Nacionalismo ¿Qué es?

El término nacionalismo tiene una connotación ciertamente negativa, pues va asociado, en el imaginario popular, a la secesión de una parte del territorio nacional; en especial en aquellos países en que alguna de sus regiones pretende independizarse o, al menos, aspira a una mayor autonomía. Así pues, existe la sensación de que el nacionalismo es un fenómeno reducido, algo que procesan solo unos cuantos individuos a los que, además, se les considera errados. La realidad, en cambio, es otra: aquellos que tanto desprecian el nacionalismo y se consideran los verdaderos patriotas son igualmente nacionalistas, pues el término puede aplicarse a todo aquel que defiende la existencia de una nación, sea la que sea, la cual no tiene ni mayor ni menor legitimidad para existir que otras.

Por tanto, ¿qué es el nacionalismo? El término es, desde luego, complejo de definir. Mucho más difícil es explicar el fenómeno del propio nacionalismo desde su origen en el siglo XIX. No obstante, realicemos un pequeño esfuerzo para comprender qué es, pero sobre todo la historia del mismo.

Tres conceptos: Estado, nación y nacionalismo

El nacionalismo no se puede entender si previamente no aclaramos dos conceptos: Estado y nación. Para ello usaremos las definiciones que nos proporciona Álvarez Junco en Dioses útiles.

El Estado es el conjunto de instituciones públicas que administran un territorio determinado. Estas están dotadas de los medios coactivos necesarios para requerir la obediencia de los habitantes a las normas establecidas y para extraer los recursos necesarios para la realización de sus tareas. Así pues, el Estado, a priori, no entiende ni de culturas, ni lenguas, ni historia.

La nación, en cambio, es el conjunto de seres humanos entre los que domina la conciencia de poseer ciertos rasgos culturales comunes (lengua, historia, tradiciones, entre otros), y que se halla asentado desde hace tiempo en un determinado territorio, sobre el que cree poseer derechos y desea establecer una estructura política autónoma. Así pues, lo diremos más tarde, la nación no tiene que corresponderse con un Estado: pueden existir naciones divididas entre varios Estados, y Estados que tienen varias naciones en su seno. Pero cuando Estado y nación coincide, entonces es lo que se llama Estado-nación.

¿Qué sería entonces el nacionalismo? Si tomamos la ya mencionada obra de Álvarez Junco, podemos indicar tres definiciones, que no se excluyen entre ellas, sino que se complementan. La primera acepción es que el nacionalismo es una visión del mundo en la que la diversidad de grupos humanos es ordenada de forma jerárquica como algo natural, dándose a cada uno de estos grupos características éticas y psicológicas concretas. De esta forma, existen pueblos superiores e inferiores, estando siempre por encima el grupo al que se pertenece. Esta era ya una vieja idea que se rastrea desde tiempos inmemoriales: toda cultura se ha considerado superior al resto. No obstante, a lo largo del siglo XIX y, sobre todo, el XX, se llegaron a ideas más extremas: imperialismo, racismo, genocidios, limpiezas étnicas, etc.

Relacionado con esto, otra acepción sería considerar al nacionalismo como un sentimiento que impulsa a una determinada persona a sentir una profunda adhesión por el grupo al que pertenece, estableciendo a este por encima de sí mismo. De nuevo, no es algo novedoso y lo podemos relacionar con el término patriotismo, que no sería otra cosa que el amor por la patria, de tal forma que se busca el bien de la misma. Tampoco era nada nuevo, aunque sí que, más que el grupo humano, el nacionalismo moderno establece al territorio (al país) y sus símbolos por encima de las propias personas.

La tercera definición, que supone una novedad a partir del siglo XIX, es que el nacionalismo es una doctrina que considera que cada nación debe tener un Estado independiente, reivindicando, de esta manera, un territorio concreto, que es en el que viven los miembros de la nación. Mientras que los otros dos aspectos se habían dado a lo largo de la historia como ya hemos expuesto, la novedad del siglo XIX reside precisamente en esta última definición, pues jamás antes se había dado con tanta fuerza y de forma tan generalizada la creación de naciones y la pretensión de que estas fueran Estados soberanos. El componente territorial toma en esta última acepción un gran peso.

