Tripulación y religiosidad

Maniobrabilidad y tripulación
El factor humano que compone una embarcación es fundamental para que la nave sea útil,  factor que es muchas veces olvidado.  Para los griegos barco y hombre se fundían en un mismo elemento, como evidencia que dieron nombres a partes del barco que se correspondía con partes del cuerpo humano, así el remo era nombrado como pie o como mano.  Por su parte, Artemidoro, cuando realiza la interpretación de los sueños vinculados a la navegación, establece una serie de equivalencias entre algunas partes del navío y los miembros de la tripulación:
El mástil equivale al capitán del navío, la roa al segundo de abordo, la pieza arqueada del estrave al timonel, los aparejos a la tripulación y la antena al cómitre. En el caso de que una parte de la embarcación sufra un percance mientras que permanece atracada, la persona que se corresponda con dicha parte verosímilmente perecerá. En cambio, si la nave se encuentra realizando una travesía, está claro que, al haber sido esta azotada por una violenta tempestad, correrá un riesgo fuera de lo corriente en aquella mima parte. (Onir. 2.23)
Dejando de lado el componente ideológico, lo que viene a decir es que en un navío cada uno de los miembros de la tripulación es igual de importante que el otro, si falla uno pone en peligro la vida del resto de la tripulación.
La tripulación de un barco de guerra se repartía en cuatro categorías: los oficiales, los técnicos, los remeros y los infantes de marina. En base a las trirremes atenienses, puesto que son las más conocidas, el trierarca o trierachos era el capitán de la nave, el cual en la mayoría de las veces no tenía conocimientos  náuticos, puesto que eran elegidos por la ciudad, al igual que se elegían otras magistraturas entre todos los ciudadanos. El trierarca solía ser de una de las clases sociales más altas, puesto que debía hacer frente a los gastos que suponía mantener una trirreme de acuerdo a la institución de la liturgia, por la cual los ciudadanos que se lo pudieran permitir debían financiar un servicio público. En este caso ese servicio público era la trierarquia, por la cual el trierarca, que era elegido durante un año, debía aportar de su bolsillo la mayor parte de los gastos que suponía mantener la embarcación, así  como la tripulación que además debía ser reclutada por éste. Antes de la existencia de las trirremes, en época arcaica la flota ateniense estaba compuesta por los barcos privados de los propios ciudadanos, que los equipaban para la guerra y los ponían a disposición de la ciudad.
Siguiendo con el tema de la tripulación, el trierarca contaba con una serie de oficiales, que sí tenían conocimientos técnicos encargándose de la organización de la nave: el kybernetes o timonel, que también hacía las veces de segundo oficial; el prorates o vigía, cuya autoridad alcanzaba a todas las operaciones que tenían lugar en la parte anterior del barco, así como todas las cuestiones relativas a la carena y al aparejo; el keleustes, cuya misión era ocuparse de la sincronía de los remeros; y por último, el pentekontarchos, que asistía a sus colegas y que además era el adjunto administrativo del trierarca. Esta jerarquía, con pocas diferencias era también la de la flota rodia entre otras.
A estos oficiales hay que añadirles los técnicos, que variaban según el tamaño de la embarcación, aunque podían incluso carecer de ellos, siendo sustituidos por los propios oficiales. Naupegos era el carpintero de la nave; auletes o tieraules era el flautista que marcaba el ritmo de la cadencia junto al keleustes; y finalmente los toicharchoi, los jefes de los lados literalmente, encargándose de los remeros de cada uno de los lados.  Después de los remeros, el grupo más numeroso era el de los epibatai o infantes de marina, que se encargaban de la defensa de la nave si ésta era atacada. Su número solía ser variable, por ejemplo en la guerra del Peloponeso las trirremes atenienses llevaban 14, que en los vasos geométricos se les representa con una gran lanza y escudo al igual que el soldado hoplita. Junto con estos solían ir también arqueros, generalmente cuatro, que reciben el nombre de toxotai. Finalmente estaban los remeros, el elemento fundamental que en las trirremes sumaban en total 170, en el caso de los activos, puesto que para garantizar el buen funcionamiento de la nave cada trirreme portaría además unos 30 remeros de sustitución.
