Los Siglos Oscuros

Entre la caída del mundo micénico, hacia el 1200, y el inicio del arcaísmo griego, en el siglo VIII a.C., se produce un periodo que ha sido llamado por los historiadores Edad Oscura o Siglos Oscuros. La denominación se debe, ante todo, a que carecemos de documentación que nos permita conocer con exactitud este periodo de la historia griega. No poseemos fuentes escritas, puesto que, con la caída de los palacios y la administración que utilizaba la escritura, ésta desapareció. Aunque, claro está, esta oscuridad es cada vez menor. Las fuentes arqueológicas nos han proporcionado en los últimos años una amplia cantidad de datos, hasta el punto que muchos son los que consideran que esa etiqueta de “Siglos Oscuros” ya no tiene lógica alguna, y que tan solo viene a confundir. Muchos son partidarios de llamarlo Medievo griego o Época homérica.

Pese a todo, seguir una línea cronológica de este periodo es difícil, en cuanto que su estudio parte de lo que conocemos del siglo VIII. Es decir, sabemos que en Grecia, en ese siglo, están conformadas las póleis, sus instituciones, y una aristocracia que las domina. Está ideado el alfabeto, y es el momento en que se pusieron por escrito los poemas homéricos, y cuando escribe Hesiodo sus obras. ¿Cómo surgió todo esto? Es evidente que se fue forjando a lo largo de estos siglos de oscuridad –ahora ya más alumbrados-. Por tanto, la cuestión es conocer este proceso de surgimiento, desde la caída del mundo micénico hasta el siglo VIII, en donde la obra homérica –conformada oralmente en este periodo- puede resultar de gran ayuda.

¿Continuidad o ruptura?

La Época oscura está caracterizada, por una parte, por una ruptura respecto al mundo micénico –no hay duda-, pero por otro lado no podemos concebir que esta fuera total, sino que la cultura micénica, en muchos aspectos, se mantuvo a lo largo de estos siglos, evolucionando, y dando lugar a la cultura griega clásica –mucho mejor conocida-. Nada se destruye de la noche a la mañana, y mucho menos las personas. Éstas, de una forma o de otra, siguieron y mantuvieron la cultura micénica. Costumbres, religión y tradiciones difícilmente se podían perder. Ni tampoco olvidaron su pasado, el cual lo transformaron en mitos. Convirtieron a los antiguos reyes, en los héroes de las leyendas.

En general, la crisis del 1200 a.C. afectó a todo el territorio heleno, especialmente a la zona continental, aunque, como ya se dijo en otra ocasión, no todo el territorio se vio afectado de la misma forma. Hubo lugares en donde se intentó la recuperación de los palacios, otros que tuvieron una continuación poblacional, mientras que la mayoría de los centros políticos cayeron y fueron abandonados.

A finales del Heládico Reciente, se observa que en el Peloponeso existe una caída generalizada de los centros de poder, y la arqueología muestra una paralización de la actividad de la gran mayoría de los asentamientos. Es el caso de Micenas, que fue abandonada de por vida, y ni siquiera en los siglos siguientes se produjo una nueva ocupación. Solo unos cuantos asentamientos del Peloponeso parecen presentar una continuidad. La ruptura quizás fue mayor ante la presión doria –lo veremos más adelante-. Por tanto, se produjo un abandono del territorio, cuyos habitantes migraron hacia el Este, y, posteriormente, una progresiva ocupación doria del Peloponeso.

Por el contrario, regiones como el Ática, Élide, Argólide, y otros lugares del Norte, salvo en Tesalia, parece que hubo una mayor continuidad de la población. El caso más evidente es el de Atenas. Sin embargo, la supervivencia de estas poblaciones, en general, se caracterizó por un empobrecimiento de la cultura micénica, la cual es denominada ahora como submicénica. Ello se observa bien en la cerámica –que suele ser el fósil director para denotar los cambios-. Así, de la cerámica submicénica –del siglo XIII al XI a.C.- se pasó a la llamada cerámica protogeométrica –S. XI-IX-, para evolucionar a la geométrica a partir del siglo IX -llamada así por la decoración geométrica de éstas-.