¿Nacionalismo antes del siglo XIX?

Llegados a este punto, debemos ahondar en por qué era realmente un nuevo fenómeno surgido en la mencionada centuria. La primera observación que podemos hacer es que antes del siglo XIX ni existe el concepto de nación ni, mucho menos, el término nacionalismo. No nos equivoquemos, la palabra latina “natio” ya existía, pero su significado era muy diferente. El vocablo se utilizaba para designar al grupo humano del que procedía alguien y, de forma accidental, el territorio en donde estos vivían: una ciudad, una provincia, una región, etc. El significado de nación según la RAE antes de 1884 era “La colección de los habitantes en alguna provincia, país o reino” o, en el caso de que hiciera referencia al territorio “El lugar, ciudad o país en que se ha nacido”. Ni hay referencia al Estado, ni al aparato político ni a las características culturales de los individuos.

Sin embargo, a lo largo del siglo el término acabó designando exclusivamente a grupos humanos con características culturales concretas que vivían en un territorio determinado y que aspiraban a tener un gobierno propio, si es que no lo tenían ya. Así, el mencionado diccionario, hacia finales de la centuria, ya indicaba que la nación era “Estado o cuerpo político que reconoce un centro común supremo de gobierno”. Y en otra acepción se hace referencia al grupo humano, pero anteponiendo sobre todo el territorio como elemento principal del término: “Territorio que comprende, y aun sus individuos, tomados colectívamente, como conjunto”. En 1925 el significado se ampliaba para designar las características concretas que debía tener ese grupo humano que vivía en la nación: “Conjunto de personas de un mismo origen étnico y que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común.”

Este cambio se debió a que en el siglo XIX hubo una gran eclosión de naciones. En realidad, una invención de las mismas como apuntaremos más tarde. Tal calibre alcanzó esta idea que los teóricos y políticos del momento nombraban a este fenómeno como la “cuestión nacional”. Sería mucho más tarde cuando se acuño el término nacionalismo.

Ahora bien, incluso aunque el término no existiera, ¿los pueblos del pasado no habían aspirado a la independencia política? ¿Los individuos no tenían arraigo por los países en donde habitaban o a las sociedades a las que pertenecían? Como ya hemos expresado, claro que pueblos del pasado tenían una identidad común entre sus miembros como la lengua, costumbres, tradiciones y religión, pero no existe, al menos de una forma tan generalizada, ni una reivindicación territorial ni la idea de la unión política. Pongamos algunos ejemplos: los antiguos griegos podían ser conscientes de que tenían características comunes, pero estaban divididos en polis, y muchas en guerra entre ellas. Así pues, un individuo sentía apego a una determinada polis y a los ciudadanos que en ella vivía. Nunca se puso de manifiesto la idea de la unidad política de todos los griegos hasta precisamente el siglo XIX, cuando decidieron independizarse del Imperio Otomano. La Hélade, por su parte, no designaba un territorio concreto, sino que abarcaba todo lugar en donde habitaban los griegos. También podemos poner un ejemplo de la Antigua Grecia para observar que la pertenencia al territorio no tiene gran fuerza tampoco: cuando los ejércitos de Jerjes caminaban hacia Atenas, se propuso en la asamblea de la ciudad fundar la ciudad de nuevo en otro lugar, puesto que mientras que era el componente humano lo que formaba Atenas, y no el solar sobre el que se asentaba. Igual idea se propuso en Roma tras la invasión gala en el 390 a.C., trasladar Roma a Veyes. Si aquello no se llevó a cabo no fue por el arraigo al territorio en sí, sino que se alegó que allí estaban los templos de los dioses y era allí en donde se debían seguir realizando las ceremonias. El pueblo judío, por su parte, podría haber anhelado la vuelta a Israel desde que se produjera el éxodo, pero precisamente Israel se constituyó como Estado en el siglo XX, cuando el mundo ya estaba bajo las ideas nacionalistas. En cualquier caso, el deseo de retorno a esa tierra que dios mismo les había dado tampoco implicaba la idea de crear un Estado, pues incluso antes del Éxodo la división de Israel en diversos reinos era manifiesta.

