La crisis del Antiguo Régimen (I): el reinado de Carlos IV

Juramento de Fernando como príncipe de Asturias en San Jerónimo en 1789

Las Cortes del Reino se encontraban reunidas en San Jerónima el Real. Era septiembre de 1789 y reinaba sobre las Españas y las Indias su majestad Carlos IV de Borbón, quien había accedido al trono el año anterior. Los miembros de los tres estamentos, ordenados cada uno en su lugar, vestían engalanados. Los privilegiados, nobleza y clero, todavía miraban con aires de superioridad a los representantes de las ciudades. Estos últimos eran burgueses que, por aquel entonces, todavía mantenían la esperanza de colgar algún día sobre las puertas de sus casas un escudo nobiliario tallado en piedra. Sea como fuere, las Cortes, sin poder alguno, habían sido convocadas, como era ya tradición, para jurar al príncipe de Asturias y heredero al trono, Fernando; eran una especie de coronación prematura en un reino en donde esta última ceremonia no existía. A partir de ese momento, Fernando, como otros pretendientes antes que él, aguardaría pacientemente a que alguien gritara ¡el rey ha muerto! e inmediatamente después ¡viva el rey! Aquella sagrada corona ,que daba a su portador poder absoluto y le convertía en representante de Dios en el reino, recaería entonces sobre sus sienes y unas nuevas Cortes y sus tres estamentos esperarían hasta aquel momento para volver a jurar al nuevo vástago. Nada sucedió como se esperaba. El Antiguo Régimen estaba descomponiéndose como en el resto de monarquías europeas y, por su parte, la Revolución francesa, una larga sombra bajo la que todo el reinado del abnegado Carlos IV transcurrió, precipitó la crisis tanto en el nivel político como en el social y el económico.

1. La política española entre 1789 y 1808

Las Cortes, que además de jurar al monarca también debían de ratificar otra serie de cuestiones, transcurrieron desde el mes de mayo con gran inquietud. Las noticias que llegaban desde Francia eran amargas. Los Estados Generales o, mejor dicho, el Tercer Estado se había proclamado asamblea nacional, habían asumido el poder legislativo y pretendía dar una constitución liberal al país. El poder del rey francés, Luis XVI, se tambaleaba y, por contagio, quizás el de su primo, Carlos IV. Cuando en Madrid se conoció la noticia de que la muchedumbre parisina había llegado hasta Versalles y había obligado a los reyes a trasladarse a París, monarquía y privilegiados se sobrecogieron y Carlos IV con gran premura cerró las Cortes. Quedaron en el tintero algunas cuestiones como el sistema de sucesión, que en 1830 salió a relucir y que mar el devenir de la historia decimonónica del país.

A partir de ese momento, la posición de España respecto a Francia fue cambiante. Entre 1789 y 1808, la política exterior española pasó, primero, por la neutralidad; luego, la intervención; finalmente, la alianza con Francia.

Entre 1789 y 1792, Carlos IV optó por la neutralidad. Cuando la revolución en Francia estalló, el secretario de Estado español, el conde de Floridablanca, pretendió por todos los medios que la Revolución no se extendiera a España. No era de extrañar, las causas que habían provocado la revolución en Francia no eran muy diferentes a las circunstancias que atravesaba el reino español. Por tanto, se estableció una dura censura para que los periódicos no publicaran bajo ningún concepto nada acerca de lo que acontecía en el país vecino, así como impedir la introducción de propaganda liberal.

Floridablanca, en cualquier caso, era partidario de intervenir militarmente en Francia. Pero Carlos IV consideraba que una intervención militar pondría a su primo, Luis XVI, en una situación demasiado comprometida. Floridablanca fue apartado de la Secretaria de Estado en 1792.

Llegó entonces a la secretaría el Conde de Aranda, quien, además de ser menos riguroso con la censura, era partidario de la neutralidad. Pero los acontecimientos en Francia se precipitaron en 1792: Luis XVI fue destronado. La muchedumbre había asaltado el palacio de las Tullerías y la Asamblea Legislativa decidió apartar al rey, ahora Luis Capeto, de sus funciones. Una nueva asamblea, la Convención, que le acusó de traidor y conspiración con potencias extranjeras, proclamó la primera República francesa y condenó al monarca a muerte. El rey español optó entonces por la intervención, y Aranda fue apartado de la secretaría por el empeño que este mostraba por la neutralidad.

En 1792, el rey, para sorpresa de muchos, nombró a Manuel Godoy Secretarío de Estado. Este, un hidalgo y oficial del ejército, era un extraño entre una alta nobleza que hasta entonces había monopolizado las altas magistraturas del país. Godoy había sido colmado de honores por el rey (y la reina, María Luisa de Parma, pues las habladurías, que no parecen ciertas, decían que era su amante), concediéndole el título de duque de Alcurnia con grandeza de España y señorío incluido. Desde entonces Godoy manejó los hilos del poder.