Lo que desde luego no sobrevivió, en ningún caso, fue la pirámide social, la estructura económica, el sistema político, y la escritura -el lineal B-. Ésta última se perdió hasta tal punto que ni siquiera en los poemas homéricos aparece mencionada, más allá de una sola vez en la Iliada: “Eludía matarlo, pues sentía escrúpulos en su ánimo; pero lo envió a Licia y le entregó luctuosos signos, mortíferos la mayoría, que había grabado en una tablilla doble…”, (Iliada VI, 167-170). Estos “luctuosos signos” quizás estén haciendo referencia al lineal B, solo conocido por los miembros de la administración en época micénica, y que eran desconocidos para el resto de la población. Aún con todo, tampoco podemos estar seguros si es un recuerdo de dicha escritura.

Las migraciones: panorama lingüístico

La consecuencia más palpable de esta crisis fue una serie de movimientos migratorios, de los que ya fueron conscientes los propios historiadores griegos. Así nos lo cuenta Tucídides: “En efecto, incluso después de la guerra de Troya, Grecia sufría todavía migraciones y eran fundadas ciudades en ella, de modo que no podía quedar en calma y crecer; pues la vuelta de los griegos de Troya, al suceder después de mucho tiempo, ocasionó muchos cambios, y con frecuencia se produjeron luchas civiles en las ciudades, y siendo desterrados a consecuencia de ellas algunos, fundaban otras nuevas. Por ejemplo, los actuales beocios, a los sesenta años de la toma de Troya, fueron expulsados de Arne por los tesalios y poblaron la Beocia de hoy, que antes se llamaba tierra cadmea (ya anteriormente estaba en este país una parte de ellos, algunos de los cuales marcharon contra Troya), y los dorios se apoderaron del Peloponeso en unión de los Heráclidas a los ochenta años. Cuando tras mucho tiempo al fin Grecia entró en una paz estable y ya no sufría migraciones, envió fuera colonias, y los atenienses colonizaron Jonia y las más de las islas, mientras que los peloponesios colonizaron la mayor parte de Italia y Sicilia y algunos lugares del resto de Grecia. Todas estas colonias fueron fundadas después de la guerra de Troya” (Tucídides, I, 12).

Lo que es evidente es que Tucídides nos está transmitiendo que esa migración fue después de la guerra de Troya, y, por tanto, coincidiendo con la caída micénica. Y nos da datos que permiten explicar el panorama lingüístico que encontramos en el siglo VIII. Hallamos cuatro grandes grupos de dialectos griegos distribuidos a lo largo de la Hélade, desde la Península Balcánica hasta la Costa Jónica. El ático-jonio, eólico, el arcadio-chipriota, y el griego del noroeste –en un concepto amplio, en donde destaca el dórico o dorio-.

Los lingüistas tienen aún muchas preguntas por responder en el ámbito de la lengua griega. ¿Cómo se llegó a esa variedad dialectal? Sabemos que los micénicos hablaban un griego arcaico –llamado micénico o aqueo-. Pero ¿este micénico presentaba una unidad como lengua, o de lo contrario existía ya una variedad dialectal? Dicho de otra manera, muchos investigadores creen que todos estos dialectos existentes en el siglo VIII, ya se daban en época micénica, y tan solo hubo una evolución de estos. Pero confirmarlo es difícil, pues las tablillas micénicas, por su carácter administrativo, no permiten ver con claridad la existencia de variedades de micénico. Además, ésta hipótesis no parece que se adapte mucho al texto de Tucídides que acabamos de ver.{phocagallery view=category|categoryid=2|imageid=72|float=left}

Los filólogos griegos nos dicen que el ático-jonio, eólico, el arcadio-chipriota, están muy próximos entre sí, mientras que el griego del noroeste, y concretamente el dorio, presenta un mayor alejamiento. Sabiendo que las fuentes apuntan a una llegada de los dorios tras la caída micénica, esto indicaría que los tres primeros grupos de dialectos provienen del micénico. Además, el arcadio-chipriota, que se habló en ambas regiones pese a su lejanía –Arcadia y Chipre-, presenta una aproximación mayor al micénico. Ello no parece una coincidencia, si sabemos que ambas zonas tuvieron una continuación poblacional, y, por su geografía, debieron estar libres de la llegada de población exterior a ellas.