En época helenística, las grandes galeras implicaron un aumento de tripulación, no solo en remeros (nautai o parakathemenoi), que será variable dependiendo del tamaño de la nave. El cuerpo de oficiales se mantuvo igual que en las trirremes, pero se le añadieron dos oficiales más, el epiplous, que realizaba las funciones de segundo de a bordo, tomando el mando si el trierachos se encontraba indispuesto. En muchas ocasiones comandaba la flotilla que las grandes galeras llevaban a su alrededor. Así mismo, otro oficial añadido fue el grammateus, que actuaba como secretario del capitán y del segundo de abordo.
El cuerpo de técnicos fue el que más aumento, como el hegemon ton ergon, el cual era el coordinador de la actividad de los ergazomenoi; el pedaliouchos, jefe de las provisiones; el elaiochreistes, encargado de suministrar aceite a la tripulación; el  kopodetes, ocupado en mantener en buen estado los remos; y finalmente el  iatros o médico, que en la mayoría de los ocasiones provenían de la isla de Cos, hogar de Hipócrates. Surgió también un nuevo cuerpo, al que se podría llamar marineros, encargados del aparejo del barco, diferenciándose los que se encargaban de la proa, ergazomenoi en prora, y los que se ocupaban de la popa, ergazomenoi en prymne.
Con las grandes galeras, en las que se añadieron maquinas de guerra como catapultas, se hizo necesario que fueran también operarios con esta misión, con el nombre de katapeltaphetai, que componían el personal de defensa de la nave junto a los toxotai y epibatai que aumentaron de igual modo su número.
Pasando a hablar de los remeros griegos, elemento fundamental, hay que desmentir que éstos fueran esclavos, ni mucho menos. En la mentalidad griega, y concretamente en la ateniense, en la que todos los ciudadanos de la ciudad son iguales, el servir a la ciudad es una obligación. Al igual que todo ciudadano que pudiera costearse el equipo militar debía servir en el ejercito como hoplita, el servir en una trirreme como remero tenía la misma consideración, aunque evidentemente la mayoría provenían de la última clase del censo, la de los tetes, que no tenían dinero como para costearse el equipo militar, aunque en caso de gran necesidad, como sucedió en época de la batalla de Salamina, se hizo necesario que clases superiores como los zeugitas sirvieran como remeros. Y en casos de extrema necesidad, como en tiempos de la confederación de Delos, fue frecuente que en las trirremes atenienses sirvieran aliados, o que incluso se contrataran mercenarios, que en este caso había que pagar[1]. Así los esclavos nunca eran utilizados para esta actividad, y si era necesario que fueran embarcados como remeros, antes se les daba la libertad y la ciudadanía.
Aunque parezca que servir a la ciudad como remero tiene una baja consideración, también por ello se podía conseguir gloria, como nos cuenta Tucídides que, durante una acción de la guerra del Peloponeso, las trirremes atenienses se iban retirando y una nave leucadiana perseguía una trirreme ática que iba rezagada. Ocurrió que había un mercante anclado a cierta distancia de la costa, y la nave ateniense, virando a su alrededor, sorprendió a la leucadiana y le perforó el casco. Tucídides no dice el nombre del capitán cuyo contraataque fue tan eficaz, quizás porque el merito de la hazaña era de toda la tripulación, aunque sí da el nombre del comandante del barco hundido, el espartano Timócrates, que se suicidó en el acto. Se trata de un caso excepcional, que por otra parte da a conocer la  muy alta capacidad de maniobrabilidad de la nave y del perfecto compás de los remeros. Se podría pensar que el hecho puede ser ficticio, pero  la “Olympias”, con una tripulación entrenada durante dos semanas, viró en redondo dos veces su eslora tardando poco más de un minuto.
