¿Un calendario romano de diez meses?

No existe libro, ni artículo ni post con vocación divulgativa que no deje de explicar que, en origen, el calendario romano poseía tan solo diez meses, pues así lo había creado Rómulo. Después, para demostrarlo, se nos enumeran tales meses, de marzo a diciembre, haciendo hincapié en que los últimos (de septiembre a diciembre) son nombrados de acuerdo a un numeral y que el último es el diez. ¡Asunto zanjado! ¿Cómo podríamos dudar de tan “evidentes” pruebas? Lejos de la realidad, ese calendario de diez meses ¡jamás existió! No lo digo yo, sino que, con unos u otros argumentos, esa es la conclusión a la que llegan, entre otros, dos de los mayores expertos en el calendario romano: Brind’Amour y Jörg Rüpke.

Como todas las instituciones, y el calendario lo es, existía un mito o, mejor dicho, varios mitos sobre cómo y quién había creado el calendario. Así pues, las fuentes romanas se lo atribuyen a dos míticos personajes que habían reinado en los primeros momentos sobre Roma: Rómulo y Numa Pompilio. No es casual que se elijan a estos dos monarcas, pues ambos son los fundadores de gran parte de las instituciones religiosas romanas según recogía la tradición.

Según las fuentes, ese primitivo calendario romano creado por Rómulo tenía diez meses tal y como nos lo explica, por ejemplo, Censorino, aunque la relación de autores que lo exponen es considerable  (Ov. Fasti. 1.27; Gell. 3.16.16; Solinus 1.35. Servius, Georg 1.43; Lidys, De Mens. 1.16; Plut, Num. 18f, Macrob. Sat. 1.12.1-14.15):

“Pero hay que dar crédito a Junio Gracano, a Fulvio, a Varrón, a Suetonio y a otros, que han creído que lo fue de diez meses, como era entonces entre los albanos, de quienes descienden los romanos. Estos diez meses tenían trescientos cuatro días, repartidos de este modo: Martius treinta y uno, Aprilis treinta, Maius treinta y uno, Iunius treinta, Quintilis treinta y uno, Sextilis y September treinta, October treinta y uno, November y December treinta. […] Después, ya sea por Numa, como dice Fulvio, o por Tarquinio, según Junio, fueron instituidos los doce meses y los trescientos cincuenta y cinco días…” (Censorinus, De Die Natalii 20)

Como podemos apreciar, no solo tenía diez meses, sino que además se nos suele decir que ese año contaba con tan solo 304 días. Fue Numa el que  estableció dos meses más, enero y febrero, estableciendo un año lunar de 355 días.

Hasta aquí, al menos la idea más extendida, de lo que decían los romanos, pero debemos ser un tanto más escrupulosos a la hora de dar veracidad a tales ideas, sobre todo cuando rozan lo mitológico. Pues si no damos crédito alguno a que Rómulo y Numa –recordemos que fundadores del calendario– hubieran existido, ¿debemos considerar que el calendario se creó tal cual nos dicen las fuentes? Obviamente, no. Así pues, vayamos a la pregunta que nos interesa: ¿Por qué debemos pensar que un calendario de diez meses no pudo existir?

El primer argumento que podemos dar parte de la pregunta: ¿para qué vale un calendario de diez meses? La respuesta sería básicamente que para nada. Los calendarios no se crearon porque una fuerza motivara a los hombres de todas las civilizaciones a ordenar el tiempo del año y que valía con darle cualquier diseño. Los calendarios tan solo normalizaban algo que ya existía en la propia naturaleza: el ciclo del año –desde una determinada estación hasta la vuelta de la misma– y el ciclo lunar. Casualmente, si combinamos ambos, doce lunaciones son las que se producen en el ciclo de un año. Doce lunaciones que se convirtieron en doce meses. La cuestión es que la traslación de la tierra en torno al Sol y la de la luna en torno a la Tierra no tienen ninguna relación, así que no existen doce lunaciones exactas en un año solar, sino que se produce casi la mitad de otra.  Por ello, los primeros pueblos solían tomar como longitud del año la duración de doce lunaciones –es decir, 354 días–, sabiendo que había que compensar esta duración con la de un año solar, de ahí que se inventaran diversas estrategias para ello: en el caso romano, añadiendo un mes más cada dos años. Sea como fuere, lo más importante de todo esto es que esas doce lunaciones o doce meses permitían también estructurar los trabajos agrarios, que era el fundamento por el cual aparecieron los calendarios desde los propios orígenes de la agricultura. El calendario de diez meses de Rómulo es tan disparatado que Ovidio nos indica que tuvo que ser la propia ninfa o diosa Egeria la que le sugirió a Numa la necesidad de ampliar la longitud del año (Ov. Fast. 3.151-154). ¡Al parecer nadie se había dado cuenta de que tenían un calendario inútil!

