Los remedios curativos de Catón el Censor

Catón el Censor o Marco Porcio Catón ha pasado a la historia por la famosa frase con la que acababa sus discursos: “Cartago debe ser destruida”. También por el desempeño de la Censura, que le otorgó su apodo. Pero su biografía es mucho más amplia y, entre lo que podemos destacar del personaje, se encuentra una abultada obra literaria que abarcó multitud de temas. Lamentablemente, únicamente se ha salvado su Tratado de agricultura y una serie de fragmentos de sus otras obras que fueron citados  por otros autores en sus escritos. En cualquier caso, material suficiente para conocer los medios de curación que Catón consideraba efectivos.

Catón era un moralista, un hombre que defendía, a toda costa, la tradición romana frente a la constante penetración de elementos griegos –aunque la influencia griega siempre había existido desde los mismos orígenes de Roma–. Así que, claramente, tenía en poca estima a los griegos, en especial a sus médicos.  De esta manera lo expresaba el propio Catón de acuerdo a un fragmento de la obra Ad Marcum Filium –una especie de enciclopedia romana dedicada a su hijo Marco-, que nos recoge Plinio (HN 29.14): “A propósito de los griegos esos diré en su lugar, Marco, hijo mío, lo que en Atenas tengo averiguado y lo que de su cultura es bueno consultar, no aprender a fondo. Conseguiré probar que la de ellos es una raza muy perjudicial e ignorante. Y créete que lo dice un adivino: siempre que la raza esa ofrezca sus textos escritos, corromperá todo, y todavía más si ello implica a sus médicos. Se han juramentado para matar con la medicina a todos los bárbaros, pero eso lo hacen cobrando para tenerlos confiados y aniquilarlos con facilidad. También a nosotros nos llaman bárbaros y con el mote de “ópicos” –básicamente es como decir ignorantes– nos denigran más zafiamente que a los demás. Te prohíbo el trato con los médicos”. Parece que a Catón no solo no le gustaban los médicos griegos, sino que además sospechaba hasta de un complot de estos para acabar con la vida de todos los romanos. Para Catón y, probablemente para muchos romanos, la única forma de curación era la que se basaba en la medicina tradicional romana.

Parece que nuestro amigo Catón, según nos comenta nuevamente Plinio (HN 29.15), poseía toda una serie de apuntes sobre los tradicionales remedios romanos, gracias  a los cuales él y su esposa llegaron a una longeva vejez. Remedios que, de igual modo, usaba para tratar a su hijo, esclavos y familiares. Al fin y al cabo, Catón, como buen pater familias, debe también ocuparse de la salud de quienes componen su familia, al igual que lo hace de la hacienda como se transmite a lo largo del Tratado de agricultura. De acuerdo a Gargilio Marcial (Medicinae ex oleribus et pomis 30), los médicos  curaban a precios elevados y traían toda una serie de drogas que vendían al precio que querían. ¡Unos auténticos usureros! En cambio, “los hombres de armas –el romano que trabaja su propia tierra-– curaba gratis con hortalizas sus gloriosas cicatrices empelando para su salud el huerto: mientras los alimentaba, los curaba”. ¿Para qué iba uno a pagarse un médico cuando existían remedios mucho menos costosos? Especialmente cuando el citado tratado de Catón, ante todo, va encaminado para ahorrar y gastar poco.

El principal ingrediente de la botica de Catón –por lo que nos ha llegado de su obra– es nada menos que la col. De hecho, parece un remedio que los romanos usaron tradicionalmente hasta que esos impertinentes médicos llegaron (Gargilio Marcial, Medicinae ex oleribus et pomis 30). En el Tratado de agricultura  (156 -157) ocupa un amplio espacio especificando las distintas maneras de ingerir la col para las distintas dolencias. Hortaliza que al parecer, según nos dice, supera a todas las demás. Nos da distintas variedades de coles, aunque unas son más medicinales que otras, decantándose sobre todo por la que él llama col suave. Para Catón, en efecto, la col es la base de todo remedio. Permite “sacar” cualquier enfermedad del cuerpo dependiendo de su preparación –cocida o cruda, sola o junto algún otro producto– y consumo –diariamente o de forma puntual–.

¿Qué cura? Es buena para la digestión, vaciar el estómago y hacer de vientre, especialmente para el estreñimiento. También es ventajosa para quien sufre de cólicos, así como para la próstata o, según Catón, para quien “orina gota a gota”. Triturada, a modo de cataplasma, es maravillosa para heridas, inflamaciones, luxaciones, contusiones y dolor en las articulaciones. Buena también para los dolores internos: inflamación del bazo, dolor del corazón, hígado, pulmones y diafragma. De igual manera, va muy bien para quien sufre de insomnio, así como para la debilidad senil. Cura también la sordera, la sarna y los pólipos de la nariz. En definitiva, aconsejable para todo el que se encuentra débil.  

