La descolonización I: causas
En 1965, un multitudinario funeral en Londres, casi a la altura de un monarca, despidió a Winston Churchill, gran defensor de mantener el Imperio británico. Bien podemos considerar que aquel sepelio fue también el entierro de los imperios coloniales decimonónicos en África y buena parte de Asia. Cuando el ex premier falleció, apenas quedaban ya los rescoldos del imperialismo. Como dijera cinco años antes otro primer ministro, Harold Macmillan, «hemos visto el despertar de la conciencia nacional en pueblos que durante siglos habían vivido en dependencia de otros poderes». En apenas treinta años tras el final de la Segunda Guerra Mundial, las colonias en ambos continentes se habían convertido en Estados soberanos ¿Qué causó la descolonización, es decir, la independencia de los territorios dominados por varios países europeos con tanta celeridad?
Las causas que impulsaron la independencia de las colonias son múltiples, relacionadas y, en muchos casos, complejas; difícilmente se puede reducir la cuestión a un deseo de la población por constituir Estados soberanos. Se debe tener en cuenta también que, aun intentando una generalización, en muchos casos las causas de la independencia son particulares de acuerdo con la idiosincrasia de cada territorio, pues no solo estaban bajo el dominio de distintas metrópolis, sino que estas organizaron cada colonia de un modo particular, en especial en África. De igual manera, entre Asia y África existieron diferencias, como demuestra que las colonias del primer continente adquirieron la independencia antes (entre los años 40 y 50) que las del segundo (años 60).
Élite intelectual y educación desde las misiones cristianas
Sea como fuere, lo esencial para que se produjera la descolonización y, en concreto, movimientos que la impulsaran fue la aparición de grupos locales que la fomentaron y la dirigieron. Se trataba de una élite indígena intelectual que se había formado en las universidades occidentales; una formación que impulsaron las propias metrópolis en beneficio propio: querían indígenas que pudieran ocupar puestos en la administración colonial, incluso, como hizo el Reino Unido, establecer autoridades nativas para ejercer un “gobierno indirecto” a través de ellas. Esta élite formada provenía, en casi todos los casos, de familias acomodadas, como podemos ver en las biografías de los principales líderes que encabezaron las independencias de sus países: Mahatma Gandhi (India) provenía de una familia de funcionarios, al igual que Sukarno (Indonesia); otros eran terratenientes y comerciantes, como Léopold Sédar Senghor (Senegal), Jomo Kenyatta (Kenia), Ahmed Ben Bella (Argelia), Muhammad Ali Jinnah (Pakistan) y, en menor medida, Kwame Nkrumah (Ghana). Jawaharlal Nehru (India) era el hijo de un próspero abogado, mientras que Ho Chi Minh (Vietnam) procedía de una familia dedicada al mundo académico; Amílcar Cabral (Guinea-Bisáu) era hijo de un maestro y escritor. Otros eran aristócratas tradicionales: Julius Nyerere (Tanzania) era hijo de un jefe tribal, y en esta categoría podemos sumar a las monarquías y aristócratas del golfo pérsico. De los pocos que tenían una extracción humilde era Patrice Lumumba (Congo) que pertenecía a una modesta familia campesina y su educación, además de autodidacta, la recibió de las escuelas misioneras; también de campesinos pobres era Sékou Touré (Guinea).
Esta educación no se dio únicamente en las universidades de las metrópolis, sino que, como en el caso del líder congoleño citado, las misiones cristianas establecieron escuelas en las colonias. Es cierto que pese al avance de la educación en estas zonas, sobre todo en el África negra, los contenidos bajo la ideas cristianas apenas hacían conocer el mundo en general. Sin embargo, tampoco hay que desdeñarla, pues en muchos casos se transmitía la idea de modernización que el cristianismo y la cultura del hombre blanco traían, pero que en realidad no se había dado. En 1925, un hombre blanco de Ruanda escribía: «Como católico como colono, no veo el valor de la educación protestante… pasa por alto el carácter especial de nuestras razas primitivas y les entrega alimentos espirituales que revolucionan su pensamiento, crean anarquía… y dan pie a un individualismo excesivo».
Vinieran de donde vinieran, a los gobiernos de las metrópolis les desagradaban las ideas modernizadoras indígenas que defendían clérigos y maestros educados en las misiones, jefes que aspiraban a transformar su sociedad y funcionarios de medio pelo. Lo que se esperaba de estos era que simplemente hicieran su papel para mantener el orden en las colonias y los intereses de los países europeos.
