Historia de Libia

Hay momentos en los que el motor de la Historia se acelera, y ante nuestros ojos se desencadenan velozmente los acontecimientos, que dan lugar, en ocasiones, a cambios de gran envergadura, que alcanzan todos los niveles políticos, económicos y sociales. Es lo que está sucediendo ahora en el mundo musulmán. Multitudes de manifestantes –los jóvenes principalmente- piden a sus gobiernos cambios, hasta el punto de que muchos han sido derrocados, como en Túnez y Egipto, para iniciar un cambio político que les lleve a una democracia real. Son casos en los que las reivindicaciones, en un breve periodo de tiempo, han dado pacíficamente sus primeros frutos. En otros lugares, como Yemen o Siria, se ha optado por usar la violencia, por parte del gobierno, con el fin de mantenerse en el poder –al menos en un primer momento-. Sin embargo, en Libia, la situación que se ha producido es distinta. Lo que comenzó como una manifestación, que fue prontamente acallada por el gobierno libio del Coronel Muhamar El-Gadafi, se ha convertido en una guerra civil, que ha acaparado los medios de comunicación. Un país rico en petróleo –ésta es la clave fundamental-, cuyo regular suministro es imprescindible para el mantenimiento de la demanda energética de los países occidentales. Ello ha conllevado una intervención en Libia, por la coalición formada por Estados Unidos, Inglaterra, Francia y España; amparada por la Organización de las Naciones Unidas, y que ha pasado ahora a estar bajo la dirección de la OTAN. El objetivo, en el inicio, ha sido impedir una masacre de la población por parte del líder libio. Ahora, la intención es apoyar a los rebeldes para sacar a El-Gadafi del poder.

Sin entrar en valoraciones, de ello ya se encargará la Historia dentro de unos años -cuando se tenga la suficiente perspectiva-, debemos preguntarnos por la Historia de este país, especialmente el siglo XX, cuando surge como territorio definido.

El territorio libio, de la Antigüedad al siglo XX

No se puede hablar de Libia anteriormente al siglo XX. Hasta ese momento, Libia era un concepto poco claro, que ni siquiera identificaba a una región territorial definida. Los griegos, ya desde Homero, daban el nombre de Libia a las tierras meridionales del Mediterráneo, considerándolo, como nos dice Heródoto, un continente junto con Asia y Europa. Es decir, Libia era el nombre que se daba al continente africano –lo poco que se conocía de éste en aquella época-. Por su parte, los egipcios consideraban tierras libias todo el territorio desértico, el Sáhara, que se encontraba al Oeste del Nilo, habitado por una serie de tribus nómadas –llamadas bereberes-, que persistieron a lo largo de los siglos, que se movían de oasis en oasis, y que son nombradas por Heródoto en el Libro IV de su obra – adirmáquidas, giligamas, asbistas, nasamones, psios, garamantes, entre otras tantas-, a las cuales considera autóctonas de aquel territorio, y que las engloba bajo la denominación de libios.{phocagallery view=category|categoryid=8|imageid=73|float=left}

En general, se trataba de una referencia geográfica vaga, que en mayor o menor medida venía a dar nombre, ante todo, a la zona costera entre los actuales Túnez y Egipto. Una vez con el norte de África bajo dominio del Islam, Libia constituía la parte oriental de una amplia región conocida como Magreb, que ocupa desde el Sahara Occidental, hasta la frontera oeste de Egipto.

La actual Libia está compuesta por tres regiones: Cirenaica –al este-, Tripolitana –al oeste- y Fezzan –un amplio territorio al sur de la Tripolitana, básicamente desértico en tu totalidad-. No merece tratar extensamente el devenir de dichos territorios, en una Historia de Libia, cuando, como ya se ha dicho, no existe ningún tipo de entidad que englobara a estos territorios atrás en el tiempo, ni ese pasado crea una identidad nacional en la actual Libia. De hecho, pocos son los factores que pueden crear algún tipo de identidad enraizada en el pasado, más allá de la propia religión islámica –y no sin dificultades-. Pero, por otra parte, ese pasado da a día de hoy un importante patrimonio arqueológico para el país.