En cualquier caso, dejemos épocas tan remotas y observemos lo que sucedió en la Edad Media, pues es en este momento cuando nacieron los reinos que dieron lugar a muchos Estados europeos modernos y, por tanto, la época en que las historias nacionales se centran. Pero la existencia de estos reinos en el medievo no indica que sus habitantes sintieran pertenecer a estos. No existían enseñas nacionales, ni mucho menos fiestas nacionales (las principales fiestas eran las fijadas por la Iglesia católica, lo que es, por tanto, una identidad que abarca el territorio de la Europa occidental), entre otros muchos elementos que contribuyen a día de hoy a fomentar el patriotismo. Tampoco en los reinos existía una lengua única, pues existían más lenguas que reinos (más o menos como sucede hoy en día) y hubo que esperar tiempo para que las propias cancillerías abandonaran el latín para usar alguna de las lenguas vernáculas. La etnicidad, más allá del color de la piel, tampoco existía, pues el aspecto físico de la persona no era suficiente para formar una identidad colectiva, y ningún Estado era étnicamente igual, por mucho que las ideas del siglo XIX y de parte del XX se empeñaran por crear ya no distinciones étnicas, sino razas. Los habitantes de aquellos reinos tenían mucha más conciencia de pertenencia a comunidades mucho más pequeñas, como por ejemplo los señoríos, ciudades o villas. La única seña de identidad que podía unir a los súbditos de una determinada monarquía era el monarca en sí. Eso suponiendo que el rey lo fuera de un único reino, caso que se daba en pocas ocasiones.

Tan solo una tendencia de protonacionalismo se podía dar entre la nobleza de los distintos reinos, al menos desde el siglo XIII, cuando la lealtad de los señores hacia un determinado monarca ya no se elegía: el rey se convirtió en señor natural de los habitantes que habitaban dentro dentro de las fronteras de un determinado reino. Atrás quedaban las disputabas señoriales por dominar uno u otro señorío. Un ejemplo paradigmático en el sentimiento “nacional” es la Guerra de los Cien Años (1337-1453). Entre los muchos motivos de la guerra, podemos poner sobre la mesa la negativa de la nobleza francesa a que se sentara en el trono francés a un inglés. Incluso los ejércitos, a partir de ese momento, empezaron a ostentar unos colores particulares que los distinguían del enemigo: el azul de los franceses y el rojo de los ingleses.

Pero este ejemplo tampoco se pueden generalizar. La nobleza en Castilla protestó ante el nombramiento por parte de Carlos I (1516-1556) de extranjeros en los principales puestos del reino, aunque el rey ni siquiera hablaba el idioma local cuando ascendió al trono, lo que no parece que supusiera un gran problema. Conocido es la rebelión comunera por el uso del oro castellano para financiar la corona imperial a la que aspiraba este mismo rey, lo que nos indica que las políticas de los monarcas no se observaban como “nacionales”, sino como privativas de estos. No es de extrañar que los reinos que componían la Corona de Aragón no financiaran tampoco las guerras de sus reyes por Europa en época de los Austria. Cuando al conde duque de Olivares se le ocurrió aquello de la Unión de Armas en 1648 para que todos los territorios contribuyeran en la Guerra de los 30 años, los reinos de la monarquía hispánica pretendieron abandonarla, y así lo hizo Portugal. Cuando murió Carlos II de Austria en 1700 y dejó huérfano a un extenso imperio, no hubo inconveniente por establecer en el trono a un francés: Felipe V de Anjou. El otro candidato, el archiduque Carlos, no era mucho más “nacional”: austriaco. Tampoco hubo ningún inconveniente en trocear, según el Tratado de Utretch, el imperio y poner al frente de los distintos reinos a personas ajenas a los mismos. Los territorios solían ser moneda de cambio en tratados con los que acaba una guerra. Para el pueblo llano, poco importaba a quien debía obediencia o, lo que es lo mismo, a quién pagar impuestos. Ningún campesino sacó nunca una bandera para defender reino alguno.