Por su parte, en el Ática, aún cuando hubo continuidad de población, debió experimentar la llegada de gentes provenientes de otros lugares de Grecia, como del Peloponeso, lo que hace que la lengua quizás evolucionara por otros derroteros, surgiendo el ático. La presión que allí existió, propició la “colonización” de la que nos habla Tucídides –que no fue tal- de las islas Cícladas y de la Costa Jónica, de ahí que el ático y el jonio tengan una aproximación lingüística. Dicho de otra manera, el jonio es una variante del ático. En esta última zona, en la costa de Asia Menor, se crearon las doce ciudades de la Liga Paniónica: Foca, Esmirna, Clazomenas, Eritras, Teos, Colofón, Éfeso, Priene, Mius, Mileto, Quios y Samos. La tradición, según la recoge Heródoto (I, 143-147) –y otros autores- decía que su procedencia era pilia –de Pilos-, y que tras refugiarse en Atenas, fueron dirigidos por algún hijo del rey Codro, -Androclo o Neleo-. Lo que es evidente es que la cultura jonia se formó una vez asentada la población en Asia Menor, a diferencia de lo que recoge Heródoto en el texto citado unas líneas arriba, que considera que ésta ya llego conformada.

Otra de las migraciones es la llamada eólica, que tiene dos partes. Por un lado, la ocupación de Beocia desde Tesalia, que podría haber ocurrido cuando Tebas resucitó con la cultura submicénica antes del 1100. Por otra parte, el dialecto eólico se encuentra en el Egeo nordoriental -Tróade e isla de Lesbos, aunque fue influenciado por el jonio-, lo que indica una llegada de población desde la religión eólica hacia el año 1000. Existen tradiciones griegas en las que se dice que los beocios proceden de Tesalia, de donde habían sido expulsados tres o cuatro generaciones después de la guerra de Troya. Estos habrían salido de forma organizada bajo el mando de un rey, hacia el 1200 1100, y sometieron a los antiguos habitantes de Beocia, que debieron sumarse al éxodo jonio hacia las islas y oriente –o quedar absorbidos por la población eólica-. Sin embargo, quizás haya que pensar que el dialecto beocio no deriva del eólico, sino que es un dialecto procedente del micénico, sin necesidad de dar una explicación invasionista. En algún momento dado, desde Beocia se daría el salto a la isla de Lesbos.

Por su parte, los dorios, siguiendo la línea que nos da Tucídides, penetraron en el Peloponeso, provenientes de un grupo indoeuropeo que había quedado al noroeste de la Península Balcánica, cuando el grupo indoeuropeo que dio lugar a la cultura micénica entró en el sur de la Península. Los dóricos poblaron así el Peloponeso, para posteriormente llegar a Creta y algunas de las islas egeas del sur. Al norte, aún quedo otro grupo, cuya lengua se la denomina, más específicamente, como griego del noroeste.

¿En qué momento penetraron hasta el Peloponeso? La fecha es confusa. Algunos opinaban que la propia caída micénica se había debido a la penetración de estos, en forma de invasión, lo que haría que la fecha de entrada se mantuviera más o menos en el 1200 a.C. Sin embargo, como ya vimos al hablar del mundo micénico, difícilmente se puede considerar que estos fueran la causa, sino que más bien habría que pensar que penetraron como causa de un vacio político y poblacional del territorio, que les impidió, sin dificultad, establecerse allí. Desborough considera, de esta manera, que la entrada doria se produjo en el Heládico Reciente III C, más o menos hacia 1100.

Otras teorías, como la vertida por Chadwick, dicen que los dóricos –que ya estarían en el Peloponeso desde mucho tiempo atrás- formarían algún tipo de clase sometida durante la época micénica, que quedó liberada una vez cayeron los palacios. Pero la teoría parece difícil de confirmar, sobre todo porque la lengua doria no solo es hablada en el Peloponeso, sino que también se encuentra en el sur de las Cícladas, Creta, en el Dodecaneso, y algunos sectores meridionales de Asia Menor. ¿Cómo se podría explicar la llegada de estos allí? No parece que la teoría se sostenga. Además, la tradición recogida por varios autores clásicos –cabría mencionar la dada por Diodoro Sículo (IV, 57-58) – indican, por muy mitificado que los relatos estén, una llegada de los dorios desde el exterior del Peloponeso.