Anteriormente a la conquista árabe, la región cirenaica fue, en el siglo VII a.C., colonizada por los griegos, donde se fundó la colonia Cirene –de donde tomó nombre la región-. Según los relatos conservados –entre ellos Heródoto-, los colonos procedían de Tera, y fueron guiados por un tal Bato, que gobernó la ciudad como rey, dando lugar a una dinastía que gobernaría en lo sucesivo la ciudad. Tras esta primera colonia, se fundaron otras tres más, así como un puerto. En ocasiones, según la narración de Heródoto, éstas estuvieron fomentadas por disputa entre los distintos herederos, como fue el caso de la fundación de Barca. Aunque más bien debemos pensar que se produjo en esta primera colonia un aumento de la población –quizás como consecuencia de la venida de nuevos contingentes griegos-, que llevó a la creación de nuevas colonias. Ello debió crear algún tipo de enfrentamiento con las poblaciones autóctonas, que se verían privadas de las únicas tierras –las de la costa- realmente productivas. Heródoto nos lo cuesta de esta forma: “los libios, adyacentes, así como su rey, cuyo nombre era Adicrán, dado, repito, que se veían privados de su territorio y ante las graves vejaciones que les infligían los cireneos, despacharon emisarios a Egipto y se pusieron a las órdenes del rey de Egipto Apries. El monarca, entonces, reunió un numeroso ejercito de egipcios y lo envió contra Cirene.” Los egipcios, fueron derrotados según el historiador griego.

Sea como fuere, lo cierto es que Cirene, que tras distintas vicisitudes políticas -sus ciudadanos acabaron expulsando al último de los monarcas y buscando un legislador como lo había hecho Atenas con Solón- se convirtió en la cabeza dominante de la región.

Cirene –y con ello toda la región- se convirtió en tributaria de los persas, cuando Ciro el grande conquisto Egipto. Y, más tarde, fue conquistada por Alejandro Magno. Tras la muerte de éste, quedó bajo control del Egipto de los Ptolomeos. Con Ptolemo Apión -después de que se la cediera su padre Ptolemo VIII-, la región cirenaica se convirtió en un reino independiente. Ptolomeo Apión fue su primer y último monarca, puesto que a su muerte, en el año 96 a.C., el reino pasó a ser heredado por la República romana –algo usual en aquel momento, destacándose el reino de Pérgamo que paso a manos de Roma en época del tribunado de Tiberio Sempronio Graco- según el testamento del rey. En el 74 a.C., Roma convertía este reino en la provincia Cirenaica –que incluía también a Creta-.

Por su parte, Tripolitana fue colonizada por los fenicios, antes de que los griegos iniciaran la suya propia en Cirene, donde fundaron Oea- la actual Tripoli-, Sabratha y Leptis Magna, lo que hizo que la región fuera conocida como Regio Tripolitana. Estuvo bajo la influencia cartaginesa cuando Roma y Cartago luchaban por el control del Mediterráneo, pasando posteriormente a integrar la provincia romana de África.

Se puede apreciar cómo el actual territorio libio estaba administrativamente dividido. Fueron distintas provincias romanas; tras la reforma de Diocleciano, ambas regiones pertenecían a distintas diócesis y prefecturas; y, de hecho, por allí pasó la frontera, tras la división del Imperio por parte de Teodosio, entre Occidente y Oriente. La Tripolitana se mantuvo en el Imperio de occidente, hasta que los vándalos –que penetraron primero en la Galia, descendieron a Hispania, cruzando más tarde el Estrecho- socavaron el poder y administración romana en el norte de África, hasta la Cirenaica, que había quedado bajo dominio del Imperio de Oriente –más tarde Bizantino-, que los frenaron. Posteriormente, en el siglo VI, junto con la mayor parte del norte de África, Tripolitana fue reconquistada por Justiniano.