Reivindicación de modernización
La modernización fue el factor clave de la independencia. Lo que buscaban aquellas élites y las masas que pudieron movilizar era precisamente modernizar sus respectivos territorios y darles viabilidad. No era una idea que se diera después de la Segunda Guerra Mundial, el discurso modernizador, por paradójico que sea, lo establecieron las propias metrópolis: ¿De qué manera justificaron su presencia allí en el siglo XIX? Civilizaban y traían la luz de Europa a territorios atrasados. Así pues, los colonizados asumieron esa misma idea. Se observa que en muchos casos quisieron seguir la Revolución Meijí de Japón: modernización manteniendo la esencia tradicional. Incluso en África, Khama el Grande, en lo que ahora es Botsuana (en aquel entonces Bamangwato de la Bechuanalandia) a finales del XIX disminuyó el poder de la aristocracia y creó una Iglesia protestante estatal y estableció el control real sobre la economía liberalizada. En el África Occidental, intelectuales cristianos también se inspiraron en el modelo japonés.
Si la modernización hubiera venido por parte de las metrópolis, lo más probable es que las independencias no se hubieran producido. Gandhi, cuando hablaba de independencia, no lo hacía solo en un sentido político, sino también en el del cambio moral y social que debía repercutir en el nivel más bajo de la sociedad india. En algunos casos, esas élites creyeron que la colaboración con las metrópolis podía permitir mejorar la situación de sus territorios o la de sus propios intereses: la élite mestiza filipina (que habían logrado la independencia de España) colaboró con los EE.UU. en el siguiente medio siglo. Los sultanes y gobernantes malayos se beneficiaban de su colaboración con el dominio británico y pretendían seguir colaborando con este. En el nordesde de Rodesia del Norte, se creó la Asociación de Jóvenes Granjeros de Chinsali, la cual pretendía «dar un ejemplo práctico para nuestros compañeros africanos… aplicando métodos modernos de cultivo y, por tanto, ayudando a mejorar la zona…», pero colaborando «con los funcionarios de desarrollo, siguiendo sus métodos de trabajo y haciendo cuanto podamos para ayudarlos con nuestros consejos en cuanto a cómo abordar a los africanos».
Situación económica
Las metrópolis, pese a su justificación modernizadora y civilizadora, fueron sobre todo extractivas y, lo que es peor, las coyunturas económicas que se producían en Europa afectaban, quizás con más intensidad, a las colonias. La Primera Guerra Mundial hizo mella en la economía colonial, pues los presupuestos que los Países europeos tenían para estas mermaron: en África las sociedades misioneras se redujeron y se cerraron escuelas e iglesias. Con la Gran Depresión, el precio de las materias primas disminuyó en un sesenta por ciento y el empleo cayó. Estallaron en muchas colonias disturbios contra el desempleo, así como contra los impuestos a los que las metrópolis sometieron a estos territorios. La retórica de la modernización por parte de los países europeos quedó olvidada. Tras la Segunda Guerra Mundial, estos intentaron explotar de nuevo sus colonias —una segunda colonización—, al menos las más rentables, como hizo el Reino Unido (Malaya, Hong Kong y Oriente Próximo de forma indirecta). La idea de progreso en las colonias volvía a estar en el vocabulario de los gobiernos imperialistas y, en este caso, querían participar directamente, sin intermediarios privados. Los franceses enviaron fondos para la construcción de infraestructuras y producción de materias primas. En el Congo, Bélgica formuló un plan de desarrollo con el fin de estabilizar tanto a las clases urbanas como rurales. En Tanganica, por ejemplo, se estableció el Plan del Cacahuete en el que el Estado cultivaba directamente la planta para producir aceite. En Rodesia del Norte, se alentó a los negros a convertirse en granjeros y asentarse a las afueras de las aldeas. Entre Kenia y Rodesia se inició la construcción de un ferrocarril que las unía. Para esto, se necesitaban técnicos y lo que se hizo en África fue apartar a los jefes tradicionales y establecer emprendedores. Sin embargo, la inversión siempre fue insuficiente y se intentó que la cuenta la pagaran los propios territorios sometidos. En la mayor parte de los casos, esos programas estaban mal planificados: los cultivos de cacahuete no solo no fueron rentables, sino que dejaron improductivas las tierras. El mencionado ferrocarril fue deficitario. En general, y sobre todo en territorio africano, se intentó una explotación mayor que en ningún otro tiempo pasado y las infraestructuras que se construyeron, como siempre, estaban dedicadas a la exportación de materias y beneficio de las metrópolis.