La conformación de la nueva sociedad y la organización política

Sabemos que las sociedades micénicas estaban encabezadas por la monarquía. Sin embargo, el siglo VIII –al inicio del arcaísmo griego- nos arroja unas sociedades gobernadas por oligarquías. Es evidente que éstas se tuvieron que ir gestando a lo largo de los Siglos Oscuros. ¿Cómo se produjo este cambio? En esta ocasión, poseemos una fuente escrita, Homero, que quizás nos arroje algo de luz sobre la sociedad.

Debemos pensar que el proceso de formación de nuevas sociedades no fue similar, pero cabría preguntarse ¿sobrevivieron las monarquías, o las formas de gobierno monárquicas, una vez desaparecidos los palacios? Es posible que sí, aunque con muchas matizaciones. Algunas ciudades, que mantuvieron su población –como fue el caso de Atenas-, conservaron sus monarquías durante un tiempo, pero perdiendo su poder progresivamente. Éste tendría que ser compartido con otras familias –que conformaron una aristocracia-, que ya en el pasado habían ocupado altas posiciones en la sociedad micénica, u otras que surgen aprovechando las circunstancias del momento –primitivos círculos militares, o los primeros habitantes de ciudades que se fundaron ex novo como las jonias-.

Estos aristócratas son nombrados en la obra homérica con el término basileús, que significa rey. Así, en el país de los feacios, nos dice Homero: “doce reyes ilustres aquí sobre el pueblo gobiernan como jefes, y yo al lado de ellos me cuento el treceno”. (Homero, Odisea, VIII 390-391), Y en Itaca sucede algo similar: “Pero hay otros reyes en Ítaca, jóvenes unos y mayores los otros…” (Homero, Odisea I, 394).De esta forma, existía una oligarquía, en donde uno de sus miembros ocupa una posición superior –herencia del recuerdo de esa monarquía micénica-. Por ello, en Ítaca, Ulises es el primero de varios reyes.

Con el paso del tiempo, y la conformación de instituciones, se acabaría por homogeneizar al grupo oligárquico. El siglo VIII comenzaba con unas sociedades en manos de los áristoi, los nobles, cuya unidad dará lugar a la pólis. Son familias que tienen un comportamiento distinto al resto de la población, que se han autoengrandecido y han enraízan sus orígenes con el mito, o con los propios héroes. Tienen antepasados, tienen una vida desocupada, controlan a la sociedad, dedican tiempo a practicar distintas destrezas, son los líderes en el combate. Y, ante todo, se caracterizan por la hospitalidad entre familias, es la cultura del obsequio.

Por otra parte, la supervivencia de las monarquías no significa que los antiguos principados mantuvieran su unidad. Aldeas, comunidades agrícolas, y grupos de población que abandonaron sus respectivos territorios, se conformaron en gené –clanes-. Éstas estaban dirigidas por una familia, o varias que conformaban la oligarquía. La unidad de cada genos se daba de acuerdo a un antepasado común, mítico, o héroe fundador de ésta.

En un momento dado, se dieron procesos de sinecismo, en donde distintas gené se agruparon para dar lugar a la pólis –quizás en un proceso que tuvo distintos estadios, como phylai o tribus, que serían las unidades de distintas gené-, con unas instituciones definidas, en torno a un centro urbano, que domina un territorio concreto.

Finalmente, ¿Cómo se produjo el reparto de la tierra? Las migraciones debieron llevar en muchos casos luchas. En primer lugar, la caída de los palacios hizo que muchas de las tierras de estos no serían ahora de nadie, aunque probablemente siguieron siendo cultivas por quienes ya lo hacían, adueñándose de ellas, al menos en los lugares donde la población se mantuvo. En todo caso, se produjo un proceso de apropiación, tanto de los nuevos grupos -las gené- como entre los miembros de éstas. Aquellas familias más poderosas se apropiarían de la mayor parte de la tierra, que se convirtió también en la base para el surgimiento de una aristocracia ligada a la tierra, y de donde obtiene su riqueza. Muchos relatos de luchas entre aristócratas -el combate sin igual entre héroes- quizás tenga que ver con la apropiación, o la forma de acabar con las disputas relacionadas con la tierra. Así nos encontramos los singulares combates de Melanto y Janto, Ferio e Hipéroco, Hillo y equemo, Piregmes y Dégmeno.

