población creciente, y que se veía empeorada por el pago de tributos a los musulmanes. Estas zonas, además, se habían convertido en un lugar de recepción de población de gentes del valle del Ebro que no aceptaron el dominio musulmán.

De esta manera, en cuanto el emirato mostrara algún tipo de debilidad, se volverían contra el mismo. Así, cuando las tropas árabes capitaneadas por Abd-al-Raham al Gafiquí al otro lado de los Pirineos fueron derrotadas por Carlos Martel en la batalla de Poitiers en el 732, en Pamplona se produjo algún movimiento sedicioso –de hecho, tradicionalmente los vascones habían mostrado siempre resistencia contra el poder romano primero y el visigodo después-  como parece mostrar las operaciones de policía llevadas a cabo por los gobernadores de Al-Ándalus para mantener este territorio controlado.

 

La campaña de Carlomagno en el valle del Ebro

Tras la victoria de Carlos Martel en Poitiers, los monarcas francos parecen interesados en crear un territorio en el sur de la Galia que sirva como frontera con el Islam, aunque no será hasta el reinado de Carlomagno cuando se intente materializar. La oportunidad vino dada desde el propio Al-Ándalus. El entonces ya emirato independiente era altamente inestable en su política interior por las rencillas entre las dos etnias, los árabes, dominantes, y los bereberes, que se encontraban en una posición de inferioridad, pese a que se habían convertido al Islam. Pero también entre las distintas tribus, algunas de las cuales no estaban conforme con el dominio Omeya en Córdoba, después de que el único sobreviviente de esta familia, Abd-Ramam I, lograra escapar de la matanza perpetrada por los Abasies, tras lo cual independizó el emirato del califato de Bagdad a mediados del siglo VIII. Los principales cabecillas del valle del Ebro buscaron en el 777 ayuda en el reino franco para oponerse a este. En concreto, el gobernador de Zaragoza, Sulayman al-Arabí, que viajó hasta tierras de Sajonia para solicitar ayuda al monarca franco a cambio de entregar la citada ciudad. De esta forma, Carlomagno planea situar la frontera con el Islam en el río Ebro mediante el control del norte del valle.

Este penetró en la península por los dos extremos de la cordillera pirenaica. El ejército capitaneado por el caudillo franco entró por la zona occidental, consiguiendo la sumisión de Pamplona. Desde allí se dirigió hasta Zaragoza, que era el punto de reunión con la otra parte del ejército que había cruzado el Pirineo por su parte oriental y que había pasado por Barcelona, Lérida y Huesca. Pero, para sorpresa de Carlomagno, las puertas de Zaragoza no se le abren. Su defensor, al-Husayn al-Ansaría, no cumplió lo prometido por Sulayman. Pese al intento de rendirla mediante sitio, Carlomagno acabó por abandonar la península sin cosechar éxito alguno.  Durante la retirada, que se realizó por Pamplona, destruyó los muros de esta ciudad para impedir que se rebelaran contra su poder, aunque tras salir de la misma, su retaguardia fue ataca. Si bien el Cantar de Roldán considera que fueron sarracenos en Roncesvalles, si tomamos la bien argumentada teoría de Antonio Ubieto, parece que se produjo en el valle de Hecho por parte de los vascones.

Tras la salida del emperador franco, el emir cordobés dirigió sus tropas para establecer su autoridad en Zaragoza y avanzó hasta la región de Pamplona en donde sometió el reducto de un tal Jimeno “el Fuerte”, que sería el magnate a quien cabría identificar con el que venía rigiendo el distrito pamplonés bajo la tutela musulmana. Tal tutela  fue restaurada e incluso el Omeya se adentró en la cabecera del río Aragón en donde un tal Velasco tuvo que entregar a su hijo como rehén.

La campaña del emir hizo también que muchos de los habitantes, mozárabes, del valle del Ebro tuvieran que huir hacia los altos valles pirenaicos. Migración que estuvo también fomentada por el propio emperador, quien trasladó a los hispano-cristianos  de esta zona, que las fuentes documentan como hispani, a las tierras del sur de Francia, en concreto a la Septimania, con el fin de reforzar con población el sur del reino franco.