Ambas regiones fueron fugazmente ocupadas por el Islam a mediados del siglo VII d.C. –para aquel entonces Leptis Magna ya había desaparecido como ciudad- quedando integrada dentro del Imperio islámico, primero de los Omeyas, y luego de los Abassí. Cierto es que las tribus bereberes lucharon para evitar el dominio árabe, hasta que finalmente lo aceptaron, tomando la religión islámica. Suponía una ruptura con toda la herencia púnica, griega o romana, que quedó básicamente erradicada con el paso del tiempo. Y es que la antigua población bizantina no puso básicamente resistencia, puesto que la presión tributaria imperial hizo que se prefiriera el dominio islámico.

A comienzos del siglo VIII, en Tripolitana se conformó un emirato, dependiente del Califa, bajo la dinastía de los aglabíes, que fueron sustituidos en el siglo siguiente por la tribu bereber de los Kutama, que se convirtieron al chiismo. De aquí nacería la dinastía de los fatimíes, que conquistaron Egipto, conformando un nuevo califato chiita, independiente del de Bagdad, que era gobernado desde una nueva capital –El Cairo-. Hacia el 1030, los ziries, que gobernaban el Magreb del Califato, se independizaron de El Cairo, aunque el territorio del Magreb fue arrasado por tribus de beduinos del alto Egipto enviadas por los fatimíes. Ello hizo que en los siglos siguientes la población básicamente se asentara en las ciudades costeras, de nuevo bajo el Califato fatimí.

Los almohades penetraron, en el 1100, en la Tripolitana, quedando el actual territorio Libio dividido una vez más –pues Cirenaica siguió dependiendo de El Cairo-. Tras la caída y desintegración del imperio Almohade, Túnez y Tripolitana quedaron bajo el gobierno de la dinastía Hafsids a comienzos del siglo XIII. Y poco antes, en el 1171 Cirenaica se integraba bajo el control de Saladino, tras conquistar Egipto, volviendo a la rama suní.

En los siglos siguientes, el territorio libio siguió pasando de unas manos a otras, sin que se le diera más importancia que el transito caravanero por la zona de la costa, y con una escasa población ya entonces.

En 1509, Tripoli fue conquistada por Fernando el Católico, y entregada por Carlos V, en 1530, a la Orden de Malta. Poco después, tanto Tripoli, como la Tripolitana y Cirenaica, pasaron a pertenecer al Imperio otomano, disfrutando la Tripolitana una relativa autonomía bajo la dinastía local de los karamanlis, entre 1711 a 1835, hasta que finalmente quedó bajo control de un gobernador enviado por el propio sultán.

Sería en ese momento, a mediados del siglo XIX, cuando surgirá un grupo islámico más o menos amplio, que tendrá mucho que ver en la Historia de Libia durante el siglo XX. En 1837, el derviche marroquí, Mohamed El Idriss, proclamó en la Meca que había tenía una relevación o Tarik, por la cual iba a intentar restaurar la piedad y la ayuda mutua con la que se caracterizaba el primer Islam –el de la primera comunidad formada por Mahoma-. Pronto, fue expulsado de Oriente, trasladándose a África donde logró que los beduinos de los oasis le siguieran, especialmente en el Sahara argelino. Uno de sus seguidos, Mohamed el Senussi, se estableció en Benghasi en 1843, fundando una secta, que llevará el nombre de su fundador, cuyo centro era el oasis de Yiarabub. Le sucedió al frente su hijo, El Mahdi, y a éste el que más tarde fue monarca, Sayed Idriss, quien se alió con los británicos durante la Segunda Guerra Mundial.