En principio, Godoy pretendió salvar la vida del monarca francés, que esperaba en el parisino castillo del Temple a ser conducido hacia su último acto oficial: la guillotina. El hidalgo venido a más no tuvo mucho éxito, como sabemos, pues en enero de 1793 la real testa era cercenada por la afilada cuchilla para júbilo del pueblo francés. Fue entonces cuando Godoy declaró la guerra a la ya República francesa: daba comienzo la Guerra de los Pirineos (1793-1795). Empezó bien el conflicto bélico para el ejército español, aunque no pasó mucho tiempo para que las tornas cambiaran: en donde antes había victorias, ahora solo se encontraban escandalosas derrotas ante los ejércitos de la Convención, que levaban multitudes de soldados gracias al recién establecido servicio militar obligatorio. País Vasco y norte de Cataluña quedaron a merced de los franceses. Godoy tuvo que pedir la paz, que fue aceptada por el nuevo Gobierno francés, el Directorio. En 1795 se selló la Paz de Basilea. España, por fortuna, tan solo debía ceder la isla de Santo Domingo, puesto que Francia, con otro frente abierto en el norte, pretendía cerrar lo más rápido posible el frente pirenaico.

Cualquiera observador del momento habría pensado, ante tal calamitosa guerra, que Godoy perdería el favor real. No fue así. Peor, Carlos IV le concedió el rimbombante, a la vez que ridículo, título de Príncipe de la Paz: ¡Consiguió la paz para una guerra que el mismo había iniciado y perdido!

Por si fuera poco, Godoy firmó, poco tiempo después de la Paz de Basilea, el primer Tratado de San Ildefonso (1796) con la republicana Francia, renovando así los antiguos pactos de familia que tenían los Borbones de ambos países. El fin era luchar contra el siempre enemigo común, Reino Unido. Se pasaba, de esta manera, de la intervención en Francia a la alianza. No dejaba de ser paradójico: una monarquía absolutista y tradicional como la española se alió con una república liberal y regicida. ¡Cualquier cosa valía cuando se trataba de luchar contra la pérfida Albión!

No habría que esperar mucho para que España recibiera las primeras derrotas, en concreto allí donde Inglaterra era superior: en el mar. La derrota del cabo de San Vicente en 1797 y la perdida de las islas de Trinidad y Menorca (esta última recuperada en 1802 por el Tratado de Amiens) supuso un duro revés para España y, sobre todo, para Godoy, quien ya no pudo ocultar la derrota bajo algún nuevo y rimbombante título. Fue apartado del poder en 1798.

Le sustituyó entonces, aunque no por mucho tiempo, diversos secretarios, entre los que cabe destacar Urquijo, que tuvo, ante todo, que hacerse cargo de la enorme deuda a la que haremos alusión más adelante. Para ello inició las primeras desamortizaciones de los bienes de la Iglesia. La oposición de esta última fue suficiente para que finalmente en 1800 Urquijo perdiera también el favor real. No solo por este motivo, sino porque un nuevo gobernante francés, Napoleón Bonaparte –que por aquel entonces era cónsul, aunque no tardaría mucho en convertirse en el flamante emperador de los franceses- movió los hilos para que Godoy, mucho más manejable, volviera al poder. Sin ostentar ahora ningún cargo público, la realidad era que el Principe de la Paz manejaba desde bambalinas los resortes de la política española.

Godoy selló un nuevo acuerdo con Francia para conseguir que Portugal, aliada tradicional del Reino Unido, rompiera las relaciones con este último. Para conseguirlo, Godoy, nombrado generalísimo de los ejércitos, inició una guerra en 1801 contra el país vecino: la Guerra de las Naranjas, que no fue otra cosa que un paseo militar que solo arrancó la promesa a la casa real portuguesa, los Braganza, de que se mantendrían alejados del Reino Unido. Sea como fuere, una cosa estaba clara, España y, más concretamente, Godoy se convirtieron en los títeres del país galo.

Esa pírrica victoria contra el país luso no tendría ninguna trascendencia tras la nueva derrota sufrida a manos de los ingleses, contra los que se había firmado un segundo Tratado de San Ildefonso. La flota española y francesa fueron hundidas por el almirante Nelson en la batalla de Trafalgar en 1805 por la flota inglesa comandada por Nelson, quien se convirtió en héroe nacional y la batalla elevada al panteón de los hechos patrios de los súbditos de su majestad británica.