Brecha social y movimiento obrero en las colonias
El modelo económico impuesto por las metrópolis, tanto en el siglo XIX como en el XX, provocó la misma situación que en el mundo capitalista: aumento de la pobreza y de la brecha entre la mayoría pobre y la minoría enriquecida, ya blanca ya indígena. La población blanca que acudió a algunas de las colonias consiguió tierras, al mismo tiempo que una minoría indígena mantenía su estatus tradicional o conseguía, sobre todo después de la Segunda Guerra Mundial, prosperar. En efecto, tras el conflicto bélico, fue la época dorada del “hombre nuevo”, aunque fuera solo para unos pocos: en algunas zonas, como la India y Ceilán, se creó una élite con poder financiero. Lo mismo sucedía en muchas zonas del África negra. En Mozambique, quienes ahorraron sus salarios como temporeros en las minas de Sudáfrica invirtieron en tierras aluviales y se convirtieron en latifundistas: fue el caso de Lázaro Kavandame, quien con una pequeña tienda y una parcela de plataneras se convirtió en uno de los hombres más prósperos de la zona. Esta élite indigena con poder económico encontró en la independencia la forma de expandir sus negocios y romper las cadenas de las normas impuestas por las metrópolis.
Frente a la prosperidad de unos pocos, una gran mayoría de la población nativa empeoró su condición de vida. En el África francesa hasta 1946 muchos nativos estaban sometidos a trabajos forzados: unos 200.000 campesinos eran explotados como siervos en las minas de estaño del norte de Nigeria, por poner tan solo un ejemplo. Lo que reclamaban los obreros indígenas eran derechos: subida de salarios y servicios sociales. Al igual que había sucedido en el Movimiento Obrero en el mundo occidental, los trabajadores se organizaron en las plantaciones, minas y puertos, y crearon sindicatos, cuyas demandas acabaron asociando con la de los políticos nacionalistas que buscaban la independencia.
Las huelgas y protestas sociales fueron habituales, como la huelga ferroviaria de 1947 en todo el África francesa occidental que sumó 17.000 ferroviarios y 2.000 trabajadores de los muelles durante cinco meses y medio. No obstante, las reivindicaciones obreras provocaron una gran violencia en las colonias cuando las metrópolis intentaron mantener el orden y de paso el dominio del territorio. En 1944, cuando luchaban contra la opresión fascista en Europa, los franceses mataron a 35 antiguos prisioneros de guerra repatriados cuando se quejaron de sus exiguas pagas. En 1948, la policía de Accra disparó contra una manifestación y en Nigeria una huelga provocó 21 muertos. En Madagascar, el ejército francés masacró en 1947 a 40.000 indígenas y llegaron a lanzar presos desde aviones sobre poblaciones sublevadas para intimidar. La lista de ejemplos es larga y en multitud de ocasiones se buscaba eliminar a los principales líderes independentistas vinculados con el marxismo; no para evitar la emancipación, sino para negociar con otros que quisieran mantener los intereses de las metrópolis una vez independizadas las colonias.
Como podemos observar, la cuestión social era importante y las élites independentistas intentaron vincular la independencia con las reivindicaciones de las clases bajas. En el golfo pérsico, familias reinantes, como la de al-Sabbah, en Kuwait, consideraron que para asegurar su posición debían utilizar los ingresos del petróleo en crear infraestructuras y dar prestaciones sociales modernas, aunque para ello requirieron de una gran mano de obra extranjera, creando básicamente dos sociedades. Lo mismo sucedió en otros tantos países con mayoría musulmana; de hecho, se acuñó el término “socialismo árabe”. No es de extrañar que muchos de los movimientos independentistas surgieran bajo la ideología marxista o comunista, siguiendo el modelo chino. Es el caso del Partido Comunista de Indochina de Ho Chi Minh. También en Birmania un movimiento estudiantil, encabezado por Aung San, estaba influenciado por el marxismo. En Indonesia en 1920 se fundó el Partido Comunista de Indonesia, que fue duramente reprimido en 1926. Existía también el Partido Comunista malayo. En todos estos países del sudeste asiático las insurrecciones comunistas fueron características, aunque el impacto del comunismo fue mayor después de la independencia. El caso más importante, desde luego, fue el de Vietnam. En Adén (Yemen) el National Liberation Front (NLF) estableció un régimen de inspiración marxista en 1967: la República Democrática de Yemen. No es de extrañar que la violencia que se utilizó contra las huelgas antes mencionadas se justificara con la idea de que, en plena Guerra Fría, se estaba previniendo la amenaza comunista.
