Nombres y títulos de los emperadores romanos

A lo largo de los siguientes párrafos explicaremos el nombre u onomástica de los emperadores romanos, así como los títulos que estos ostentaban.  Ambos elementos son de gran importancia para los modernos historiadores ya que nos permite datar de forma absoluta los epígrafes en donde viene el nombre y la titulación de estos.

No se trata de un modelo totalmente estático, especialmente la onomástica, en tanto que esta sufre modificaciones desde que Augusto se creara para sí mismo un nuevo nombre. De la misma manera, existen una multitud de excepciones dependiendo de cada emperador, aunque por lo general siguen un patrón que es el que vamos a comentar.

Para seguir mejor las explicaciones, nos podemos ayudar de la siguiente inscripción, en la que aparece el nombre y títulos del emperador Trajano, el cual se extiende a lo largo de todas las líneas, a excepción de la última, en donde “senatus populusque Romanus” es el sujeto que hace el homenaje al emperador.

Imp(eratori) Caesari divi Nervae filio /Nervae Traiano Optimo Aug(usto)/ Germánico, Dacico, Pontif(ici) Max(imo), trib(unicia) potest(ate) XVIII, imp(eratori) VII, co(n)s(suli) VI, p(atri) p(atriae)/ senatus p(populus)q(ue) R(omanus)

 

El nombre del príncipe

Respecto al nombre del emperador, todo aquel que llegaba al trono o que era asociado al mismo modificaba su nombre para adecuarlo a su nueva situación. Al igual que el resto de ciudadanos, estos poseían un tria nomina compuesto por el praenomen, nomen y cognomen, aunque estos eran totalmente distintos al del resto de sus conciudadanos.

En primer lugar, el praenomen del príncipe era el de Imperator tal y como podemos observar en la inscripción. No se trata, en realidad, de un título como lo ostentaron los emperadores medievales, se trata, como decimos, del primero de los nombres. Imperator hace referencia al imperium, que es el poder militar. Cuando Augusto en el año 23 a.C. dejó el consulado que llevaba ostentando desde tiempo atrás, tuvo que buscar una nueva fórmula que diera legalidad al poder que este ejercía en las provincias del príncipe, respecto a las que seguían controladas por el senado. Así, este recibió un imperium proconsular, figura jurídica ya existente antes, que a partir de entonces le era entregado a todo emperador por el senado y era votado por los comicios. Para recalcar este hecho, Augusto ostentó, por tanto, este praenomen, aunque sus sucesores, Tiberio, Calígula y Claudio no lo portaron en su onomástica. Sería Nerón quien lo volvió a retomar y, desde entonces, todos los emperadores lo utilizaron.

En segundo lugar encontramos el nomen, en este caso el de Caesar. Antiguamente había sido el cognomen de una de las familias de la gens Julia, a la que claramente pertenecía Cayo Julio César. Cuando Augusto, que se llamaba Cayo Octavio Turino, fue adoptado por Julio César en su testamento, modificó su nombre por el paterno como era habitual en una adopción, que posteriormente volvió a modificar al de Imperator Caesar Augusto, manteniendo solo Caesar. Tras la muerte de Augusto, aunque nunca existió una normativa para la sucesión, todos los miembros de la dinastía Julio-Claudia estaban emparentados con Augusto, aunque fuera mediante adopción, caso de Tiberio. Así, para recalcar este hecho, portaron también el nomen de Caesar. Cuando desapareció la dinastía, Caesar se convirtió en el gentilicio reservado a la familia del emperador, el cual lo ostentaban hijos y sobrinos de este, y en especial los sucesores, que aparecen como imperator designatus. La importancia de este nombre haría que en tiempos medievales este se convirtiera en el título de algunos monarcas, de donde procede káiser en alemán y Zar en ruso.