El surgimiento del nacionalismo

¿Por qué en el siglo XIX surge el nacionalismo? ¿Qué llevó a que los habitantes de Europa, pero fuera de ella también, adquirieran la conciencia de pertenecer a una sociedad y territorios concretos y reivindicaran la libertad para conducir sus propios designios? Para explicarlo, debemos mencionar a la otra gran ideología que surge en el siglo XIX y que va de la mano del nacionalismo: el liberalismo.

Caídas las monarquías absolutas e implantados los sistemas parlamentarios a lo largo del siglo XIX, los señoríos fueron abolidos y, con ellos, las fronteras interiores: mercancías y personas se podían mover por el territorio nacional, que jurídicamente quedaba homogéneo. Tan solo eran legítimas las fronteras exteriores y estas, en sí, contribuían a diferenciar la patria propia de las naciones extranjeras. Por otro lado, los habitantes perdieron su categoría de súbditos del rey y alcanzaron el honorable título de ciudadanos, en cuya definición se entiende que eran libres e iguales ante la ley. Así, ya no era el rey el elemento de unión, pues incluso por encima de este existía algo superior: la nación, el conjunto de hombres libres que se regían por un sistema parlamentario. Pero esto era demasiado abstracto. Para materializar a la nación había que crear una amplia simbología: la bandera nacional, el himno nacional, las tradiciones nacionales y las festividades nacionales que conmemoraban la historia nacional, que por supuesto debía estar escrita en la lengua nacional. La nación, enseñada en las escuelas nacionales, se convirtió en una especie de ente divino (que desbancaba al propio dios, pues los elementos antes mencionados eran tan sacros como el propio crucifijo) que todo ciudadano debía defender por encima de todo. La guardia nacional (formada por ciudadanos voluntarios), precisamente, defendía a la nación y, sobre todo, el único sistema político posible: el liberal.

Todo este proceso se observa bien en la Revolución francesa. Francia fue inventada a lo largo de ella. Las diversas regiones que componían el reino de Francia no debían suponer crear un grupo homogéneo, más allá de que los habitantes fueran iguales en derechos (por cierto, no así a las mujeres). Pero conforme la revolución avanza y los enemigos de Francia y del nuevo sistema político liberal se incrementan, se crea la idea de que ser francés es hablar francés, pues quien no lo habla se le supone extranjero. Era un absurdo, desde luego, pues en Francia se hablaban otras tantas lenguas. Del mismo modo, la unión de los franceses no solo se hacía en torno al nuevo sistema político que debía ser protegido de quienes deseaban volver al obsoleto sistema absolutista, sino que aparecen símbolos nacionales que les une: la bandera tricolor, la Marsellesa, que hendía de orgullo a los nuevos ciudadanos, fiestas cívicas y un nuevo calendario que sustituía a todos los actos litúrgicos de la Iglesia, pues el país se hizo laico y a la Iglesia se la obligó a que fuera nacional o, en otras palabras, a que la única obediencia era hacia la nación y no al papa, que era un elemento ajeno al Estado.

