La hominización I: primates fósiles, Australopitecos y Parántropos

 

Viñeta cómica sobre las eras geológicas y la evolución de las especies

Viñeta cómica sobre las eras geológicas y la evolución de las especies

La evolución humana u hominización –término este último dado por Jean Peveteau en los años sesenta– se entiende como el proceso evolutivo que afectó a los diferentes grupos de homínidos en distintos lugares y momentos, los cuales antecedieron al hombre actual –Homo sapiens sapiens– y que acabaron finalmente con la aparición de este.

Dicho esto, el camino por el que se mueve el investigador es de incertidumbre, un sendero mal iluminado que, sin previo aviso, cambia de sentido. En efecto, la investigación camina rápidamente, los descubrimientos y datos se multiplican cada año, pero esto no significa que conozcamos con certeza la evolución del hombre. Por cada pregunta que se puede contestar, aparecen otras tantas dudas. Ante estas, los investigadores dan hipótesis, muchas hipótesis, a veces contradictorias. Cuando alguna teoría parece que se consolida, aparece un nuevo indicio que la desmonta y, al final, la sensación es que el gran camino de la evolución está mal señalizado. Cualquier intento de hacer un mapa de este acabará tarde o temprano desfasado. Así que, como primer aviso, el presente texto fue escrito en diciembre de 2012, sin garantizar que los datos que se arrojan estén actualizado ni, mucho menos, que se recojan todas y cada una de las teorías. Se pretende, únicamente, un primer acercamiento a la cuestión.

 

Acerca de la investigación…

Los estudios acerca de la hominización se comenzaron a dar en el siglo XIX a raíz de las teorías vertidas por Darwin. Desde ese momento, diversos estudiosos empezaron a desentrañar la evolución del hombre a lo largo de millones de años. En principio, estos eran individuos que, con espíritu aventurero y de forma aislada, se lanzaron a la búsqueda de fósiles y restos que permitieran formar la cadena evolutiva. Es por ello que se solía hablar de la búsqueda del eslabón perdido.

La Antropología estuvo implicada desde el principio en llevar a cabo estas investigaciones. En origen, fue desde un punto de vista biológico, puesto que el empeño era mostrar la evolución anatómica de los diversos seres hasta llegar al hombre. No obstante, desde la propia Antropología histórica se realizaron otras preguntas acerca del comportamiento cultural y social de los ancestro del hombre actual, en concreto los del género Homo, los cuales claramente tenían una cultura material manifiesta. En cualquier caso, el antropólogo Louis Leakey, en la década de los cincuenta, se preguntó acerca del comportamiento de los homínidos, así que propuso el estudio de chimpancés y gorilas, puesto que consideraba que muchas de sus pautas debían ser similares a la de los primeros homínidos. De hecho, el trabajo de los prehistoriadores y de los antropólogos, en concreto de los primeros, no es el desentrañar los aspectos biológicas –información, en cualquier caso, que estos requieren–, sino la de explicar la evolución material y social de estos, al menos desde el momento en el que el primer Homo comenzó a usar herramientas.

De esta forma, al aumentar las preguntas sobre las primeras sociedades, la metodología y las técnicas se fueron perfeccionando y, ante todo, mayor número de áreas científicas han entrado en los estudios de hominización. Posiblemente sea uno de los casos en donde las humanidades y las ciencias se complementen en tan alto grado. De esta forma, a día de hoy, el estudio evolutivo goza de una amplia interdisciplinariedad que enriquece a la propia investigación. Claramente, esto implica que los grupos de investigación son amplios, pues pensemos que muchas de las técnicas que actualmente se utilizan requieren altos grados de conocimiento específico, como es el caso de los estudios genéticos.

Pensemos, además, que el planeta no siempre ha tenido las mismas características, en concreto climáticas, lo que afecta irremediablemente a fauna y vegetación. Esta, por tanto, influye en la propia evolución, supervivencia y modos de vida de los homínidos. Irremediablemente, es menester de los investigadores conocer estos datos del entorno, para lo que se requiere, entre otras muchas ciencias, de la geología. Interesan, en concreto, las últimas épocas del Terciario –Mioceno (23 a 5 m.a.) y el Plioceno (5 a 1,8 m.a) –. y, ante todo, el Cuaternario que es, hasta el día de hoy, en donde se ha producido prácticamente toda la evolución del género Homo. Este último se subdivide en Pleistoceno (1,8 m.a. a 11.000 años) y en Holoceno (desde hace 11.000 años hasta la época actual).

