Doce césares – Mary Beard

Mary Beard, Doce césares, Crítica, Barcelona, 2021

Mary Beard apenas necesita presentación. Cualquier interesado en el mundo clásico la conoce por innumerables obras de divulgación en diversos formatos, pero tampoco hay que olvidar que es una prestigiosa investigadora. Su última obra, Doce césares, publicada en castellano por Cátedra en una elegante edición, habría que incluirla dentro del campo de la investigación académica y se presupone que el lector no puede ser profano en el mundo romano e incluso en la historia en general. En cualquier caso, esto no indica que la obra carezca de una excelente exposición de las ideas y de una ágil lectura.

El título de la obra, sin lugar a dudas, hace referencia al libro homónimo de Suetonio. El subtítulo de la versión española «la representación del poder desde el mundo antiguo hasta la actualidad» no es en mi opinión la temática real del libro, sino más bien el uso de la imagen de los emperadores desde la Antigüedad, aunque evidentemente relacionada con el poder. De hecho, así lo expone la propia autora en el primer capítulo, que actúa de introducción: «Un emperador en el Mall». Tal título se debe a la anécdota -—recurrentes a lo largo del texto— de que en el Mall de Washington había un sarcófago romano, atribuido a Alejandro Severo, donde se pretendió enterrar al expresidente Andrew Jackson. Esta historia da pie a la autora a tratar la obsesión que hubo entre gobernantes a representarse como emperadores, así como a coleccionar imágenes de los emperadores romanos.

El segundo de los capítulos, titulado «Quién es quién en los doce césares», trata acerca del aspecto de estos gobernantes: ¿realmente las características físicas de los emperadores eran las que reflejan sus imágenes? La realidad es que no, desde Augusto la estatuaria imperial era mera propaganda. Además, la autora se centra sobre todo en Julio César y la obsesión que ha habido por buscar su verdadero rostro en multitud de bustos atribuidos a este.

Antes que los bustos, fueron las monedas las primeras representaciones de los césares que se coleccionaron, así durante el Renacimiento en multitud de cuadros los artistas reprodujeron monedas de los diversos emperadores. No solo eso, en general la reproducción de los doce césares en busto, pinturas y otros ornamentos fue una constante. No solo por parte de la aristocracia que parecía tender a establecer en sus palacios un salón en donde las miradas de los césares observaran a los que por allí transitaban, sino que incluso para las clases menos pudientes se hicieron también alternativas. No obstante, y por eso el capítulo cuarto se titula «los doce césares, más o menos”, los titulares que ocupaban estos doce puestos tendieron a cambiar; dicho de otra manera, que no se mantuvo siempre la secuencia que estableció Suetonio en su obra. Relacionado con esto, en el siguiente capítulo, «los césares más famosos de todos», la autora hace un recorrido por las principales colecciones de césares, que en muchos casos fueron cambiando de propietario y lugar.

Por lo general, el uso de los césares había tenido cierta vinculación con el poder, pues reyes, emperadores y gobernantes en general tendieron a verse reflejado en estos personajes del mundo clásico. Sin embargo, las figuras de los césares también sirvió para lo contrario: atacar a la monarquía o al poder, y así nos lo explica la autora en «sátira, subversión y asesinato».

El último capítulo es “la esposa de César…¿Por encima de toda sospecha?”. Se trata de una clara perspectiva de género, pues no solo fueron representados los césares, sino que mujeres vinculadas con la casa imperial, como por ejemplo Agripina, también encontraron lugar en las representaciones desde el Renacimiento, muchas veces combinándolas con los propios césares.
Cierra Beard con un epílogo en donde nos habla brevemente, además de unas conclusiones generales, del uso de los césares durante el siglo XX.

En general, Mary Beard trata un tema interesante en donde muestra una gran erudición. El único problema que se puede achacar a este libro es que parece destinado al mundo anglosajón, como sucede en muchas de las obras de la autora, pues muchos de los ejemplos que expone están vinculados con el Reino Unido o los Estados Unidos.

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