Si continuamos con la inscripción de ejemplo, encontramos posteriormente las palabras “Divus Nervae filio” (hijo del divino Nerva). Se trata de la filiación, es decir, el nombre del padre del emperador, que por lo general se trata de una filiación ficticia en tanto que el emperador adoptaba a su sucesor, o el sucesor se atribuía este vínculo de forma posterior. Así, por ejemplo, los Antoninos toman por costumbre adoptar a los sucesores.  El nombre de los emperadores fallecidos aparece, por otro lado, precedido de la palabra divus en tanto que estos eran divinizados al morir –a excepción de algunos como Tiberio que no lo fue-. En algunos casos, se mencionan incluso otros parentescos como es el caso de Nerón, que no solo era hijo del divino Claudio, sino que también se recuerda que es nieto de Germánico, biznieto de Tiberio, descendiente de Augusto, e incluso que su madre era Agripina la Menor, hija de Germánico y de Agripina la Mayor.

Tras la filiación llegamos a la parte de los cognomina, en donde aparecen una multitud de estos. Entre ellos está el cognomen propio del emperador antes de llegar al trono, y que es el único de los elementos que nos permite diferenciarlos: Adriano, Trabajo, Cómodo, etc. En algún caso, como el de Marco Aurelio, manteniendo su propio praenomen. Los Antoninos tomaron por costumbre tomar el cognomen del antiguo emperador previo al suyo. Así, como muestra la inscripción, Trajano lleva antes del de Nerva. Adriano llevaba el de Trajano, etc. A partir de Antonio Pio, también aparece el cognomen Antoninus, el cual desaparece a partir de Gordiano III. A partir de entonces la mayoría de ellos llevan el de Marcus Aurelius.

 Posteriormente se hace mención a Augustus, en memoria del primer emperador, que recibió este del Senado y tiene un fuerte vínculo con la religión, en concreto con los augures. El resto de emperadores también lo llevó como cognomen, lo que le revestía de un carácter sagrado.

A partir del siglo II, tras el cognomen Augustus, los emperadores van estableciéndo otros como Optimus, Indulgentissimus, Maximus Princeps, Fortissimus. No obstante, desde Cómodo es habitual que lleven el de Pius y Felix y con Caracalla se añade el de Invictus.

La lista, desde luego, no termina aquí. De acuerdo a sus victorias, cada emperador añade un cognomen propio derivado de regiones o pueblos derrotados como Dacico o Germanico si seguimos el ejemplo de la inscripción de arriba.

 

Títulos

Hasta aquí el nombre del emperador. Tras este comienzan una serie de títulos. El primero de ellos es el de Pontifex Maximus, el antiguo sacerdocio supremo de la religión romana que desde Augusto lo ostenta el príncipe, a excepción de Balbino, Pupieno y Graciano.

Le sigue la Tribunicia Potestate, el principal poder del emperador que se renovaba anualmente, por lo que se va añadiendo un numeral cada año. En el caso del ejemplo (trib(unicia) potest(ate) XVIII), el emperador ha renovado este poder dieciocho veces. No siempre este coincide con sus años de reinado, pues  a veces la han recibido antes. Junto a este aparece de nuevo la palabra Imperator seguido de un numeral con el fin de indicar las salutaciones o aclamaciones imperiales que le han concedido el Senado o sus propias tropas a lo largo del reinado. La primera, como ya hemos dicho, se recibe con su ascenso al trono. En el ejemplo (imp(eratori) VII), Trajano ha sido siete veces proclamado imperator.

Los príncipes también ocupan una de las antiguas magistraturas, el consulado, de vez en cuando, pese a que estas fueran honorificas. Así, aparece las veces que ha sido cónsul (co(n)s(suli) VI). En el caso de Claudio, Vespasiano y Tito, también ocuparon en alguna ocasión la censura.  

Finalmente, el título de mayor honor, el de Pater Patriae –Padre de la Patria-, que a todos ellos se les concedió poco después de su ascenso al trono, a excepción de Tiberio, Galba, Otón y Vitelio.

 

BIBLIOGRAFÍA

CORBIER, P. (2004): Epigrafía latina, Universidad de Granada

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