La zona pirenaica era, en cualquier caso, un espacio entre dos mundo, el carolingio y el Al-Ándalus, con unas fronteras poco definidas. Ambos poderes intentaban tener bajo sus respectivas batutas esta zona de tránsito.

 

Ludovico Pio y la formación de los condados catalanes y aragoneses

La política carolingia al otro lado de los Pirineos quedó en manos de Ludovico Pio –o Luis el Piadoso-, hijo de Carlomagno –y que más tarde le sucedió-, para quien el emperador creo la demarcación de Aquitania y le concedió el título de rey. Este, en los lustros siguiente, logró el dominio e institucionalización de los territorios del pirineo central y oriental, así como por escaso tiempo, también la zona occidental.

Los principales éxitos se produjeron en la zona que hoy conocemos como Cataluña Vieja. En el 785, por propia iniciativa de los cristianos de Gerona, la ciudad fue entregada  a los francos. Tres años después, en el 789, sucedió lo mismo en Urgel y Cardeña. Con esta franja de terreno en el sur del Pirineo, Ludovico Pio celebró una gran asamblea en Tolosa en donde se decidió realizar una nueva campaña militar con el fin de asentar, como años antes había intentado su padre, la frontera en el Ebro. En este caso, el ejército penetró en la península en tres columnas, una de las cuales estaba formada por hispano-godos. Llegados a Barcelona, la sometieron a sitio y, tras varios meses, la ciudad capituló el 2 de abril del 801. Pese a este éxito, no se logró establecer la frontera más allá de los ríos Llobregat y Cardoner, que se convirtió en el límite con el Islam durante los dos siglos siguientes.

Estos nuevos territorios adquiridos por Ludovico fueron ordenados territorialmente en condados: Rosellón, que ya estaba bajo soberanía franca desde el 760, Vallespir, Perelada, Ampurias, Besalú, Gerona y Barcelona, en las zonas del litoral. En las montañas pirenaicas, los de Cerdaña, Conflent y Urgel. Entre todos ellos, el de Barcelona era el más importante, por un lado por las potentes murallas romanas de la ciudad, por otro porque era la zona de frontera con el Islam, lo que la tradición ha llamado Marca Hispánica, aunque jamás existió tal desde el punto de vista jurídico,  puesto que no estaba regida por un marqués.

A su frente, cada uno de ellos se encontraba al cargo de un conde nombrado por el emperador, que actuaba como magistrado de la res publica carolingia basada en el derecho público, junto con otros magistrados como los vizcondes, que gobernaban en ausencia del señor, los vicarios o verguers, que se encargaban de la administración local, así como jueces.

Fueron repobladas estas tierras por los hispani –a los que se concedió el derecho de apresura de las tierras yermas que hubieran roturando, creando una población de pequeños propietarios libres-, lo que daba lugar a un territorio caracterizado por la tradición hispanogoda y, por tanto, culturalmente diferente respecto al núcleo del Imperio carolingio. En cualquier caso, este estrato cultural permitió establecer el ya mencionado derecho público, aunque en este caso basado en el derecho visigodo. Esta circunstancia llevó, de igual modo, a que la nobleza autóctona se queje por el nombramiento de condes francos, que se alternaban con los de origen hispanogodo hasta el año 878.

Por su parte, el pirineo central es una zona en donde se encuentran las mayores alturas y en donde el intento por parte del reino franco de controlar las tierras al sur del mismo es insignificante. Los intentos por tomar Huesca y Lérida son un fracaso. Este territorio central está naturalmente dividido en tres segmentos que dan lugar a tres condados: el de Aragón, sobre las fuentes del río Aragón y del Gállego; Sobrarbe, en los cursos altos del Alcanadre y el Cinca, y el de Ribagorza y Pallars –más tarde divididos en dos entes políticos distintos-, sobre los ríos Esera, Isabena y Noguera Ribagorzana –en el caso del de Ribagorza- y Noguera Pallaresa –caso del de Pallars-. La política carolingia en esta zona tiene más sombra que luces y, de hecho, sobre el condado Sobrarbe apenas existe documentación. Al ser el valle del Cinca abierto, la zona estuvo sometida al avance musulmán, aunque al menos los valles de Fiscal y Broto no parece que llegaran a penetrar. En cualquier caso, junto con el de Ribagorza y Pallars, estos territorios se encuentro  a principios del siglo IX bajo la órbita de los condes de Tolosa, aunque constituyendo unidades individualizadas.