 

La idea de la evolución

La idea de la evolución de las especies no era, en realidad, original de Darwin. Fue Jean-Bapstiste Lamarck el primero en sentar las bases de esta teoría, según la cual todas las especies animales actuales no siempre habían tenido las características observables en nuestro tiempo, sino que estas eran el resultado de una evolución que se basaba en transformaciones de los organismos para adaptarse a nuevas situaciones del entorno. Claramente, Lamarck dejaba al hombre fuera de esta evolución de acuerdo a los preceptos de la Iglesia. En efecto, esta era acérrima defensora del creacionismo, es decir, el hombre había sido creado por Dios. No solo esto, existía también un fijismo, de tal forma que era imposible una evolución biología de los seres humanos, puesto que la Biblia menciona que Dios creó al hombre a imagen y semejanza suya. La Iglesia todavía iba más allá e incluso llegó a fijar la fecha exacta de la creación del hombre.

Darwin retomó la idea de Lamarck, la reinterpretó y la amplió, esta vez introduciendo también al hombre como resultado de una evolución. Afirmó, contradiciendo a Lamarck, que, en el proceso de evolución de las especies, estas no se adaptaban al medio, puesto que las mutaciones se producen al azar. Si estas últimas eran adecuadas para vivir en un determinado medio, el individuo sobrevivía; de lo contrario, la especie se extinguía. Se trata de una selección natural.

Se producía, tal y como podemos observar, una de las mayores rupturas teóricas con el cristianismo y con las creencias científicas del momento. Las críticas que vinieron desde diversos sectores científicos fueron arrolladoras, en concreto una vez que se publicó su obra más famosa en 1859, El origen de las especies. Pero pese a la negativa de muchos, finalmente el darwinismo se pudo imponer ante las cada vez mayores evidencias que existían de acuerdo al registro fósil.

Desde aquel momento, los esfuerzos se encaminaron en buscar las evidencias que permitieran conocer la forma en que se había producido esta evolución humana. Hasta hoy día, suele ser frecuente que se siga representando esta evolución por medio de una serie de seres que, de izquierda a derecha, van irguiéndose de forma progresiva hasta culminar en el hombre. En realidad, hace ya mucho tiempo que la evolución unilineal quedó desmentida. Actualmente sabemos que la evolución del hombre, así como de otros animales, se produjo en mosaico, es decir, como si se tratara de las ramas de un árbol. En otras palabras, una especie no se transforma para dar origen a otra de forma sucesiva. Una misma especie puede dar lugar a dos especies, que a su vez pueden dar lugar a otras tantas, pudiendo alguna de ellas quedar en rama muerta –extinguirse–. Esto complica más el asunto, puesto que muchos de los fósiles, aunque próximos al camino evolutivo del hombre, no son antepasados de nuestra misma rama, sino de alguna de las otras que finalmente quedó sin descendencia. Esto implica también, como veremos, que varias especies de homínidos fueron coetáneas, incluyendo especies del género Homo. Este es el caso del Homo sapiens sapiens y del Homo neanderthalensis.

En cualquier caso, fijar la evolución es complicada. Los fósiles que se poseen son, en la mayoría de las ocasiones, pequeños fragmentos que, difícilmente, nos pueden dar una gran información. Todavía fuera de nuestro alcance está el crear un árbol evolutivo, puesto que, además de no poseer todo el registro fósil, tampoco hay una certeza sobre la filiación de las diversas especies. Al final, la mayor parte de lo que conocemos se sustenta con hipótesis que van cambiando cada poco tiempo.

 

Factores evolutivos

En el largo recorrido a lo largo de la hominización, debemos observar tres factores fundamentales a los que tienden los diversos seres, primero homínidos y luego del género Homo, hasta desembocar en el hombre moderno. Estos son: el bipedismo, la alimentación omnívora y la adaptación al clima.