Para los de buen tragar y beber en los banquetes, podemos mencionar este estupendo remedio: comer la col cruda mojada en vinagre. Esto permite luego comer cuanto se antoje y sobre todo ingerir cuanta bebida se quiera sin sentirse saciado ni embriagado. Eso sí, tras cenar debemos comer cinco hojas de col para que el remedio surta efecto.

Un subproducto de la col, por llamarlo de laguna manera, es la orina de quien ha comido a menudo esta. Así, es aconsejable, nos dice el buen romano, guardar esta orina para cuando se necesite. Si alguien se siente débil, únicamente deberemos calentarla y bañar al enfermo en ella.  De hecho, es bueno lavar a los niños pequeños con esta orina para prevenir enfermedades.  No solo esto, sino que también cura la mala visión si se aplica sobre los ojos. De la misma forma, si se hace sobre la cabeza o el cuello, desaparece el dolor de estas partes del cuerpo. E incluso si la mujer se la aplica en sus pudendas partes, la menstruación es puntual.

Dejando la col y la orina, el vino es una buena opción para hacer de vientre. Eso sí, no cualquier vino, este debe producirse de una forma un tanto compleja: “después de la vendimia, cuando se cavan las cepas, cava y señala tantas cepas cuantas creas que dan vino suficiente para este fin. Corta alrededor las raíces y limpia. Machaca en el mortero raíces y circunda las raíces de la cepa con estiércol viejo, ceniza vieja y dos partes de tierra. Echa tierra encima. Cosecha aparte este vino” (Catón, Agr. 114). Un remedio también un tanto también más laborioso para este mismo menester es el siguiente: “cógete una olla, échale seis sextarios de agua y añádele ahí una pezuña de pernil: si no tienes pezuña, añádele un trozo de pernil de media libra lo menos graso posible. Cuando ya empiece a estar cocido, añádele dos tallos pequeños de col, dos tallos pequeños de acelga con su raíz, una pizca de helecho, hierba mercurial en no mucha cantidad, dos libras de almejas, un mújol y un pez escorpión, seis caracoles y un puñadito de lentejas. Cuécelo todo hasta que queden tres sextarios de caldo. No le añadas aceite. Tómate a continuación un sextario de tibio, añade un cíato de vino de Cos, bebe y descansa de momento, después una segunda toma de la misma manera, después una tercera: te purgarás bien” (Agr. 158). Volviendo al vino, este también  es bueno para la ciática si se prepara de esta forma: “machaca muy menuda madera de enebro de medio pie de grueso. Ponla a hervir con un congio de vino añejo. Cuando se haya enfriado, viértelo en una botella y toma después un cíato de ese vino en ayunas” (Agr. 123). Y también el vino como ingrediente es efectivo para los retortijones, diarrea, tenías y lombrices, si se mezcla con granadas (Agr. 126), y si además se añade hinojo, buena para la dispepsia y la estranguria (Agr. 127). Si el vino se mezcla con alcaparra o enebro y se hierve en recipiente de cobre o de plomo, entonces se convierte en otro remedio para orinar (Agr. 122).

Finalmente, podemos hacer mención a otros dos remedios para escoriaciones y luxaciones. Para el primer caso, en los viajes, lo mejor es llevar en el anillo una ramita de ajenjo del Ponto (Agr.159). Claramente, se trata de un remedio mágico que permite alejar a la enfermedad. De carácter mágico es, igualmente, el remedio para las luxaciones: “cógete una caña verde de cuatro o cinco pies de larga, hiéndela al medio y que la mantengan dos hombres junto a la cadera. Comienza a decir el conjuro: Motas vaeta daries dardares astataries dissunapiter hasta que las dos partes coincidan. Agita por encima un hierro. Cuando coincidan y la una esté en contacto con la otra, cógela con la mano y córtale la punta a la parte derecha y a la izquierda; átala a lo luxado o a la fractura: quedará sano. Y, no obstante, dirás el conjura a diario [laguna] o de la siguiente manera: Huat haut haut ista sistarsis ardannabou dannaustra” (Agr. 160).

En definitiva, parece que la col fue, al menos hasta el siglo II a.C.,  el principal remedio para los romanos, incluyendo la orina de quien la ha tomado. Seguida del vino, siempre que esté elaborado de una forma concreta o, en su caso, mezclado con unas determinadas hierbas. Ello sin contar con la medicina de tipo mágico, que incluso está presente en la propia elaboración de alguno de los propios remedios con col o vino.

 

Bibliografía:

GARCÍA TORAÑO, A. (2012): Catón el Censor: Tratado de Agricultura. Fragmentos. Biblioteca Clásica Gredos, Madrid

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