El origen de la actual Libia: la colonia italiana

Tras la guerra que enfrentó a Italia y Turquía, la primera ocupó varios de los territorios mediterráneos de la segunda, entre ellos las regiones de la Cirenaica y la Tripolitana. Poco después, en 1912, se le reconocía internacionalmente a Italia dichos territorios como colonia, después de que ésta llevara tiempo solicitando entrar en el reparto colonial –Inglaterra no había permitido que se apoderara de Túnez anteriormente-. A la nueva colonia se le daba el nombre de Libia, estableciéndose por primera vez unas fronteras concretas de ésta. Administrativamente se mantuvo la división territorial entre Cirenaica y la Tripolitana –bajo lo que se llamó Estatuto Libio-, ampliándose también el territorio por concesiones francesas. Pese a todo, en realidad se puede decir que la administración italiana en Libia se dio solo en la flanja marítima, pues difícilmente, y de poco interés era, un dominio efectivo en lo que únicamente era arena. Las dificultes para controlar la zona aumentaron durante la Gran Guerra –con una administración colonial poco implantada-, especialmente por la continua presión de las tribus senussitas del sur, cuyo movimiento de oposición se convirtió en la conciencia nacionalista del futuro Estado libio.

Tras el fin de la guerra, el Conde de Volpi fue enviado a Libia como gobernador, el cual lanzó ofensiva con el fin de restaurar el dominio italiano sobre el territorio, a veces mediante actuaciones al margen del gobierno italiano, que apostaba más por la paz que por la represión sangrienta. No es de extrañar que el Conde de Volpi se sintiera más libre de actuar cuando el fascismo se apoderó del gobierno italiano, al cual nombraron ministro de Hacienda en Roma. Pero no se fue de Libia sin antes actuar duramente, avanzando hacia el sur. Le sustituyó en el mando el general De Bono, uno de los más destacados miembros del partido Fascista, lo que permite ver la gran importancia que daba el gobierno de Mussolini a la colonia libia, en una idea de imperialismo que había que desarrollar a toda costa. En 1932, Libia estaba totalmente pacificada, apoderándose de los remotos oasis de Kufra, dando muerte al cabecilla Gran Cheik Ornar Mutkar.

Se inició, a partir de entonces, una colonización poblacional italiana, realizándose un amplio esfuerzo para ganar al desierto tierras de cultivo, construyéndose carreteras y aeródromos. Para Mussolini, que soñaba con una especie de recuperación del Imperio romano, Libia significaba una especie de provincia, la cual había que romanizar, y en donde Tripoli, la capital, debía convertirse en la gran ciudad de esa nueva África romana. Mussolini llegó a realizar un triunfal viaje en 1937 como si de un Emperador se tratara.

El sueño pronto acabó para el fascismo. Libia, que había sido integrada al territorio italiano –dividida en cuatro provincias- antes de iniciar la Segunda Guerra Mundial, se convirtió en el principal escenario africano de enfrentamiento entre las tropas de la Alemania nazi, comandadas por Rommel, y las inglesas, a cargo de Montgomery. Derrotado el primero en 1942, Libia quedó controlada por los aliados, que se dividieron el territorio. Las provincias costeras de Tripoli y Cirenaica quedaron bajo control inglés y americano. Y Fezzan quedó bajo el control de Francia, cuyo territorio pasó a depender de las colonias francesas de Túnez y Argelia.

Hacia la independencia

Tras el fin de la guerra, ¿qué hacer con la antigua colonia italiana? Era de esperar que algunas de las potencias aliadas tenían apetencias sobre Tripoli y Cirenaica, los únicos territorios que podían dar algún motivo de control. Francia prontamente quiso incorporar Tripolitana a Túnez, proposición que los ingleses no estaban dispuestos a aceptar. Ante la negativa, los franceses prefirieron su devolución a Italia, pero para aquel entonces los ingleses acordaron con el jefe local Emir Sayed el Senussi –cuyo grupo religioso había apoyado a las tropas inglesas- que la Cirenaica sería independiente. Al mismo tiempo, Egipto opinaba que por relaciones históricas la provincia debía pertenecer a Egipto, o al menos renegociar los límites fronterizos. Por su parte, los Estados Unidos, anticolonialistas, apostaron en todo momento por la independencia de acuerdo a los deseos de la población indígena.