Godoy mantuvo el favor real y España siguió siendo la aliada de Napoleón. De hecho, un nuevo tratado fue firmado: el de Fontainebleau en 1807. Como era de esperar, Portugal continuó las relaciones con el Reino Unido. Así que, cuando Napoleón estableció el Bloqueo Continental en 1806, los portugueses no tenían intención alguna de cumplirlo. Para el emperador francés la única opción era invadir y conquistar Portugal, aunque para ello debía atravesar España. Permiso que se le concedió por medio del mencionado tratado. No solo esto recogía el acuerdo, sino que también el reino luso se dividiría en tres y que una parte, los Algarbes, seria para Godoy, quien suponemos no cabía de gozo al pensar en que se convertiría en una suerte de rey. El tratado encubría, lo veremos más tarde, otro objetivo: sustituir a la dinastía de los Borbones si fuera necesario.

 

Godoy como generalísimo en la Guerra de las Naranjas (Francisco de Goya)

2. La crisis interna del país

Cuando aquel tratado fue rubricado, no solo la crisis política era evidente: un país bajo la batuta de Francia, sino que desde hacía tiempo, e incluso se remontaba al reinado de Carlos III, existía una crisis social y económica que no era una cuestión puntual: era el Antiguo Régimen descomponiéndose.

Desde comienzos del siglo XVIII, se observa que la tradicional sociedad estamental está dando paso a una sociedad de clases en la que el dinero primaba por encima de títulos y privilegios. La burguesía, por pequeña que fuera en España, pretendía participar en la vida política, pues aportaba parte del continuo crédito que requería la monarquía. Les hubiera valido, como habían conseguido algunos a lo largo de aquel siglo, con penetrar en el estamento nobiliario. Pero si eso no pasaba, preferían destruir el sistema estamental y, de paso, establecer el liberalismo. Frente a esto, la nobleza -en muchos casos, con economías cercanas a la bancarrota- se aferraban a la tradición, pues, desde que Carlos III había decretado que todas las profesiones eran honrosas, se vio amenazada, especialmente los hidalgos. Desde 1792, la llegada de Godoy al Gobierno y su camarilla apartó a la alta nobleza de los principales puestos del poder. Era algo que no estaban dispuestos a permitir. Al igual que tampoco la Iglesia toleraba que se siguiera con la desamortización de algunos de sus bienes, política iniciada por el mencionado Urquijo y que Godoy no solo mantuvo, sino que pretendía incrementarla.

Además de la conflictividad latente entre las clases altas, lo que sí que encontramos es una conflictividad social entre las clases populares: levantamientos contra los señores, bandolerismo o contrabando eran síntomas de que las cosas no iban bien. En efecto, todo eso era el reflejo de la crisis económica que vivía el país y que ocasionó una hambruna generalizada en los primeros años del siglo XIX. Por una parte, fue el resultado de una serie de malas cosechas, que se produjeron en toda Europa, y que en el caso español se le sumaba el propio atraso en el campo y la carencia de un mercado nacional que pudiera redistribuir la producción de unas zonas a otras en donde hiciera falta. De igual manera, la nobleza prefería continuar cobrando meramente impuestos a los campesinos en vez de invertir en las tierras. Es más, en muchos casos los perceptores de grano lo almacenaron para hacer que los precios subieran y hacer más rentable para sus bolsillos las menguadas cosechas. Por otro lado, el paro había aumentado por el hundimiento de las ya de por si escasas manufacturas españolas ante la perdida del mercado al que iban destinadas: las colonias americanas. Todo ello sin contar varias epidemias de fiebre amarilla entre 1800 y 1804 que acabó con la vida de 100.000 personas (en un país de once millones) y de paludismo, que contribuyó a un aumento de la mortalidad y, por tanto, la caída demográfica después de casi un siglo de crecimiento.

Finalmente, la Hacienda española estaba en bancarrota. Los ingresos, ahora menguados por la falta de comunicación con las colonias, eran muy inferiores a los cuantiosos gastos de la monarquía, de tal forma que a lo largo de los años se había acumulado una enorme deuda que era imposible de pagar. En 1801 se debían 4.100 millones de reales, pero el presupuesto anual era tan solo de 750. La Guerra de los Siete Años, el apoyo a los colonos en la Guerra de la Independencia americana, la Guerra de los Pirineos y la guerra contra Inglaterra y Portugal ocasionaron el principal agujero en las cuestas del reino.

 

Representación del Motín de Aranjuez

3. Las conjuraciones de palacio

Hacia 1807 el país entero, desde las altas clases hasta las más bajas culpaban de toda esta enorme crisis a la figura que manejaba los hilos del Gobierno, Godoy. Pero la responsabilidad apuntaba mucho más alto: al rey, que sostenía al odiado Príncipe de la Paz. Carlos IV estaba en entredicho.