Pero la Revolución francesa no solo creó la nación y el espíritu patrio en Francia, sino que contribuyó a fomentar lo que hoy en día llamamos nacionalismo. Las conquistas llevadas a cabo por Napoleón Bonaparte provocaron en los lugares ocupados un rechazo no a las ideas francesas de la libertad, sino al propio francés. El caso español posiblemente sea el más significativo: un levantamiento popular, que comenzó el 2 de mayo de 1808 en Madrid, rechazaba al francés y al nuevo monarca, José I Bonaparte. Mismo pueblo que cien años antes no se había puesto a que Felipe V de Anjou, de la misma procedencia que el Bonaparte, ocupara el trono español. En cambio, sobre todo la burguesía española, consideraban que mientras se luchaba contra el francés había que hacer lo mismo que estos habían hecho en Francia: acabar con el absolutismo y montar un régimen liberal, es decir, crear la nación española.

El periodo clásico del nacionalismo (1830-1870)

Tras la derrota de Napoleón Bonaparte y el restablecimiento del absolutismo en Europa durante la Restauración (1814-1830), el auge de las ideas liberales fue acompañado de la idea del nacionalismo. Había que quitarse el yugo del absolutismo y liberar a la nación, y en muchos casos, se entendía, esa pesada losa no era en sí los monarcas, sino otras naciones. Así pues, esa ola de revoluciones liberales que cruzó Europa en 1848 recibe el nombre precisamente de la Primavera de los Pueblos, pues la pretensión de tales revolucionarios era, en muchos casos, alcanzar al menos la autonomía para sus respectivas naciones. La idea de que a toda nación le correspondía un Estado se hizo fuerte tal y como respaldaban diversos teóricos, entre los que destaca Giusspe Mazini.

Dejando a un lado sesudas teorías, ¿Qué naciones pretendían alcanzar su Estado? Algunas, se decía, estaban divididas entre diversos Estados: era el caso alemán, el italiano y el polaco. Todos ellos querían, por tanto, dividir las piezas territoriales para crear sus propios Estado-nación. Otras tantas apostaban por salirse de sus respectivos Estados para formar uno propio: los irlandés querían abandonar el Reino Unido; los filandeses, Rusia; los suecos, Noruega; los belgas, los Países Bajos, por mencionar unos cuantos. Pero sobre todo había dos Estados multinacionales que, al parecer, debían resquebrajarse: el Imperio austriaco, en cuyo seno albergaba alemanes, eslovenos, eslovacos, checos, húngaros, italianos, etc. El otro era el Imperio otomano, que se extendía desde los Balcanes al norte de África pasando por el próximo oriente: rumanos, búlgaros, griegos, entre otros, pretendían acabar con la tiranía turca que ya habían soportado por mucho tiempo. No se nos debe olvidar que existían algunos países que ya eran (o así se creían) Estados-nación y, por tanto, no existía ningún problema en ellos: España, Francia o Portugal son buenos ejemplos.

Pero todo esto, que lo vemos como algo natural, lógico y justo, no se trataba más que de una invención de naciones y de Estado-nación. ¿Cómo puede ser eso? Uno considera que los pueblos deben tener rasgos comunes como la lengua, historia común, etnicidad, tradiciones e incluso los símbolos patrios que se remontan a tiempos inmemoriales. Ninguna nación de esas que hemos mencionado respondía a ninguno de estos criterios. Tan poco claro estaba todo esto que el número de naciones que se podían observar dependía de la visión de quien las contara, así ese gran teórico del nacionalismo, Mazzini, tan solo observaba once naciones, mientras que un siglo más tarde, el presidente de los Estados Unidos, Woodrow Wilson, observó que existían veintisiete estados que debían ser soberanos en Europa. Si por la lengua hubiera sido, Europa sería un continente con más de un centenar de naciones y, por tanto, Estados. La historia habría demostrado que ninguna de esas naciones se podría remontar muy atrás en el tiempo. Y las tradiciones eran tan diversas de unos lugares a otros y de un grupo social a otro que tendrían pocos vínculos de unión.