Por tanto, Inglaterra y Estados Unidos estaban de acuerdo en otorgar la independencia a la colonia. Pero para ello, se debía tener la seguridad de que se instauraría un régimen democrático. Ello no sería posible de forma inmediata, así que mientras la independencia era preparada, el territorio libio debía estar tutelado por alguna de las potencias. ¿Cuál? Demasiados candidatos se presentaron voluntarios, incluso la URSS, de la que todos los aliados recelaban. E incluso se opinó que fuera la Organización de Naciones Unidas, que se acababa de constituir, la que se hiciera cargo.

Se llegó a 1947 sin ningún tipo de acuerdo. Ese año, Italia renunciaba oficialmente a la posesión de la colonia. Los ingleses, en cambio, seguían con la intención de otorgar ya la independencia, que fue concedida a la Cirenaica, que se convirtió en un nuevo Estado, mientras que la Tripolitana quedaba bajo tutela de la República Italiana. Mientras que Fezzan siguió bajo la administración francesa. La URSS, por su parte, intentó, sin éxito, entrar en el control de este territorio, mientras que los países árabes solicitaban la creación de un Estado Libio. Por otra parte, en la población indígena se fue creando un sentimiento italófobo y xenófobo, que conllevó, el 17 de febrero de 1948, un sangriento acontecimiento en Trípoli. Ello hizo que finalmente el asunto de qué hacer con Libia se sometiera a votación en la ONU, la cual acordó por mayoría, en 1949, que Libia en su totalidad se convertiría en un Estado independiente el 1 de enero de 1952 –fue el primer país africano en conseguirla-.

La decisión fue quizás la más aceptada. Por una parte, se anularon todas las aspiraciones sobre el control que tenían las potencias occidentales, incluida la URSS. Y quedaron satisfechas las demandas de los países Árabes, así como de la de los propios habitantes de Libia. Sin embargo, en el interior del nuevo país, los problemas iban a ser muchos más grabes. Un Estado de apenas un millón de habitantes, en donde la mayor parte del territorio era desierto, y prácticamente no existía tierra cultivable. Además, había que iniciar una inmensa actividad para democratizar el país, si se quería que en el momento en que se efectuara la independencia se constituyera realmente un Estado democrático. Para ello se envió una delegación de la ONU, presidida por un Alto Comisario, el holandés Adriany Pelt, que organizó un comité local que representaba a las tres provincias -Tripolitania, Cirenaica y Fezzan-, que en 1950 se convirtió en una Asamblea presidida por Cheik Mohamed Bulassid. Poco después, la Asamblea declaraba oficialmente la Independencia de Libia, ofreciendo el trono a Emir Sayed Idriss El Senussi –bajo el nombre de Idriss I- cuya reputación abarcaba lo político y lo religioso.

El reino de Libia

En 1951, la Asamblea aprobó una constitución para el país de corte federal –reconocía una asamblea para cada una de las tres regiones-. Pese a ello, la democracia solo estaría sobre el papel, y, prontamente, el rey actuó como un auténtico caudillo autocrático y patriarcal –en 1963, la constitución federal quedó abolida-, pese a que la actuación ejecutiva debía recaer en un primer ministro. Sin apenas una unidad nacional, los partidos políticos tuvieron que actuar en muchos casos en la clandestinidad, mientras que los distintos parlamentos que fueron elegidos, durante el periodo monárquico, apenas realizaron la función legislativa que se le suponía.

No trataré de comentar los sucesos internos que acontecieron en el país hasta la caída del monarca, pues son numerosos, y se requeriría de un detallado análisis –existen gran variedad de estudios acerca de ellos-. Lo más relevante es que Libia carecía de una identidad nacional para formar un Estado que acababa de nacer, por ello no era de extrañar que el islamismo, el anticolonialismo, y el odio a los italianos fueran los principales factores de identidad, en una población reducida –la población italiana abandono en su mayoría el país- y variada a la vez.