Racismo e ideario de igualdad
La cuestión económica y social que acabamos de ver se mezclaba con el racismo y la discriminación a las que era sometida la población nativa. La colonización siempre se basó en la consideración de que existían razas inferiores a las que había que civilizar; y más inferior era una raza cuanto más oscura era la piel. Esto último se observó, ante todo, en las colonias africanas en donde se estableció población blanca, como Sudáfrica, Rodesia, Kenia, Argelia, Angola y Mozambique, entre otros. En estos lugares, la segregación fue la tónica general, y se incrementó con el tiempo. Tras la Gran Guerra se establecieron medidas discrimatorias para subvencionar los intereses blancos frente a los negros. Tras la Segunda Guerra Mundial, muchas de las políticas económicas de las metrópolis se basaron en beneficiar a la población blanca. Se produjeron expropiaciones de tierra para entregársela a los blancos con el fin de aprovechar las oportunidades de la nueva coyuntura internacional. La famosa rebelión Mau Mau (1952-1960) en Kenia no solo buscaba la independencia, sino recuperar las tierras ocupadas por los blancos. De hecho, en las colonias con población blanca, esta frenó como pudo las pretensiones independentistas ante el temor de perder sus privilegios. En otras ocasiones, como en Sudáfrica y en Rodesia, fue la población blanca la que independizó unilateralmente las colonias y establecieron el apartheid, una segregación que ya existía, pero que se intensificó.
Toda esta cuestión racial no afectaba, en cambio, a la hora de reclutar tropas indígenas y, sorprendemente, lo hicieron con promesas de igualdad respecto a las metrópolis. Promesas que incumplieron. La población indígena ya había participado en guerras como la de los bóeres entre 1899 y 1902. La Primera Guerra Mundial provocó en el África oriental alemana y en los territorios circundantes cuatro años de violencia y muerte. Si en la Gran Guerra solo los tirailleurs senegaleses sirvieron fuera del continente africano, en la segunda los regimientos africanos y brigadas de trabajo sirvieron en África del Norte, en Italia, en Alemania y en Birmania: unos 250.000 africanos movilizó solo Francia. Por supuesto, en Asia se reclutaron unidades nativas para hacer frente a Japón. La falta de mano de obra en las fábricas durante la Gran Guerra, además de buscar la de la mujer, en el caso francés hicieron que coolies de China y Asia meridional acudieran a la metrópolis. Allí, esos trabajadores se encontraron con un nuevo mundo, el que tenía como pilares la libertad, la igualdad y la fraternidad. En ambas guerras los Aliados fomentaron la propagación de las ideas de libertad y, de hecho, la propaganda durante la segunda era clara: era una lucha por la democracia y contra el fascismo que defendía la supremacía racial y el expansionismo. Se afirmó que la lealtad de las colonias permitiría el desarrollo y la democracia en estas. Los principios de la Carta del Atlántico de 1941 se encaminaban en este sentido: «derecho que tienen todos los pueblos de escoger la forma de gobierno bajo la cual quieren vivir, y desean que sean restablecidos los derechos soberanos y el libre ejercicio del gobierno a aquellos a quienes les han sido arrebatados por la fuerza».
Aumento de la población y concentración en ciudades
La fuerza del movimiento obrero en las colonias aumentó por el crecimiento de la población. Incluso manteniendo durante décadas una alta mortalidad, los adelantos médicos hicieron que en estos territorios se pasara de un régimen demográfico antiguo a uno de transición. Además, se tendió a agrupar a la población en ciudades, lo que permitió la cohesión de grupos —manteniendo vínculos y organizaciones tribales en el caso africano— y la propagación de las reivindicaciones obreras y las ideas independentistas. La agrupación en centros urbanos aumentó con el dominio colonial. Cuando se abrieron en el periodo de Entreguerras las minas de cobre de Katanga y Rodesia del Norte se crearon nuevos centros urbanos. Es recalcable que los autoridades coloniales intentaron hacer todo lo posible para que no hubiera una destribalización.