En tanto que era una construcción de naciones, en las que en la mayor parte de los casos primero existía el Estado o se creaba el Estado, podemos encontrar incoherencias en todas las supuestas naciones. España estaba compuesto por una multitud de reinos que habían sido independientes en el pasado, y en algunos de ellos no se hablaba el castellano. De hecho, varios territorios tenían instituciones y fueros propios. Los alemanes se unificaron dejando fuera a un Estado alemán como era Austria. Además, les habría encantado que los checos, en tanto que sus clases altas hablaban alemán (pero no el resto), hubieran formado parte de Alemania, al mismo tiempo que en aquella unificación iban incluidos gentes que no hablaban alemán, como es el caso de los polacos. Más llamativo es la anécdota protagonizada por Mazzini en torno a la unificación italiana: Hemos creado Italia, ahora tenemos que crear italianos. Por supuesto, el italiano era una de esas lenguas que hablaban las clases altas, el resto de Italia tenía diversas lenguas.

¿De dónde salían entonces estas naciones? ¿Cómo se inventaron? Tampoco podemos pensar que se tratara de un genio maligno que creara la nación de la nada, pero si de un proceso más o menos rápido. Por poner un ejemplo actual, podemos observar como alguien inventó el término Tabarnia para referirse a una supuesta región dentro de Cataluña que posee, supuestamente, rasgos propios. Incluso se han creado los propios símbolos, como la bandera y el escudo y se pretende que se convierta en una Comunidad Autónoma.

Sea como fuere, las naciones decimonónicas surgieron en torno a un grupo social concreto: la burguesía. Los burgueses de cada región podían compartir una determinada lengua culta, así tenían la percepción de pertenecer a un grupo concreto. Esta lengua se convertía, por tanto, en la lengua de la nación, independientemente de que el resto de la población no la conociera. Habría que enseñarla más tarde a toda la población mediante la escuela. De la misma manera, eran los burgueses los que se afanaron en buscar las supuestas tradiciones de la nación, que en realidad era tan solo una recopilación de tradiciones que se podían dar en tan solo unas zonas determinadas y ser además propia de un sector social, en muchos casos del campesinado. Otras, en cambio, se descartaban. La historia, por su parte, se debía escribir argumentado la existencia de la nación desde tiempos pretéritos, aunque para ello hubiera que hacer encaje de bolillos. De igual forma, se buscaba en el pasado los símbolos patrios: una determinada bandera que había sido usada por tal rey, un escudo que tenía otro, una melodía creada ex professo, etc. Un ejemplo claro son todas las repúblicas que nacieron en América tras la independencia de tales territorias de la monarquía española: tuvieron que inventar todos estos símbolos desde básicamente la nada.

Pero que un grupo de burgueses dijeran que existía una nación en determinado territorio no era suficiente. Para justificar la nación sobre todo había que alegar ser ya un Estado o haberlo sido en el pasado y, por tanto, rebuscar en la historia. Francia es un caso claro, tan solo inventaron la nación sobre el antiguo reino de Francia como hemos comentado anteriormente. Lo mismo hizo España, aunque la nación se construyó de una forma más lenta. Los alemanes se basaban en el antiguo Sacro Imperio Germánico; los Polacos en que hasta el siglo XVIII habían sido un reino con una monarquía propia. Otros lo tenían más complejo, como es el caso de Italia, que jamás había sido un Estado independiente, más allá de alegar que el territorio de la península itálica estaba fuera del sistema provincial en época romana. También que los socii habían intentado crear un Estado itálico en el 90 a.C. para luchar contra Roma.

Pero no todos los Estados corrieron la misma suerte. Es el caso por ejemplo del Imperio otomano, que si bien vinculado a una religión concreta, el islam, acabó por fragmentarse. Más llamativo es el Imperio Austro-Hungaro, que nunca logró cohesionar una identidad nacional, de tal forma que surgieron multitud de nacionalismos en su interior.