El bipedismo –caminar sobre dos pies– es la característica fundamental del género Homo. Es un parámetro fundamental para observar la evolución desde los primeros seres que son capaces de sustentarse sobre las extremidades posteriores, pasando por aquellos que pueden caminar con estas ayudándose de las manos, hasta los que finalmente únicamente tienen como medio de locomoción el bipedismo. Hasta la aparición de los australopitecos, los seres anteriores habían tenido como medio de locomoción las ramas de los árboles o, en su caso, combinada con una marcha cuadrúpeda, independientemente de que los más avanzados pudieran erguirse.

Este factor conllevó otra serie de rasgos fisionómicos. La manera de engarzarse la cabeza con la columna vertebral se modificó. El agujero occipital, que permite este engarce, se situaba, al igual que en el resto de los mamíferos, en la parte trasera del cráneo en origen. En cambio, conforme los seres introducen en su morfología el bipedismo, la cabeza debe mirar al frente y, por tanto, el agujero occipital se establece debajo del cráneo. Del mismo modo, la columna se endereza de forma recta y vertical.

También la cabeza cambió su aspecto, en especial las proporciones del rostro y la bóveda craneal. Un humano actual posee una bóveda mucho mayor que el rostro, pero en los primeros homínidos esto es al revés. De esta forma, conforme mayor sea esta bóveda, más grande es el cerebro y, por tanto, mayor inteligencia. Se denota que en la evolución de los homínidos y luego del género Homo se va produciendo una ampliación de esta. En la actualidad en el humano es de 1.450 centímetros cúbicos.

En cuanto a los rasgos del cráneo, algunos homínidos presentaban cresta sagital. Se trata de un agrandamiento que aparece en la parte superior debido a la unión de los huesos. También poseían moño occipital, es decir, la parte posterior del cráneo era más abultada como por ejemplo sucede en el hombre de neandertal. El toro supraorbital estaba muy marcado en las zonas de las cejas y va disminuyendo en el proceso evolutivo. Las cuencas de los ojos, ovaladas y pequeñas en origen, tendieron a agrandarse y a tomar una forma más rectangular.

En cuanto a la dentadura, los homínidos ya poseían las 32 piezas dentarias actuales, aunque estas tenían un tamaño mayor, especialmente los caninos. Tal era el tamaño, que las mandíbulas presentaban diastema, es decir, separaciones dentales, con el fin de que las piezas dentarias mayores de una mandíbula y otra no chocaran, y permitieran el cierre de la boca. El mentón y los pómulos se van haciendo más pronunciados.

Por otra parte, con el bipedismo, las extremidades superiores e inferiores cambiaron en consecuencia. Las primeras se acortan por encima de las rodillas, al igual que los dedos. De gran importancia es que el pulgar de la mano se hace oponible, lo que le permitió manejar instrumentos e, incluso, construirlos. En cuanto a las extremidades inferiores, estas se alargaron y el pie se adaptó a caminar erguido de forma continuada, se hace plano y los dedos disminuyen su tamaño puesto que ya no están adaptados a sostenerse sobre las ramas. También la zona pélvica y el canal de parto se estrecharon.

En cuanto a la alimentación, esta se convirtió en omnívora, lo que permite que se alimenten tanto de carne como de vegetales, sin que exista una especialización concreta. Esto ha sido un factor básico para sobrevivir en cualquier medio.

La adaptación al clima, al que no se le prestó mucha importancia en los primeros estudios, se ha visto ahora como un factor fundamental. El hombre acabó por colonizar todo el planeta y para ello tuvo que adaptarse a todos los climas, tanto cálidos como fríos. Sin esta capacidad, habría sido imposible la supervivencia de la especie en climas tan dispares.

 

Antes de la familia de los homínidos: los primates fósiles

Lo primero de todo, para comprender la evolución humana a partir de los datos que tenemos, es que observemos la clasificación taxonómica del hombre actual, la cual nos permite entender una serie de conceptos que nos ayudaran en las explicaciones. La clasificación es la siguiente:

