El fin de la hegemonía de la monarquía hispánica: Paz de Westfalia

La paz de Westfalia fue una serie de acuerdos que se tomaron en 1648 entre los diversos contendientes de la Guerra de los Treinta Años y que pusieron fin, además de a dicha guerra, a la hegemonía que había gozado en el siglo anterior la monarquía hispánica.

La unión dinástica de los Reyes Católicos hizo que el nieto de estos, Carlos I (hijo de Felipe I el Hermoso y Juana la Loca), heredara la Corona de Castilla y Aragón (incluyendo también el reino de Navarra) y los dos virreinatos de América (Nueva España y Perú). No solo estos. La política matrimonial llevada a cabo por los Reyes Católicos permitió que en este monarca también recayeran las vastas posesiones de sus abuelos paternos: los territorios austriacos (por ello sería elegido emperador del Sacro Imperio Germánico), así como toda una serie de territorios como Luxemburgo y los Países Bajos. Estos últimos se convertirán en el “Vietnam” particular de los Austrias. Por su parte, Felipe II heredó estos extensos territorios, aunque no los dominios austriacos y, por tanto, tampoco la corona imperial. No obstante, acabó heredando también el trono de Portugal y todas sus posesiones en América y costa africana, entre otras. Era el Imperio más extenso en aquel momento.

Sea como fuere, estos amplios territorios gobernados por Carlos I y Felipe II (los llamados Austrias mayores) permitieron a estos tener una amplia hegemonía en el panorama político europeo y mediterráneo, tanto en la diplomacia como, sobre todo, en la guerra. Guerras que, evidentemente, respondía a los intereses dinásticos de estos, aunque en la mayor parte de los casos tienen algo en común: la defensa del cristianismo y sobre todo de la ortodoxia  católica, ya fuera contra los turcos (se extendía entonces el Imperio otomano hasta las propias puertas de Viena), contra los príncipes protestantes del Sacro Imperio Germánico, y contra Inglaterra (donde se había establecido la Iglesia anglicana, pero sobre todo por los ataques de piratas ingleses a los barcos españoles). Sin contar, por supuesto, las continuas guerras contra Francia, especialmente por los territorios italianos.

Contra Inglaterra, Felipe II organizó la conocida Armada Invencible (hundida por una tormenta en 1588), cuyo fracaso se puede considerar el primer acto de la decadencia política en la que se verá asumida la monarquía durante los reinados de los llamados Austrias menores: Felipe III, Felipe IV y Carlos II.

Los conflictos armados dejados por Felipe II se cerraron básicamente durante el reinado de Felipe III (y su valido, el duque de Lerma), cuyo reinado se caracterizó por la pax hispánica. Básicamente se cancelaron todas las guerras, en concreto con Inglaterra (Tratado de Londres en 1604), en los Países Bajos (Tregua de los doce Años que ponía fin a la guerra de los 80 años con las Provincias Unidas), y con Francia (Paz de Vervins). No se trataba en realidad de un acto de pacifismo, sino de una necesidad mayor: los problemas económicos de la monarquía (o de las monarquías europeas en general) para financiar tales guerras.

Las Lanzas (Velázquez)

No obstante, con la llegada de Felipe IV al trono y, especialmente, la del nuevo valido, el conde duque de Olivares, se retornó al belicismo. Se trataba de una nueva política que reanudaba el ideal de defensa de la fe o, dicho de otra manera, un intento por mantener el prestigio del siglo anterior. La oportunidad para que los famosos tercios españoles volvieran al campo de batalla se encontró cuando, en 1618, el conflicto entre los Estados católicos y protestantes en el Sacro Imperio estalló de nuevo. Al fin y al cabo, el acuerdo de Ausgburgo de 1555 en tiempos de Carlos I (que le permitió a este simplemente retirarse dignamente) había cerrado el conflicto entre protestantes y católicos en falso al permitir que cada príncipe eligiera la religión que considerara oportuna.