No existía ninguna otra vinculación ni entre las regiones, ni entre los habitantes. Como ya se ha venido a comentar, históricamente ninguno de los dos territorios principales, Tripolitana y Cirenaica, tenían una vinculación política, con amplias diferencias en el momento en que se logró la independencia. Tripolitana era el territorio más rico. Su población, mayoritariamente, era musulmana, aunque con grupos bien diferenciados: bereberes, árabes, población negra, y una pequeña parte de judíos. El Fezzan es meramente una región desértica, en donde existen algunos oasis, que permiten la supervivencia de una población muy limitada. La mayoría eran nómadas: tuaregs, tibbus y bornuses negros, con un régimen prácticamente feudal que no reconocía mayor entidad que la propia tribu.

La cirenaica conformó, como se ha visto, el motor de la independencia, gracias a que en su territorio existía una hermandad nacional-religiosa integrada por la secta senussita, que daba unidad, y que permitía superar las diferencias raciales de la población, que seguía ciegamente al Emir Idriss. Pese a ello, el rey Idriss acabó mostrando mayor interés por Tripolitana, en donde fundó una nueva ciudad, que se convirtió en capital del reino: Al-Bayḍā.

Más que los acontecimientos internos, que fueron importantes -no hay duda-, fue la política exterior que siguió la monarquía libia la que provocaría las principales causas para su propia caída y posterior instauración del régimen de El-Gadafi.

Fiel a la tradición de solidaridad con el resto del mundo árabe, Libia ingresó en la recién creada Liga Árabe en 1953, prestando ayuda a los insurgentes argelinos durante su lucha por la independencia de Francia. Pero, al mismo tiempo, mantuvo posturas pro occidentales, especialmente cuando se requirió de la inversión extranjera para explotar el petróleo descubierto en 1959, una de las principales reservas del ansiado oro negro. Se iniciaba entonces su explotación por parte de compañías occidentales, especialmente de Estados Unidos e Inglaterra. La economía, hasta entonces basada en el pastoreo y en una agricultura de subsistencia, sufre un cambio radical. Como consecuencia, se forma una élite privilegiada, con la monarquía a la cabeza, ligada a la industria petrolera y a la incipiente burocracia estatal. Libia rápidamente inicia un amplio progreso, que se traduce en cientos de proyectos de todo tipo. Se comenzaba a construir una nueva Libia.

El golpe de Estado de Gadafi

Sería precisamente la colaboración con las potencias occidentales lo que acabó con el Reino libio. Un golpe de Estado se venía gestando desde hacía tiempo, ante una monarquía con una estructura estatal atrasada y superada. La causa principal fue el conflicto palestino e israelita que tuvo un punto álgido a partir de 1967. El rey Idris se mostró contrario a Israel, pero su vertiente más occidental hizo que se mantuviera en una posición de prudencia ante el conflicto, algo que el resto de países islámicos no veían con buenos ojos. Es cierto que después de la Conferencia panarábiga de Jartún, Libia fue, junto con Kuwait y Arabia Saudita, quien proporcionó cuantiosas ayudas a los países árabes – Egipto, Jordania y Siria- que se vieron afectados por los ataques de Israel. Sin embargo, la ayuda libia se hizo solo por apaciguar los ánimos de las protestas internas –y también externas-, que acusaban al gobierno del rey por mantener en el territorio libio la presencia militar británica y estadounidense, que poseían varias bases.

La Guerra de los Seis Días, en 1967, tuvo una amplia repercusión en Libia. El rey Idris tuvo que hacer frente a las protestas de nacionalistas, estudiantes y obreros del petróleo, que pedían al rey que entraran en la contienda, y que no se diera petróleo a ninguna potencia que apoyara a Israel. Se realizó una huelga general, que incluso el propio presidente del gobierno, El Maghrabi, apoyó. Y es que el país solicitaba la independencia real de Occidente, así como una mayor involucración en la Liga Árabe, en la cual debía ocupar un importante puesto. E incluso Siria y Egipto acusaron a Libia de permitir el uso de sus bases a los israelitas para favorecer el ataque que se había llevado a cabo contra las aviaciones jordanas y egipcias.