REINO: animal

FILUM: cordados

CLASE: mamíferos

ORDEN: primates

SUBORDEN: anthropoidea

INFRAORDER: catarrinos

SUPERFAMILIA: hominoidea

FAMILIA: hominidae

GÉNERO: homo

ESPECIE: sapiens

SUBESPECIE: sapiens

Como se puede apreciar, la denominación de Homo sapiens sapiens viene determinada por el género, especie y subespecie, que, de hecho, son las tres categorías, junto con la familia, en la que nos vamos a mover. Como se puede apreciar, el hombre entra dentro de los primates, por lo que comparte un tronco común con los actuales gorilas, chimpancés y orangutanes –conocidos como grandes simios-, que son genéticamente nuestros parientes más cercanos en el gran árbol de la evolución de los animales. En otras palabras, la evolución de estos comparte una misma rama con la nuestra hasta que, en un momento dado, nos separamos y cada uno siguió su propio camino evolutivo –de hecho, todos los animales, por no decir todos los seres vivos, comparten algún tramo del proceso evolutivo por muy antiguo que este sea–. Por tanto, no se puede decir, como se suele seguir afirmando popularmente, que vengamos del “mono”, puesto que todas las especies actuales de primates, incluida el hombre, han realizado en algún momento un trayecto común en la evolución.

Esquema evolutivo

Esquema evolutivo

Nuestro origen y el de los grandes chimpancés se encuentra, de acuerdo al registro fósil, en unos pequeños primates que reciben el nombre de catarrinos –entre 35 y 40 millones de años de antigüedad–, los cuales poseían tabique nasal –a diferencia de sus parientes cercanos, los platirrinos, que no lo poseían–, indicio por el cual los investigadores han visto aquí el arranque del proceso de hominización.

De los catirrinos surgieron dos ramas, por una parte los hominoideos, de la que descienden los grandes simios y el hombre, y los cercopitecos, de los cuales provienen los llamados monos del viejo continente –frente a los del nuevo continente que lo hacen de los platirrinos–. En cualquier caso, lo que nos importa es la rama de los hominoideos, entre los que encontramos al Aegyptopithecus y el Propliopithecus, los cuales vivieron desde la segunda parte del Terciario, en el Oligoceno, hace 30 millones de años. Los hallamos tanto en África, Asia y Europa, con medio de locomoción arborícola y no hay en sus esqueletos ningún indicio de que pudieran mantenerse erguidos. Se alimentan de frutos y podían pesar hasta 6 kg. El primero es más reciente que el segundo, pero en cualquier caso se encuentran próximos a la separación que se produjo entre los mencionados hominoideos y cercopitecos.

Tras estos fósiles, existe un vacío de información de varios millones de años, que lo comienza a llenar únicamente el Procónsul, que todavía no pertenece a la familia homínida, pero se trata de un hominoideo más evolucionado. Este procede del centro de África, concretamente de Kenia, el cual tiene rasgos simiescos, con sistema desplazamiento arborícola, pese a que existe debate, puesto que parece que también era terrestre mediante desplazamiento cuadrúpedo. Su hábitat, que sería un bosque tropical húmero oscilando hacia un medio más seco con arbolado difuso explicaría sus dos modos de locomoción. En la zona lumbar, además, presenta rasgos comunes con los monos actuales, por tanto, podían estar erguidos –lo que no implica la capacidad para andar–. Presenta un dimorfismo sexual muy marcado –diferencias de tamaño entre hembra y macho–, que es una de las características principales de los homínidos y que sigue presente en el ser humano. Este vivió en el Mioceno Antiguo africano hace entre 22 y 18 millones de años y mantiene una supervivencia hasta 8 y 9 millones de años, en el Mioceno Medio.

Durante el Mioceno Medio y Superior, aparecieron otros géneros, además del Procónsul. En Kenia occidental, en donde no se ha encontrado presencia de este, se han hallado el Micropithecus y el Dendropithecus. Por su parte, el norte de Kenia ha arrojado la existencia del Afropithecus y el Turcanapithecus. El Dendropiteco parece que era braquiador y poseía marcha cuadrúpeda. El Afropiteco, por su parte, muestra la escisión entre los gibones y los grandes primates hominoideos que sucedió hace no más de 18 millones de años.

También encontramos el Kenyapithecus que apareció hace entre 16 y 14 millones de años y que podría ser el ancestro de varios hominoideos que surgen en el Mioceno Final euroasiático como el Ourapithecus, el Sivapithecus, y el Gigantophitecus, así como de los actuales hominoideos africanos. En Asia, el Sivapithecus tenía un peso entre 20 y 30 kg y un rasgo característico de los hominidos, el dimorfismo sexual. El Gigantopithecus, que es el de mayor tamaño, llegaba a pesar hasta 150 kg. Se piensa que tuvo que tener un comportamiento terrestre debido al tamaño. Este parece que sobrevivió largo tiempo, hasta coincidir hace 500.000 con el Homo erectus, pero no tuvo descendencia.