De todas formas, esto tan solo es hipotético. Realmente habría que pensar si realmente habría tanto presión demográfica como para que existieran luchas tales. Al menos dentro de los propios grupos. Conforme la población fue creciendo, tan solo tendrían que ocupar nuevas tierras. El problema vendría en el siglo VIII, cuando las ya creadas pólis tendrán amplios problemas para sostener a una población creciente.

La recuperación del comercio

La caída de los palacios supuso la paralización del comercio que estos sustentaban. La economía de los Siglos Oscuros comenzó basándose en la agricultura y ganadería exclusivamente –incluso más la segunda que la primera-. Solo Chipre había conservado cierta capacidad de comercio, siendo punto de unión entre Oriente y Occidente, ya que en ningún caso la ruptura del comercio fue total, sino que continuaría a pequeña escala, con productos totalmente necesarios. Así, el cobre, por ejemplo, tuvo que seguir llegando a la Península Balcánica de alguna forma, por muy poco que fuera.

A partir del siglo IX se produce de nuevo la recuperación del comercio en una forma lo suficientemente vigorosa como para considerarlo influyente en la economía, superando el ámbito agrario como única fuente de subsistencia. Dicho de otra manera, el comercio tiende a fomentar la artesanía y las manufacturas, con una parte de la población que se dedica en exclusiva a ésta. Ello indica también un sistema de distribución, y, por tanto, la necesidad de un sistema político que lo dirija.

Atenas y Eubea serán los principales lugares en que se denota un resurgir generalizado del comercio exterior. En ello influiría la calidad de la cerámica geométrica, como demuestra el hallazgo de este tipo de cerámica en Oriente, que fue exportada, al mismo tiempo que se reactivaba la importación de productos de lujo, ante unas aristocracias que se han consolidados, y que buscan diferenciarse del resto. Pero este nuevo comercio ya no estaría sustentado por un poder político central, sino en manos de particulares, en muchos casos por estas aristocracias. Ante todo, el fomento del comercio en Grecia se debió a los propios intereses orientales, que comenzaban a reactivar sus comercios tras la misma crisis que acabó con el mundo micénico, especialmente por los fenicios. De hecho, tradicionalmente se cría que los fenicios se habían asentado en varios puntos de la Hélade, aunque ello no se ha podido comprobar.

Muchos se inclinan por creer que fue Eubea la que dominó este resurgir comercial con Oriente, destacando Lefkandi y Cálcide, y mucho más tarde Eritrea. Estos comerciaban vino, aceite, y las propias cerámicas –vajillas de lujo-, y de Asia provenía oro, estaño, cobre, marfil, manufacturas metálicas, textiles, incluidos también productos egipcios. Posiblemente también se inició un comercio de esclavos en los dos sentidos. La isla de Eubea sería así una potencia comercial junto con los fenicios y los chipriotas, que se extendió por las mismas vías comerciales de estos, llegando al Mediterráneo central a partir del siglo VIII –en Sicilia y Cerdeña-.

Además de Eubea, Atenas exportó su esplendida cerámica, llegado a Asia Menor y Chipre, aunque en este caso se trata ante todo de un comercio de lujo. Más tarde Corinto, Samos y Rodas entrarían a dominar este comercio.

El origen de Atenas

Observemos ahora, sucintamente –ya tendremos oportunidad de ampliarlo en otro momento-, el origen de dos de las ciudades del mundo clásico, Atenas y Esparta, ambas antagonistas desde su origen.