Tras el retorno del enfrentamiento bélico en el Sacro Imperio, la monarquía hispánica decidió apoyar a la rama austriaca de los Habsburgo, pues estos evidentemente eran católicos. El inicio del enfrentamiento pareció todo un éxito, pues se tomó el Palatinado. Poco después, en 1621, acabó la Tregua de los Doce Años, lo que reanudó el conflicto con los Países Bajos. Ambrosio Spínola, en cualquier caso, logró obtener una gran victoria tras sitiar y tomar la ciudad de Breda en 1624 (la rendición quedó plasmada por Velázquez en el famoso cuadro de Las lanzas).

Pronto el enfrentamiento germano se convirtió en una auténtica guerra europea, que no benefició en absoluto a la monarquía hispánica. Por una parte, el bando católico formado por la familia de los Habsburgo, tanto austriacos como españoles. Por otro lado, comenzaron a entrar en lidia en favor de los príncipes protestantes los ya mencionados Países Bajos, Inglaterra, Francia y Suecia. Los reveses militares para los Austrias no se harían esperar, sin contar la incapacidad para hacer frente a los cuantiosos gastos que implicaba la guerra.

Para hacer frente a los costes de la guerra, el conde duque de Olivares decidió crear la Unión de Armas en 1626, es decir, que todos los territorios de la monarquía costearan los gastos militares, pues hasta entonces era Castilla la que corría con el grueso de los gastos. Esto provocó una crisis política dentro de la monarquía en 1640, pues el resto de reinos y territorios no estaban dispuestos a hacer tal concesión: Portugal, Cataluña, Nápoles y Sicilia protagonizaron rebeliones para abandonar la monarquía. Incluso el duque de Híjar y el de Medina-Sidonia lideraron revueltas para proclamarse monarcas de Aragón y Andalucía respectivamente. Los Austrias estuvieron al borde de perder la mayor parte de sus territorios. Finalmente, solo Portugal acabó saliendo de la corona española.

En ese estado de cosas, no es de extrañar que cuando los diversos contendientes de la Guerra de los Treinta años acordaran acabarla en 1648, la monarquía respirara aliviada. Así, en ese año, se realizaron varias reuniones en dos ciudades de Westfalia (Münster y Osnabruck), en donde se llegaron a diversos acuerdos que modificaron el mapa de Europa. En lo que respeta a la monarquía hispánica, esta reconoció la independencia de los Países Bajos.  Además, se confirmó nuevamente que cada príncipe alemán podía elegir libremente la religión de su Estado.

Pero Westfalia no cerró todos los conflictos armados. El que mantenía la monarquía española con Francia se mantuvo en los años siguientes. Finalmente, se llegó a la paz de los Pirineos en 1659 en donde la monarquía hispánica se vio obligada a ceder a Francia el Rosellón, Cerdaña, Artois y toda una serie de plazas estratégicas entre Flandes y Luxemburgo. La paz fue sellada con el matrimonio de la infanta María Teresa con Luis XIV.

La monarquía hispánica perdió todo su peso en el concierto diplomático europeo tras la Guerra de los Treinta Años como dejan ver Westfalia y la Paz de los Pirineos, en donde la monarquía hispánica sale claramente perjudicada. Desde aquel momento, la hegemonía política europea pasó a Francia y la dinastía de los borbones. Así, la corona española se convirtió en una potencia de segundo orden.  En el aspecto económico, la monarquía española también perdió el monopolio con las Indias, de lo que se beneficiarían los Países Bajos e Inglaterra, que se convirtieron en los dueños de los mares. En cualquier caso, el declive era solo político, puesto que frente a la tradicional visión de lo que se ha llamado “la decadencia española”, la realidad es que el siglo XVII coincide con el gran momento de las letras y el arte.

 

BIBLIOGRAFÍA

ELLIOTT, J.H. (1965): La España Imperial, Vicens-Vives, Barcelona

MARTÍNEZ RUIZ, E.; GIMENEZ,E.; ARMILLAS, J.A. y MAQUEDA, C. (1992): La España moderna, Istmo, Madrid.

 

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