Volviendo a la procedencia social de los remeros, esto cambió a partir de época helenística, los ciudadanos dejaron de ser iguales entre sí, existía alguien que destacaba, el rey, ya no se podía servir a la ciudad y por lo tanto a la comunidad, sino que por encima de ésta estaba el monarca. Tan solo Rodas mantuvo el recurso de sus ciudadanos. Los monarcas helenísticos tendieron a  formar ejércitos de mercenarios a los que se les pagaba, sus grandes riquezas lo permitían, por lo que a partir de entonces los remeros y el resto de la tripulación de las galeras fueron reclutadas por dinero, ya fuera entre sus propios súbditos o entre poblaciones con experiencia en el mar.
Pasando ahora a la maniobrabilidad, la principal función de una trirreme era envestir con su espolón, aunque ello requería una gran precisión, como en el episodio antes contado de la guerra del Peloponeso. Se requería una perfecta sincronía de la tripulación, puesto que no era una tarea fácil, realizando las maniobras en cuestión de minutos, o mejor dicho de segundos, puesto que una nave que no superaría los ocho nudos deja al enemigo tiempo suficiente para retirarse del blanco, por lo que  el factor sorpresa jugaba un gran papel. El ataque necesitaba ir precedido de unas maniobras de aproximación destinadas a colocar al enemigo en una mala posición que le restaran capacidad de maniobra, y en muchas ocasiones se intentaba dirigirles hacia la costa para que calaran, puesto que las batallas prácticamente se llevaban siempre en un lugar donde no se perdiera de vista la costa, es lógico, puesto que en pocas ocasiones los marineros se atrevían a no contar con un elemento de referencia como es la costa.
Las dos maniobras más conocidas eran  el periplous  y el diékplous. La primera  era realizada por naves que comenzaban a girar en torno al adversario intentando reducir poco a poco su campo de acción y sembrar el desorden entre sus filas, antes de atacarlo con su espolón. Pero esta maniobra implicaba un cierto riesgo, pues dejaban sus flancos descubiertos  a los golpes enemigos. La segunda maniobra, el diékplous, consistía en presentarse en fila, con las proas apuntando a los barcos enemigos, intentando deslizarse entre ellos lo más cerca posible con la intención de romper sus remos, en especial los de dirección, dejándola sin movilidad, para después dar media vuelta y embestir con el espolón. Conocido desde el siglo IV a.C., el diekplous aún era considerado en tiempos de Polibio, según escribe este autor, como la maniobra más eficaz en una batalla naval[2]. No obstante, existían también formas de impedir el buen resultado de estas maniobras.
Sin embargo, raros fueron los momentos en los cuales los procedimientos tácticos, basados en el principio del espolonazo, tuvieron un papel determinante, casi único, en los combates marítimos; pues para ello había de conseguirse un dominio perfecto de las técnicas navales, alcanzar una adaptación total del instrumento de guerra a las condiciones específicas del entorno, y tomar plena conciencia de la originalidad de los métodos a emplear. A falta de todo ello, terminaban por imponerse los esquemas inspirados en las maniobras terrestres, y el abordaje se convirtió en la principal táctica.
La práctica del abordaje es por lo menos tan antigua como la del espolonazo. Parece haber gozado de las preferencias de los héroes homéricos. A finales de la época geométrica, en los vasos de Dipylon, a menudo se ven soldados provistos de arcos y lanzas tomar parte activa en las batallas navales, dispuestos sobre las plataformas de proa y popa. En época helenística, las supergaleras permitían esta práctica fácilmente, puesto que unas naves de tan magnitud, eran fácilmente abordables, y por lo tanto que se diera allí un combate cuerpo a cuerpo entre los infantes que portaban cada nave.
Religiosidad en torno a la nave y al mar
En un mundo como el griego, en el que los dioses conviven con los hombres y los hechos ocurren por la voluntad de los dioses, es obvio pensar que el mundo de la navegación estaba rodeada también por el manto del misticismo, en un medio como es el mar, que es difícilmente controlable por el hombre y que guarda fenómenos que no pueden ser explicados en aquel momento, debiéndose buscar la explicación divina. El hecho de que esto es así lo demuestra la gran cantidad de divinidades relacionadas con el mar: Nero, Posidón, las nereidas, Proteo, Tritón, Oceánides, sirenas, entre otros, así como la existencia de importantes santuarios y altares relacionados con estas divinidades y el mar.