Contexto internacional
La independencia de las colonias encontró apoyo en el nuevo contexto internacional creado por los dos conflictos bélicos mundiales, en especial el segundo. Tras la Gran Guerra, el presidente Wilson, en sus Catorce Puntos, apoyaba la autodeterminación de los pueblos, aunque el principio no encontró apenas cabida en las negociaciones de los tratados negociados en París ni mucho menos para aplicarlo a las colonias. Los vietnamitas que acudieron a trabajar a Francia, entre los que se encontraba Ho Chi Minh, se presentaron con chaqués alquilados en Versalles en 1919 para que se aplicara este derecho en Indochina. Por supuesto, no se les tomó en serio. No obstante, las colonias de Alemania y los territorios perdidos por el extinto Imperio otomano ya no pasaron a otras potencias como meras colonias, sino como mandatos que Francia y Reino Unido debían administrar en nombre de la Sociedad de Naciones y ante la cual debían rendir cuentas. Por su parte, la Organización de las Naciones Unidas, creada el mismo año en que finalizó la Segunda Guerra Mundial, estableció de nuevo entre los Derechos Humanos la autodeterminación de los pueblos y la igualdad de todos los seres humanos. Así pues, este organismo fue el principal defensor de la descolonización y desde donde se dio voz a los territorios que deseaban la independencia. La ONU introdujo el régimen fiduciario para mantener bajo tutela de las Naciones Unidas a algunos territorios coloniales hasta que alcanzaran unos mínimos de estabilidad política y económica para poder decidir sobre su futuro. En 1960, este organismo internacional (con la abstención de Francia, Reino Unido, EE.UU., Bélgica, Portugal y España, entre otros) aprobó la resolución 1514 a favor de la descolonización: «La sujeción de pueblos a una subyugación, dominación y explotación extranjeras constituye una denegación de los Derechos Humanos fundamentales, es contraria a la Carta de las Naciones Unidas y compromete la causa de la paz y de la cooperación mundiales», rezaba el artículo primero.
Las dos potencias mundiales, la URSS y los EE.UU., se posicionaron contra la colonización. En ambos casos, la realidad es que los dos países buscaban una mayor influencia alrededor del mundo y, para ello, se requería que las potencias europeas abandonaran aquellos lugares. La URSS consideraba que el colonialismo era una forma de explotación capitalista sobre los trabajadores. Por su parte, los EE.UU. influyeron en el desmoronamiento de los imperios coloniales de acuerdo con sus intereses, y con una retórica en muchos casos contradictoria. Truman, de hecho, consideraba que los independentistas eran «bandidos que atacan al mundo libre». Para Dean Rusk, secretario de Estado en la administración de Kennedy, el riesgo del mundo no era la bomba atómica, sino las guerras de liberación nacional. Pero, en definitiva, estaban dispuestos a reconocer a los nuevos Estados siempre que, de acuerdo con la Doctrina Truman, no existiera una amenaza comunista en ellos. Por ejemplo, los Países Bajos tuvieron que permitir la independencia de las Indias Orientales neerlandesas en 1949 porque los Estados Unidos retiraron el apoyo a los Países Bajos cuando en el año anterior los indonesios reprimieron una revuelta comunista en Madiun. En algunos casos, los líderes independentistas acabaron rompiendo con el comunismo o fuerzas de izquierda en aras de pactar con las metrópolis, como hicieron Félix Houphouët-Boigny (Costa de Marfil) y Leopold Sedar Senghor (Senegal). Así, mientras se cumpliera esta premisa de alejamiento del comunismo, los estadounidenses se podían presentar como los adalides de la libertad en un alarde de pura hipocresía. Justificaban que ellos mismos habían sido las primeras colonias en independizarse en 1776 y que habían dado la independencia a Filipinas en 1946, pero no parecían recordar que habían conquistado todo el oeste de su país y, de paso, exterminado a sus pobladores. Tampoco tenían en cuenta que, siguiendo la Doctrina Monroe, intervinieron constantemente en los países americanos. Cuando tuvieron que votar la mencionada resolución de la ONU contra el colonialismo, se abstuvieron junto con los países imperialistas.