En Europa apareció, entre otros, el Dryopithecus, con rasgos simiescos, que podría ser antecesor de los gorilas y chimpancés de Eurasia.

Tradicionalmente se había propuesto que nuestra rama evolutiva se había separada de la de los grandes simios hace 30 millones de años –los homínidos, desde donde venimos nosotros, y los póngidos–. Los restos y las modernas investigaciones genéticas hacen que se haya tenía que descender esta cifra hasta hace diez millones de años, y, de hecho, muchos son los que actualmente consideran que, como mucho, la distancia bioquímica con estos no sería superior a ocho millones de años e inferior a seis millones. Esto parece indicar un pequeño fragmento de maxilar encontrado en Samburu, que sería la clave de la separación entre homínidos y chimpancés.

En realidad, es difícil trazar un árbol evolutivo, pero la información de la que disponemos parece indicar que los seres anteriores a los homínidos eran arborícolas y descendían frecuentemente al suelo, pero sin la capacidad para ser marchadores de larga distancia, la cual era cuadrúpeda, aunque se pudieran erguir en un momento dado.

 

Primeros homínidos

Los homínidos más antiguos que conocemos fueron hallados a principios del siglo XXI. Hasta aquel momento, únicamente se conocía el género australopiteco. De acuerdo a su antigüedad, en primer lugar encontramos al Sahelanthropus tchadensis, apodado Toumai, el cual, hallado en 2001 en la zona del Chad, presenta rasgos simiescos y de australopiteco. La bóveda craneana pertenece a las primeras características, mientras que la dentadura se asemeja a la del segundo, puesto que los caninos han reducido su tamaño. En cualquier caso, este, que debía tener un tamaño no superior al de un chimpancé actual, es el primero de los homínidos, el más antiguo hasta la fecha, que se originaría hace 6 o 7 millones de años.

Más allá de esto, parece que su fisionomía indica un bipedismo incipiente, pues debía de ayudarse de los brazos, lo que no implica, ni mucho menos que fuera su primer medio de locomoción, sino que seguía siendo arborícola. Su alimentación era a base de plantas.

Pese a que ha sido clasificado como homínido por Michel Brunet y dentro de la rama que lleva al ser humano, Yves Coppens considera que se encuentra en la rama hacia el chimpancé, o que este sea el último ancestro común de ambos. Posiblemente sea otro de los vestigios más claro de la separación entre el hombre y los grandes simios.

Posteriormente a este –también hallado en 2001 en el centro de Kenia- y, según algunos expertos, descendiente del anterior –aunque solo es una hipótesis–, encontramos al Orrorin tugenensis, el cual sigue siendo anterior al australopiteco, y que tendrían una antigüedad entre los 6,2 y 5,8 millones de años. Su tamaño no superaba tampoco la del chimpancé –entre 30 y 50 kg–, era claramente bípedo, pero no era capaz de recorrer grandes distancias, puesto que se seguía ayudando de los brazos. Además, este seguía trepando a los árboles –poseía unas extremidades mucho más larga que la de los homínidos posteriores–. Aunque algunos afirman que este sería un claro ancestro de la rama de los seres humanos, la realidad es que no hay pruebas concluyentes. Su dieta seguía siendo a base de plantas.

En orden cronológico, las dos siguientes especies pertenecen al género Artipithecus. Hasta la actualidad se han catalogado dos especies: Artipithecus kadabba –5,8 a 5,2 m.a. – y Ardipithecus ramidus –4,4 m.a.–, ambos en el este africano, en Etiopía, sin que se conozca la relación filial, ni de estos dos, ni tampoco con los anteriores. Dejando a un lado el primero, del que hay mucho más desconocimiento, el segundo, pese a su aspecto simiesco, se separa del aspecto del chimpancé y, de hecho, su ancestro ya no pertenecía a la rama que dio lugar a estos últimos. Estaba adaptado tanto a la actividad bípeda como arborícola y existía poca diferencia de tamaño entre hombres y mujeres. Estas últimas medían una media de 1,20 y pesaban unos 50 kg. Parece que muestra ya una dieta omnívora, se alimentaba tanto de plantas, carne y frutas, evitando alimentos duros como frutos secos y tubérculos.