El marinero se convierte en un instrumento de los dioses, dependiendo de éstos su salvación. Así era usual que se realizaran ofrendas, por parte de los marineros, a los dioses con el objetivo de buscar la seguridad en el viaje por mar. Los exvotos que se solían hacer iban desde anclas, gobernalles, remos hasta la propia nave, cada uno de estos con una simbología propia, la nave como el vehículo, el remo como el motor, el gobernalle como guía y el ancla como freno. El barco en sí era un elemento importante hasta el punto que en la literatura a muchas naves se les da la capacidad de hablar, como por ejemplo la nave Argo, o de ver por los ojos de proa, porque Atenea le había ayudado a construirla.
El problema que existe sobre las ofrendas de barcos es si realmente los exvotos eran naves reales, o si eran reproducciones a pequeña escala en diversos materiales como se ha podido demostrar. Evidentemente la mayoría eran reproducciones, un marinero no podría nunca costearse realizar una ofrenda tal, pero las ciudades y posteriormente aristócratas ¿pudieron ofrendar naves reales?.
Las fuentes arqueológicas así como los textos antiguos muestran que se realizaban ofrendas de embarcaciones a las divinidades, así por ejemplo en el viaje de los Argonautas, Jasón después de regresar con el vellocino de oro, llegó hasta el Istmo donde consagró la nave con la que había realizado el viaje a Posidón. Siguiendo con este ejemplo, parece que esta nave se convirtió en reliquia,  Marcial dice que en Roma se guardaba una parte de este barco[3]. Sería una práctica habitual, tanto en Roma como en Grecia, guardar las naves que hubiesen realizado alguna hazaña o hubieran pertenecido a algún personaje importante. De esta práctica se tienen otras noticias, poniendo ahora un ejemplo griego, Plutarco narra que el barco de Teseo con el que viajo a Creta se guardó en Atenas hasta época de Demetrio Falereo[4]. También fue usual que para conmemorar batallas se ofrecieran a las divinidades barcos enemigos como hicieron los griegos tras la batalla de Salamina en el 480 a.C. tras la cual dedicaron tres trirremes fenicias, una de ellas en Istmo. En otras ocasiones se ofrendaban el aparejo u otros elementos de la nave.
Las excavaciones realizadas en Samos, en donde se veneraba a Hera, en un lugar cercano a la costa en la boca del rio Ímbraso se encontraron dos grandes basas con una longitud de 25 y 30 metros. Se han datado pertenecientes al siglo VII a.C., las cuales podrían haber contenido barcos reales, además existen inscripciones en el Hereo aludiendo al menos a siete barcos dedicados a Hera y Posidón. Muy posiblemente fuera una práctica común, ya que para época helenística, en donde los datos son más abundantes, en Delos en el “Monument des Taureaux” albergaba un barco de guerra. Otra noticia que se tiene es que Antonio Gonatas dedicó una trirreme a Apolo después de la batalla de Cos en el 258 a.C.
Estos ejemplos son de época helenística, un momento de gran magnificencia para los Estados helenísticos que podían costearse la fabricación de barcos para ofrendarlos, así como construir grandes recintos para albergarlas, como símbolo del poder.  Anterior a la época helenística parece difícil que se construyeran naves con la única función de ofrecerla a los dioses. Algunos investigadores han podido pensar que podrían ser dedicadas las naves cuya vida útil hubiera acabado, pero ello sería visto por los dioses como una mala ofrenda e incurriría en la ira del dios. Por ello sería más común que las ofrendas de barcos reales estuvieran relacionadas con las victorias navales, en donde los barcos enemigos eran ofrendados estuvieran en buen o mal estado[5].

NOTAS
[1] AMIT, M. (1962), p. 157-158.
[2] MORRISON, J. S. WILLIAMS, R.T., (1968), p.137-139
[3] Epigr.7.19
[4] Thes 23.1
[5] ROMERO  M. (2000) pp 2 – 22
La bibliografía puede ser consultada aquí: El trirreme