La falsa Reconquista

En el año 711 el reino visigodo cayó ante la invasión arabo-bereber.  Estos convirtieron el territorio de la antigua Hispania en el emirato de Al-Ándalus, más tarde califato y, posteriormente, fracturado en una multitud de taifas. Por otro lado, en al norte peninsular, surgieron una serie de reinos cristianos–el astur, más tarde leonés, Castilla, Navarra, Aragón, Portugal y los condados catalanes- que se expandieron a lo largo de los siglos siguientes a costa del territorio andalusí.

A dicha expansión, la historiografía tradicional la ha denominado Reconquista. Se definía esta, copiando el texto de la Enciclopedia Álvarez, como “la lucha que durante casi ocho siglos sostuvieron los cristianos contra los árabes para arrojarlos de España”. La misma, por cierto, que, por antonomasia, sigue manteniendo el Diccionario de la Real Academia Española para el término: “Recuperación del territorio español invadido por los musulmanes y cuya culminación fue la toma de Granada en 1492”.

Pero, a día de hoy, los historiadores han desmentido que se hubiera producido una recuperación o una reconquista del territorio por parte de los cristianos. Evidentemente, y es innegable, se produjo una expansión territorial de los reinos cristianos como hemos dicho, pero definir esta como reconquista es erróneo. El término reconquistar, y podemos volver aquí a citar el DRAE, significa: “conquistar una plaza, provincia o reino que se había perdido”. Si es así, el sentido de la expansión de los reinos cristianos se entendería como la recuperación de territorios que eran suyos con anterioridad. Pero tales reinos o entes políticos cristianos no habían perdido nada en tanto que su existencia, con suerte, se remonta a los años posteriores a la conquista islámica de la península. El único reino que se había perdido era el visigodo y este no tiene, en ningún caso, ninguna continuidad posterior. Es más, la mayor parte de los principales representantes del mismo, la nobleza, pactó la capitulación de las plazas y aceptaron el poder árabe a cambio de mantener sus posesiones.  

Entonces, ¿por qué llamamos Reconquista a la expansión de los reinos si en realidad era una mera conquista? Para aclararlo debemos remontarnos, en primer lugar, a los propios orígenes del reino astur, aquel que supuestamente había creado el misterioso don Pelayo con el fin de resistir al avance Islam. Sea como fuere, en la segunda mitad del siglo IX, en este se inició una producción historiográfica a través de crónicas como la “Crónica Asturiana de Alfonso III” que establecieron lo que se llama neogoticismo astur. De esta manera, los reyes astures se consideraron herederos del pasado godo, es decir, del antiguo reino visigodo, hasta tal punto que el propio Alfonso III estableció en Oviedo las antiguas instituciones palatinas. Por tanto, en tanto que se consideraban legítimamente continuadores y herederos de la monarquía visigoda, mantenían como objetivo recuperar el antiguo territorio hispano.

Esta idea se mantuvo a lo largo del tiempo y hubo momentos en el que lo reyes de Castilla y León lo resaltaron, como demuestra el intento de Alfonso VI de convertirse en Imperator hispaniae –y no era la primera vez que ni la última que un monarca se tituló como rey o emperador de Hispania-. El culmen llegó cuando se produjo el matrimonio entre los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, y se conquistó el reino de Granada, puesto que  se consideró que se había restaurado el antiguo reino visigodo.

Pero por mucho que las crónicas intenten demostrarnos esta hipotética continuidad entre el reino visigodo y el astur, las mismas se contradicen. La tradición historiográfica parece que intenta dejar ver que la población visigoda escapó hacia el norte fundando este núcleo de resistencia, pero la realidad es muy distinta. La población hispano-visigoda aceptó el poder árabe al igual que lo hizo la mayor parte de la nobleza visigoda como hemos dicho. Así, la mayor parte de la población del reino astur se nutría –y así se refleja en las crónicas- por población de los pueblos astures, cántabros y vascones, que tuvieron un papel activo en la resistencia al Islam y en la conquista en los primeros siglos. Paradójico, en tanto que estos pueblos, que ya de por sí habían estado poco romanizados –y se habían resistido a la dominación romana-, mostraron siempre resistencia ante el poder visigodo y jamás llegaron a ser asimilados por este reino. De hecho, el último monarca, Rodrigo, se hallaba luchando contra los vascones cuando se enteró del desembarco de los bereberes en Gibraltar. Sería extraño que consideráramos a estos pueblos continuadores el reino visigodo cuando jamás habían formado parte de él.

Del mismo modo, fueron los cronistas los que intentaron hacer de don Pelayo el primero de los monarcas astures, cuando en realidad desconocemos que situación ocupaba don Pelayo. Es más, desconocemos incluso su procedencia, sin que se pueda descartar que fuera ya el caudillo de algún pueblo astur que aglutinó al resto.

En cualquier caso, el término Reconquista fue popularizado por la historiografía nacionalista del siglo XIX –que más tarde el franquismo vinculó con la “cruzada” de Franco-, la cual venía a considerar básicamente que España había existido desde la Creación del mundo. De esta manera, el reino visigodo no era otra cosa que España –obviando siempre a Portugal, que para la historiografía española no parecía existir-, que desaparecía, según apuntaba Modesto Lafuente, para volver a resurgir con el reinado de los ya mencionados Reyes Católicos. Se consideraba, por tanto, que la unión de varios reinos peninsulares en una misma persona daba como resultado un supuesto Estado español. Pero incluso antes de que esto se produjera, parece que la existencia de varios reinos no impedía observar la existencia de una supuesta España aglutinada en torno al cristianismo y por el deseo de expulsar a los musulmanes del suelo patrio. Intento de otorgar a todos un mismo pasado nacional. Nuevamente parecía no tenerse en cuenta las guerras que se habían producido entre los reinos cristianos.

Otra de las paradojas de esta visión historiográfica es ver a la población andalusí como extranjeros a los que hay que echar del suelo patrio. Parece extraño, primero porque la segunda generación de los bereberes y árabes que se establecieron en la península tenía como lugar de nacimiento el suelo hispano. Ni antes ni ahora se puede ser inmigrante de segunda generación –por mucho que los medios de comunicación lo usen con frecuencia-. Por otra parte, la mayor parte de los antepasados de la población que vivía en el Al-Ándalus eran hispanos-visigodos, que como hemos mencionado aceptaron el poder árabe y acabaron finalmente convirtiéndose al Islam.

Por tanto, el concepto de la reconquista hoy está totalmente superado. Es cierto que se sigue utilizando por parte de los historiadores, pero como una convención para denominar los siglos de VIII a XV –es decir, como periodo histórico- o como sinónimo de expansión de los reinos cristianos. Por ello a menudo suele aparecer entrecomillado o antecedido con el adjetivo “falsa Reconquista”.

 

BIBLIOGRAFÍA:

Una explicación más amplia y detallada se puede encontrar en:

GARCÍA FITZ, F. (2009): La Reconquista: un estado de la cuestión, Clío & Crímen nº 6, pp. 142-215

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