No es de extrañar que detrás del golpe para deponer al rey Idris I estuviera implicados varios países árabes, entre ellos los dos anteriores, en donde el presidente Nasser debió jugar un gran papel.

Mientras el rey Idris estaba de visita oficial en Turquía, un golpe de Estado le depuso como monarca. Se proclamaba la República Árabe de Libia, bajo el liderazgo de El-Gadafi. Ya el cambio tuvo sus repercusiones internacionales, no era de extrañar, puesto que el Consejo Revolucionario Libio –presidido por el anterior-, que se había formado, definió en un primer momento a la República como “revolucionaria, socialista, progresista y consagrada a la lucha contra el colonialismo y el racismo”.

La República Árabe de Libia

Después de que las revueltas comenzaran en Libia, en febrero de 2011 –hago un salto temporal, tanto los rebeldes al régimen libio, como la propia presión internacional, solicitaron a El-Gadafi su dimisión y salida del país. El líder libio contesto algo así como que no podía dimitir, puesto que no era presidente de ningún Estado, sino Líder de la Revolución. Y es cierto, jurídicamente Gadafi no ostenta cargo alguno en el país, de hecho el país no tiene Jefatura de Estado –más allá del Consejo Revolucionario Libio, que se suponía solo de transición-, pero es el líder libio quien posee el poder absoluto, y nunca mejor dicho. El país carece de un orden institucional y jurídico que lo estructure, es decir, no posee unas normas básicas que den base a una organización política. De esta forma, Gadafi no tiene delimitadas sus funciones, por lo que puede hacer y deshacer sin inconveniente alguno, y de hecho es común que continuamente elabore disposiciones que modifican cualquier aspecto de la vida del país. La única institución palpable de Libia es el Congreso Popular, el cual solo se suele reunir un par de veces al año, y que tan solo suele dar el apoya al “Comandante”.

El país básicamente no ha experimentado un proceso para crear un Estado estructurado desde la llegada al poder de Gadafi en 1967. En aquel año, las relaciones con Occidente se debilitaron y la política libia se volcó con los países árabes, en un intento por buscar una posición fuerte dentro de la Liga Árabe, o incluso dentro de un gran Estado que debía aunar a todos los países árabe. Ya antes había habido intentos, como la RAU –República Árabe Unida- que acabó fracasando. Libia tomó entonces esta iniciativa, y tras varios intentos casi estuvo a punto de consumarse la unión de Libia y Egipto –en la que también se pretendía la unión de Túnez- a lo largo de los años setenta, hasta que finalmente las relaciones entre ambos se rompieron en 1978. Ese año, el presidente egipcio, Sadat, llegó a acuerdos con Israel. Aunque sí que por estas fechas mejoró las relaciones diplomáticas con Arabia Saudí y Marruecos.

Las relaciones diplomáticas libias fueron siempre malas, incluso con los países árabes. Pero ante todo, las actuaciones libias a lo largo de la década acabaron con las relaciones con occidente. En 1970 se expulsó de las bases libias a ingleses y estadounidenses, al tiempo que se expropiaban los bienes de italianos y judíos que habían abandonado el país. En 1973 se nacionalizó el 51% del capital de las compañías extranjeras que radicaban en Libia, sobre todo la banca y las reservas petrolíferas –aumentando el precio del petróleo-. Se prestó además colaboración a Palestina en su lucha con Israel, y cuando las olimpiadas de 1976 –a las que no acudió la URSS- se celebraron en dicho país –en la ciudad de Haifa-, Libia decidió celebrar unos juegos paralelos en Trípoli, donde acudieron una gran parte de países árabes.