Empezando por la primera, Atenas, como ya se ha dicho, era una ciudad micénica, en cuya acrópolis existía un palacio desde donde un monarca gobernaba el territorio. Sin embargo, la caída del mundo micénico conllevo la perdida del poder de la monarquía. Si ésta no cayó en un primer momento, seguramente fue decayendo en los siglos siguientes, al tiempo que surgía una oligarquía que hizo que finalmente el monarca desapareciera. Se pasó de una unidad política gobernada por el monarca, a un conjunto de gené, dominadas por familias que componen la aristocracia.

Tenemos noticias de que hubo dos dinastías diferentes en Atenas: la casa de Erictonio y la de Melanto, que aparecen relacionadas con familias posteriores, en la Atenas arcaica a partir del siglo VIII, y con el establecimiento del arcontado de diez años, lo que indica que existió un progresivo cambio de la monarquía a la oligarquía. Al mismo tiempo, ésta última, compitiendo por el poder, acabó por dividir el poder en distintas magistraturas, como sugiere el origen del polemarco –con poder militar-.

Probablemente, como afirmaba Diamant, aunque el monarca se mantuviera, el principado que dominaba, si es que dominaba el Ática en su conjunto, desapareció como entidad. Explicado de otro modo, el principado ateniense se desintegró políticamente. Por ello, existen indicios de que hay enfrentamientos entre Atenas y las distintas poblaciones del Ática. Sin embargo, en un momento dado se produjo un sinecismo de todas estas poblaciones en torno a Atenas, es decir, se conformó una unidad política en el Ática, con un cuerpo de ciudadanos, y con una serie de instituciones que conforman la pólis que conocemos a partir del siglo VIII. Y muy posiblemente, es en este siglo cuando se produjo tal sinecismo, como afirma Hignett, coincidiendo con otros procesos similares en otros pólis griegas. Parece además que el sinecismo se realizó de forma pacífica y de mutuo acuerdo –tiempo atrás ya se habrían conformado fatrias y tribus-, puesto que no conservamos ningún tipo de desigualdad entre las poblaciones de los distintos territorios del Ática. El mito de Teseo quizás vaya encaminado a apoyar esta hipótesis.

Otros no creen en la existencia del sinecismo, sino una continuidad del territorio ya unificado en época micénica, de ahí que dicho mito –el de Teseo- otorgue la unificación anterior a la Guerra de Troya. La cuestión no está clara, puesto que de ser lo segundo, sería el único caso de la supervivencia de un principado micénico, del que tampoco se conoce ni siquiera su magnitud.

Sea como sea, griegos conservaran la creencia de ser autóctonos – que habían estado allí desde siempre-, a diferencia de los dorios, por ejemplo, que habían penetrado posteriormente, como ya habíamos visto. Así nos lo dice Heródoto: “En efecto, éstos eran los pueblos que más sobresalían, siendo el ateniense de origen pelásgico y el lacedemonio de origen helénico. Y mientras que aquél jamás ha cambiado su lugar de residencia, éste ha sido muy viajero. Pues en tiempos del rey Deucalión habitaba la Ptiótide y en tiempos de Doro, hijo de Helén, la región que se llama Histieótide, al pie del Osa y del Olimpo. Al ser expulsado de la Histieótide por los cadmeos, se asentó en Pindo con el nombre de macedno. De allí pasó, en otra emigración, a la Driópide y así, cuando desde la Driópide llegó al Peloponeso, recibió el nombre de dorio” (Heródoto, I, 56).

El origen de Esparta

Esparta, por su parte, presenta una unidad distinta. En su territorio existió, si creemos la obra homérica, el reino de Menelao. Tras la caída del mundo micénico, de la manera que ya se ha dicho, entraron en el Peloponeso los dorios, tal y como deja ver de forma mitificada Heródoto en el texto anterior. Estos eran un pueblo campesino y pastoril, que poco tenía que ver con la cultura micénica, aunque con el tiempo adquirieron una cultura similar a la que se estaba desarrollando en lugares como el Ática.

El mito nos dice que en Laconia existían tres tribus, Hylleis, Pamphili y Dymanes. La institucionalización de estas serían el pueblo en armas, un consejo de ancianos y un poder monárquico. Estas parece que sometieron a las poblaciones predorias, que quedaron reducidos a una clase social conocida como hilotas, una especie de esclavos que debían trabajar para los espartanos.