Lo curioso de este, es que en el periodo en que vivió, la zona en que se ha encontrado era arbórea, por tanto, la teoría que se dio por la cual el bipedismo surgió como la adaptación a un medio en el que, por un cambio climático, los arboles desaparecieron, deja de tener sentido. Quizás, más bien, en el momento en el que el bosque desapareció, solo aquellos seres adaptados a vivir en un medio en el que este ya no existía sobrevivieron y llevó a la extinción al resto. Por otra parte, y como veremos en otras especies, han aparecido homínidos en zonas que no se encuentran al este del valle del Rift o al sur de África, puesto que hasta la fecha casi todos los fósiles habían aparecido en esta zona. Esto venía a corroborar la teoría del bipedismo como consecuencia de la desertización, puesto que el este de África se vio afectada por esta en las mismas épocas en que se databan estos fósiles.

En cualquier caso, todos estos homínidos, al menos en los que se ha podido averiguar su capacidad craneal, poseen unos 350 cm cúbicos, muy alejado todavía de la del Homo. Que estos o alguno de estos pertenezca a la rama de la que descendemos no es segura, al igual que se desconoce realmente si estos pudieron dar lugar al género Australopiteco y si este, a su vez, dio lugar al género Homo.

 

El género Australopiteco

Hasta el descubrimiento de los anteriores homínidos mencionados –entre los últimos años del siglo XX y los primeros del XXI–, los primeros homínidos conocidos eran los del género Australopiteco, del que conocemos varias especies, algunos descubiertos en esas mismas fechas. Estos, de cualquier modo, son más modernos que los anteriores.

El más antiguo de este género es el Australopithecus anamensis, –4.2 a 3.9 m. a.–. Sus rasgos comienzan a ser humanos, pero todavía tiene un aspecto bastante simiesco, pero con un fuerte dimorfismo sexual, pese a que el tamaño no superaría al de un chimpancé hembra. Vivió en el este africano, en las zonas del lago Turkana, en Kenia, y en el curso medio del río Awash, en Etiopia. Parece que su alimentación era a base de plantas, incluidos alimentos duros como frutos secos y frutas. Es posible que descienda de alguna de las especie de Artipithecus, quizás del Ardipithecus ramidus.

Una teoría, tampoco compartido por todos, es que el anamensis evolucionó al Australopithecus afarensis. Sea como fuere, del afarensis poseemos una amplia información. En la década de los setenta, se descubrieron en Etiopía los primeros fósiles de esta especie. Se trataba de una hembra que, gracias a la canción de los Beatles, recibió el nombre de Lucy. Esta especie vivió hace entre 3.85 y 2.95 m. a. en las zonas de Etiopia, Kenia, Tanzania y, recientemente, se han hallado en el Chad, lo que puede implicar, quizás, su expansión desde el este africano.

El afarensis era bípedo, aunque no con una marcha erguida. Poseía una altura entre 1,20 y 1,50 metros, con amplio dimorfismo según género, y un peso de unos 42 kg para hombres y 29 para mujeres. Presenta rasgos simiescos como largos brazos en comparación con las extremidades inferiores. Todavía era un buen escalador de árboles, aunque desconocemos si su vida transcurría normalmente en estos o en tierra. Los rasgos craneales también tienen características simiescas, como el avanzado prognatismo –fuerte proyección del área del maxilar superior–, una fuerte cresta ósea en la sutura de los temporales y la nuca, y diastema entre el canino y los incisivos del maxilar superior. Su capacidad craneana era de 415 cm. cúbicos, todavía muy pequeña. Mantenía una dieta a base de plantas: hojas, frutos, semillas, raíces, frutos secos, e insectos. Es posible que ocasionalmente comieran pequeños vertebrados como lagartos.