Un tercer elemento en la creación de la nación, y sobre todo del Estado-nación, es una capacidad de conquista. Dicho de otro modo, difícilmente se puede crear un Estado sin una mínima capacidad militar. Son casos como el italiano y el alemán, cuyas unificaciones se hicieron bajo el fuego del cañón, especialmente en el segundo caso. Pero sobre todo, para una nación que pretendiera crear espíritu nacional, poseer la fuerza suficiente para dominar la diplomacia era esencial. El caso más claro es el inglés, cuya armada dominaba los mares y gran parte del planeta: !qué orgullosos estaban los maestros de mostrar en un mapa mundial todos aquellos territorios pintados en rojo que pertenecían al imperio británico”.

A todo ello debemos sumar un cuarto elemento que está unido al anterior, el de la viabilidad económica de un Estado. Se consideraba que existían naciones que no podían aspirar a convertirse en Estados, pues estos no podrían sobrevivir. Ello se resolvía considerando que se debían integrar en otros Estados en donde acabarían muriendo. No se trataba en aquel entonces de eliminar naciones por la fuerza, sino de que morirían de muerte natural. No se trataba de ningún problema, y por ejemplo galeses, escoceses, catalanes o gallegos se sentían cómodos en sus respectivos Estado en un primer momento. En otros casos, directamente se les podía negar que formaran en realidad una nación.

El nacionalismo tras 1870

Entre 1870 y 1914, es decir, entre la creación de Alemania e Italia y el principio de la Primera Guerra Mundial, el nacionalismo cambió. En primer lugar, aquello de la inviabilidad económica se eliminó, y se empezaba a hablar del derecho de la autodeterminación, que el presidente Wilson, de hecho, defendió tras la Gran Guerra. Apareció el concepto de las minorías oprimidas, pero al mismo tiempo la tendencia a eliminarlas si se querían tener naciones con lenguas y etnias homogéneas. El apogeo del nacionalismo no ha dejado de crecer desde entonces y las matanzas en nombre de una determinada nación no han dejado de sucederse. No solo guerra entre las supuestas naciones, sino en el interior de las mismas por imponer un determinado grupo su concepto de nación, considerando al resto malos patriotas.

En segundo lugar, los elementos étnicos y la lengua tomaron gran importancia, especialmente cuando ya se habían creado los Estados-nación. La idea étnica se transformó en la creación de razas, que bajo un barniz de supuesto ciencia se observaba cuáles eran las razas superiores por naturaleza y cuáles las inferiores. No hay que mencionar que la más famosa de todas ellas era la aria, que era tan característica que los nazis no podían diferenciar a los arios de verdad de los judíos, por lo que tuvieron que ponerles la estrella de David.

Por otro lado, el sentimiento de pertenecer a la nación arraigó entre los ciudadanos, sobre todo gracias a la extensión de la escuela. Cuál fue la sorpresa al inicio de la I Guerra Mundial cuando los Estados observaron como los ciudadanos se alistaban voluntariamente en los ejércitos nacionales para defender sus respectivos países. Jamás en el pasado tal cosa había sucedido.

Un cuarto cambio, y posiblemente más importante, es que existe un desplazamiento del nacionalismo hacia la derecha. En otras palabras, nacionalismo y liberalismo dejan de estar unidos. En efecto, los partidos de derecha se apoderaron de la idea de defensa de la patria y empezaron a tomar la costumbre de agitar la bandera nacional en sus mítines. Esta tendencia se entiende si observamos que el movimiento obrero, y, por tanto, la izquierda, no entendía de fronteras, y clamaba por la unión de todos los trabajadores contra la explotación del capitalismo. Las clases medias, sobre todo, fueron las que buscaban definirse y separarse del proletario, y lo encontraron en la nación y en los partidos que la defendían.

BIBLIOGRAFÍA

ÁLVAREZ JUNCO, J.A. (2016): Dioses útiles. Naciones y nacionalismos, Galaxia Gutenberg, Barcelona

HOBSBAWN, E.J. (1990): Naciones y nacionalismos desde 1780, Booket, Barcelona

HOBSBAWN, EJ. (2007): La era del capital. 1848-1975, Crítica, Barcelona

 

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