Hasta aquí hemos expuesto el argumento de la utilidad, que siempre puede ser desmontado por aquel otro de: ¡qué locos están estos romanos! En cualquier caso, hagamos ahora otra pregunta: si no existió el calendario de Rómulo, ¿por qué insisten todas nuestras fuentes en ello? Podemos pensar que había numerosas tradiciones sobre el origen del calendario –como ocurre con cualquier mito–, y entre ellas otorgaban tanto a Rómulo como a Numa el origen del calendario. Posiblemente no eran las únicas tradiciones, pues como hemos visto en la cita de Censorino había autores que pensaban que la reforma la había llevado el quinto de los reyes, Tarquinio Prisco. La cuestión fue que los historiadores o escritores romanos tendieron, con el objeto de unificar los relatos, a combinar las dos primeras tradiciones o a desechar otras. Pero para que eso fuera posible, la única posibilidad es que hubiera existido un primer calendario creado por Rómulo para que lo reformara Numa.  Así pues, el calendario de diez meses fue creado ad hoc, al menos desde el siglo II a.C. De esta manera se permitía a Numa reformarlo y, de paso, resolver la cuestión del cambio del inicio del año de marzo a enero, cuestión también interesante, pero que no vamos a tratar aquí.

Otra pregunta que nos podríamos hacer es: ¿lo crearon de la nada? Evidentemente, no se trataba de algo que inventaran sin más, sino que utilizaron las mismas evidencias que se siguen utilizando hoy en día.  Si el último mes terminaba con el numeral diez, es que existía un calendario de diez meses. Pero, al igual que otros meses tenían nombres, de igual manera los podían tener el undécimo y duodécimo, es decir, enero y febrero, que en origen estarían situados al final del año. De hecho, el mes de febrero tiene toda una serie de ceremonias que indica el fin y cierre del periodo. Del mismo modo, los días que supuestamente tenía ese calendario, 304, cifra extraña en donde las haya, parece haberse calculado  simplemente tomando los número de días que tenía los meses de enero a octubre tras la reforma juliana (RÜPKE 2011: 23). Más tarde, otros autores inventaron los meses de 30 y 31 días que nos da Censorino, que no tiene tampoco ningún sustento, pues los meses en el calendario prejuliano tenían 29 y 31, aunque intentan solucionando alegando que, al añadirse 51 días más, se rebajaron a 29 los meses de treinta (Censorinus, De Die Natalii 20).

Por otro lado, parece que muchos olvidan que existen otras tradiciones sobre el origen del calendario que no implican la existencia de uno de diez meses. Así, algunos eruditos romanos consideraban que el año siempre había tenido doce meses: “Licinio Macer y más tarde Fenestela –dice Censorino– escribieron que en Roma el año solar había sido de doce meses desde el principio” (Censorinus, De die Natalii 20). Por su parte, Plutarco, para mantener a Rómulo y Numa como fundadores del calendario, utiliza otra estrategia: considera la existencia de un calendario de 360 días creado por Rómulo, pero de doces meses –aunque nos dice que unos meses tenían menos de 20 días y otros más de 35–. Numa, por su parte, habría reducido el número de días  para crear un año lunar de 354 días –aunque sabemos que el romano tenía 355– (Plut. Num. 18.1). Si existe esta otra tradición, que parece igualmente absurda, ¿por qué debemos dar mayor veracidad a las otras que a esta?

Existen otros dos argumentos que se han dado a favor de un calendario de diez meses: el calendario civil ateniense y la Tabula Capuana.  Ambos igualmente con bastantes flaquezas. Respecto al primero, sí que existía un calendario ateniense de diez meses, pero convivía con el típico calendario de doce. El calendario civil tenía una función únicamente política: otorgar a lo largo del año un periodo igual para que los 50 miembros del consejo de los 500 de cada una de las diez tribus se turnara en el pritaneo con el fin de ejercer, durante ese periodo de tiempo, una suerte de “jefatura de Estado”. No parece que ese supuesto calendario de Rómulo tuviera alguna función de este tipo.

En cuanto  a la Tabula Capuana, se trata del documento en lengua etrusca más largo que se conserva y que ha sido interpretado como un calendario en el que aparecen diez columnas, que representan diez meses, y en cada una de ellas ceremonias etruscas que tenían lugar en ellos. Otro dato que se expone es que la segunda de las columnas se lee el mes de abril, de tal manera que el primero debe ser el del mes dedicado a Marte. Respecto a la primera cuestión, no parece un calendario, sino una lista de ceremonias, así que nada nos impide pensar que falten meses que no tenían interés desde el punto de vista religioso. En cuanto que el segundo mes de este documento tenga el mismo nombre que el romano, no implica que el orden de los mismos tenga que ser similar. La experiencia de cientos de calendarios nos demuestra que mismos nombres de meses en distintas ciudades no tienen que estar necesariamente en el mismo orden. A todo ello podemos sumar la peligrosidad de pretender asimilar un documento de la cultura etrusca a la romana.

En resumen, la poca utilidad de un calendario de diez meses y 304 días, junto con otras tradiciones que nos indica o que siempre habían existido doce meses o que dan una longitud del año distinta nos lleva a pensar que el calendario de diez meses fue una creación, al menos desde el siglo II a.C., por parte de algunos eruditos romanos y que mantuvieron como cierto otros tantos autores posteriores, los cuales no dudaron en sumar datos que eran igualmente espurios.  

 

BIBLIOGRAFÍA

BRIND’AMOUR (1983): Le calendrier romain: recherches chronologiques, Éditions de l’Université d’Ottawa, Otawa

CRISTOFANI, C. (1995): Tabula capuana: Un calendario festivo di età arcaica, Florencia

MICHELS, A. K. (1978): The calendar of the Roman Republic, Greenwood Press, Westport

RÜPKE, J. (2011): The Roman Calendar from Numa to Constantine: Time, History, and the Fasti, Wiley-Blackwell, Chichester

 

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