En esas circunstancias, se formó el bando fernandino. Se trataba de un amplio grupo de nobles que conspiraban con el entonces príncipe de Asturias, futuro Fernando VII, con el fin de que Carlos abdicara la corona en su hijo y, por tanto, que este último destituyera seguidamente a Godoy. Era, en realidad, una revuelta de privilegiados que aspiraban a retomar el poder que Godoy y su camarilla les había arrebatado, así como a reorientar la política exterior para acercarse al Reino Unido. No obstante, detrás de los tejemanejes estaba la mas vivaz esposa del príncipe de Asturias, Maria Antonia de Nápoles, pues Fernando, en palabras de la susodicha, “no hace nada, ni lee, ni escribe, ni piensa”, “sin instrucción ni talento natural, ni tan solo despierto”. Pero esta murió tempránamente, lo que llevó a Fernando, en un ejercicio sin lógica aparente, a aproximarse a Napoleón. Por medio de una carta fechada el 11 de octubre le “implorara protección paternal” y, de paso, una esposa de la familia imperial, no sin antes “depositar los secretos más íntimos en el pecho” del emperador: “personas astutas y malignas” están poniendo a su padre, Carlos IV, en contra de Napoleón, confesaba Fernando. ¿Se referiría a Godoy, quien pretendería cambiar de alianza tras tantas y estrepitosas derrotas? En efecto, Godoy ya había dejado caer en ciertos momentos esta posibilidad. No obstante, Fernando nos muestra aquí su falta de coherencia, pues como se ha dicho al comienzo de este párrafo: ¡hasta hacía pocos meses pretendía él y su camarilla aliarse con el Reino Unido!

La carta fue interceptada por agentes de Godoy, quien la uso como prueba de que Fernando era un traidor y quería destronar e incluso asesinar a sus padres. Fernando fue recluido en sus aposentos, pero este, que había sido capaz de conspirar contra su propio padre e incluso de alentar los rumores de la relación de Godoy con su madre, no tuvo reparo en delatar a todos los implicados. En el Proceso de El Escorial de 1807, justo en los mismos días en que se firmó el Tratado de Fontainebleau, muchos de los implicados fueron exiliados de la Corte. El príncipe de Asturias de forma ridícula suplicó el perdón de sus padres: “Señor: Papá mío: He delinquido, he faltado a V.M. como Rey y como padre, pero me arrepiento y ofrezco a V.M. la obediencia más humilde”. Su amado padre le perdonó, mientras tomaba papel y pluma para preguntar a Napoleón -el mismo al que había escrito su hijo- qué debía hacer con Fernando, a quien pensaba, incluso, desheredar.

A esas alturas, Napoleón ya no debía tener duda alguna que la familia que dirigía los designios de España no solo era incompetente, sino que ni sus propios miembros se fiaban los unos de los otros. Si Napoleón ya sospechaba que tarde o temprano España cambiaría de alianza, ahora estaba seguro. Por eso el emperador se garantizó que si eso pasaba en algún momento, e incluso si el hijo sustituía al padre, entonces se aseguraría el control de España con un ejército que estaba en el interior con permiso de la propia monarquía que destronaría.

En los primeros meses de 1808 se extendió por el reino el rumor de que Carlos planeaba desheredar al príncipe de Asturias y que Godoy iba a ser nombrado sucesor. A esto se sumaba la inquietante entrada de tropas francesas, que habían incluso iniciado su marcha hacia Portugal una semana antes de que se firmara el propio tratado que lo permitía, y que no cesaban de tomar posiciones en el reino español. En esa coyuntura, una veintena de grandes de España iniciaron el Motín de Aranjuez en marzo de 1808, en donde el pueblo de dicha localidad participó ante los rumores, que en realidad eran ciertos, de que la familia real iba a partir hacia Sevilla y, de allí, hacia América si Napoleón iniciaba la invasión de España. Por supuesto, se llevarían a Fernando consigo, al que el pueblo consideraba como el monarca que podría poner fin a la crisis que el reino vivía. También Napoleón estuvo detrás del motín, pues no quería por ningún medio que la familia real huyera como habían hecho la casa portuguesa, que se había trasladado a Brasil. Así, el pueblo se levantó y asaltó el propio palacio de Godoy, a quien encontraron escondido y asustado en el desván bajo una manta. El valido fue detenido y, en esa tesitura, Carlos IV se vio presionado y abdicó en su vástago y sucesor. El príncipe de Asturia, antes de que nadie gritara ¡el rey ha muerto!, se convert en el séptimo Fernando en regir las Españas, aunque no por mucho tiempo. Para aquel entonces ya no existía reino que gobernar.

BIBLIOGRAFÍA

BAHAMONDE, A. Y MARTÍNEZ, J.A. (2005): Historia de España siglo XIX, Cátedra, Madrid

FONTANA, J. (2011): La época del liberalismo, Crítica|Marcial Pons, Barcelona

Autor: D. Gilmart, publicado el 14 de noviembre de 2020

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información. ACEPTAR

Aviso de cookies

This site is protected by wp-copyrightpro.com