El coste económico para las metrópolis
No era de extrañar que los países colonialistas se abstuvieran. Todos ellos pretendían mantener sus imperios coloniales acabada la guerra en 1945. De hecho, desarrollaron una segunda colonización para explotar las colonias con mayor intensidad. Pero, ¿a qué precio?
En el plano militar, mantener aquellos lejanos territorios suponía la movilización de muchas unidades y, además, la Segunda Guerra Mundial demostró en Asia la debilidad de proteger sus dominios frente a Japón. En Singapur, otra de las joyas de la corona británica, 85.000 soldados británicos se rindieron ante 30.000 japoneses, y algo similar pasó en Birmania y Malaya. Precisamente, si en estos lugares hubo algún tipo de resistencia, fue por parte de grupos nativos contra unos nuevos dueños, los japoneses, que se comportaban con el mismo racismo y crueldad que los antiguos. Evidentemente, acaba la guerra, todas las metrópolis, como ya habían hecho en el pasado, podían aplastar cualquier insurrección, como hizo Reino Unido en 1942 contra el movimiento Abandonad India, pero a la larga esa no podía ser la política permanente. Además, justificar el uso de la fuerza era cada vez más difícil ante los recien creados Derechos Humanos.
Económicamente, mantener movilizado un amplio ejército y administraciones por medio mundo suponía un alto porcentaje de los presupuestos nacionales. Si bien antiguamente este gasto era menor que los ingresos que proporcionaban, tras 1945 muchas de las colonias no daban beneficios suficientes. La que había sido joya de la Corona británica, la India, ya no servía como mercado al desarrollarse allí industrias locales que proporcionaban los bienes necesarios a la propia región. Es más, solo las dificultades de transporte evitaba que la industria británica se trasladara a las colonias, donde la mano de obra era más barata.
Si exceptuamos Portugal, que con sangre quisieron mantener su imperio, el resto, de una forma u otra, confiaron al final en la negociación con las élites nacionalistas, que al fin y al cabo habían formado, para que se hicieran cargo de las antiguas colonias, pero seguir beneficiándose económicamente de los recursos materiales. El Reino Unido siguió esta política y ya desde antes de la Segunda Guerra Mundial la estaba llevando a cabo. Buscó dar más poder a las élites tradicionales con el fin de tener en aquellos territorios un “gobierno indirecto”. En 1931 otorgó el sufragio universal a Ceilán y prometió el autogobierno. En la India devolvió el poder a políticos indios de las provincias entre 1919 y 1935. Después de la guerra, reforzó la política de negociación e intentó que sus colonias, una vez convertidas en Estados soberanos, quedaran dentro de la Commonwealth con el fin de proteger los intereses económicos británicos. Es llamativo que fue el Reino Unido el que fomentó la independencia de Malasia, que apenas había presionado en este sentido, pues, como hemos dicho, los sultanes estaban en contra de la independencia. De igual manera, Francia pretendió algo parecido: en la constitución de 1946, se creó una Unión francesa, los Estados Asociados, para incluir a todas sus colonias, pero dejando a estos ciudadanos en una posición secundaria.
¿Nacionalismo?
Hemos mencionado en ocasiones a las élites que llevaron a cabo la independencia de sus territorios como nacionalistas. Debemos matizar al término, pues se les puede calificar como tal en tanto que buscaban la emancipación, pero no en la dirección de que la defendieran por poseer culturas y tradiciones propias. Como defiende Hobsbawm, el nacionalismo apenas tuvo cabida en la independencia, sino que este apareció una vez que los Estados ya eran soberanos. Las élites que dirigieron los procesos de independencia no estaban contra la cultura occidental. De hecho, ni los programas ni los metodos que utilizaron para llevar a cabo esta independencia eran propios, sino que habían sido copiados de Occidente: prensa, mítines y medios de actuación; sobre todo los argumentos con los que la justificaron: el liberalismo, las viejas ideas nacionalistas de Mazzini en que a cada nación le correspondía un Estado propio, así como el socialismo y el comunismo. Este último se utilizó en muchos casos por la posición de la URSS contra la explotación de aquellos territorios, además de que permitía conectar con las clases bajas al culpar de la pobreza a las metrópolis. Es paradigmático que en la declaración de independencia de Vietnam se apelara a la Declaración de Independencia de los EE.UU. y a la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano de la Francia revolucionaria. Al independizarse las colonias, jamás se buscó mantener formas de gobierno antiguas, sino que en todos los países se establecieron, con más o menos fortuna, instituciones de las democracias parlamentarias. Para poner de nuevo a Vietnam como ejemplo, allí se hizo abdicar al emperador Bao Dai para proclamarse en 1945 la República Democrática de Vietnam.