A comienzo de los ochentas, Libia comenzó a apoyar a diversos movimientos terroristas que atentaban contra países occidentales, lo que acabó con cualquier tipo de relación con los países occidentales y los Estados árabes más moderados. Por un lado, los apoyos al terrorismo hicieron que en 1986 Estados Unidos decidiera bombardear blancos libios en los que se entrenaban terroristas, después de que en 1982 se cerraran las relaciones diplomáticas entre ambos, y se impidiera exportar petróleo a los EE. UU. Y no sería el único enfrentamiento bélico que tendría Libia, entre los que cabe destacar la lucha con el Chad, que además de una sangría, supuso que se cerraran las relaciones con los países subsaharianos.

A finales de los años ochenta, Libia volvió a recuperar relaciones con los países árabes de su entorno, especialmente con Siria y Túnez, así como con la OLP, entrando dentro de la Unión del Magreb Árabe en 1989. Sin embargo, mantuvo sus contactos con los grupos terroristas, y fue sancionada en varias ocasiones por la ONU a lo largo de la década de los noventa. Y a finales de ésta, en 1997, iniciaba un programa nuclear secreto, que fue seguido de cerca por la CIA, y otras agencias de inteligencia, hasta que el gobierno libio tuvo que confesar la existencia del programa que fue abandonado en el 2004.

Libia comenzaba el siglo XXI con amplios contrastes. Por una parte era, y sigue siendo, el principal productor de petróleo de la zona, con una renta per capita superior a la de los países vecinos; una tasa de crecimiento demográfico entre las primeras del mundo, lo que hace que un 50% de la población sea joven, de un total de 6 millones. Son datos que podían significar, al menos, una prosperidad económica de la población. Sin embargo, ello no es así. Su economía está prácticamente controlada por el oro negro, y las variaciones en el precio de este repercuten fuertemente en ella. Sin una planificación económica suficiente que permita mantener la situación estabilizada, el país atravesó frecuentes crisis económicas. La mayoría de la población en edad de trabajar, en el año 2000, lo hacía en el sector público, lo que supone una plantilla estatal de 700.000 trabajadores, los cuales, llevaban casi quince años con sueldos congelados, y con una escasa productividad –pese a que existe una alta formación y alfabetización-, debido a una organización caótica del sector público.

Ante esto, en 1999 se creó un Plan de Desarrollo, y un ministerio de Planificación, que tampoco ha supuesto una mejora tras diez años, y que su principal objetivo fue atraer la inversión exterior –a partir del 2003 se inició la privatización de empresas y reducción de la plantilla estatal-. Ello hizo que El-Gadafi saliera del aislacionismo internacional, iniciándose relaciones diplomáticas con Occidente. Estados Unidos reconocía por aquel momento que Libia no estaba implicada, desde hacía años, en ningún grupo o actuación terrorista. Además, condenó los atentados del 11 de septiembre, y comenzó el desmantelamiento de sus programas armamentísticos cuando se produjo la caída de Sadam Husein. El régimen libio colaboró entonces en la erradicación del terrorismo yihadí, del cual Libia recibió amenazas, y, de hecho, desde 1998, lleva proporcionando datos sobre al-Qaeda y el entonces casi desconocido Osama bin Laden.

A partir de entonces, Libia comenzó a enviar embajadas –a veces presididas por el propio El-Gadafi-, y a recibirlas –no merece la pena dar una lista de todas ellas-, al tiempo que se desentendía del conflicto de Palestina, y del resto de países árabes, a excepción de los africanos, donde ha sido el mayor impulsor de la Unión Africana, formada en 2001.

Pese a todo ese esfuerzo – cabe destacar el acercamiento con la UE y los EE.UU-, Libia hasta el día de hoy no ha podido tener unas relaciones, ya que las reformas económicas, además de insuficientes, no pueden cubrir un régimen político dictatorial y caótico, que no otorga a sus ciudadanos libertades, y que no da las suficientes garantías para la inversión en el país. No era de extrañar que esa falta de libertades haya conllevado, a día de hoy, el levantamiento de su población.

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