Diversos investigadores consideran que el afarensis podría ser ancestro de otras especies de Australopiteco, así como de los Parántropos e, incluso, del género Homo. Según D. Hohanson, del afaransis provenía el Australopithecus robustus, que no habría tenido descendencia, pero existiría otra rama desde el afarensis que acabó desembocando en el género Homo. Richard Leakey, en cambio, consideraba que el afarensis ni ninguna de sus ramas tenían que ver con el surgimiento del Homo. Dicho de otra manera, el origen del primer Homo provendría de un homínido distinto y que desconocemos. Claramente, la teoría comienza a estar descartada ante los nuevos descubrimientos de australopitecos.

Los primeros hallazgos de Australopitecos son de 1924, los cuales fueron encontrados en el África austral –de ahí su nombre, mono del sur–, hasta que aparecieron la mayoría en el este. Estos primeros correspondían al Australopithecus africanus, también conocido como Australopithecus glacilis. Hubo un amplio debate sobre la capacidad de utilizar instrumentos, puesto que sus restos iban asociado aparentemente a algún tipo de industria que, más tarde, quedó descargada. Esto no implica que este, así como otros Australopitecos, pudieran usar elementos del entorno, piedras o palos, sin que se fabricaran herramientas. Tienen una antigüedad de unos 3,3 a 2,1 millones de años. Tenía una capacidad de 430 a 520 centímetros cúibitos, lo que es una clara evolución con el afarensis. La cara es más corta y presenta menor prognatismo, y las piezas dentales tienen un menor tamaño. Los caninos son cortos, sin que exista un dimorfismo sexual en el taño de estos. Ha desaparecido el diastema en la mayoría de los fósiles que se tienen. Era bípedo pero seguía siendo un ágil trepador. El peso y la altura estimada es de unos 41 Kg para machos y 30 para mujeres, y la estatura de 1,38 m. para ellos y 1,15 para ellas. Se alimentaba de frutas, plantas, frutos secos raíces, insectos, huevos y semillas.

Hace 2,5 millones de años vivió el Australopithecus garhi, del cual apenas tenemos información. Desconocemos si el afarensis podría ser su ancestro, aunque sus descubridores se han arriesgado a considerar que es un ancestro del género Homo. Del que sí que se tiene más información, y que fue descubierto en el 2008, es el Australopithecus sediba, el cual vivió el sur de África entre 1,95 y 1,78 m.a. Presenta muchas más características del género Homo que los australopitecos anteriormente mencionados. En concreto la forma de su pelvis se asemeja más a la forma de caminar del hombre, incluso un patrón de locomoción que se parece más al nuestro que al del Homo habilis, aunque no implica que no siguiera viviendo en los árboles. También muestra pequeños molares y premolares como los del género Homo, así como dimorfismo sexual. No obstante, los brazos alargados y la capacidad craneal son como los del resto de Australopitecos. En individuos varones de 12 a 13 años la altura era como máximo de 1,3 metros. Todavía seguía siendo vegetariano.

Las semejanzas del Australopiteco sediba con el género Homo han hecho pensar que muy posiblemente esta especie sea la clave que dio lugar al género Homo. El problema es que, cuando esta especie vivió, ya habían aparecido los primeros ejemplares de Homo por lo que resulta difícil relacionarlos. Pero, por otra parte, se podría considerar que el Austrolopiteco sediba fuera el descendiente de un australopiteco anterior, que desconocemos, que fue el que dio lugar al género Homo. Esto por citar alguna de las muchas teorías que se han arrojado en tan poco tiempo desde su descubrimiento, pues algunos lo consideran perteneciente al género Homo, otros que no el fósil encontrado es de un individuo joven y que no tiene las características adultas desarrolladas. De confirmarse, quitaría papeletas al africanus para ser candidato a ancestro del género Homo, aunque por otra parte algunos creen que el africanus es el ancestro de este.

 

El género Parántropo

Todo el género Parántropo parece más bien una de los muchas ramas de la evolución, pero la gran mayoría lo descartan de la rama que llevó al origen del Homo sapiens, puesto que muchas de estas especies, hasta el momento tres, convivieron con el Homo habilis. En principio, los investigadores considerando que, por sus similitudes, eran especies dentro del género australopiteco. Más tarde, sin embargo, consideraron que eran tres especies diferentes dentro de un nuevo género, el Parántropo.

