Los meses y los emperadores

Enero, febrero marzo, abril… todos conocemos el nombre de los doce meses y los usamos en nuestra vida cotidiana. Pero, como suele ser habitual, no nos preguntamos por qué han sido llamados así. Precisamente, esclarecer en unas pocas líneas ese origen es nuestro menester. Es más, tal cual hemos titulado a este artículo, prestaremos atención a la estrecha relación que los emperadores romanos tuvieron con los nombres de los meses.

El calendario romano, como todo calendario que se precie, poseía doce meses, correspondiente a las doce lunaciones que se producen en un año solar. Es común que a cada uno de los meses se le den nombre diversos relacionados con los trabajos del campo, rituales y dioses. Así sucede en los calendarios mesopotámicos, en el egipcio o los de las poleis griegas. Pero el calendario romano es otro cantar, pues encontramos que tan solo los meses de enero, febrero, marzo, abril, mayo y junio tenían nombre. Los otros seis meses eran numerales: Quintilis, Sixtilis, Septembris, Octobri, Novembris y Decembris. El hecho, por tanto, es un tanto extraño, pues parece corresponder a un calendario creado ex novo, pues la numeración solo se encuentra en aquellos calendarios patentados con motivo de una federación de ciudades.

Al menos tres meses provenían de nombres de divinidades: Ianuarius (Varro, Ling. 6.34), Martius (Varro, Ling. 6.33; Ov. Fast. 3.9-98) y Iunius (Ov. Fast. 6. 20-26; Macrob. Sat. 1.12.30), que proceden de Jano, Marte y Juno. Maius se ha considerado que provenía de la poco conocida diosa Maia, relacionada con Volcano (Ov. Fast. 5.9-106; Plut. Num. 19.3; Quaest. Rom. 86; Censorinus, DN. 22.9; Macrob. Sat. 1.12.19-28). Una fuente, en cualquier caso, lo deriva de maiores (Varro, Ling. 6.33), aunque el argumento que se nos da no parece muy convincente. En el caso de abril, las fuentes son diversas y es difícil dilucidar su etimología: por una parte, se nos dice que provenía de la diosa Afrodita, aunque podemos descartarlo por el origen griego de esta. Por otro lado, que proviene de apeiro (abrir), por ser el momento en el que germinan las cosechas (Varro, Ling 6.33; Ov. Fast. 4.19-132; Plut. Num. 19.3; Quest. Rom. 86; Censorinus, DN. 22.9; Macrob. Sat. 1.12.19-28). Febrero, por su parte, deriva del término februum por el carácter purificatorio del mes (Varro, Ling. 6. 34). El mismo término que se utilizaba para describir los látigos fabricados con pieles de animales sacrificados con los que los lupercos, en la ceremonia de los Lupercalia de este mes, azotaban a las mujeres para provocar su fecundidad– .

Entre la época de César y Cómodo, se produjeron cambios en el nombre de los meses romanos con el fin de otorgar a los emperadores un mes con su propio nombre. Era común en el mundo griego y, en concreto, en el helenismo, conceder estos honores a los monarcas. No obstante, como podemos comprobar hoy en día, tan solo dos llegaron a cuajar: julio y agosto, que se concedieron en honor de Julio César y Augusto respectivamente.

En el quinto consulado de Julio César y siendo su colega Marco Antonio, este último presentó –aunque previa autorización del senado- una ley, la lex Antonia de mense Quintili, para cambiar el nombre del hasta entonces mes Quintilis (Macrob. Sat. 1.12.34), pues era el mes en el que César había nacido. Aunque no parece que, al menos los adversarios de César,  lo aceptaran con agrado, pues entre los muchos honores que se dieron a César, este superaba lo tolerable (Suet. Iul. 76). No se trataba de un privilegio mundano más, sino que básicamente era ascender a un mortal al Olimpo, pues como hemos visto todos los nombres del calendario derivaban, o así se creía, de los nombres de divinidades.  Tras el asesinado de César, en el 44 a.C., se reestableció el nombre original del mes (Cic. Ad. Att. 16.1.1.). Fue repuesto por su hijo adoptivo, Augusto (Dio 45.7).

De igual manera, Augusto, hacia el 27 a.C., recibió su mes, el antiguo Sixtilis, primero por parte del Senado mediante senadoconsulto y luego ratificado por el  pueblo como ley: lex Pacuia de mense Sextili. En origen, al parecer, se iba a elegir septiembre por su nacimiento, pero por los grandes hechos que le habían ocurrido al príncipe en agosto (su primer consulado, su tercer triunfo, el final de la guerra civil o la conquista de Egipto), se acabaron por decantar por este.

Al parecer se convirtió en costumbre otorgar un mes como honor a los emperadores. Así pues, se le ofreció su propio mes a Tiberio –septiembre– e incluso a Livia –octubre–, aunque, como otros honores, los rechazó (Suet. Tib. 26). Calígula llamó a septiembre como su padre, Germanicus (Suet. Cal. 15.4). En el reinado de Nerón, abril cambió a Neroneus (Suet. Nero, 55), mayo a Claudius y junio a Germanicus (Tac. Ann. XVI, 12). No sabemos, en cualquier caso, si Claudio era por el anterior emperador y,  a la sazón, su padre adoptivo (el famoso personaje de “Yo, Claudio”) y Germanicus por el de su abuelo materno. También se podía creer que son los nombres del propio Nerón: Claudio Nerón César Druso. Sabiendo la personalidad de este, quizás nos debamos inclinar por esta última hipótesis.

Con Domiciano, octubre se llamó Domitianus y septiembre Germanicus por su cognomen (Suet. Dom. 13.3.). Antonio Pio no aceptó que se le concediera el mes de septiembre (Antoninus) y tampoco a su viuda, Faustina, el mes de octubre, Faustinus (Hist. Aug., Vit. Pii 10.1.) Cómodo, por su parte, hizo que el Senado renombrara los doce meses con sus propios cognomina en su mayoría (Dio 73.15.3): Amazonius, Invictus, Felix, Pius, Lucius, Aelius, Aurelius, Commodus, Augustus, Hercules, Romanus, Exsuperatorius.

Con Cómodo se frenó la costumbre de renombrar a los meses, aunque no fue la última vez que se dio este hecho. Todavía Tácito, en el siglo III d.C., intentó establecer el nombre de Tacitus a septiembre (Hist. Aug. Vit. Taciti 13.6), pues era el mes de su nacimiento y en el que fue proclamado emperador.

Pese a todo, podemos decir que en realidad se trataba de una costumbre que no tuvo mucho futuro. En primer lugar, porque, tras la muerte de los príncipes, se reponían nuevamente los nombres originales. En segundo lugar, porque era obvio que habría sido imposible dar este honor a todos los príncipes.  Algo que el propio Tiberio ya observó, pues se dice que este, al rechazar el mes que el Senado le otorgaba, dijo: “¿Qué harás si hay trece césares?” (Dio Cass. 57.18.2).

En cualquier caso, las evidencias de que estos nombres se llegaran a usar son mínimas. En definitiva, más allá de julio y agosto, el resto de cambios no tuvieron apenas trascendencia.  

BIBLIOGRAFÍA

FORSYTHE, G. (2012): Time in Roman Religion, Routledge, Nueva York

SCOTT, K. (1931): “Greek and Roman Honorific Months”, YCIS 2, pp. 99-278

 

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