En África, en donde exceptuando el norte del continente, no había habido Estados independientes, sino que hasta la colonización habían mantenido organizaciones tribales, tales élites no plantearon más independencia que la conversión en Estados soberanos las unidades administrativas —y recordemos que artificiales— creadas por las metrópolis. También en Asia, pese a la existencia de Estados previos, se mantuvieron las fronteras fijadas por los europeos. Ni unas ni otras apenas han experimentado cambios hasta el día de hoy. Tan poco importaban las tradiciones y la Historia que en Etiopía, que había sido conquistada por Mussolini, se restableció al negus o emperador, Haile Selassie, y como recompensa le anexionaron territorios con mayoría musulmana, pese a la tradición cristiana etíope: Ogaden (hasta el día de hoy con un movimiento independentista) y Eritrea, que acabó por secesionarse años después.
Esto no quiere decir que, sobre todo para dar un propósito común a las masas, no se utilizara cierta defensa de las tradiciones propias, aunque siempre y cuando estas no entraran en conflictos con las ideas modernizadoras (al estilo occidental) que las élites buscaban. Esto sobre todo se dio en aquellos lugares, como Asia y norte de África, en donde las colonias habían sido en el pasado Estados independiente. En muchos casos estos territorios nunca fueron considerados colonias de facto. Los políticos independentistas hablaban de la regeneración cultural, pretendían preservar sus propias costumbres, pero sin renunciar a muchos aspectos de la occidental. Ya hemos mencionado que buscaban una especie de Revolución Meiji.
El nacionalismo era mucho más difícil en el África subsahariana en donde tan solo la aldea, el poblado, la tribu o la etnia daba el sentido de comunidad. En África el Panafricanismo, que tuvo su primera reunión en Manchester en 1945, buscó las características comunes del conjunto de África, pero sobre todo ponía el acento en la desigualdad racial. El movimiento era muy diverso, pues mientras unos buscaban volver a la Madre patria africana, otros asumieron una corriente marxista. Lo que buscaba era crear gobiernos africanos que respetaran la minorías religiosas y étnicas del continente. También se dio un movimiento de negritud, relacionado con el anterior, que se importó de los EE.UU. Era común que se leyeran libros escritos por negros norteamericanos, a veces mezclados con ideas religiosas, como Marcus Garvey, líder de la Asociación Universal para el Progreso de los Negros. De nuevo, este movimiento se posicionaba contra el racismo con el que el hombre blanco había gobernado las colonias, realizando auténticos genocidios para controlar el territorio. Tuvo más repercusión en la zona francófona, pues Francia buscó imponer siempre su cultura. Las poblaciones negras del sur lo rechazaron en gran medida porque consideraban que era una variante del racismo. Sin embargo, las ideas étnicas y generalizadas que tenían estos movimientos habían sido aportadas por las mismas metrópolis. De hecho, los que más énfasis mostraron en la imagen étnica de África no eran precisamente los que seguían viviendo en el sistema tribal, sino los que mayor escolarización habían recibido. Maestros, evangelistas y empresarios africanos debatían con los jefes y ancianos acerca del sentido de los términos tribu y tradición.
En muchos casos, se usó la religión como un elemento de unión; aunque debemos recordar que los principales líderes de la independencia eran laicos. El primer líder del movimiento indio, Tilak, y que estaba posicionado en el ala más radical del Congreso Nacional de la India, pretendía el respeto de las vacas sagradas, el matrimonio a los diez años y la supremacía del hinduismo. Por su parte, Gandhi esgrimía el espiritualismo hindú, así como la vestimenta tradicional. Pero ese tradicionalismo se usó siempre y cuando no entorpeciese la modernidad. En Birmania, Camboya y Ceilán se intentó usar el budismo como vehículo de resistencia, al menos en el periodo de Entreguerras.