En un momento dado, los dorios de Laconia se constituyeron como pólis, dando lugar a la ciudad-estado de Esparta. Esta unificación es llamada eunomía, la cual fue ideada por un personaje mítico llamado Licurgo –según Tucídides hacia el siglo IX-. Cinco habitats independientes –que anteriormente se habría conformado como consecuencia de un sinecismo-, llamados obas, se unieron: el de Amiclas, Limnas, Cynooura, Pitana y Mesoa. Cada una de estas dio origen a cada una de las cinco tribus que se conformaron en el interior de la póis: Amycleîs, Cynooureîs, Pitanatae, Limnaeîs, Mesoatae.

Pero estas ciudades ofrecen una controversia que difícilmente puede ser resuelta. Las fuentes clásicas nos dicen que Amiclas era de origen aqueo o micénico, mientras que el resto de ciudades eran de origen dorio. Muchos han pensado que Amiclas fue realmente incorporada a la fuerza, en el 750 a.C. cuando Esparta ya existía como Estado. No es del todo descabellado, pero cuesta creer que se produjera en pie de igualdad, cuando el resto de poblaciones fueron sometidas. Ninguna teoría es del todo aceptable.

Sea como fuere, ¿cómo se institucionalizó Esparta? De nuevo la tradición nos presenta a Licurgo ideando la constitución política de Esparta mediante un decreto o rhétra, según nos informa Plutarco (Licurgo, VIII, 1-6). Pero parece difícil que en el siglo IX, si es que fue este momento cuando se produjo la unificación, se establecieran ya la isomoiría, es decir, que cada espartano –cuatro mil quinientos – recibiera una cantidad de tierra similar, convirtiéndose los espartanos en un grupo aristocrático en su conjunto, dedicado únicamente a la guerra. Todo esto se produjo por necesidad posteriormente, en el siglo VIII. Aunque otros piensen que la eunomía realmente se produjo mucho más tarde, hacia el 700 a.C., creyendo que Licurgo sería una persona real que si pudo llevar la rhétra al tiempo de esta unificación.

De todas formas, la existencia de dos reyes o basileis colegiados–sin precedente en Grecia- quizás haga pensar que la eunomía se produjo en el siglo IX. Posiblemente el poder real tuvo que ser compartido como consecuencia de una primitiva oligarquía, que acabó repartiendo el poder real entre dos familias: los Agiadas y los Euripóntidas –que pasaban la corona de padres a hijos-. Con un poder fuerte en un comienzo, acabarían por convertirse en un generalato militar, especialmente cuando ya en época arcaica se estableció el eforado. Junto con el poder real, los otros dos pilares de la constitución espartana fueron la asamblea general de ciudadanos, llamada apélla; y un consejo, conocido como gerousía, compuesto por treinta miembros -28 ancianos y dos basileis -. Esta inicial constitución iría evolucionando, hasta quedar conformada en el siglo VII tal cual la conocemos en época clásica.

Conclusión

De todo esto podemos sacar varias conclusiones. Que el 1200 supuso la caída de los centros del poder, probablemente como consecuencia de la llegada de los pueblos del mar –que vimos en otra ocasión-. Ello conllevó, especialmente en el Peloponeso, un abandono del territorio, cuya población se trasladó hasta el Ática, y desde allí, por la presión demográfica, se fueron trasladando a lo largo de los primeros siglos de ésta Época oscura a lo largo de las Cícladas y de la costa jónica. Al tiempo que los dorios, desde el noroeste penetraban en el Peloponeso. Ello explica también el origen de los cuatro grandes grupos dialectales.

A lo largo de estos siglos se produce una evolución de la cultura micénica, al tiempo que se va produciendo una reordenación política en torno a las gené, dominadas por familias que componen la aristocracia. Por tanto, el poder recayó en grupos oligárquicos. En un momento dado, estas gené se agruparon, en un proceso llamado sinecismo, conformando las pólis y sus instituciones, tal y como las conocemos en el siglo VIII.

Sobre algunas cuestiones, sobre todo el origen de Atenas y Esparta, se volverán a retomar en futuros temas.

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