Se trata de seres más avanzado y para ninguno de los Parántropos se pone en duda el bipedismo, así como una capacidad craniana superior, en concreto para el boisei, en casi 100 cm cúbicos más respecto a los australopitecos, es decir, unos 500 cm cúbicos. Desde luego, estos tuvieron que realizar la mayor parte de su vida en tierra, puesto que coincide con el momento en el que las grandes masas arbóreas desaparecen por la glaciación que se produce al norte entre 2,8 y 2,5 millones de años, la cual produjo periodos secos y otros lluviosos, y, finalmente, un proceso de desecación o desertización en el este africano.

Esta familia, además, tiene una alimentación omnívora, pero no han aparecido conjuntos con restos de utillaje, lo que hace pensar que, en el caso de la ingesta de carne esta era de carroña.

El Paranthropus aethiopicus, datado entre 2,7 y 2, 3 m.a., habitó en la zona del este de África, entre el norte de Kenia y el sur de Etiopía. Por las características de la calavera, parece que podría descender del Australopithecus afarensis. Tenía un rostro protuberante, grandes dientes y una poderosa mandíbula, por ello poseía una cresta sagital en lo alto del cráneo que permitía que tuvieran músculos que daban fuerza a esta mandíbula. Estos grandes dientes parecen indicar una dieta vegetariana. Se desconoce con seguridad el tamaño de esta especie.

Posiblemente, pero no seguro, el aethiopicus sea ancestro de otro Parántropo, el Paranthropus boisei, que se localiza también en el este africano, y que se desarrolló hace 2.3 a 1.2 m.a. Poseía también una amplia cresta sagital, un rostro redondeado –mejillas cuatro veces más grandes que las del actual humano– para albergar una amplia mandíbula. Las hembras pesaban 34 kg y median 1,24 m, mientras que los machos 49 kg y 1,37 m respectivamente. Por las poderosas mandíbulas, parece que comían alimentos duros, siempre dentro de una base alimentación vegetariana, aunque por otra parte parece que los alimentos duros solo serían usados en momentos en que no había otros alimentos, por lo que su dieta sería mucho más amplia. Vivió en zonas herbosas y cerca de lagos o ríos.

Otra especie es el Paranthropus robustus, en el sur de África, entre 1,8 y 1,2 m.a. Sobre su ascendencia hay indicios tanto para considerarlo descendiente del Australopiteco africano, pero también del Paranthropus aethiopicus. Este, como su nombre indica, era algo más robusto que los anteriores, 54 kg para ellos y 44 para ellas, pese a que la altura era igual o algo inferior al boisei. En realidad, dicha diferencia hoy no es tanta como cuando se le bautizó. Posee, además de la cresta sagital, amplios arcos cigomáticos y una amplia cara con fuertes mandíbulas. Su dieta es igualmente vegetariana, principalmente alimentos duros como raíces y tubérculos. No obstante, cabe la posibilidad de que también hubiera ingerido hojas, frutas, insectos e, incluso carne, que sería de carroña. Sus incisivos caninos son pequeños y presenta una mayor expansión de premolares y molares.

Estos dos últimos tuvieron convivencia con el Homo habilis y de hecho se han encontrado industrias líticas asociados a ellos, que han llevado a teorizar sobre la posibilidad de que fueron estos los que pudieron haberle llevado a cabo. A día de hoy, en cambio, no parece que se haya podido demostrar, puesto que estos instrumentos podían pertenecer al Homo habilis.

 

Ver continuación en: La hominización II: el género Homo. 

 

BIBLIOGRAFÍA

Como se ha dicho, la bibliografía es abundante, pero al final queda desfasada. En cualquier caso, por ser obras de carácter general, cabe destacar:

ARSUAGA y otros (1998): La especie elegida. La larga marcha de la evolución humana, Colección Temas de hoy, Madrid

ARSUAGA, J.L. y MARTÍNEZ, I. (2005): Atapuerca y la evolución humana, Fundació Caixa Catalunya, Barcelona

STRINGER, C. y ANDREWS, P. (2005): La evolución humana, Ariel, Madrid

TURBON, D. (2006): La evolución humana, Ariel, Barcelona

Una buena página para ampliar la información y mantenerse al día de las novedades es la que mantiene el Museo Smithsonian, la cual lleva por nombre What does it mean to be human?, en concreto la sección en donde se exponen todos los homínidos