Condados de Aragón

Condados de Aragón

Mientras tanto, en el condado de Aragón parece que la política carolingia se basó en el patrocinio de notables indígenas de la zona.  El primer conde que las fuentes francas mencionan en la zona central de los Pirineos es un tal Aureolo –fallecido en el 809-, que se encontraban según dichas fuentes frente a las ciudades de Huesca y Zaragoza, pero muy posiblemente se trate del territorio jacetano, es decir, el territorio del primigenio condado de Aragón.  En cualquier caso, la dinastía de condes de Aragón se inicia con Aznar Galindo I, que quizás era un rico propietario indígena. Esta incipiente dinastía dominaban poco más de 600 quilómetros cuadrados en los valles de Hecho y Canfranc, lo suficientemente angosto que permitían una buena defensa, pero también bien comunicados con el otro lado del Pirineo. Al igual que sucedía en los condados catalanes, existe constancia de que tras una progresiva influencia cultural carolingia sobre el sustrato indígena, finalmente la llegada de cristianos del sur dio lugar también a una cultura de tradición hispana como bien demuestra San Juan de la Peña.

 

El latente reino de Pamplona y su relación con el condado de Aragón

En el 806, la política llevada a cabo por Ludovico permitió que Pamplona volviera a la órbita franca, aunque de una forma inestable. Situación que se debía a una estructura social basada en  clanes que impedía conformar una estructura política que permitiera algún tipo de fidelidad hacía un determinado poder. En efecto, las fuentes árabes hablan de dos grupos. Por una parte los vascones, poco romanizados, vivían en las proximidades de Pamplona encabezados por la familia de los Arista. Estos eran  partidarios de mantener los pactos con el emir de acuerdo a los lazos matrimoniales con los Banu Qasi. Por otro lado, los gascones, que se encontraban al este, en la zona de Leire y Aragón, estaban más romanizados. La principal familia era la de los Velasco, los cuales eran partidarios, por el contrario, de la protección carolingia.  

En el 812, Ludovico Pio tuvo que reprimir una sedición de los gascones o vascones ultrapirenaicos, hecho que aprovechó para cruzar el Pirineo y llegar hasta Pamplona. Su pretensión era clara, crear en este territorio un condado como los de la parte oriental y central del Pirineo. Puso al frente del mismo a un tal  Velasco al-Yalasquí como delegado y que se puede considerar el primer conde carolingio de Pamplona, aunque también el último. La poca duración del mismo se debe, primero, a las revueltas de los condes de Gascuña, que dejaron aislada a Pamplona del centro político franco. Por otro lado, cuando en el 814 Carlomagno muere, Ludovico abandonó su presencia en Aquitania y los territorios hispanos para hacerse cargo del trono de su padre. La circunstancia fue aprovechada por Al-Hakam I, que venció en el 816 a Velasco. La Navarra primordial, por tanto, tan solo fue unos años un condado carolingio.

Esto último también provocó un cambio político en los valles transversales del Pirineo central. Así, el magnate local Aznar Galindo, es decir, el conde de Aragón, fue expulsado por su yerno, García Galíndez, apodado el malo, por su política procarolingia. Por la fidelidad presentada por el primero, el ya emperador Ludovico lo recompensó con el condado de Urgel-Cerdaña. El nuevo conde aragonés casó entonces con la hija del magnate pamplonés, Iñigo Arista, que la tradición lo considera como el primer rey de Navarra. Este, a su vez, había estrechado sus lazos con los Banu Qasi casando a otra de sus hijas con Muza ibn Muza, que además era hermano suyo por parte de madre. Es de entender que los intentos de Ludovico Pio por convencerle para que aceptara la soberanía carolingia fueran rechazados.