En donde había mayoría islámica, fue esta la religión la que se usó como conglomerante. En las Indias Orientales holandesas se creó en 1912 la Sarekat islam (Unión islámica). El caso de Pakistán, en aquel momento dentro de la India, fue precisamente la religión la que se utilizó para crear una nación musulmana como reclamaba la Liga Musulmana de Jinnah. Había lugares, como el África subsahariana, en donde el islam (al igual que el cristianismo) se habían extendido recientemente, lo que no era impedimento para utilizarlo como argumento independentista. En el África oriental, maestros sufíes, antiguos esclavos y mujeres proclamaban una pureza y superioridad de los pobres y oprimidos usando el islam como base.
También el cristianismo funcionó como seña de identidad, como era el caso de Etiopía. En otros lugares, se hizo un innovador y revolucionario uso de la Biblia o de El viaje del peregrino. Se leían libros antimperialistas procedentes de la Watch Tower Bible and Tract Society, que se había establecido en EE.UU. por los testigos de Jehová. Otros experimentaron con nuevas iglesias independientes apostólicas . En algunas zonas, se utilizó el anticlericalismo al considerar que las misiones cristianas forzaban a la conversión.
Más allá de todo esto, parece un dogma universal que toda comunidad se oponga a la llegada de elementos externos, considerándolos como una amenaza, sobre todo cuando estos tienen una cultura distinta. En el sudeste asiático existía un resentimiento local por el flujo de trabajadores del sur de China, así como de la India y Ceilán. En todas estas zonas existió siempre hostilidad hacia los colonizadores o la llegada de nuevas gentes. La India debió ser tomada por el Reino Unido después de que la afamada y poderosa Compañía de las Indias Orientales no pudiera hacer frente al Motín de los Cipayos en 1857. Incluso en el África negra hubo violentas, y también olvidadas, batallas con las diversas etnias a lo largo del siglo XIX (las guerras francesas contra Samory Turé y las guerras británicas contra zulúes, entre otras), sin contar con las revueltas que hubo una vez que los territorios ya estaban controlados por los países europeos: la revuelta de Menelamba en Madagascar en 1896, la de los ndebeles y de los shonas en el mismo año, la de los maji-maji en 1905; las de herero y nama en el África sudoccidental alemana entre 1904 y 1907; la de Bambatha en Zululandia en 1905.
Solidaridad
Las independencias de las colonias nunca fueron movimientos aislados. Hubo una gran solidaridad mostrada entre las distintos colonias que aspiraban a la descolonización en los años posteriores a la segunda guerra mundial. Por ejemplo, en 1945 se creó la Liga Árabe. En las colonias africanas de Francia se formó una alianza intercolonial de partidos, la RDA (Rassemblement Démocratique Africain).
Ya en 1945, hubo una conferencia afroasiática en Mánchester en la que se redactó una declaración en el que manifestaban que «estamos decididos a ser libres… Haremos que el mundo nos escuche». Entre los asistentes estaban futuros presidentes, como Kwame Nkrumah (Ghana) y Jomo Kenyatta (Kenia). Diez años después, tuvo lugar la conferencia afro-asiática de Bandung en donde participaron 29 países, incluyendo China. Representaban a dos tercios de la población mundial. No se alcanzaron muchos acuerdos, pero sí un movimiento de solidaridad entre los pueblos oprimidos. Según decía Sédar Senghor era «la nota de conciencia de su eminente dignidad por los pueblos de color, los pobres del mundo». La conferencia también fue determinante para que las dos potencias de la Guerra Fría apoyaran la descolonización, pues, entre los principios aprobados, se determinó que los nuevos países rechazaban la participación en tratados de defensa con las grandes potencias
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En conclusión, el nacionalismo apenas tuvo cabida en la justificación de las respectivas independencias, sino que lo que buscaron las élites formadas en las propias metrópolis, usando los propios idearios políticos de estas, fue la modernización de sus respectivos territorios. Por supuesto, argumentaron siempre con el racismo al que estaban sometidos e intentaron vincular a la causa independentista a la gran masa de población que buscaba, ante todo, derechos sociales y mejoras en la calidad de vida. Tras la Segunda Guerra Mundial, el contexto político internacional era favorable a las independencias, sobre todo apoyadas por la ONU, así como por la URSS y, con más reticencias, EE.UU. Pese al intento por mantener las colonias, el amplio coste que suponía mantenerlas provocó que los países imperialistas barajaran fórmulas para, al menos, mantener sus intereses económicos en aquellos territorios. Por supuesto, las independencias se produjeron por el apoyo y solidaridad entre los territorios colonizados.
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