A mediados del siglo IX, se comienza a observar un progresivo intento de los magnates musulmanes por controlar de forma autónoma sus territorios, dinamitando el poder central del emir en Córdoba. Así, el Banu Qasi Musa Ibn Musa, junto con Iñigo Arista y García Galíndez mantuvieron una actitud de repetida insumisión entre el 841 y el 850. Esto llevó al emir Abd Al-Rahman II a penetrar en varias ocasiones en el territorio pamplonés, sometiéndolo a tributo.

Respecto al condado de Aragón, la defección de García Galíndez permitió volver al hijo de Aznar Galindo, Galindo I Aznar, al condado, que a partir de ahora estará siempre gobernado por la misma dinastía condal. La supervivencia del minúsculo territorio pasó por una política matrimonial con las principales familias de los territorios aledaños a lo largo de la segunda mitad del siglo IX.  Galindo I casó a su hijo Aznar II con  la hija del pamplonés García Íñiguez. Al norte de los Pirineos, Galindo II –sucesor de Aznar II- casó con la hija del conde García Sánchez de Gascuña, pero también una hija de Aznar II casó con el valí de Huesca, al-Tawil. Del mismo modo, una hija de Galindo II –hijo de Aznar II- casó con el conde de Ribagorza, Bernardo. Este último condado, que como hemos dicho lo mantuvieron bajo su poder los condes de Tolosa hasta el 872, fue independizado por Ramón I creando una dinastía propia e independiente de Tolosa, pero a principios del siglo X, parece que es dividido entre Bernardo-Unifredo, un hijo del anterior, mientras Pallars recae en su hermano Lope. En cualquier caso, la dependencia del condado aragonés del incipiente reino pamplonés era manifiesta.

 

Situación de Pamplona, los condados aragoneses y catalanes a finales del siglo VIII

De esta forma, el Pirineo occidental y oriental quedaba fuera de la órbita franca, coincidiendo también con la cada vez más débil situación del Impero, que entraba en un proceso de fragmentación del poder o feudalización.

Pamplona seguía reconociendo  a finales del siglo IX el poder el emirato de Córdoba, aunque este había entrado en una fase de debilitamiento que provocará que a principios del siglo X, Sancho I Garcés rompa con la sumisión al Al-Ándalus y estructure un reino en toda regla. Por su parte, el condado de Aragón se encuentra por política familiar bajo el amparo de los monarcas de Pamplona. Del condado de Sobrarbe apenas conocemos nada, mientras que los condes de Ribagorza intentaban a toda costa institucionalizar el condado de forma independiente.

Condados catalanes

Condados catalanes

Por su parte, en los condados catalanes el nombramiento de condes francos para ocupar los gobiernos condales fue cada vez más limitado. De hecho, Vifredo el Velloso concentró en sus manos los condados de Urgel, Cerdaña y Conflent, a los que unió los de Barcelona y Gerona en el 878 por iniciativa de Luis el Tartamudo. Lo más importante de todo ello es que, como será habitual en el resto del Imperio, consiguió transmitir en herencia estos condados, conformando una importante dinastía condal. Ello no indica que se produjera una independencia del Imperio, de hecho los condes catalanes consideran oportuno mantener su fidelidad al monarca franco por el apoyo que podía prestarles en caso de que el empuje de las tropas musulmanas requiriera tal ayuda. En la práctica, los condes tuvieron que defender sus territorios desde finales del siglo IX con sus propios medios, lo que de facto implicaba que llevaban una política independiente.

En conclusión, a finales del siglo IX, la influencia carolingia en la zona pirenaica había desaparecido y las células políticas surgidas deberán hacer frente por sí mismas al poder islámico que se reafirma a partir del siglo X tras la llegada al poder de Abd-Raman III.

 

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